23
La oscuridad había terminado por adueñarse del dormitorio.
Solo la pequeña lámpara de aceite que Irene había dejado junto a la puerta mantenía la habitación iluminada con una luz temblorosa. El resto eran sombras.
La cena había llegado hacía rato.
Ella se la había comido y Aelia, aunque se había resistido unos minutos, también había cedido.
La benjamina terminó comiéndose todo el plato entre pequeños y breves sollozos antes de quedarse dormida sobre el colchón, mirando a Livia y abrazada a una manta como si aquello pudiera protegerla de Neria.
En cambio, su hermana no comió, asegurando que prefería morirse de hambre. Y seguía sentada en el rincón más alejado de la habitación y próximo al lecho donde dormía Aelia, con las rodillas contra el pecho y los brazos rodeándolas.
También había volcado ese plato contra la pared.
Neria levantó la vista de las tablillas que estaba repasando por enésima vez, solo para descubrir que Livia continuaba observándola.
No había dejado de hacerlo desde que Servio se marchó. Ni un instante.
Claramente esperaba. Enfadada. Lo veía en sus ojos.
Esperaba que ella se durmiera. Que bajara la guardia o cometiera un error para salir corriendo de allí.
Era testaruda. Muchísimo.
No obstante, también sabía que cogería a Aelia antes. No la dejaría allí. En ninguna de las ocasiones en que había podido huir, había perdido unos valiosos segundos que había destinado a coger a su hermana de la mano para que la acompañara.
Eso le demostraba que también era terriblemente leal.
Neria sonrió sin querer, porque aquello le recordaba demasiado a ella misma.
Más o menos con su edad, había permanecido escondida toda una tarde bajo un carro junto a Flavio. Su padre insistía en que ambos debían aprender a montar, pero a su hermano le daban verdadero pánico los caballos.
Habían terminado saliendo solo porque el hambre pudo más que el orgullo.
La risa escapó de sus labios antes de poder contenerla.
—¿Qué te hace gracia? —preguntó Livia, frunciendo el ceño.
—Me he acordado de algo.
—Pues no me mires cuando te rías.
—Es mi dormitorio. Puedo mirar donde quiera.
La niña gruñó por lo bajo, pero no contestó.
—Yo también era bastante testaruda cuando era pequeña. Como tú.
—Yo no soy testaruda.
Neria dejó las tablillas sobre la mesa, antes de responder.
—Si no lo eres, ¿por qué no recogéis lo que habéis roto? Esto terminaría mucho antes y todas podríamos descansar.
Livia tardó unos segundos en contestar. Desconfiada.
—No lo voy a hacer. Ya te lo he dicho.
—Yo creo que si lo haréis.
—Pierdes el tiempo.
—También dijiste eso con la sala de estudio.
Livia apartó la mirada, mirando a su hermana dormir.
—La recogí porque Aelia cedió. Pero esta vez no pasará.
—¿Por qué? —preguntó Neria, haciendo que la niña volviera a levantarla.
—Porque no.
Neria dejó pasar unos segundos. No tenía sentido discutir contra una respuesta así.
—¿Sabes qué creo? —lanzó Neria, pero la niña no contestó. Así que ella continuó—. Creo que tu madre no estaría orgullosa de lo que habéis hecho hoy.
El efecto fue inmediato. Livia se levantó de golpe y se acercó rápida hasta ella.
—No hables de mi madre.
—¿Por qué?
—Porque no la conociste.
—Es verdad. Pero sí sé que ninguna madre enseña a su hija a romper las cosas personales de otra persona.
Los ojos de Livia comenzaban a humedecérsele.
—¡Que te calles! —masculló la niña, controlándose probablemente para no asustar a su hermana—. ¡Tú no sabes nada!
—Puede —confesó Neria manteniendo la voz igual de tranquila—. Pero si sé que eres lo suficientemente inteligente como para que saber que tampoco le gustaría que le enseñaras a Aelia a decir y hacer cosas como las de hoy.
La niña respiraba deprisa, pero no replicó.
Por un momento, volvió la cabeza hacia su hermana, pero la pequeña continuaba dormida profundamente, ajena a todo.
—Ella solo hace lo que yo hago, porque la cuido —dijo finalmente la niña—. Tal y como prometí.
La confesión salió casi sin fuerza y Neria comprendió que había encontrado una grieta.
—Lo sé.
—Si no la cuido yo… nadie lo hace —afirmó Livia, tragando saliva y bajando la cabeza. Como si no hubiera querido pronunciar esas palabras.
—También lo sé.
Aquellas palabras hicieron que el pecho de Neria se encogiera.
Durante unos segundos no respondió. Porque entendía demasiado bien aquella sensación.
—Cuando Tulio, mi esposo, murió…
Nelia se tomó unos instantes para continuar, porque aún le dolía decir su nombre en alto.
Livia levantó la cabeza, para mirarla.
—También pensé que, si dejaba de cuidar todo lo que habíamos construido juntos, acabaría olvidándolo —continuó, viendo que la niña la observaba en silencio—. Pero me equivoqué.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Solo se escuchaba la respiración acompasada de Aelia y el leve crepitar de la lámpara.
—No quiero que nos separen. No quiero olvidarme de ellas —dijo Livia en voz tan baja que casi pareció un pensamiento.
—Lo imagino. Por eso tenéis que colaborar, Livia. Ayúdame.
Livia bajó la cabeza, solo para volver a mirarla desconfiada antes de regresar en silencio, de nuevo al rincón que había estado ocupando.
Apoyó la espalda contra la pared. Y, casi sin darse cuenta, dejó descansar la cabeza sobre ella.
Neria no insistió. Volvió a coger las tablillas.
Había aprendido hacía mucho tiempo que algunas conversaciones no terminaban cuando dejaban de oírse las palabras.
Y aquella definitivamente todavía no había terminado.