16
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó Calpurnia, mirando estupefacta el desastre que ocupaba un atrio que, hasta hace apenas unos minutos, estaba impoluto.
Sin embargo, Neria seguía sin poder articular palabra. El hombre tenía el cabello castaño oscuro, una barba corta, aunque algo descuidada y una expresión tan agotada como enfadada. Su complexión contaba que pasaba más tiempo bajo el sol que encerrado entre las paredes de su casa.
Edine tenía razón. Las esclavas de Calpurnia no la habían engañado. Era muy atractivo.
Neria notó que los ojos del hombre recorrieron el atrio, el suelo mojado, las manchas verdosas y los dos baldes abandonados junto al estanque.
Después siguieron las huellas que las niñas habían dejado al escapar.
Y finalmente se detuvieron en ella. Aunque no en su rostro, sino en su túnica empapada.
—¿Esta es la solución a la que te referías, Calpurnia?
La patricia no respondió. Continuaba mirando a Neria probablemente intentando descifrar cómo había conseguido destruir aquel lugar durante los escasos minutos que la había dejado sola.
—Lo lamento, pero no necesito a alguien que se comporte peor que mis hijas —soltó Servio después de observarla de arriba abajo, acompañando sus palabras con una exhalación cansada.
Neria parpadeó.
Había esperado una pregunta. Tal vez una reprimenda dirigida a las niñas. Incluso una disculpa torpe. Pero no aquello.
—Perdone, dómine, pero dudo que comportarse peor sea posible —declaró, apartándose del rostro un mechón mojado.
Servio no reaccionó. Ni siquiera volvió a mirarla.
—Gracias, pero no necesito más caos en esta casa —continuó, dirigiéndose únicamente a Calpurnia.
Neria apretó los labios.
—Perdone, dómine, pero, si habla de mí, agradecería que al menos me mirase.
El hombre tardó un instante en hacerlo. La expresión de cansancio no desapareció de su rostro, pero algo parecido a la sorpresa cruzó sus ojos.
Neria recogió su bolsa junto a la columna y se acercó a ellos, dejando tras de sí pequeñas gotas de aquella mezcla asquerosa.
—Tampoco he encontrado ningún placer en actuar así —añadió—. Sus hijas me arrojaron dos cubos encima antes siquiera de preguntarme quién era. Solo les he permitido comprobar lo que se siente.
—Arrojándole agua a dos niñas pequeñas.
—Ellas me han arrojado estiércol.
—Tienen cuatro y ocho años.
—No veo en qué cambia eso la situación —declaró Neria, mirándolo sin comprender.
Calpurnia se tapó la boca durante un instante, aunque Neria no pudo saber si intentaba contener una sonrisa o una protesta.
—No importa —concluyó Servio, tras pasarse una mano por el rostro.
—A mí sí me importa —replicó Neria—. Sigo cubierta de lo que su hija pequeña ha denominado barro y caca de gallina.
—Servio, Neria es una persona muy cabal —intervino finalmente su amiga, dando un paso hacia ellos—. Sabe lo que hace
El hombre frunció el ceño, mirando de una a otra.
—Yo solo veo otra mujer a la que mis hijas van a expulsar en menos de una semana, Calpurnia.
—No has visto como trabaja.
—No necesito hacerlo para saber cómo termina esto.
—Te equivocas, Servio.
—¡Mírala! —exclamó el hispano señalando hacia Neria con una mano—. Hace solo unos momentos que ha llegado y ya está empapada, ha convertido el atrio en un lodazal y ha atacado a mis hijas. ¿Pero qué locura es esta?
Neria sintió que la vergüenza le calentaba el rostro.
No por lo que había hecho o por el aspecto que debía de presentar, sino porque, por unos momentos, la hizo dudar de su capacidad.
Aun así, le sostuvo la mirada a Servio. No pensaba bajar la cabeza y mucho menos pedir disculpas, cuando nadie le había ofrecido una a ella.
—Al menos no he salido corriendo —logró articular.
—Exacto, eso ya es un mérito —la apoyó Calpurnia.
—No lo es —articuló Servio, entrecerrando los ojos.
—Con sus hijas, sí. Créame.
A Calpurnia esta vez si se le escapó una risa que intentó ocultar tosiendo y Servio volvió a observar el agua extendida sobre el suelo.
—Otras soportaron cosas peores y no se igualaron a ellas.
—Quizás por eso se fueron, señor —contestó Neria, directa.
El hombre la miró ceñudo, antes de volver a ignorarla.
—No quiero más caos, Calpurnia. Ni más mujeres que me digan que mis hijas son demasiado difíciles antes de marcharse llorando, insultando o maldiciendo lo acordado.
—Neria no es como las anteriores.
—Todas parecían distintas al principio —concluyó, regresando su mirada a Neria por unos segundos—. No quiero más intentos fallidos. Ya te he dicho que llegas tarde.
Neria sintió que algo en su estómago se tensaba.
Era la sensación de haber sido introducida en una ecuación que ya estaba resuelta antes de que ella entrara en aquella casa.
—¿Qué quiere decir? —preguntó, cuando su amiga negó seria.
Ambos guardaron silencio unos instantes.
—Ya no necesito a ninguna cuidadora —dijo finalmente Servio, tras observar el corredor por el que habían desaparecido sus hijas—. Las niñas se marchan.
—Servio… —intentó hablar Calpurnia, pero el hispano la interrumpió con un gesto de la mano.
—No pienso repetirlo. La decisión está tomada.
Neria recordó las palabras de Livia.
«No nos vais a separar.»
Aquello no iba de darles clases, ni de encontrar a una mujer capaz de mantenerlas bajo control, sino de escucharlas.
Calpurnia lo miró horrorizada.
—No puedes estar hablando en serio, Servio. Adoras a esas niñas.
—Por eso lo hago.
—Son hermanas.
—Y seguirán siéndolo, aunque no estén juntas.
—¿Estando a cientos de millas unas de otras? ¿De verdad?
La mandíbula de Servio se tensó.
—Mi hermana y la familia de Lucinda sabrán educarlas como corresponde.
—¿Has escrito también a la prima de Lucinda?
Servio asintió.
—Pero si Lucinda no soportaba a su tío —añadió su amiga.
—Con su prima era diferente. Ella será un buen ejemplo para Livia.
—Tú también lo eres —replicó Calpurnia.
El hombre apartó la mirada.
El gesto duró apenas un instante, pero Neria lo vio. Culpabilidad.
Por primera vez desde que había aparecido, Neria distinguió algo bajo su brusquedad. Algo que se parecía demasiado a la derrota. Sin embargo, Servio volvió a endurecerse antes de que pudiera sentir compasión.
—Así que tu amiga ha venido para nada. Lamento que hayas perdido el tiempo, Calpurnia.
Neria lo miró.
¿Su amiga?
Seguía allí. Delante de él. Aunque el hispano hablaba de ella como si fuera un fardo que Calpurnia hubiera transportado por equivocación.
—No he perdido el tiempo. Las niñas siguen aquí —afirmó la patricia—. Todavía puedes reconsiderarlo.
—No.
—Al menos dale una oportunidad.
—Ya he visto suficiente.
Neria se sintió definitivamente como un encargo erróneo y soltó una risa breve, incapaz de contenerla, que hizo que Servio volviera la cabeza.
—¿Le parece divertido, dómina?
—No. Me parece absurdo.
—Neria —advirtió Calpurnia en voz baja, pero ya era tarde.
—Ha visto a sus hijas atacarme, ha visto el resultado y, aun así, no les ha preguntado qué ha ocurrido ni les ha pedido que regresen para disculparse.
Servio dio un paso hacia ella.
—Me ocuparé de mis hijas cuando corresponda.
—¿Cuándo corresponda? —repitió, sin darle tiempo a replicar—. Han arrojado estiércol a una desconocida en mitad de su casa. A un invitado. Y parece creer que en otro sitio serán diferentes.
—Y usted ha respondido como una niña.
—He respondido como alguien que no piensa permitir que la humillen, que es lo que ocurre en la vida real y no en este fuerte.
—Me lo imaginaba —dijo Servio, torciendo el gesto.
—¿El qué? —preguntó Neria, apretando los labios, inmóvil.
—Que no lo entiende.
—¿Qué no entiendo el qué? —repitió Neria, confundida.
—Servio, cuida tu lengua —avisó Calpurnia—. Es una amiga.
—Es una viuda romana recién llegada de la capital. No sé qué experiencia puede tener con una casa como esta, ni con tres niñas hispanas.
Neria apretó la correa de su bolsa.
—Así que, por ser romana, ¿supone que soy consentida e inútil?
Aquello fue suficiente.
No el rechazo o la falta de disculpas. Ni siquiera el modo en que la había ignorado a placer. Fue la seguridad con la que la redujo a una vida que no le correspondía y de la que llevaba años intentado escapar.
—¿Esto también se le aplica a ella, dómine? —añadió, señalando a Calpurnia—. Porque hasta donde yo sé ella es tan romana como yo.
Servio pareció darse cuenta de que había dicho algo inadecuado, pero no retrocedió.
—No pretendía ofenderla, pero con Calpurnia es diferente.
—Pues no se le da demasiado bien no ofender.
—Solo digo que ella es una buena amiga que ha demostrado ser diferente.
—Porque imagino que, a diferencia de mí, le habrá concedido el tiempo para demostrárselo.
—Por lo que me ha dicho Calpurnia, sé que ha vivido toda su vida rodeada de patricios. Por eso asumo que no ha tratado con niñas criadas en el campo.
—Y yo sé que usted lleva toda la suya rodeado de caballos y no por ello asumo que es incapaz de hablar con personas.
Calpurnia bajó la mirada, ocultando una sonrisa. Servio, en cambio, carraspeó mientras cambiaba el peso de un pie al otro.
—Usted no comprende cómo funciona esta casa.
—No. Pero en los pocos minutos que llevo aquí he descubierto que dos de sus hijas están tan aterradas ante la posibilidad de que las separen que atacan a cualquier desconocido y que a nadie de esta casa le ha debido parecer extraño que caminaran o se escondieran por los pasillos con cubos llenos de excrementos.
—Está sobrepasando los límites —habló él, endureciendo el gesto.
Neria dejó la bolsa en el suelo durante un instante, se escurrió el extremo de la túnica y volvió a colgársela al hombro, asqueada con el olor tan desagradable que desprendía.
—No soy su empleada. ¿Qué va a hacer? ¿Despedirme?
—No contratarla, por ejemplo.
—Eso ya me ha quedado bastante claro que no lo va a hacer.
Servio abrió la boca para contestar, pero Neria levantó una mano deteniéndolo.
—No. Ahora hablaré yo. Usted ya ha dicho suficiente.
El hombre la miró, sorprendido, buscando apoyo en Calpurnia. Aunque esta no intervino.
—No me conoce. No sabe lo que he perdido ni por qué he venido hasta aquí. Y no puede decidir que voy a fracasar sin haberme permitido intentarlo.
—No permito…
—No. Ahora estoy hablando yo —lo interrumpió, manteniendo una mano alzada.
Servio quedó inmóvil. Quizá por sorpresa, quizá porque Calpurnia continuaba sin acudir en su ayuda. El caso es que obedeció y no insistió.
—No quiere contratarme. Perfecto. Tampoco estoy segura de querer trabajar para un hombre que culpa al desconocido antes de preguntar qué han hecho sus hijas.
No obstante, antes de enviarlas a cientos de millas, debería preguntarse por qué están tan asustadas como para comportarse así. Probablemente eso los ayudaría a todos.
Servio apretó la mandíbula, Calpurnia dejo escapar el aire, asintiendo despacio, y el silencio se extendió por el atrio.
—Supongo que podrás llevarme de regreso a la ciudad —dijo, volviéndose hacia Calpurnia mientras se ajustaba la bolsa al hombro.
La romana hizo una mueca culpable, dándole un nuevo vistazo a Servio antes de hablar. Él seguía observándola con el ceño fruncido, aunque por primera vez desde su llegada parecía más sorprendido que cansado.
—Por supuesto, Neria.
Neria asintió.
—Ha sido un placer conocerlo, dómine. Aunque le recomiendo que la próxima vez que reciba a alguien en su casa intente no ser más maleducado que sus hijas.
Y, antes de que alguno pudiera detenerla, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida, dejando tras de sí un rastro de agua sucia.