El corazón de un hispano 17
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Neria se dio la vuelta antes de que Servio encontrara una respuesta.

Se alejó por el atrio con la bolsa al hombro, dejando tras de sí una sucesión de huellas mojadas y pequeñas gotas verdosas. No caminaba deprisa, pero había algo en la rigidez de su espalda que advertía que no pensaba detenerse.

Servio permaneció inmóvil.

La última frase de la romana seguía resonándole en la cabeza.

«Antes de separarlas, debería preguntarse por qué están tan asustadas como para comportarse así.»

No necesitaba que una desconocida le explicara cómo se sentían sus hijas.

Lo sabía.

Lo veía cada vez que Gaia evitaba mirarlo o hablarle cuando iba a buscarla a su dormitorio. Cuando Livia desaparecía durante horas nadando. Y todas las noches que Aelia se colaba en su habitación durante la noche, convencida de que él dormía, para susurrarle que fuera un buen papa.

Precisamente por eso había tomado aquella decisión.

Porque las conocía y les había fallado.

—Neria, espera —llamó Calpurnia.

La mujer no se detuvo.

—Por favor, te agradecería que parases y hablásemos un último momento.

—Y yo te agradecería que la próxima vez que decidas tenderme una emboscada, no hubiera estiércol involucrado — respondió la joven sin girarse—. Además, ya he dicho todo lo que tenía que decir.

Calpurnia miró a Servio, con acusación en los ojos.

—Haz algo.

Servio soltó una exhalación, antes de hablar.

—Ha sido ella quien ha decidido marcharse.

Calpurnia alzó las cejas.

—¿En serio, Servio? ¿Ni treinta días de prueba? —preguntó la mujer, pero antes de que él pudiera responder, añadió—. De acuerdo. Entonces quédate aquí mientras separas a tus hijas y te convences de que no existía otra alternativa.

Calpurnia recogió el extremo de su estola [18] y echó a andar tras Neria.

Servio apretó la mandíbula.

Aquel día no había empezado bien.

Porcio se había marchado al amanecer después de obligarlo a escuchar, una vez más, que todavía estaba a tiempo de rectificar.

Irene le había comunicado al amanecer que Gaia seguía sin querer salir del dormitorio o hablar con nadie y Servilia lo había perseguido hasta el despacho para advertirle que Livia y Aelia llevaban demasiado tiempo en silencio y que probablemente tramaban algo.

Servio cerró los ojos durante un instante.

Treinta días.

Treinta días no cambiarían a Livia. Ni harían obediente a Aelia. Ni devolverían la sonrisa a Gaia. Y mucho menos traerían de vuelta a Lucinda.

Entonces de qué servía.

¿Qué podían empeorar treinta días que no estuviera ya roto?

Si iba a fracasar, lo haría igual dentro de un mes que ahora.

Pero si Calpurnia tenía razón…

No terminó el pensamiento. Porque no recordaba la última vez que ella se hubiera equivocado con una persona.

Y con esto, decidió seguir a Calpurnia.

Las alcanzó al otro lado del pórtico. Neria ya había atravesado el patio principal y avanzaba hacia el carro que seguía esperando cerca de la entrada.

Varios trabajadores habían levantado la cabeza al verla pasar.

Una mujer cubierta de barro y estiércol siempre atraía miradas, aunque caminara con la dignidad de una emperatriz ofendida.

—Neria —repitió Calpurnia.

Esta vez la romana se detuvo.

No se volvió de inmediato. Se limitó a apoyar una mano en el lateral del carro y a respirar hondo.

—Dime.

—Perdona. Lo lamento. No sabía que iba a pasar… esto.

Neria la contemplo, con el mentón alzado, guardando silencio durante unos segundos.

—No te preocupes. No es culpa tuya.

Servio llegó junto a ellas, haciendo que ambas mujeres se girasen para mirarlo.

Neria endureció el rostro. Tenía el cabello dorado, pegado a las mejillas, los ojos verdes encendidos y la boca apretada como si todavía guardara varios insultos.

Servio apartó la mirada antes de detenerse demasiado en ella.

No era el momento de reparar en la forma en que la túnica mojada se ceñía a su cuerpo. Ni en nada que no fuera el problema que Calpurnia pretendía dejarle instalado en casa.

—Treinta días —dijo.

—¿Qué? —preguntó Calpurnia, ladeando la cabeza.

—Una prueba de treinta días. Eso os ofrezco.

Neria soltó una risa incrédula.

—Escúchale antes de negarte —reacción la patricia, cogiéndola del brazo suavemente.

—Calpurnia…

La romana cerró los ojos un instante, antes de interrumpirla.

—Por todos los dioses, sois iguales. ¿Podéis simplemente escucharos entre vosotros, por favor?

Ambos se miraron.

—Las cartas ya han sido enviadas, pero puedo enviar otras pidiendo un… aplazamiento —dijo Servio, cruzando los brazos y mirando a Calpurnia de nuevo—. Aunque quiero que quede claro que hago esto no porque una romana insolente haya entrado en mi casa y me haya sermoneado.

—Pues yo no voy a trabajar para un hombre que considera una conversación normal hablar de o con alguien sin mirarlo —replicó Neria.

Servio no recordaba la última vez que alguien, aparte sus hijas, le había sostenido así la mirada.

Quizá Porcio o Calpurnia. Pero no lo creía. Ellos sabían cuándo detenerse.

Y Lucinda también se había enfrentado a él, pero nunca de aquella forma. Ella sonreía antes de atacar y después lo dejaba reflexionar hasta que comprendía que había perdido la discusión.

La mujer que tenía delante no sonreía. Incluso parecía dispuesta a morder.

—En serio, sois imposibles —continuó Calpurnia, interponiéndose un poco entre ambos—. He visto senadores discutir cuestiones mayores con menos vehemencia.

Servio miró hacia la casa.

Treinta días no cambiaría nada. Seguía pensando que solo retrasaría lo inevitable. Sin embargo, tampoco empeoraría nada y no quería quedarse con la duda de si Calpurnia tenía razón. Porcio siempre se lo recordaría.

—¿Negociamos? —preguntó la joven, tras mirar a Calpurnia.

Servio no respondió.

Bajó la vista hacia las manchas de barro que seguían en el suelo, respiró una vez y volvió a levantarla.

—De acuerdo.

—Me parece bien una prueba de treinta días —afirmó Neria, observándolo con atención.

Calpurnia soltó el aire con fuerza.

—Maravilloso. Ya os entendéis.

—No.

—Estamos negociando —replicó Servio.

Calpurnia levantó las manos.

—De acuerdo. Tranquilos. Continuad.

Neria se apartó del carro y dejó la bolsa en el suelo.

—Suponiendo que aceptara esta prueba —comenzó—, necesitaría autoridad sobre la rutina diaria de las niñas.

Servio frunció el ceño.

—¿Autoridad?

—Horarios, comidas, estudios, salidas y castigos razonables.

Servio tardó unos segundos en contestar, apretando los labios.

—Son mis hijas.

—Y yo sería la responsable de cuidarlas. No puedo conseguir que me obedezcan si contradice cada decisión delante de ellas.

—No contradeciré sus decisiones delante de ellas mientras usted no les haga daño, ni tampoco rebata las mías. Yo soy su padre y sigo siendo la autoridad en esta casa.

Neria sostuvo su mirada unos segundos.

—Puede contar con que nunca les exigiré nada que yo misma no esté dispuesta a hacer. Y, respecto a sus decisiones, obedeceré siempre que sean lógicas, razonables y no hagan imposible mi trabajo.

Servio permaneció en silencio, observándola durante más tiempo del debido.

Era difícil saber si era sincera o simplemente decía lo que él necesitaba oír.

—Esto no funcionará. Ni siquiera ha empezado y ya está imponiendo condiciones para desautorizarme.

—¿Quiere negociar o no?

Servio la observó unos instantes, sin responder, igual que habría hecho con cualquier hombre que acudiera a comprar uno de sus caballos.

La romana no bajó la vista. Ni parecía dispuesta a hacerlo.

Una exhalación escapó por su nariz.

—Continúe —dijo Servio, frotándose la nuca.

Calpurnia respiró hondo, con la frente brillante. También estaba tensa.

—Mire. Yo no le contradeciré delante de las niñas. Y si no estoy de acuerdo con algo de lo que decida, se lo diré en privado —propuso Neria—. ¿Le parece?

Servio asintió.

—Me servirá.

—Otra cosa —continuó Neria—. Necesitaré una habitación.

Servio apoyó ambas manos en la cintura.

—Por supuesto. Todas las personas que trabajan en esta casa tienen sus dependencias.

—Ya… pero me gustaría que fuera solo para mí.

Servio apretó los labios y trago saliva, antes de contestar.

—¿Pretende elegir también dónde dormir?

—Pretendo descansar.

El hispano se pellizcó el puente de la nariz antes de contestar, preguntándose cuánto más tendría que claudicar para que aquello funcionara.

—De acuerdo.

—Y también necesito una habitación donde instruirlas.

—Hay un rincón en el tablinio [19] donde daban clases. Es una estancia amplia que apenas usamos, solo para recibir visitas importantes.

—No he dicho un rincón, sino una habitación completa. Con una puerta que se pueda cerrar con llave.

Servio entrecerró los ojos, deteniéndose unos segundos.

—¿Piensa encerrarse con mis hijas?

—Tengo intención de enseñarles sin que nadie de la casa intervenga.

Servio miró a Calpurnia, dudando.

Luego volvió la vista hacia la casa, dudando que todas aquellas concesiones fueran a funcionar.

—La tendrá.

Neria se inclinó para recoger la bolsa, aunque todavía no se la colocó al hombro.

—También quiero libertad para entrar y salir de la villa.

—No es una prisionera.

—Me refiero a que no pienso pedir permiso para visitar a Calpurnia o a quien desee.

Servio sintió una irritación absurda al escuchar su respuesta, pero decidió ignorar el sentimiento.

—Mientras mis hijas estén atendidas y respete unos horarios razonables, por mí, podrá hacer lo que quiera.

—Entonces estamos de acuerdo —aceptó Neria, que añadió—.

—Y, solo faltaría el hecho de que Edine tiene que quedarse conmigo.

Servio parpadeó, tardando unos segundos en responder.

—¿Quién demonios es Edine?

—Mi amiga.

—La curandera con la que ha viajado desde Roma y a la que contraté para que nos acompañara en el viaje —aclaró Calpurnia.

Otra mujer. Claro. Justo lo que necesito en esta casa.

—No necesito una curandera.

—Yo sí la quiero a ella aquí.

—Esto no es una posada.

—Entonces no hay trato.

Neria tomó la bolsa y se la colgó del hombro.

Calpurnia se interpuso antes de que pudiera montarse en el carro.

—Edine de momento trabaja para mí, Neria —declaró la patricia con rapidez—. Necesito que siga ocupándose de Lugo hasta que se recupere, así que se quedará en mi casa.

Neria la observó con desconfianza.

—Está cerca, puede visitarte y tú puedes verla cuando termines tus obligaciones —continuó Calpurnia—. ¿Podrías tú aceptar eso?

Neria guardó silencio.

Servio la vio mirar hacia el camino que conducía a la ciudad. Y durante unos instantes creyó que rechazaría la propuesta.

Parte de él casi lo deseó. Aquella mujer traería problemas. Estaba seguro.

—Si esto funciona, a los treinta días, renegociaremos lo de Edine. ¿Trato? —preguntó finalmente Neria.

—Me parece bien —aceptó Servio excepcionalmente rápido—. Total, no creo que esto vaya a funcionar.

Neria se volvió hacia él.

—Y cuando lo logre tendrá que controlar su emoción, dómine —pronunció la joven irónica, volviéndose hacia él.

Servio frunció el ceño.

Ella entrecerró los ojos y extendió la mano.

Calpurnia sonrió.

Servio aceptó la mano. El apretón fue firme, breve y mucho más cálido de lo que esperaba.

—Entonces está decidido —comentó Calpurnia con una sonrisa gigante en el rostro.

Servio miró sus dedos, todavía húmedos, cuando le soltó la mano. El calor que le dejó su tacto, lo hizo estirar los dedos.

—¿Cuándo empiezo? —preguntó la joven.

—Mañana mismo —dijo él—. Pero si queréis podéis instalaros hoy mismo. Irene os preparara una habitación, mientras alguno de los esclavos va a por vuestras pertenencias.

Neria arqueó una ceja.

—Me gustaría ir yo misma a por ellas. Tampoco son muchas y así podré despedirme de Neria como es debido.

Servio miró a Calpurnia antes de contestar.

—Si por ti está bien, yo no tengo problema.

—Por supuesto. La traeré de regreso en unas horas.

Neria asintió cogiendo la bolsa con mayor comodidad, mientras Calpurnia sonreía satisfecha, como si acabara de cerrar un acuerdo comercial especialmente complicado.

Servio observó a ambas subir al vehículo y solo cuando este comenzó a alejarse comprendió lo ocurrido.

Acababa de aceptar introducir en su casa a una romana insolente, malhablada y capaz de devolverle a una niña un cubo de estiércol sin pestañear.

Porcio iba a disfrutar demasiado cuando Calpurnia se lo contara.

Servio miró hacia la entrada de la villa.

Livia y Aelia asomaban medio rostro detrás de la puerta. En cuanto descubrieron que las había visto, desaparecieron con la rapidez de dos conejos sorprendidos.

Solo entonces advirtió otra figura unos pasos más atrás.

Gaia.

Llevaba días sin abandonar su dormitorio. Ni siquiera había salido aquella mañana cuando fue a pedírselo.

Sin embargo, allí estaba.

No huyó como sus hermanas. Tampoco sonrió.

Pero no apartó la vista.

Hacía semanas que no sostenía una mirada así con ella.

—Treinta días… —murmuró.

Gaia continuó observándolo desde la distancia unos segundos más. Después, sin prisas, desapareció también tras el umbral.

Servio permaneció inmóvil.

Treinta días.

Era todo lo que acababa de concederle a su familia.