El corazón de un hispano 18
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Las dos bolsas de viaje descansaban abiertas sobre la cama del dormitorio que le habían dado en la casa de Calpurnia.

Ya no quedaba mucho que guardar. Neria apenas había traído nada desde Roma.

—Para que luego me preguntes porque no me gusta tratar con niños.

—No ha sido para tanto.

—Imagínate que me pasa a mí lo mismo. Las mato y que sea lo que tenga que ser.

Neria sonrió sin dejar de doblar con cuidado otra prenda.

—No seas exagerada.

—¿Exagerada? —repitió Edine sonriendo—. ¿Viste la cara de Porcio cuando entraste?

Neria negó despacio.

—Preferí no hacerlo. Bastante trote había tenido ya.

Edine volvió a reír, ayudándola a doblar otra de las túnicas.

—Me habría encantado estar allí. Sobre todo, cuando atacaste a las dos niñas.

Neria dejó escapar una exhalación.

—Créeme. No habrías querido.

—¿Dónde quedo tu consigna de «solo son niños»?

—No lo pensé.

—Lo imagino —señaló Edine divertida.

Neria terminó de doblar la última túnica.

—Al menos el padre era guapo, ¿no? —preguntó Edine, guardando su prenda.

Neria alzó la cabeza.

—Es un estúpido.

—No es eso lo que te he preguntado.

—Ni siquiera fue capaz de disculparse.

Edine sonrió despacio.

Debe ser muy atractivo.

—¿Y es cierto lo que dijo Calpurnia?

—¿El qué? —replico Neria sin parar de guardar la ropa doblada.

—Que esas niñas se parecen mucho a vosotras cuando erais pequeñas. El mismo desastre andante, según sus propias palabras.

Neria se detuvo apenas un instante.

—Puede.

Edine arqueó una ceja.

—Lo sabía.

Edine sonrió y Neria siguió guardando la ropa.

—No sabes nada.

—Sí sé. Por eso has aceptado. Te recuerdan a ti cuando eras pequeña.

Edine se dejó caer sobre la cama mientras Neria guardaba la última prenda, luchando por no sonreír.

—Yo nunca ataqué a nadie. Al menos con estiércol… creo.

—Seguro. Por eso estás pensando ya cómo conseguir que tres niñas dejen de lanzar mierda a la gente.

—Primero voy a intentar que dejen de lanzármela a mí.

—Me parece que vas a necesitar suerte para eso.

Esta vez rieron las dos. Relajadas, como hacía mucho tiempo que no estaban.

—Creo que Tulio se habría divertido muchísimo con todo esto —habló Neria.

El silencio que se instaló después fue distinto.

Más pesado.

Edine observó cómo la sonrisa de Neria desapareció súbitamente en cuanto fue consciente de sus palabras.

Era la primera vez desde que vieron al mensajero que pronunciaba su nombre en voz alta.

—Habría dicho que no hay suficiente estiércol en toda Hispania para asustar a una romana tan testaruda como tú.

Neria terminó de cerrar la última bolsa y acarició distraída el cuero desgastado antes de responder.

—Probablemente.

Edine respiró despacio.

—Está bien que vuelvas a decir su nombre en alto.

Neria levantó los ojos, pero no habló.

—Yo también sigo enfadada con él —añadió Edine.

—Yo lo estuve —admitió la patricia, guardando silencio durante unos segundos antes de continuar—. Pero creo que ya no.

Aquellas palabras le dolieron a Edine más de lo que esperaba.

No porque Neria hubiera dejado atrás la rabia, sino porque Edine seguía atrapada en la suya.

—Me alegro por ti —logró decir.

La frase le dejó un sabor amargo en la boca, haciéndola bajar la vista hacia la capa de Tulio, cuidadosamente doblada sobre el arcón

—Cuanto más lo pienso, menos entiendo por qué aquel idiota creyó que tenía que volver convertido en otro hombre. Como si el que era no nos hubiera bastado —añadió.

Neria no respondió enseguida.

—Fue su decisión. Quería convertirse en médico y se marchó para conseguirlo. Supongo que debemos aceptar eso.

Edine gruñó por lo bajo.

Sí. Como si fuera tan fácil.

Se enervaba cada vez que recordaba que fue su deseo de convertirse en uno de aquellos médicos famosos que recorrían las villas de los patricios lo que lo llevó a aquella guerra sin sentido. Como si no hubiera sido suficiente siendo simplemente Tulio.

Neria dejó la bolsa sobre la cama, probablemente notando el mal humor que había invadido a su amiga.

—Era un buen hombre. Nada cambia eso.

Edine asintió muy despacio, luchando por controlar la emoción.

—Sé que todavía lo es —logró articular y la voz se le quebró apenas al decirlo.

Ninguna añadió nada.

¿Para qué?

Las dos sabían perfectamente lo que la otra estaba pensando.

Edine llevaba meses imaginando la misma conversación. Lo que le diría a Tulio cuando regresara.

Que había sido un necio. Que no necesitaba demostrar nada. Que ya era digno de admiración. Que para ella siempre había sido suficiente.

Aunque nunca había reunido el valor para explicarle cuánto.

Siempre creyó que habría otro día.

Que volvería. Que aún tendrían tiempo.

Pero lo más probable era que Neria tuviera razón y ese tiempo hubiera desaparecido con él en Pannonia .

Notó la mano de su amiga sobre la suya.

—Tienes que seguir adelante, Edine. Creo que este es un buen lugar para empezar.

Edine tragó saliva.

—No creo que pueda hacerlo.

Su mirada viajó hasta el rincón donde descansaba el arcón, lleno ya solo de sus cosas y a las pocas pertenencias que habían quedado junto a él.

—He estado pensando… —intentó hablar, mientras Neria esperaba atenta—. Cuando Lugo esté completamente recuperado… lo más probable es que regrese a Roma.

Neria tardó un instante en reaccionar. Siguió la dirección de su mirada hacia el arcón y abrió la boca, pero no debió encontrar nada qué decir porque volvió a cerrarla.

En ese momento llamaron suavemente a la puerta.

—Dómina Neria —avisó Sura desde el otro lado—. El carro está preparado. Los esclavos os esperan. Cuando deseéis.

—Gracias, Sura. Ya voy —contestó Neria inmóvil.

Pero no fue así. No se movió, sino que siguió mirándola en silencio unos instantes más.

Apretaba los labios y fruncía el ceño.

Sin duda continuaba buscando las palabras.

—Tranquila —dijo finalmente Edine, soltando despacio su mano—. Estaré bien. Además, aún no me voy a ninguna parte. Así que tienes tiempo de decidirte. Treinta días exactamente.

Las dos permanecieron inmóviles unos segundos más.

—Si —articulo Neria, levantándose—. Supongo que ha llegado el momento.

Su amiga cogió las dos bolsas, colgándose del hombro la más pesada.

Mientras Edine seguía sin saber si se había referido al viaje o a ellas.

Quiso hacer una broma.

Cualquier tontería que las hiciera reír una vez más antes de que se marchara, pero ninguna apareció.

Así que simplemente la abrazó. Con fuerza. Como si pudiera guardar en aquel abrazo todo lo que Roma les había arrebatado.

Y debió funcionar porque, cuando la soltó, Neria sonreía.

—Solo son treinta días. No tomes ninguna decisión antes, ¿de acuerdo? Aunque Lugo mejore.

Edine tardó, pero finalmente asintió.

—Me parece bien, cabezota. Ojalá en ese tiempo las dos encontremos la forma de seguir adelante.

Ahora fue Neria quien asintió, antes de salir de la habitación.

Edine permaneció allí inmóvil, mirando la puerta cerrarse despacio. No iba a salir a despedirse. Odiaba las separaciones y Neria lo sabía.

Y estando allí sola, comprendió que, después de tantos años caminando una junto a la otra, sus caminos acababan de empezar a separarse.