El corazón de un hispano 13
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Salió del despacho con las dos misivas apretadas entre los dedos.

—Ya está decidido.

—Servio —masculló Porcio siguiéndolo por el corredor.

—Las enviaré esta misma mañana. No quiero discutir más.

No se detuvo. Había pasado los últimos dos días redactando las cartas, revisando nombres y calculando distancias. Cada vez que dudaba, se miraba la mano amoratada y recordaba los rostros asustados de sus hijas.

No podía permitir que aquello volviera a ocurrir o, peor, que llegara más lejos.

—Solo te estoy pidiendo paciencia —insistió Porcio, alcanzándolo—. Calpurnia está a punto de desembarcar. Según me han informado, el barco ya ha entrado en la bahía.

—Calpurnia no puede solucionar esto.

—A mi mujer siempre se le ocurre algo.

—No necesito más ideas.

Llegaron al atrio y varias esclavas dejaron de trabajar cuando los vieron pasar.

—Lo sé. Lo que necesitas es dormir —dijo Porcio en voz baja, mientras los mismos siervos fingían reanudar sus tareas en cuanto Servio giró la cabeza—. Después podrás tomar una decisión sin que pareciera que tu casa está en llamas.

Servio soltó una risa seca.

—La casa lleva meses ardiendo, Porcio.

—¿Y se va a apagar dividiendo a tus hijas? ¿Lo dices en serio?

Servio se volvió hacia él, encarándolo.

—¿Qué quieres que haga? ¿Que espere hasta que Gaia deje morir a algún esclavo? ¿Hasta que Livia se ahogue en mitad del mar? ¿O hasta que Aelia se haga daño porque todos están demasiado ocupados persiguiendo a las otras dos?

—Quiero que esperes unas horas —dijo Porcio con calma, interponiéndose en su camino—. Un día a lo sumo.

—Ya he esperado demasiado.

Porcio miró las tablillas que sostenía.

—Aún no las has mandado.

—Pero ya les he escrito a ambas familias.

—Servio…

—Gaia irá con mi hermana a Tarraco. Allí tendrá orden, disciplina y una casa donde nadie permitirá que se comporte como una mujer adulta.

—¿Y Livia?

—Con la familia de Lucinda a Itálica [17] .

Porcio se quedó inmóvil.

—¿Las tres en diferentes ciudades? ¿De verdad pretendes repartirlas por toda Hispania?

—Es lo mejor.

—¿Para quién?

—Para ellas —respondió apretando la mandíbula.

—No parece que hayas pensado en cómo se sentirán.

—Llevo días pensando únicamente en cómo se sienten.

—No. Llevas días pensando en lo que hiciste —declaró Porcio, mientras Servio desviaba la mirada, apartándose y reanudando la marcha—. Espera a que llegue Calpurnia. Hablaré con ella. Seguro que puede ocuparse de las niñas durante un tiempo, hasta que encontremos una solución mejor.

—Vosotros ya tenéis bastantes niños de los que ocuparos.

—Y también una casa llena de esclavos.

—No pienso entregarte mis problemas, Porcio.

—Son tus hijas. No tus problemas —afirmo Porcio, debiendo ver algo en su expresión que le hizo suavizar la voz—. Necesitas ayuda y no puedes decidir nada mientras apenas consigues permanecer en la misma habitación con ellas sin sentirte culpable.

—Precisamente por eso debo hacerlo ahora.

Encontró a Irene junto al corredor que conducía a las habitaciones.

—Trae a las niñas. Tengo que informarlas de una cosa.

Irene palideció ligeramente.

—¿A las tres, dómine?

—Si. A las tres.

La mujer miró a Porcio y después a él.

—Gaia sigue sin querer salir de su dormitorio, ni hablar con nadie, dómine.

Servio sintió una presión incómoda en el pecho.

Desde el incidente no había conseguido hablar con ella. Cada vez que se acercaba a la puerta, Gaia permanecía en silencio. No lloraba. No gritaba. Ni siquiera le ordenaba que se marchara.

Simplemente actuaba como si él no existiera.

—Dile que necesito verla.

Irene bajó la mirada.

—Ya se lo he dicho esta mañana. Y ayer. No quiere y me niego a arrastrarla fuera de su habitación, dómine.

Servio cerró los ojos un instante. En otro momento la habría reprendido por el tono y la insolencia. Ahora no tenía fuerzas.

—Entonces trae a solo a Livia y a Aelia.

—Como ordenéis, dómine —pronunció Irene, marchándose.

Porcio soltó el aire lentamente.

—No tienes que hacerlo así, Servio. Lo sabes.

—Lo he decidido.

No tardaron mucho en oír pasos.

Livia apareció primero, sujetando la mano de Aelia. La pequeña llevaba el cabello mal recogido y la mediana aún conservaba una mancha rojiza junto a la oreja, recuerdo de la pintura que nadie había logrado retirar del todo.

Las dos se detuvieron al ver a Porcio.

—¿Qué ocurre? —preguntó Livia, mirando los pergaminos lacrados.

Servio hizo un gesto a Irene para que permaneciera cerca.

—He tomado una decisión.

—¿Ya no estamos castigadas? —hablo Aelia apretando la mano de su hermana.

—No.

—Entonces, ¿por qué tienes esa cara? —preguntó Livia.

Porcio se movió, como si quisiera intervenir, pero Servio habló antes.

—Vais a marcharos de la villa.

Livia parpadeó.

—¿A dónde?

—Tú irás a Itálica con la familia de vuestra madre.

La niña no respondió y Servio continuó antes de perder el valor.

—Gaia vivirá con mi hermana en Tarraco y Aelia se quedará aquí, conmigo, por el momento.

El rostro de Livia cambió.

—No.

—¿Yo no voy con Livia? —preguntó Aelia, mirando alternativamente a su padre y a su hermana.

—No.

—Gaia no lo permitirá. No se dejará —habló Livia.

—No es una pregunta.

—No puedes separarnos —replicó la mediana, negando despacio con la cabeza.

—Puedo y voy a hacerlo.

—No —gritó Aelia, comenzado a negar con la cabeza—. Yo quiero ir con Livia.

—Te quedarás aquí.

La pequeña rodeó la cintura de su hermana con los brazos.

—No.

—Aelia…

Livia dio un paso atrás, arrastrándola consigo.

—No nos vas a separar. No pienso irme a ningún sitio y menos sola.

Servio levantó los dos rollos sellados.

—Las cartas están escritas. Voy a enviarlas esta mañana y no creo que tarde más de una semana en llegar la comitiva que vendrá a buscaros.

Livia fijó la vista en ellas.

—Que lo intenten. Los echaremos.

—No vais a hacer nada—dijo Servio dando un paso hacia las niñas.

—Yo no quiero estar sola —afirmó Aelia comenzado a llorar.

—No estarás sola. Te quedarás conmigo.

La niña lo miró como si aquello fuera precisamente lo que temía. Y Servio sintió el golpe, pero no permitió que se notara.

—Ven aquí —añadió, haciendo que Aelia se aferrase más a Livia y su hermana la abrazara.

—No.

—Aelia.

—No quiero. Eres malo. Un papá malo.

Livia miró alrededor. No a su padre, sino a las puertas, los corredores y a los esclavos que fingían no escuchar. Estaba buscando una salida.

Servio reconoció esa expresión demasiado tarde. Después de que las dos echaran a correr.

—Detenedlas.

Dos esclavos que estaban junto al atrio reaccionaron de inmediato. Uno sujetó a Livia por la cintura. El otro atrapó a Aelia antes de que alcanzara el corredor.

La pequeña gritó.

—¡Livia!

Estiró los brazos hacia su hermana mientras el esclavo intentaba apartarla.

—¡No me sueltes! —gritó Livia retorciéndose con violencia—. ¡Déjala!

—Calmaos todos —intervino Porcio—. Servio, detén esto. Van a hacerse daño.

—Basta ya. Parad —ordenó Servio, sin escuchar.

Aelia mordió la mano del hombre que la sujetaba. Él lanzó un grito y la dejó caer. La niña aterrizó de rodillas sobre el suelo, pero se levantó antes de que alguien pudiera ayudarla.

Livia golpeó con el codo al esclavo que la retenía.

—¡Aelia, corre!

El hombre aflojó el agarre y ella consiguió soltarse.

Las dos huyeron hacia el corredor.

—¡Gaia! ¡Gaia! —gritó Livia, mientras huía hacia el corredor arrastrando a Aelia.

—¡Niñas, esperad! —exclamó Irene corriendo detrás de ellas, seguida de los dos hombres.

Sus voces se alejaron por la casa, acompañadas por el sonido apresurado de sus pasos. Ninguno de los que se habían quedado en la sala se movió.

Toda la casa parecía observarlo en silencio.

—Te estás equivocando, amigo mío. Estás intentando recuperar el control destruyendo lo único que todavía te mantiene en pie —dijo Porcio, más serio de lo normal.

Servio apretó ambos rollos hasta que el sello de uno de ellos se le clavó en la palma.

—He dicho que ha sido suficiente —repitió, alzando la voz—. Se acabaron las huidas, los gritos y las órdenes de niñas que creen poder gobernar esta casa. Se acabó el caos.

Nadie respondió.

Los esclavos permanecieron inmóviles, evitando mirarlo.

Porcio lo observó durante unos segundos y después se marchó sin despedirse.

Servio se quedó solo en medio del atrio, con las cartas todavía apretadas en la mano. Bajó los ojos hacia ellas.

Había pasado días convenciéndose de que aquellas palabras salvarían a sus hijas.

Ahora, por primera vez, se preguntó si no acababa de escribir el final de su familia.