15
Todavía no comprendía del todo cómo había terminado en aquel carro.
Apenas había puesto un pie en el puerto cuando Calpurnia se había acercado a ella, le había preguntado si tenía su bolsa de viaje a mano y, antes de que pudiera responder, había ordenado a uno de los esclavos que le hiciera sitio junto a ella.
No había tenido tiempo de despedirse de Edine, ni de recoger sus cosas que iban en el baúl o de cambiarse la túnica arrugada con la que había desembarcado.
Edine se había quedado en el muelle, rodeada tanto del equipaje de ambas como por el de la familia, observando cómo se alejaban con una mezcla de diversión y desconcierto.
Lo último que Neria había visto de ella había sido la capa de Tulio sobre uno de sus brazos, mientras agitaba el otro, despidiéndola con una sonrisa que parecía decirle que aceptara su destino
Calpurnia se había pasado todo el trayecto evitando su pregunta sobre a qué se debía tanta prisa. En cambio, le había hablado de los campos de Carthago Nova , del buen tiempo de Hispania y de la calidad de los caballos de los Senea.
—Sinceramente Calpurnia, no entiendo por qué teníamos que venir directamente —comentó Neria cuando el carro se detuvo frente a la entrada de la villa—. Esperaba que al menos me hubieras permitido asearme primero.
—Así será mejor.
—¿Para quién?
Calpurnia bajó del vehículo sin responder y Neria contempló la propiedad mientras recogía su bolsa.
La villa era mucho más imponente de lo que había imaginado.
No se trataba únicamente de una gran casa rodeada de tierras, sino de un pequeño mundo organizado alrededor de ella.
Tras la entrada se extendía un patio amplio, atravesado por esclavos, trabajadores y animales.
Había varias construcciones de piedra, corrales, gallinas picoteando junto a los muros y, al fondo, unos establos tan grandes que habrían podido pertenecer a una guarnición.
El olor a tierra, paja y estiércol se mezclaba con el de los árboles calentados por el sol.
—Neria —dijo Calpurnia llamando su atención—. Pase lo que pase tú sígueme.
Sin esperar una respuesta, su vieja amiga avanzó con seguridad, como si aquella casa también le perteneciera. Y Neria, un poco por inercia, la siguió, ajustándose la bolsa sobre el hombro.
Una mujer de piel bronceada salió a su encuentro desde una de las construcciones laterales. Era joven, alta, de espalda recta y llevaba el cabello recogido bajo una tela clara. Miró primero a Calpurnia y después a Neria.
—Dómina Calpurnia. No sabíamos que vendríais.
—Ha sido una decisión de última hora, Servilia.
—¿El señor os espera? —preguntó la mujer, al observar a Neria.
—Todavía no, pero se que estará encantado de recibirme.
Neria redujo el paso.
La esclava guardó silencio durante unos instantes.
—Dómina, hoy no es un buen día.
—Precisamente por eso he venido.
—El señor ha ordenado que no lo moleste nadie.
—Ya, pero yo no soy nadie. Yo soy una amiga y a los amigos siempre se les recibe —afirmó Calpurnia, reanudando el paso.
Neria miró a Servilia cuando pasó junto a ella, pero la mujer se limitó a suspirar antes de seguirlas.
—Calpurnia, ¿el señor Senea no sabe que estoy aquí? —preguntó Neria, alcanzando a la patricia.
Su amiga giró la cabeza para mirarla por encima del hombro.
—Si. Sabe que necesitaba encontrar una cuidadora.
—Eso no es lo que he preguntado.
—Tranquila, nos recibirá. No te preocupes —declaró Calpurnia asintiendo.
—¿Porque quiere hacerlo o porque no tendrá escapatoria? —pregunto Neria poniéndose a su lado.
La patricia sonrió y el gesto contestó por sí mismo.
Neria sintió cómo se le formaba un nudo en el estómago.
Había pasado toda la travesía preguntándose si sería capaz de ocuparse de tres niñas.
Había valorado sus conocimientos, su falta de experiencia y el riesgo de fracasar.
Incluso había aceptado que quizá aquel trabajo fuera la primera oportunidad real de valerse por sí misma.
Y ahora descubría que todo aquel debate podía haber sido una pérdida de tiempo. Que lo más probable, por la actitud de todos, era que el señor de la casa ni siquiera quisiera verla.
Atravesaron un pórtico y accedieron al interior de la vivienda.
Neria se detuvo sin poder evitarlo.
El atrio era luminoso y fresco. Sin comparación a ninguno de los que había visto en las fiestas a las que había acudido en Roma.
La luz descendía desde la abertura del techo y se reflejaba sobre la superficie del estanque central.
Había plantas en grandes recipientes de cerámica, enredaderas trepando por las columnas y flores blancas flotando en el agua.
El suelo estaba limpio y los muros, decorados con escenas de jardines y animales, parecían conservar todavía parte de su brillo.
No era la casa descontrolada que había imaginado después de escuchar a Calpurnia. Al menos, no a primera vista.
Una segunda mujer, pocos años mayor que ellas, apareció desde uno de los corredores laterales. Su piel era más oscura que la de Servilia, de un tono dorado oscuro, y llevaba el cabello negro trenzado y sujeto a un lado.
—Dómina —dijo al reconocer a Calpurnia, acelerando el paso.
—Irene.
Las dos mujeres se saludaron con familiaridad y, a pesar de la diferencia de clases, notó que se conocían desde hacía tiempo.
Irene miró entonces a Neria y después a Servilia.
—¿Qué ocurre?
—La dómina ha traído a una mujer —respondió Servilia.
—Eso ya lo veo.
—Es para las niñas —aclaró Calpurnia—. Porcio me contó lo que está pasando.
Irene cerró los ojos un instante.
Neria empezó a arrepentirse de haber subido al carro.
—El señor está encerrado en su despacho —dijo la mayor—. Lleva días sin hablar con nadie. Desde que su esposo se marchó, dómina, y ha ordenado que no quiere recibir ninguna visita.
—Maldito idiota.
—Dómina Calpurnia…
—Tranquila, hablaré con él.
—No creo que quiera escucharos.
—Entonces será cuestión de hablarle más alto —afirmó Calpurnia, antes de volverse hacia ella—. Espérame aquí. Regreso en un momento.
—Calpurnia, creo que deberíamos…
Neria no tuvo tiempo de terminar. La patricia ya había sobrepasado a Irene y avanzaba por el corredor.
—Dómina, esperad —pidió Irene, corriendo detrás de ella.
Servilia lanzó a Neria una mirada desconfiada que también parecía contener una disculpa antes de seguirlas. Y antes de que se diera cuenta, las tres habían desaparecido tras una esquina.
—Magnífico —murmuró, permaneciendo inmóvil en medio del atrio, todavía con la bolsa colgada del hombro.
Había cruzado medio Imperio para presentarse sin avisar en casa de un hombre que no quería recibirla.
Edine estaría encantada cuando se lo contase.
Dejó la bolsa junto a una columna y se aproximó al estanque. La superficie del agua, brillante y cristalina, apenas se movía. Se inclinó un poco para observar los peces que nadaban bajo las flores.
Entonces escuchó un susurro detrás de ella.
—Ahora, Aelia.
Neria apenas tuvo tiempo de enderezarse.
El contenido de un balde le cayó sobre la cabeza. El líquido estaba helado y la hizo soltar una exclamación, volviéndose de inmediato. Aunque no fue lo suficientemente rápida como para evitar que el contenido de un segundo balde también la golpeara de frente.
Mientras que el primero parecía agua sucia, este último era algo más espeso, tibio y tenía un olor agrio, asqueroso y tan fuerte que le cerró la garganta.
Neria bajó la vista hacia su túnica empapada y cubierta por una sustancia marrón verdosa. Y al levantar la cabeza encontró a dos niñas frente a ella.
—Por todos los dioses, ¿qué me habéis lanzado?
La más pequeña, con el pelo rubio más oscuro, había dejado en el suelo el arma de su crimen y ahora se reía con todo el cuerpo.
—Es barro y caca de gallina —contestó la niña, casi hipando.
Por lo que le había contado Calpurnia esa debía ser Aelia, porque a su lado había una niña rubia, más alta y con una trenza similar a la de la sierva elegante, que la miraba con el mentón levantado, sosteniendo el cubo vacío con ambas manos. Esa debía ser Livia.
—No nos vais a llevar a ningún sitio —dijo ignorando su pregunta.
Entonces, miró a su alrededor por si la tercera niña se preparaba también para atacarla, pero no vio a nadie.
—No nos vais a separar. No lo permitiremos, os echaremos —continuó la mediana.
Neria parpadeó y una gota de aquella sustancia descendió desde su cabello hasta la punta de la nariz.
—Tú debes ser Livia, imagino —habló Neria, buscando algún trozo de tela limpia con el que limpiarse al menos el rostro.
—Livi, sabe cómo te llamas. Viene a llevarte —dijo la pequeña, dejando de reír.
Separarlas. Así que era eso.
—No vengo a llevarme a nadie. He venido por el trabajo de cuidadora. Solo ese. Al menos hasta que me habéis… atacado.
La mediana, lejos de achantarse, se acercó a ella.
—Me da igual quien seas. Puedes irte ahora o esperar a que se nos ocurra algo peor. Nos hemos librado de muchas antes de ti. Será fácil.
Neria miró el balde que la benjamina había dejado cerca de ella. No estaba vacío. Quedaba aún un fondo espeso de agua sucia mezclada con lo que esperaba fuera tierra, pegado a las paredes de madera, como si Aelia no hubiera tenido fuerza para terminar su obra.
—¿Tú eliges? —añadió Livia dando un paso más hacia ella, confiada, como si aquello ya estuviera ganado.
Neria no pensó, simplemente actuó. Recordando las peleas con su hermano cuando eran pequeños. Se agachó, agarró el cubo con una mano y, sin darle tiempo a reaccionar, lo inclinó de golpe sobre la cabeza de la mediana.
Con ese simple gesto, el contenido restante cayó entero sobre ella, dejando a Livia parpadeando sin comprender. Inmóvil. Y de la sorpresa incluso dejo caer su cubo, que rodó hasta el estanque.
Ella, por su lado, dejó el cubo, ahora si vacío, en el suelo con calma, antes de agacharse para limpiarse las manos en el agua del estanque, sin perderlas de vista.
—Lo justo es justo —sentenció mientras se incorporaba, pasándose el dorso de la mano por la cara para apartarse el pelo mojado—. Solo te he hecho lo mismo que tú a mí.
La niña tenía el pelo embarrado, con el rostro chorreando y la expresión completamente descolocada, como si el mundo acabara de romper una norma que ella creía sagrada.
—Mala —gritó Aelia, acercándose a su hermana e intentando limpiarla con la tela de su túnica.
Neria las miró a las dos sin prisa.
—Así que vosotras sois las terribles hijas de Servio Senea de las que todo el mundo habla —dijo finalmente Neria, tras mirar a las dos niñas con una solemnidad que no encajaba con su aspecto.
Había imaginado llantos, rabietas y alguna desobediencia. No una emboscada preparada con cubos ocultos tras las columnas.
—No somos terribles, solo nos defendemos —replicó Livia.
—Si que lo sois y yo no os había hecho nada.
La rubia abrió la boca, indignada, pero solo para volver a cerrarla.
—Eres una mala y una fea —espetó la pequeña, separándose de su hermana y encarándola.
Neria se agachó de nuevo, recogió el balde de Livia, lo hundió en el estanque y arrojó el agua sucia sobre la pequeña.
Aelia se quedó completamente quieta, empapada, con el cabello pegado al rostro y la boca abierta.
—Estás loca—gritó la mayor, como si no pudiera creer que también hubiera atacado a su hermana.
—Ahora sí. Estamos en paz.
—Livi. Me ha tirado caca —sollozo la benjamina, con los ojos brillantes.
—¿Qué haces? —exclamó la niña, interponiéndose entre ella y su hermana pequeña, apretando los puños—. ¿Quién te crees que eres?
—Mi nombre es Neria y solo he actuado de la misma manera que vosotras. Para que comprendáis lo que se siente.
—¡Te vas a arrepentir! —replico Livia.
—Es posible. Pero al menos no seré la única en hacerlo.
—¿Qué es todo esto? —las sorprendió una voz masculina que retumbó desde el corredor a su espalda.
Las dos niñas miraron al mismo tiempo, antes de echar a correr agarradas de la mano.
Aquello que hubiera a su espalda, no debía ser nada bueno si hacía huir así a dos niñas como esas. No obstante, se giró.
Junto a Calpurnia había un hombre alto, de hombros anchos y piel bronceada que la miraba furioso, como si no diera crédito a lo que veía.
No necesitó que nadie pronunciara su nombre para identificarlo.
Solo podía ser Servio Senea.