El corazón de un hispano 20
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El sol empezaba a caer cuando Servio cruzó el último tramo del camino que conducía a la villa.

Había alargado la jornada más de lo necesario no porque quedara trabajo pendiente, sino porque regresar a casa seguía costándole más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

Al atravesar el portón vio dos figuras sentadas sobre los escalones de la entrada.

Sin duda eran Livia y Aelia.

Las dos levantaron la cabeza al mismo tiempo, cuando lo divisaron.

—¡Padre! —gritó la pequeña, incorporándose de un salto.

Ambas corrieron hacia él y su corazón se aceleró.

Aelia llegó primero y se abrazó a una de sus piernas. Livia apareció un instante después, respirando deprisa, como si llevara demasiado tiempo esperando aquel momento.

—¿Ha pasado algo? ¿Estáis bien?

Detrás de ellas, a unos pasos, apareció Neria, seguida por Irene.

Las dos caminaban con más calma.

Demasiada y aquello le hizo fruncir el ceño.

—Decidme —insistió—. ¿Qué ha ocurrido?

Las niñas comenzaron a hablar a la vez.

—¡Nos ha encerrado!

—¡Con llave!

—¡No nos quería abrir!

—¡Casi nos mata de hambre!

—¡Nos quería dejar sin comer para siempre!

—¡Y nos ha obligado a recogerlo todo!

Servio levantó una mano, más calmado.

—De una en una.

Livia tomó aire.

—Nos encerró en la sala de estudio y no nos dejaba salir.

—¿Por qué?

Las dos guardaron silencio apenas un instante, mirándose.

Fue suficiente.

—¿Qué hicisteis antes? —preguntó de nuevo.

Livia bajó la vista, pero Aelia fue menos prudente.

—Solo queríamos que se fuera.

Servio respiró despacio. No hacía falta preguntar mucho más.

Miró a Neria.

—¿Qué ocurrió?

Irene abrió la boca, pero la romana habló antes.

—Aprendieron que todo lo que se tira también puede recogerse, dómine.

—Irene, cuéntame tú qué ha pasado.

La mujer dudó un instante antes de responder.

—Las niñas destrozaron la sala de clases antes de que llegara la señora Neria , dómine. Al parecer iban a repetir lo del atrio, pero ella esquivó la trampa y no las dejó salir de allí hasta que no lo repararon.

—¿Y después?

—Nada, dómine. Salieron, comieron y la dómina esperó junto a ellas su regreso.

—¿Os castigó u os pegó?

Las niñas se miraron, antes de responder. Incluso Livia le dio un vistazo a Neria antes de hablar.

—Ni les pegué, ni les alcé la voz, si es lo que quiere saber, dómine. Solo las castigue —habló finalmente la romana.

—No, pero nos hizo recoger y habría sido capaz de dejarnos allí, muriéndonos de hambre, si no lo hubiéramos recogido —afirmó Livia.

Neria sonrió muy discretamente

—No exageres, Livia. Irene u otro esclavo nos habría llevado la comida a la sala.

Servio bajó la vista hacia las niñas. Estaban enfurruñadas, pero no asustadas.

—¿Recogieron? —repitió sin dar crédito.

Irene asintió.

—Las dos —añadió Neria.

Aquella respuesta tardó unos segundos en encontrar sitio dentro de su cabeza.

Ninguna de las otras mujeres había conseguido eso.

—Papá —llamó Aelia—. Dile que se vaya.

—Eso papá. Échala. Que se vaya.

Servio levantó lentamente la vista hacia Neria.

La mujer seguía completamente tranquila.

No parecía satisfecha, ni tampoco desafiante. Simplemente esperaba. Y él volvió la vista hacia sus hijas.

—No.

—¿No? —repitió Livia, frunciendo el ceño.

—No. Lo siento, pero se queda.

La mujer sostuvo su mirada sin decir nada. Por unos segundos pensó que sonreía o luciría preocupada, pero no. Era como si hubiera esperado exactamente aquella respuesta.

Las dos hermanas intercambiaron una mirada, antes de echar a correr hacia la zona de las habitaciones.

—¡Gaia! —gritó Livia mientras desaparecían por el corredor.

—¡Gaia! —añadió Aelia.

Servio siguió mirándolas hasta que desaparecieron. Sorprendido y paralizado.

Era la primera vez, desde la muerte de Lucinda, que alguien conseguía que sus hijas obedecieran sin romper nada por el camino y eso hizo que un escalofrío le recorriera la espalda.