El corazón de un hispano 21
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Al día siguiente la sala de estudio estaba preparada mucho antes de la hora.

Neria había aprovechado para ordenar las tablillas sobre la mesa, abrir los postigos para que entrara el aire de la mañana y también había colocado tres bancos frente a ella.

Esperó, mientras el patio que se observaba desde allí, comenzaba a llenarse de voces.

La casa bullía y las niñas seguían sin aparecer, así que terminó por salir al corredor en su búsqueda.

Encontró a Irene doblando unas telas junto al atrio cuando se dirigía a los dormitorios de las niñas.

—¿Ocurre algo Irene?

La nodriza levantó la cabeza.

—Perdone, dómina. No la entiendo.

—Pensaba que me traerías a clase a las niñas, pero no han aparecido. ¿Les ha pasado algo?

Irene entregó la tela que tenía en las manos a otra de las esclavas, apretando los labios.

—Aelia y Livia salieron hace un rato. La niña Gaia volvió a negarse. Me entretuve con ellas. Me preguntaron donde estabais. Les dije que las esperabais en la sala y me dijeron que irían solas. Discúlpeme, dómina. Las creí.

Neria puso los brazos en jarra, mirando a todos lados y recordando la sala vacía.

—Es normal. No te preocupes.

Irene le hizo señas a las esclavas para que dejaran las telas sobre un banco y la siguieran.

—Voy a buscarlas ahora mismo, dómina. No se preocupe.

—No. Tranquila. Yo iré. Vosotras seguid ocupándoos de vuestras tareas. Yo las encontraré.

La mujer la miro, dudosa.

—¿Seguro, dómina?

—Claro. No creo que sea tan difícil.

Y sin más explicación comenzó a recorrer la casa.

Primero en sus dormitorios. Después en el peristilo. Más tarde en la cocina. También en los almacenes. E incluso en el patio interior, exterior y en el del servicio.

Tampoco estaban en los establos, ni junto al gallinero o en el corral. Nada.

La hora de la comida se aproximaba y no tenía ni la más remota idea de donde se encontraban aquellas niñas.

Servilia apareció desde uno de los corredores.

—¿Aún las busca, dómina?

—Si. Tampoco las habéis visto vosotras, ¿no?

La muchacha negó.

—¿Ha mirado en la habitación de Gaia?

Neria suspiró y negó.

—A veces se esconden allí. Con ella.

Se dirigieron juntas hacia la zona de los dormitorios y al llegar frente a la habitación de Gaia, Neria se detuvo.

La puerta seguía cerrada, así que se acercó despacio. Seguía convencida que debía ser la niña quien saliera, no ella quien entrara. Pero era muy probable que sus hermanas se ocultaran allí.

—Gaia.

Silencio.

Apoyó la mano sobre la madera.

—No sé si tus hermanas están contigo. Pero si es así, por favor, podrías decirles que salgan. Estamos todos muy preocupados.

Nada.

Entonces creyó escuchar un golpe. No detrás de aquella puerta. Más lejos.

—¿Has oído eso? —preguntó a Servilia.

La esclava negó con la cabeza y ambas esperaron en silencio.

Se volvió a escuchar otro golpe esta vez seguido de unas risas, haciendo que las dos giraran la cabeza al mismo tiempo.

Las risas procedían del otro extremo del corredor.

—Allí solo está la habitación de Irene y la…

Neria echo a correr, sin terminar de escuchar lo que Servilia.

Mi habitación.

—¡Dómina! —exclamó Servilia siguiéndola.

Llegó hasta la puerta y la abrió de golpe.

El olor a aceite la golpeó primero. Después vio el resto.

Su colchón estaba en el suelo. Su ropa desparramada por toda la habitación. Una de las correas de su bolsa de viaje había sido cortada y el contenido se encontraba repartido por todo el dormitorio.

Varías de sus túnicas y una de sus pocas estolas habían acabado dentro del barreño que tenía por si necesitaba ir a la letrina de noche. Las tablillas de cera en las que había estado apuntando todas las ideas que se le ocurrían estaban rayadas con un punzón o echas añicos en el suelo.

Y Aelia, estaba subida sobre el arcón, con una pequeña jarra de barro que Tulio le había regalado al poco de conocerse.

—¡Mira, Livi! —gritó la benjamina, que sin más la dejó caer.

La pieza estalló en mil trozos contra el suelo y ambas rompieron a reír.

—¿Qué habéis hecho? —masculló Neria, fría, bloqueada por lo que acababa de perder.

Livia tuvo que notar algo porque dejó de reír al verla. Y Aelia al ver la reacción de su hermana también palideció.

Probablemente esperaban un grito, una amenaza o quizás algo más. Pero nada llegó.

Las niñas intercambiaron una mirada desconcertada.

Neria recorrió la habitación lentamente con la mirada, respirando una sola vez antes de salir otra vez al corredor.

—¿Se ha ido? —escuchó murmurar a Aelia, antes de alejarse.

Neria volvió un instante después arrastrando una silla. La colocó atravesada delante de la puerta.

—¿Podrías hacerme un favor? —preguntó, mientras empujaba el arcón hasta pegarlo a la silla.

Aelia tuvo que bajarse de un salto para no caerse.

La esclava, al igual que las niñas, la miraban completamente desconcertadas.

—Claro, señora. Decidme.

Neria tardó un momento en responder.

Tulio.

Acercó el pequeño banco que había junto a la pared y terminó de bloquear la salida.

—Dile a Irene que hoy comeremos aquí —afirmó, después miró todo el caos que habían desatado las dos hermanas y añadió—. Quizás incluso cenemos. Así que, por favor, que nos traigan la comida a las tres a mi habitación.

Y sin más cerró la puerta, dejando a una impávida Servilia al otro lado.

Aelia miró a su hermana con sorpresa y Livia frunció el ceño.

—¿Qué haces? —preguntó, intentando escapar, pero ya era demasiado tarde.

Neria comenzó a recoger tranquilamente los trozos de la jarra, sin moverse de delante de la puerta.

Reconoció enseguida el borde azul de uno de los fragmentos.

Tulio se la había comprado una de las primeras veces que se habían encontrado en el mercado porque aseguraba que toda joven debía tener una jarra fea de viaje que la hiciera reír.

—Ayer ensuciasteis una sala. Y os explique que todo lo que se tira, se debe recoger —comentó Neria, centrada en su laboriosa tarea—. Perfecto.

—Te dijimos que te fueras —espetó Livia intentando empujar el arcón con ambas manos y apenas consiguiendo hacerlo crujir.

—Es que no aprendes —apoyó Aelia.

—Hoy habéis roto mis cosas. Recuerdos importantes para mi —continuó hablando Neria, con voz tranquila, dejando el último trozo de barro sobre la mesilla que había junto a la puerta —.

Así que olvidaros de salir de aquí hasta que esta habitación y mis pertenencias vuelvan a estar igual que cuando salí esta mañana de aquí.

—¿Y si me hago pipi? —preguntó asustada la benjamina.

Neria miró el balde de barro situado junto al rincón.

—Entonces utilizarás ese.

Aelia abrió mucho los ojos.

—¿Aquí?

—Aquí.

—No puedes hacer eso —gritó Livia, logrando agarrar la silla por el respaldo para apartarla—. No puedes encerrarnos otra vez.

—Claro que puedo —aseguró la romana, apartando a la mediana con suavidad, obligándola a retroceder hasta el colchón, para después sentarse en la silla.

—¡Se lo vamos a decir a papá! —gritó Aelia.

Neria miró de nuevo hacia los trozos que descansaban sobre la mesita.

—Esta vez me da igual a quien se lo digáis. Os habéis pasado.