El corazón de un hispano 19
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Los golpes sonaron sobre la puerta poco después de que Neria terminara de sujetarse el cabello en un recogido que le permitiese estar cómoda.

—Adelante.

Irene, la liberta, entró acompañada por la joven esclava de piel cobriza que la había recibido el día anterior. Servilia, recordó cuando la muchacha inclinó la cabeza para saludarla.

—Buenos días, dómina —dijo Irene—. Espero que haya descansado.

Neria miró el lecho todavía sin deshacer del todo.

Había dormido poco. Cada ruido del corredor la había despertado, convencida de que alguna de las niñas preparaba otro ataque.

—Lo suficiente.

La mujer debió de comprender que no era cierto, pero no comentó nada.

—Hemos dispuesto una estancia para las lecciones, tal y como el señor nos ordenó. Si está preparada, podemos llevarla hasta allí y enseñarle la casa por el camino.

Neria tomó las tablillas, que le había entregado Irene al llegar el día anterior y que había dejado sobre la mesa.

—Estoy preparada.

Salieron al corredor.

La villa parecía distinta a aquella hora. El atrio estaba ya limpio, sin rastro del agua sucia ni del estiércol de ayer. Varios esclavos cruzaban la estancia cargando cestas y telas, pero todos reducían ligeramente el paso al verla.

Neria fingió no advertirlo.

Probablemente la historia ya había recorrido cada rincón de la propiedad.

—La cocina está por allí —explicó Irene, señalando uno de los corredores laterales—. Las comidas se preparan antes de la salida del sol. Si desea alguna cosa especial, tendrá que hablar conmigo o con Servilia.

—No necesito nada diferente de los demás siervos.

—Eso dicen todas al principio —murmuró Servilia, con una sonrisa que Neria alcanzó a ver.

Irene le lanzó una mirada que hizo que la joven agachara la cabeza y continuaron caminando.

Atravesaron un pequeño patio donde dos mujeres lavaban ropa junto a una fuente. Más allá se encontraban las dependencias del servicio, separadas de la casa principal por un muro bajo y una hilera de árboles.

—Los esclavos con familia viven allí —continuó Irene—. Servilia comparte estancia con su madre y sus hermanos. Mi hijo y yo somos la única excepción. Nosotros dormidos dentro de la casa, cerca de las niñas. Y ahora también lo haces tú.

—¿Y el resto?

—Los mozos y trabajadores de los establos tienen sus dependencias junto a los corrales.

Neria escuchaba mientras intentaba recordar cada giro.

La villa era todavía más grande de lo que había imaginado. Ahora comprendía cómo las niñas podían desaparecer sin llamar la atención.

Regresaron al corredor principal.

Irene señaló tres puertas situadas a un lado.

—Estas son las habitaciones de las niñas. Aelia duerme con Servilia, aunque la mayor parte de las noches termina escapándose y acaba en la cama de su padre.

La joven esclava resopló.

—Esa niña siempre parece estar esperando que me duerma. No sé cómo lo hace.

—La segunda puerta es la habitación de mi niña Livia.

Neria la miró. También estaba cerrada.

—Y esa de enfrente es la de Gaia.

—¿Gaia?

La expresión de Irene cambió.

—Sí. La mayor.

—Todavía no la conozco. Ayer no la vi con sus hermanas.

Irene se enderezó, apretando la mandíbula.

—Gaia no ha querido salir, ni hablar con ninguno de nosotros.

—¿Desde ayer?

Irene tardó un instante en responder.

—No, desde que discutió con su padre, hace varios días.

Neria volvió a mirar la puerta.

No se oía nada detrás.

—¿Tampoco para comer?

—Yo misma le llevo las bandejas. A veces las come y otras no.

—¿Y nadie entra?

—Por supuesto que sí. Su padre cada día. La puerta no está cerrada con llave —explicó Irene—. Pero la niña no contesta.

Neria frunció el ceño.

—Tiene diez años, ¿por qué no la obligan?

—El dómine ha decidido que mejor la dejemos. Solo necesita tiempo, supongo.

La respuesta de Irene fue cansada.

Neria se acercó un poco a la puerta, aunque no intentó abrirla.

—¿Gaia? —llamó.

Silencio.

—No hablará, dómina —dijo Servilia en voz baja—. A veces se mueve por la habitación, pero nunca responde.

—Gaia, soy Neria Atilio. Seré vuestra nueva cuidadora y me gustaría mucho conocerte cuando estes preparada —dijo cerca de la puerta, lo suficientemente fuerte como para que la oyera.

Esperó unos segundos más. Le pareció escuchar un roce al otro lado de la puerta o quizá solo fuera su imaginación, porque nada ocurrió.

—Puede pasar si así lo desea, dómina —propuso Irene.

Neria negó con la cabeza, apartándose.

—No será necesario.

Sabía que aquel no era el momento. No conocía a la niña y entrar por la fuerza solo conseguiría convertirla en otra enemiga.

—¿Dónde daré las clases?

Irene reanudó la marcha.

—Al final del corredor.

La estancia estaba apartada de las habitaciones, cerca de un pequeño patio interior. Irene sacó una llave de su cinturón y se la entregó.

—El dómine ha ordenado que sea únicamente para usted y las niñas.

Neria tomó la llave que le tendía.

—Gracias.

—Voy a buscarlas. Servilia me ayudará a alistarlas y se las traeremos. Así mientras, usted puede organizarse. Servilia también ha dejado preparado todo lo que pidió para sus clases, señora.

—Muchas gracias.

Irene asintió, pero la joven esclava estaba perdida mirando la puerta entreabierta.

—¿Ocurre algo, Servilia? —preguntó Irene, que también se dio cuenta.

—No —respondió la joven deprisa—. Perdone, dómina.

Neria captó el intercambio y arqueó una ceja e Irene se aclaró la garganta antes de marcharse.

—Una última cosa, Irene —dijo antes de que se marcharan.

—Si, dómina.

—Escuchen, lo que escuchen, de la orden de que nadie interrumpa mientras esa puerta este cerrada, por favor.

Irene y Servilia se miraron, sin responder durante unos segundos.

—Como ordenéis, dómina. Nadie os molestará.

Y sin más, las dos se alejaron por el corredor y Neria aguardó hasta que dejaron de oírse sus pasos.

Después miró la puerta.

Estaba entreabierta y, por el gesto extrañado de la joven esclava, ella no la había dejado así.

Desconfiada, apoyó una mano sobre la madera y la empujó despacio.

Algo cayó desde arriba, haciendo que retrocediera a tiempo.

Una mezcla de polvo, hojas secas y lo que parecían pequeños trozos de carbón se estrelló contra el suelo a pocos centímetros de sus sandalias.

—Habéis calculado mal —dijo, inmóvil desde el umbral, mientras el recipiente rodaba hasta la pared.

No obtuvo respuesta.

Sin embargo, entró con cuidado. Sentía que esos dos torbellinos no debían estar muy lejos.

La habitación estaba hecha un caos.

Los rollos de pergamino habían sido desenvueltos tirados por todo el suelo. Había pigmento negro extendido sobre una mesa, agua alrededor de dos sillas volcadas y montones de paja esparcidos por toda la estancia.

En uno de los muros alguien había dibujado una figura monstruosa y enorme con cuernos y dientes, que imaginaba era un retrato suyo.

Y sobre la que sería su silla y su mesa, había cascaras y restos de huevos rotos.

Al fondo, detrás de una cortina, escuchó una risa pequeña y contenida que decidió ignorar.

Neria cerró la puerta. Y la llave giró en la cerradura con un chasquido.

—Podéis salir cuando queráis, ninguna de nosotras va a salir de aquí hasta que no solucionemos esto.

Silencio.

—Tranquilas, puedo esperar.

La cortina tembló de nuevo, aunque nadie apareció.

Livia apareció primero, saliendo del interior del baúl que había a su izquierda.

—¿Nos has encerrado? —espetó la mediana que, ante el asentimiento de ella, añadió—. No puedo creérmelo. Nos has encerrado.

Entonces Aelia salió de detrás de la cortina, copiando exactamente la postura de su hermana, con los brazos cruzados y el mentón levantado.

—No puedes hacer eso. No es divertido.

—Pues acabo de hacerlo.

Livia corrió hacia la puerta, sin acabar de creerla. Agarró el picaporte, y tiró de él.

Cerrada.

—Lo ha hecho —afirmó la mediana, volviéndose hacia Neria—. Dame la llave.

—No.

Livia se abalanzó sobre ella y Aelia hizo lo mismo un instante después.

Neria levantó el brazo para mantener la llave fuera de su alcance mientras las dos intentaban trepar por su túnica.

—¡Soltadme!

—¡Dámela! —gritó Livia.

—¡Ábrenos! —repitió Aelia.

Neria las separó sin delicadeza. Subió a una de las sillas que seguían en pie y dejó la llave sobre una repisa situada casi junto al techo, aprovechando su altura.

Después bajó.

Livia miró hacia arriba calculando la distancia. Pero ella sabía que no había manera de que llegaran a cogerla donde estaba.

Aelia, mirando a su hermana, arrastró otra silla entregándosela.

Neria la sujetó antes de que pudiera subirse.

—No.

—Es nuestra casa.

—Y esta es mi habitación para las clases.

—Es la casa de mi padre. Así que es su habitación, no tuya.

—Acordé con vuestro padre que esta sería para mí. Por ello me ha dado la llave.

Aelia pateó una de las patas de la silla.

—Abre la puerta.

—Cuando acabemos.

—No vamos a hacer nada contigo —replicó la pequeña cruzándose de brazos.

—Eso ya lo veremos.

Livia se colocó delante de su hermana y cualquier expresión divertida que pudiera quedar en su rostro desapareció.

—Como te atrevas a hacerle algo a Aelia, te ahogare mientras duermes.

Neria la observó.

No había diversión o crueldad en sus ojos. Solo miedo. De verdad pensaba que podía hacerle algún daño a su hermana.

—No pienso haceros ningún daño a ninguna de las dos.

—Ayer no parecías pensar lo mismo cuando nos mojaste.

—Lo hice porque vosotras me embarrasteis primero. Hoy será diferente.

—Todas dicen lo mismo.

—Yo soy distinta.

—Eso también nos lo han dicho.

Neria sostuvo su mirada unos instantes, no la creían. Era obvio. Así que decidió cambiar de tema.

—¿Y Gaia? ¿Tampoco os acompaña hoy?

Livia se tensó.

—Eso no te importa.

—¿Acaso no está de acuerdo con estos planes? Es que me gustaría conocerla.

—Ella no quiere conocerte.

—Nos lo ha dicho —corroboró Aelia.

—Así que con vosotras sí que habla —concluyó, mientras Aelia se acercó a su hermana para aferrarse a su túnica.

—Gaia dice que esto no sirve de nada. Que padre nos va a acabar separando cuando te vayas.

—Aelia, calla. No le hables —ordenó la mayor.

—Puede que tenga razón.

Su respuesta hizo que ambas niñas la mirasen, sorprendidas.

—¿Entonces lo admites? —preguntó Livia—. ¿Nos van a separar?

—No —declaró Neria, mirando el desastre que había a su alrededor—. Simplemente admito que es una posibilidad si esto no mejora.

Neria señaló el desorden a su alrededor antes de continuar.

—Ya os digo yo, que actos así no van a ayudar a que vuestro padre cambie de opinión.

—Da igual lo que nadie piense. No voy a dejar que nos saquen de aquí.

—Estoy de acuerdo. Por eso intento impedir que os separen.

—Eres una mentirosa —soltó Livia, mirándola ceñuda.

—Puede. Me dijeron lo mismo de ti.

La niña parpadeó.

—¿Qué?

—Todavía no me conoces, ni yo a vosotras. Puede que te mienta, quizás lo hagas tú, ambas o ninguna. El resultado es que tenemos treinta días para averiguarlo.

Neria levantó una silla caída y la colocó junto a la mesa.

—Mientras tanto, vais a limpiar esto.

—No.

—Nunca —negó también Aelia, copiando a su hermana.

—Perfecto.

Neria se sentó.

Colocó sus tablillas delante de ella y comenzó a revisar lo que había preparado aquella mañana.

Livia esperó unos segundos.

—Abre la puerta.

Neria siguió leyendo.

—No.

Aelia corrió hasta la madera y comenzó a golpearla con ambas manos.

—¡Papa! ¡Irene! ¡Servilia!

Livia se unió, tras darle un último vistazo entrecerrando los ojos.

—¡Abridnos! ¡Estamos encerradas!

—¡Papa! —repitió Aelia.

—¡Nos quiere matar! ¡Abridnos! —añadió Livia.

Neria levantó la vista.

—Livia, eso es falso —habló, haciendo que ambas niñas parasen para mirarla—. Además, si vas a mentir y esperas que alguien venga, lo mejor es que grites fuego. Funciona mejor.

La mediana golpeó todavía más fuerte. Visiblemente molesta por la calma de la mujer.

—¡Papá! ¡Irene! ¡Alguien!

—¡Estamos encerradas! —acompañó Aelia.

—Podéis gritar todo lo que queráis, o recoger para que os abra la puerta. Vosotras elegís —propuso Neria.

Livia se volvió hacia ella.

—No vamos a hacerlo.

—Entonces no saldremos de aquí.

—¿Nunca? —pregunto Aelia, mirándola con sus ojos grandes y redondos.

—¿Nos mataras de hambre? No te lo van a permitir.

—No pienso hacer eso. Comeremos aquí hasta que terminéis de limpiar el desastre que habéis causado.

—Se lo diré a mi padre.

La seguridad de la mediana hizo vacilar a Neria.

—Adelante.

Entonces fue Livia quien flaqueo. Aunque solo un instante. Frustrada, agarró una tablilla del suelo y la lanzó contra la mesa.

—Aquí tienes. ¿Contenta?

Neria la atrapó antes de que cayera.

—Muy bien. Ahora tenéis que recoger todo lo demás y con más calma y cuidado. Si algo se rompe, tendréis que repararlo y eso nos llevará más tiempo.

Livia apretó los puños y Aelia copió el gesto.

—No pienso obedecerte.

—Perfecto —comentó Neria volviendo a sus notas.

Las niñas continuaron golpeando la puerta durante un rato. Gritando. Llamando a su padre y a cualquiera que se les ocurriera.

Neria se fijó que Aelia, cada par de frases, repetía lo que Livia decía un segundo después, aunque algunas palabras se le enredaran en la lengua.

Nadie acudió.

Irene había cumplido con su petición.

El tiempo pasó.

Neria se mantuvo sentada. Calmada y en silencio, hasta que los golpes comenzaron a espaciarse.

—Tengo hambre —dijo Aelia, dejándose caer en el suelo.

Livia la miró y después siguió la mirada de su hermana, deteniéndose en el pigmento extendido sobre la mesa, la paja y las sillas volcadas.

—No lo hagas —le advirtió.

Aelia bajó la cabeza.

—Pero tengo hambre y me hago pipí, Livi.

Neria no apartó la vista de sus tablillas. Fingiendo no escuchar la conversación.

Pasaron unos minutos en silencio.

Entonces escuchó un suspiro, seguido del roce de la paja contra el suelo.

Cuando levantó la mirada, Aelia estaba recogiendo pequeños puñados con las manos.

Livia continuaba inmóvil. Furiosa, pero en esta ocasión fue ella quien imitó a la benjamina.

Neria volvió a bajar la vista, mientras recogían. Comprendió entonces que aquella primera batalla no iba a consentir en averiguar quién era más testaruda, si las niñas o ella.

Sino que se trataba de ver quién sería capaz de esperar más.