El corazón de un hispano 22
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Cuando atravesó el atrio, el sol ya comenzaba a esconderse sobre los tejados de la villa.

Llevaba apenas unos pasos dentro cuando escuchó un golpe seco.

—¡Socorro!

Reconocería la voz de Aelia entre un centenar.

Después otro trastazo.

—¡Ayuda!

Oyo gritar a Livia.

—¿No las escucháis? —preguntó, al ver como los esclavos continuaban con sus tareas, aunque todos miraban de reojo hacia el corredor de las habitaciones.

Y otro estruendo más.

—¡Fuego! —exclamó de nuevo Aelia.

Apresuró el paso hacia el ruido, confuso.

—Espero que estéis sordos porque si no… —masculló, avanzando sin esperar respuesta.

Servio llegó hasta la puerta del dormitorio de Neria justo cuando algo golpeó la madera desde dentro con tanta fuerza que hizo vibrar el marco.

Frunció el ceño y empujó.

La puerta apenas cedió unos dedos.

—Pero, ¿qué…?

Volvió a intentarlo con más fuerza. La resistencia desapareció de pronto y la puerta se abrió apenas lo suficiente para que consiguiera meter solo medio cuerpo dentro.

Por lo poco que pudo ver, la habitación estaba destrozada. Incluso habían lanzado comida contra el marco que ahora le pringaba la mano con la que sostenía la puerta.

Las dos figuras pequeñas intentaran colarse entre el hueco de los muebles y la mujer, que estaba de espaldas a él.

—Dómine, salga —oyó como le ordenó Neria, mientras les bloqueaba el paso a las niñas.

Livia fue la primera en replicar.

—¡Papá, sácanos!

Aelia la seguía llorando.

—¡Nos tiene encerradas, papá!

Las dos intentaron superar a la joven, luchando por alcanzar sus piernas.

Pero Neria no cedió ni un poco. Las apartó con cuidado, hacia el colchón que había en el suelo y le empujó con firmeza lo suficientemente rápido, para que, cuando las niñas volvieron a reincorporarse, ellos ya estuvieran al otro lado de la puerta cerrada.

Ya en el corredor, sujetando el pomo para que no se moviera, Neria respiraba algo más deprisa que de costumbre.

Debían llevar bastante allí dentro porque aparte de sudada, varios mechones rubios se le habían soltado del recogido, su manga derecha estaba manchada de aceite y restos de comida la salpicaban de arriba a abajo.

Sin embargo, su voz seguía siendo igual de tranquila.

—Gracias por venir, dómine. Pero ahora necesito que se vaya.

Servio la miró sin entender.

—¿Cómo que me vaya?

—Si. Necesito que me deje seguir con mis lecciones.

Ella sostuvo el tirador contra su costado, para que la puerta no cediera ante los tirones, ni un solo centímetro, cuando desde dentro comenzaron otra vez los golpes.

—¡Ábrenos! —exclamó Livia.

—¡Papá! —sollozó Aelia.

—¡No queremos estar con ella, por favor! —volvió a pedir la mediana.

Los nudillos golpeaban la puerta con tanta fuerza que el sonido recorría todo el corredor, haciendo que Servio diera un paso hacia el pestillo.

—Voy a…

Neria lo interrumpió, interponiéndose para que no pudiera alcanzar el tirador.

—No.

Él la miró.

—¿Qué hace?

—Trabajar.

Otro golpe.

—¡Papá! —sollozó Aelia más fuerte—. ¡Ábrenos!

—¡No la escuches! —gritó Livia.

Después otro.

—Es casi de noche y está asustando a toda la casa.

Neria negó despacio, sin retirarse.

—No. Aún no han aprendido la lección. Solo están descubriendo que esta vez no pueden marcharse de risitas.

—Ya ha sido suficiente por hoy —afirmó Servio, intentando apartarla.

De nuevo otro estruendo tras la puerta.

—¡Eres mala! —gritó Aelia.

—¡Nos quiere encerrar aquí para siempre, papá! —añadió Livia.

—Hoy no solo han ensuciado una habitación, dómine —replicó Neria, empujando a Servio con todo su cuerpo para que se apartara—. Han destrozado mis ropas. Han cortado mis bolsas de viaje. Han destruido mis tablillas y, lo más importante, han roto mi jarra de viaje.

Ella bajó la vista apenas un instante y él permaneció inmóvil.

—Se lo repondré. Le pagaré por ello. Fin del problema.

—No puede. Esa jarra era uno de los pocos recuerdos que conservaba de mi difunto esposo —confesó la romana, mirándolo a los ojos.

El corredor quedó en silencio y él no supo que responder.

—Ya no puedo recuperarla, pero necesito que al menos sirva para que ellas comprendan el alcance de lo que han hecho.

Servio volvió a mirar la puerta y por primera vez desde que había llegado, no supo que hacer.

Las voces al otro lado seguían, cada vez más altas.

—Son mis hijas.

—Y esta es su casa —replicó ella, sosteniéndole la mirada—. Precisamente por eso estamos aquí. Usted quería enviarlas lejos para que otras personas les enseñaran lo que significan los límites. Pues… yo puedo hacerlo. Aquí. Ahora. Pero solo si usted me deja hacerlo.

Las palabras le dolieron más de lo que estaba dispuesto a admitir porque eran ciertas.

Durante un instante ninguno habló.

Solo se escuchaban los golpes y los gritos de las pequeñas, que ya no alcanzaba a comprender.

Servio dio un paso hacia ella. No supo muy bien por qué.

Puede que para responder o tal vez porque llevaba demasiado tiempo sin tener delante a alguien capaz de discutirle sin levantar la voz.

El caso es que Neria no retrocedió, ni bajo la mirada, aunque se quedaron a escasos centímetros el uno del otro. A un aliento de distancia.

—Le prometí que no les haría daño. Lo recuerdo y voy a cumplirlo —habló de nuevo la joven—.

Pero tienen que comprender que existen límites.

Y si hoy abre esa puerta… Lo que ellas aprenderán es que basta con esperar a que aparezca usted para deshacer cualquier consecuencia de sus actos. ¿Lo entiende?

Servio tragó saliva.

Estaban demasiado cerca. Tanto que le impedía pensar bien.

Percibía el olor del jabón mezclado con un leve aroma a aceite de oliva, que probablemente era lo que impregnaba parte de su túnica. Sus ojos eran mucho más claros de lo que había recordado.

Grises.

Y, pese a todo, seguían luciendo extrañamente serenos y firmes. No bajaba la vista, ni buscaba agradarle. Lo desafiaban.

Aquello lo desconcertó. Hacía años que ninguna mujer era capaz de sostenerle la mirada así. Desde Lucinda.

Durante una fracción de segundo imaginó qué ocurriría si acortaba la distancia que apenas los separaba.

El pensamiento apareció tan deprisa que casi lo asustó.

Y dio un paso atrás.

Pero ya era tarde. Sabía que acababa de cederle a esa mujer un espacio que hasta entonces no había permitido ocupar a nadie desde la muerte de su esposa.

¿En qué demonios estoy pensando?

Apartó la vista. Respiró hondo y después habló hacia la habitación.

—Livia. Aelia.

Quedaron en silencio.

—Parad y escuchadme las dos.

Él esperó hasta que los golpes también se detuvieron.

Sabía que estaban al otro lado, mirando atentas la madera, como si pudieran verle a través de ella.

—Neria seguirá siendo responsable de vosotras mientras permanezca en esta casa. Lo que ella decida, tendrá el mismo valor que si lo hubiera dicho yo. ¿De acuerdo?

No hubo respuesta inmediata, solo respiraciones agitadas.

—Nos vas a dejar aquí —afirmó Livia en voz baja.

—¿De verdad? —preguntó Aelia, en un tono mucho más bajo, hipando.

Servio cerró los ojos un instante.

—Sí.

Las niñas no respondieron, pero tampoco volvieron a golpear.

El corredor quedó de nuevo en silencio y Neria dejó escapar el aire despacio.

Él la miró una última vez.

—Espero que tenga razón.

—Yo también.

Servio permaneció inmóvil un instante más, mientras observaba a la romana regresar al interior de la habitación.

Después se dio la vuelta y se marchó, con la extraña sensación de que quizá acababa de entregar el control de su casa a la única persona capaz de devolvérselo.