25
Tres días.
No parecía gran cosa.
Sin embargo, por la expresión de admiración que los esclavos le dieron al cruzarse con ella al acabar las lecciones del día anterior, Neria comprendió que era todo un éxito.
Livia había llegado al aula sin esconderse. Por su propio paso, aunque poco colaboradora.
Aelia lo había hecho cinco pasos detrás, abrazada a lo que parecía una túnica vieja y andrajosa, protestando porque esperaba que en la clase de hoy pudieran jugar.
Neria había tomado nota e hizo que esa tercera clase fuera más participativa.
Las desafió por ver quien era la primera en copiar las letras sobre su tablilla, las dejó levantarse y distraerse varias veces, luego trajo pinturas y papiros para que dibujaran aquello que les naciese.
Habían permanecido allí por tercer día consecutivo. Sin carreras, sin peleas y sin intentar escapar antes de que terminara la lección.
Le ayudaron a recoger al terminar la lección, a la hora de la comida, y salieron corriendo para meterse en la habitación de Gaia, con Neria siguiéndolas a unos pasos de distancia.
Se quedó unos segundos contemplando esa puerta cerrada.
La primogénita seguía resistiéndosele.
—Nunca habían estado tres días seguidos obedeciendo —admitió Irene cuando se cruzó con ella, acompañada de su hijo, Caius—. Felicidades, dómina.
Neria sonrió.
—Pues mañana espero que sean cuatro.
La mujer la miró como si quisiera creerlo.
—Ojalá, dómina.
Neria no dijo más, con un leve asentimiento se despidió y recorrió el corredor.
La puerta permanecía cerrada, pero tras ella se escuchaban pequeños murmullos de tres hermanas poniéndose al día.
Levantó la mano y llamó dos veces.
—Gaia.
El silencio se apoderó de la estancia.
Esperó, pero nada.
—Hoy hemos aprendido fracciones sencillas.
Ni una palabra del otro lado, así que continuó.
—Espero que Livia te cuente que ha conseguido escribir casi todas las palabras sin ayuda.
Ninguna respuesta.
—Y Aelia no puede dibujar de manera más bonita y precisa, aunque continúa convencida de que el número cuatro está mal inventado.
Le pareció escuchar algo parecido a una risa, acompañada de una exhalación al otro lado. O quizá solo fuera el viento.
Sonrió para sí.
—Mañana volveremos a tener clase y tendrás tu banco y tu tablilla preparada por si te animas a acompañarnos.
No insistió más.
Giró sobre los talones y comenzó a alejarse, sintiendo la mirada de Irene sobre ella.
Sabía que la niña seguía detrás de aquella puerta y también sabía que a veces escuchar era una forma de participar, cuando no estabas preparada para más.
Estaba segura de que solo necesitaba tiempo.
Estaba solo a unos pasos de su dormitorio, cuando se encontró a Servio.
Parecía acabar de entrar desde el exterior. Llevaba polvo sobre la túnica y el sol del mediodía seguía marcándole el cuello y los antebrazos.
Se giró al verla y ella se detuvo.
Durante unos segundos ninguno habló. Seguía sin saber muy bien cómo tratarle, tras su último encuentro ante aquella puerta.
Aún se le erizaban los pelos de la nuca, al recordar su cercanía aquella tarde.
—Dómina Neria.
—Dómine. Qué extraño verle por casa a estas horas. A vuelto antes.
Servio permaneció unos segundos en silencio.
—Le prometí a Livia que las llevaría a nadar esta tarde.
Ella arqueó una ceja.
—¿Una recompensa?
Él negó despacio.
—Una disculpa. Le juré que la compensaría por haberlas dejado encerradas aquel día en su dormitorio. Ese es el precio que le puso a su perdón. A esa niña le encanta el mar.
—Me alegra oírlo —dijo Neria dando un par de pasos más.
Durante unos segundos ninguno habló.
Él desvió un momento la vista tras ella, donde se encontraban las habitaciones de las niñas, antes de volver a hablar.
—He oído que las pequeñas están asistiendo a clase.
—Así es.
Asintió despacio, dando otro paso hacia él.
—Tres días seguidos.
—Sí, dómine.
Servio asintió muy despacio.
No dijo nada durante unos segundos.
Parecía estar comprobando por sí mismo que aquello era real.
Neria empezaba a creer que aquel hombre necesitaba los silencios igual que ella necesitaba las palabras.
—Los esclavos dicen que la casa está distinta e Irene no hace más que elogiar vuestro trabajo.
—Me alegra —comentó, luchando para controlar la sonrisa de orgullo que aleteaba en su rostro.
—También Calpurnia ha preguntado por usted.
—¿Cuándo? —replicó Neria arqueando una ceja.
—Nos hemos cruzado esta mañana en el mercado. Quería saber si seguía viva.
—Supongo que después de nuestro primer encuentro es una duda más que razonable.
—Le dije que, por el momento, seguía sobreviviendo.
—¿Y se quedó tranquila con eso?
—Sinceramente… no mucho.
Una risa escapó de los labios de Neria ante el comentario y una sombra parecida a una sonrisa también apareció, durante un instante, en el rostro de él.
—Me contenta que allá menos gritos —añadió el hispano.
—Y a mí que haya menos cubos de estiércol —replicó ella, consiguiendo arrancarle al hispano una exhalación que casi parecía una risa.
Solo duró un instante.
Era extraño comprobar cuánto cambiaba su expresión, haciéndolo lucir más atractivo y despreocupado, cuando conseguía olvidarse, aunque solo fuera un momento, de las responsabilidades que cargaba.
No obstante, la máscara de hombre cansado, a la que estaba acostumbrada, no tardó en regresar.
—También me han contado que Gaia sigue negándose a acudir.
La alegría desapareció igual que había llegado.
Neria siguió la dirección de su mirada. Esa maldita puerta cerrada, seguía allí, infranqueable.
—Sí. Es cierto. Salió para liberar a sus hermanas, pero no consigo que vaya a clase.
Servio tardó unos segundos en responder, cambiando el peso de un pie al otro.
—No creo que vaya a hacerlo. ¿Hablo con usted?
—Si. ¿Con usted no?
Servio frunció el ceño. Negó con la cabeza, remangándose las mangas de la túnica.
—Obligarla solo conseguiría que levantara un muro más alto, pero aún no se me ocurre otro plan.
—Yo lo he intentado todo —declaró Servio observándola.
—Lo sé.
Los esclavos le habían contado en aquellos días todo lo que había pasado. El encierro. El puñetazo. Las veces que Servio había entrado en aquella habitación para hablar con ella, sin éxito, y las formas en que había intentado que ella saliera de allí.
Volvió el silencio entre ellos.
Neria dio un par de pasos más hacia él.
—Gaia no se parece a sus hermanas —dijo Servio.
—Ya me había dado cuenta.
Aquellas palabras hicieron que Servio levantara la vista. Pero desde que la vio aquella noche, con ese pelo castaño y esos penetrantes ojos oscuros, tuvo claro que, a diferencia de sus hermanas, Gaia era el calco femenino de Servio.
—Es igual que usted —añadió y, por primera vez desde que lo conocía, el hispano pareció verdaderamente descolocado.
—¿Qué yo?
—Los dos escuchan más de lo que hablan y les cuesta demasiado dar su brazo a torcer.
Además de que ambos creen poder solos con todo.
¿Me equivoco? —preguntó, pero Servio no respondió, solo sostuvo su mirada, por lo que Neria continuó—.
Por eso no voy a sacarla de esa habitación por la fuerza.
Debe salir cuando sienta que es el momento.
—¿Y mientras?
Neria miró hacia la puerta una última vez.
—Mientras seguiré llamándola cada día. Aunque no responda, ni acuda. Porque quiero que sepa que sigo contando con ella.
Servio bajó despacio la vista.
Y al volverla a levantar, preguntó.
—¿Cree que funcionará?
Neria tardó apenas un segundo en responder.
—No tengo la menor idea, pero, como le he dicho, de momento no se me ocurre nada mejor.
Servio permaneció unos segundos observando la puerta de Gaia antes de volver la vista hacia ella.
—Si cree que todavía merece la pena insistir… Continúe.
Hizo ademán de marcharse. Pero se detuvo, como si hubiera recordado algo.
Buscó dentro del pliegue de su manto y sacó una pequeña figura envuelta en un trozo de lino.
—Tome.
Neria bajó la vista, tomó el regalo y lo desenvolvió con cuidado.
Se trataba de una jarra de barro. Era sencilla, sin adornos y mucho más modesta que la que Tulio le había regalado años atrás.
Levantó los ojos despacio.
—¿Y esto?
Servio se encogió apenas de hombros.
—No podía devolverle la otra. Pero si comprarle una nueva.
Por primera vez desde que había llegado a aquella casa, Neria no encontró una respuesta inmediata ante el gesto.
—No hacía falta —logró articular, acariciando la cerámica con la yema de los dedos.
—Sí hacía.
Otra pausa.
—Mis hijas la rompieron y sé que para usted era importante.
Neria sintió que algo se aflojaba dentro de ella.
—Gracias.
—No tiene que darlas. No es nada.
Y, tras un leve asentimiento, Servio paso por su lado, en dirección al atrio sin volver la vista.
Neria permaneció, unos instantes, inmóvil.
Hacía apenas unos días aquel hombre había querido despedirla antes incluso de escucharla.
Ahora acababa de pedirle que no dejara de intentarlo y, además, había recordado una conversación que ella misma casi había olvidado.
Neria bajó la vista de nuevo hacia la pequeña jarra de barro
Y, sin darse cuenta, sonrió.
Aquello no reparaba la que había perdido, pero sí decía mucho del hombre que acababa de regalársela.