24
La casa llevaba horas en silencio, pero Gaia esperó todavía un poco más.
Sentada junto a la puerta de su habitación, escuchó hasta convencerse de que nadie volvería a recorrer el corredor aquella noche. Especialmente su padre.
Había esperado oírlo abrir la puerta. Ordenar que aquello terminara. Pero no lo había hecho y eso la había removido.
Abrió la puerta apenas un resquicio y asomó la cabeza al pasillo, confirmando que, a esas horas, ya no había nadie despierto.
La lámpara del corredor apenas iluminaba el suelo de piedra mientras avanzaba descalza para hacer menos ruido.
Las voces habían cesado hacía mucho tiempo, pero sabía dónde seguían sus hermanas.
Llegó hasta la habitación de la nueva cuidadora.
La puerta estaba cerrada, así que la empujó muy despacio. Orando porque todos al otro lado estuvieran dormidos.
La silla colocada junto al marco apenas se movió, pero fue lo suficiente para que ella pudiera entrar.
Lo primero que vio fue el desastre.
Ropa esparcida, tablillas rayadas, resto de comida por todos lados, aceite y a saber que más caos se escondía entre las sombras de aquella habitación.
El dormitorio de la sirvienta parecía haber sobrevivido a una tormenta.
Junto a la puerta, estaba la cuidadora.
Por suerte para ella, estaba dormida sentada en la silla de madera. La espalda estaba apoyada contra la pared y sus brazos cruzados, como si hubiera decidido que si alguien quería salir, tendría que despertarla primero.
Después, al fondo, las vio a ellas. Aelia dormía abrazada a una manta, sobre el colchón tirado en el suelo. Y a su lado, tirada en el suelo, Livia también dormía profundamente, con una mano apoyada sobre el brazo de su hermana incluso mientras descansaba.
Gaia observó la escena unos segundos, antes de empezar a caminar hacia sus hermanas.
No obstante, cuando estaba a punto de alcanzarlas, un leve chirrido de la silla la hizo detenerse.
—Tú debes de ser Gaia.
La niña se giró para encontrarse que la mujer la miraba, sonriendo ligeramente.
Gaia no respondió. No había ido allí para hablar.
—Yo soy Neria. Encantada de conocerte
La primogénita se tomó un momento para mirar de nuevo a sus hermanas, antes de hablar.
—¿Qué quiere para dejarlas salir de aquí?
Neria tardó unos segundos en contestar.
—Ya se lo he dicho a ellas —declaró incorporándose despacio en la silla—. Que aprendan. Que reparen lo que han destrozado.
Gaia observó alrededor.
Le sostuvo la mirada un instante más.
Después, sin responder, se quitó la estola que llevaba y agachándose, empezó a limpiar y recoger lo que había en el suelo.
Después recogió todas las prendas que había por la habitación, doblándolas tal y como su madre e Irene le habían enseñado.
Colocó las tablillas una encima de otra. Apartando las salvables de las que habían quedado inutilizadas.
Neria no la interrumpió, solo la observaba trabajar.
Recogió y limpió los restos de comida y, apartando con cuidado a Aelia, poniéndola al lado de Livia, volvió a poner el colchón en su sitio.
No era perfecto, pero la habitación empezaba a parecer otra.
—¿Es suficiente?
Neria recorrió la habitación con la vista. Aún quedaban bastantes cosas sin recoger, pero decidió desentenderse.
La romana negó despacio.
—Tú no deberías estar recogiendo lo que han roto ellas —explicó la cuidadora, al cabo de un rato.
—Pero alguien tiene que hacerlo.
Neria no contestó, solo señaló la superficie cubierta de lo que parecía aceite.
Y Gaia, tras coger uno de los fragmentos de barro que había sobre una mesilla y arrancar un trozo de su túnica, continuó limpiando. Usando el trozo de tela como paño para eliminar el aceite.
No se sorprendió. Livia llevaba años aprendiendo de ella.
Cuando terminó, dejó el paño sobre la mesa antes de volver a preguntar.
—¿Y ahora? ¿Me las puedo llevar?
Neria miró alrededor una vez más. Después volvió la cabeza, la miró y asintió despacio.
—Por ahora sí.
Gaia caminó hasta sus hermanas, se arrodilló junto a Livia y le apoyó una mano en el hombro.
—Livi —la llamó meneándola con cuidado—. Livi, despierta. Nos vamos a la cama.
La niña abrió los ojos poco a poco. Sin entender.
—¿Gaia? —preguntó tras unos segundos, que fue lo que tardó en comprender dónde estaba—. ¿Ya podemos irnos?
—Si.
Livia incorporó la cabeza de inmediato y miró a Neria.
—¿Has recogido tú todo esto? —preguntó la mediana, tras mirar a la habitación.
—No importa. Vamos.
Livia se levantó y dándole un vistazo a Aelia, preguntó.
—¿Me ayudas? No quiero despertarla.
Gaia asintió. Dormida, Aelia parecía aún más pequeña.
Entre las dos levantaron con cuidado a la pequeña, quien murmuró algo ininteligible antes de volver a acomodar la cabeza sobre el hombro de Gaia.
Cuando llegaron a la puerta, la voz de Neria volvió a detenerlas.
—Os espero dentro de unas horas en la sala de estudio.
Las dos hermanas giraron apenas la cabeza, pero no respondieron.
—Si no aparecéis… —la cuidadora se detuvo apenas unos instantes sonriendo—. Alguna otra idea se me ocurrirá.
Livia abrió la boca para responder, pero Gaia la detuvo dándole un toque en el brazo.
—Allí estarán.
Neria sostuvo su mirada unos segundos. No había desafío, aunque tampoco sumisión. Solo una promesa.
Gaia salió la primera con Aelia en brazos y Livia caminó tras ella.
Por mucho que le molestara admitirlo, aquella mujer parecía mucho más interesada en quedarse, que en abandonar la casa al día siguiente.