El corazón de un hispano 14
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El barco apenas había terminado de atracar cuando los cuatro niños pasaron corriendo junto a ella.

—¡Padre! —gritaron al unísono.

Calpurnia sonrió sin siquiera molestarse en pedirles que esperaran. Sabía que no la escucharían.

Recorrieron la pasarela de madera tan rápido que Porcio apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes de que se le lanzaran al cuello.

Todos le hablaron a la vez, intentando contarle historias distintas del tiempo que habían estado separados. Y él rio, revolviéndoles el cabello y concediendo un poco de atención a cada uno.

Sin embargo, desde la cubierta, Calpurnia comprendió que aquella sonrisa no le alcanzaba los ojos.

Algo ocurría.

La patricia descendió la pasarela despacio, sosteniendo a la pequeña Cornelia en brazos, seguida de Sura.

Y, cuando llegó hasta él, Porcio apartó con delicadeza a los niños para acercarse.

—Bienvenida a casa.

Porcio la besó apenas un instante antes de separarse, haciendo que Calpurnia tardara un segundo en reaccionar.

Su marido nunca la besaba de manera tan fría.

—¿Solo eso? —preguntó arqueando una ceja.

Él no respondió. Solo se limitó a tomar a Cornelia de los brazos de Calpurnia y comenzar a mecerla distraídamente.

—Hola pequeña.

—Papa. Muñeca a viaje —articuló la niña con dificultad, logrando arrancarle una pequeña sonrisa al hombre.

Llevaba demasiados años casada con él para no reconocer cuándo estaba preocupado.

—Vosotros cuatro id a ayudar a descargar el equipaje —ordenó mirando a los niños—. Sura, por favor, coge a la pequeña y acompaña a mis hijos.

—Como ordenéis, ama —contestó la esclava, siguiendo sus indicaciones.

—Pero mamá… —replicó Tito.

—Acabamos de llegar —añadió Agron.

—Tenemos cosas de hombres que hablar con padre, mamá —dijo Rufus.

—Ahora.

Los cuatro protestaron al unísono, pero comenzaron a andar en dirección a los carros de la familia.

—Siempre nos toca lo peor. A Cornelia nunca le toca hacer nada —afirmó Lugo.

—Tranquilo, cuando sea mayor también le tocará —sentenció Rufus, pasándole un brazo por encima al niño.

Continuaron refunfuñando, pero terminaron obedeciendo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó cuando se alejaron lo suficiente.

Él tardó unos segundos en responder.

—Servio.

Lo intuía. Toda la alegría del regreso desapareció del rostro de Calpurnia.

—¿Qué ha hecho?

—Ha escrito las dos cartas.

Calpurnia frunció el ceño.

—¿Qué cartas?

—Una para su hermana, la que vive en Tarraco , y otra para una prima de Lucinda que reside en Itálica . Por lo que me dijo, esta decidido a separar a las niñas.

Calpurnia cerró los ojos un instante, antes de volver a hablar.

—Es un idiota.

—Está agotado, Nia.

—Y desesperado, pero eso no lo excusa de estar actuando como un estúpido.

Porcio soltó una risa cansada.

—Las misivas ya deben estar de camino.

—Pero nadie ha venido todavía a buscar a las niñas, ¿no?

Él la miró un instante, antes de contestar.

—No, que yo sepa.

—Entonces aún estamos a tiempo.

—¿Cómo? No quiere que nos las quedemos y se niega a que le cedamos a ninguno de los siervos.

Calpurnia giró ligeramente la cabeza y señaló hacia el final del muelle.

Allí Neria y Edine ayudaban al servicio a bajar varios fardos mientras intentaban localizar el carro de la familia al que correspondía.

—La rubia. ¿La recuerdas?

Porcio siguió la dirección de su mirada.

—¿Es Neria?

Calpurnia asintió.

—Ha enviudado y busca trabajo. Viaja con Edine, la curandera que he contratado para atender a Lugo durante la travesía. Le hablé de las hijas de Servio y parece estar dispuesta a aceptar el puesto, aunque quiere conocerlos antes.

—Servio está harto de cuidadoras, Nia.

—Eso es porque a ninguna la he escogido yo. Neria ha sido bastante competente y paciente con nuestros hijos durante el viaje y gracias al tratamiento de su amiga, Lugo ha mejorado muchísimo.

—Calpurnia… —pronunció Porcio con una leve sonrisa colgando de sus labios.

Ella volvió a mirar a Neria.

Estaba convencida de que Neria era justo lo que aquella familia necesitaba y de que aquella casa podía ofrecerle el nuevo comienzo que buscaba.

Había perdido una vida entera y, aun así, seguía levantándose cada mañana. Seguía siendo una patricia, educada para ser obedecida y no doblegarse ante nadie.

—Necesitan a una mujer como ella, Porcio.

Tiene educación suficiente para que Gaia no pueda dominarla, inteligencia para comprender que necesita Livia y paciencia para no permitir que Aelia se convierta en una malcriada.

Además, es lo bastante valiente para plantarle cara a Servio cuando vuelva a comportarse como un imbécil. Porque lo hará.

Porcio guardó silencio, mirando a la joven de nuevo.

—No lo sé. La situación está demasiado tensa, Nia.

Calpurnia sonrió despacio.

—Yo voy a llevarla igualmente.

Porcio volvió la cabeza de nuevo hacia su esposa.

—Es una patricia. Temó que, si llevas a una mujer como ella, Servio pensará más bien que le estamos buscando una esposa.

—Por eso no le voy a preguntar.

—¿No lo avisarás de que es patricia?

Calpurnia sonrió de nuevo.

—No.

—No lo veo claro, Calpurnia.

—Solo me presentaré allí con ella. Le diré que necesita el trabajo y ya. Los detalles se pueden tratar más adelante.

—Calpurnia…

—Nos haremos los locos y, para cuando quiera protestar, las niñas ya se habrán encariñado con ella y será demasiado tarde.

—¿Solo las niñas?

—Tranquilo, querido.

—No estoy seguro de que tu plan funcione. Sabe que lo hablamos todo, así que creo que es más posible que solo consigamos que quiera partirme la cara.

Porcio se ajustó la toga y le dió un nuevo vistazo a Neria antes de regresar sus ojos castaños hacia su esposa.

—No me mires así. Tampoco será la primera vez que quiera hacerlo, ni lo peor —declaró, colocándole bien el broche que le ajustaba la túnica—. Además, te recuerdo que fuiste tú el que me pidió que pensara algo.

Él resopló, apretando el ceño.

Y ella sonrió coqueta.

—¿Qué culpa tengo yo de que una vieja amiga necesite trabajo?

—Claro.

Porcio la observó durante unos segundos antes de negar con la cabeza, divertido.

—Si luego a ella le parece alto, fuerte y atractivo, ¿qué delito habríamos cometido? Hasta Venus necesita ayuda de vez en cuando.

—¿Debería preocuparme? —preguntó su esposo divertido, rodeándola por la cintura y atrayéndola hacia él.

—De momento no porque te quiero, pero tengo ojos en la cara.

Porcio rio fuerte y ronco, tan alegre como siempre.

—Eres tremenda, querida. Por eso me vuelves loco.

Y, sin darle tiempo a responder, la besó como debería haberlo hecho desde el principio.