El corazón de un hispano 12
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La lluvia golpeaba la madera sobre sus cabezas con tanta fuerza que, por momentos, ahogaba el crujido del barco.

No era una gran tormenta. Al menos, eso había asegurado uno de los marineros antes de ordenarles que permanecieran bajo cubierta. Según el hombre solo se trataba de un cambio brusco del viento y un oleaje demasiado incómodo para intentar acercarse al puerto y desembarcar.

Neria permanecía sentada sobre uno de los arcones, observando cómo una fina línea de agua se deslizaba por la pared del pequeño compartimento destinado a los pasajeros. Y, a pocos pasos, Edine estaba tumbada sobre su camastro, envuelta en la capa de Tulio.

La había sacado aquella mañana del fondo de su equipaje, alegando que hacía frío, pero desde entonces no se la había quitado y Neria trataba de no mirarla demasiado.

—Es guapo.

Neria apartó la vista de la lluvia que se filtraba por la juntura.

—¿Quién?

—El patricio del que Calpurnia no deja de hablarte —respondió Edine, girando la cabeza sobre el jergón.

—Servio Senea.

—Ese. Dicen que es guapo, rico y bastante amable.

—¿Y cómo sabes tú eso?

—Porque he preguntado —declaró su amiga, acomodándose mejor la capa.

Neria la miró a los ojos.

—¿A quién?

—A algunas esclavas de Calpurnia. No a Sura, evidentemente. Imaginé que no querías que se enterase.

—¿En serio?

—No pongas esa cara —replicó Edine, soltando una breve risa—. No te estoy pidiendo que te cases con él.

—Pero Calpurnia si. Sé cuándo está ocultando una parte de sus planes.

El barco se inclinó y ambas tuvieron que sujetarse. Una jarra vacía rodó por el suelo hasta chocar contra la pata del camastro.

—Lo sé. Por eso pregunté. Pero, de verdad, porque lo que me han contado, no busca esposa. No parece tener ningún interés por encontrar una nueva mujer.

Neria arqueó una ceja desconfiada y su amiga continuó.

—También dicen que pocas son las mujeres a las que atrae, ya que tiene tres hijas que son imposibles. Han hecho abandonar a todas las cuidadoras que han pasado por esa casa.

—Esa es la razón por la que Calpurnia quiere que acepte el trabajo.

Edine se incorporó despacio, sonriendo.

—Por lo visto, la niña mayor da órdenes como una vieja amargada, la mediana no para de desaparecer y mentir metiendo a cualquier esclavo en problemas y la pequeña siempre consigue lo que quiere con gritos y llantos. ¿Y sabes que dicen también?

—¿Qué? —preguntó Neria curiosa, aunque mirándola con desconfianza.

—Que fue un matrimonio por amor entre patricios. ¿Qué te parece? Que él regresaba antes, siempre le pedía su opinión y que, aunque él podía pasar todo el día hablando de caballos con cualquiera, cuando aparecía ella se olvidaba de todo.

Neria bajó la vista hacia sus manos.

—Un matrimonio por amor en la clase alta. Curioso.

—Pensé exactamente lo mismo —declaró Edine—. Dicen que Servio siempre la buscaba nada más entrar en una habitación. Incluso antes de saludar a las niñas. Y que, cuando enfermó tras el parto de la pequeña, dejó de viajar para no alejarse de ella.

—Pero murió —murmuró Neria.

—Sí. Y, por lo visto, él estuvo a punto de dejarse morir también.

Edine apretó la capa alrededor de su cuerpo, hundiendo su nariz en ella. Los dedos quedaron enterrados en la tela, aferrándose a ella con más fuerza de la necesaria.

—Ahora trabaja todo el tiempo. Y cuentan que apenas pisa la casa y que las niñas viven medio salvajes.

—Supongo que algunas personas prefieren mantenerse ocupadas para olvidar —respondió Neria, mirando a su amiga. Ella era igual, incluso peor porque seguía conservando la ropa de quien ya no iba a regresar, pero no tuvo corazón para decírselo.

—No tienes que quedarte allí para siempre, Neria. Pero no sería un mal sitio por donde empezar a valerte por ti misma.

—Yo también lo he pensado.

—Entonces ve a conocerlos y deja de buscar razones para decir que no.

La respuesta fue tan sencilla que Neria alzó la vista, mientras Edine se giraba en el camastro despacio, para mirarla de frente.

—Has dependido de tu padre, después de Tulio y ahora de mí —continuó la curandera.

—No dependo de ti.

—Si, por supuesto que lo haces, pero no me importa —dijo Edine, mientras ella apretaba la mandíbula—. Pero creo sinceramente que esta es la oportunidad ideal para que te demuestres que puedes valerte por ti misma.

Neria pasó el pulgar por la veta del arcón sin responder. Tomándose unos segundos para reunir el valor.

—¿Y si no lo logró? ¿Y si también acabo marchándome? ¿Y si fracaso igual que las demás? ¿Y si resulta que soy una inútil?

Una sonrisa apareció en el rostro de Edine.

—Sinceramente, con lo terca y orgullosa que eres, es más probable que sean ellas las que pidan primero que tú te vayas, a que tú decidas marcharte.

La lluvia comenzó a perder fuerza.

—De acuerdo —habló Neria soltando una risa que no pudo contener.

Y entonces, por encima de ellas, se escucharon pasos, voces y el golpe de las cuerdas contra el mástil. Por lo visto, desembarcarían pronto.