11
Una vez que el último barco con los nuevos caballos fue registrado a su nombre y los proveedores de Gades se marcharon, por primera vez en semanas, Servio pudo regresar a casa antes de que el sol comenzara a descender.
Durante el camino había ido pensando cosas que podía hacer con las niñas. Deseando que, sin maestro, ni lecciones que obligara a sus hijas a discutir, encontraría la casa tranquila. Pero en cuanto se acercó a la villa y lo escuchó todo en silencio supo que algo extraño ocurría.
Entró a la casa y no se cruzó con ninguno de los esclavos.
—¿Irene? —gritó.
Nadie respondió.
Continuó hacia el atrio y entonces escuchó una risa procedente del corredor lateral. Después otra. Y de pronto un golpe.
Servio siguió el sonido hasta el pequeño patio interior y, desde allí, se acercó al umbral del triclinio.
Livia y Aelia estaban pintando felices. Riendo y sonriendo.
Aunque no dibujaban sobre una tablilla o una vieja tela, sino sobre una de las paredes.
Habían utilizado una mezcla rojiza que probablemente pertenecía a los trabajadores de los establos y habían trazado sobre el yeso figuras alargadas, caballos deformes y lo que parecía un barco del tamaño de un cerdo.
Aelia tenía las manos cubiertas de pigmento hasta los codos, al igual que los pies. En cambio, Livia sostenía un pincel fabricado con un trozo de tela enrollado alrededor de una rama, que no había impedido que se manchara la cara y mechones del pelo. Ambas estaban embarradas.
—¿Qué estáis haciendo? —preguntó, sorprendiendo a ambas, que se volvieron.
—Gaia dijo que había que repasar la pintura de las paredes —habló Aelia, escondiendo las manos detrás de la espalda, mientras su hermana dejaba caer la rama.
—Sí. Nos dio permiso —añadió Livia, escapándosele una sonrisa.
Servio cerró los ojos un instante.
—¿Dónde está todo el mundo? —dijo Servio, haciendo que las dos niñas se mirasen sin hablar. Como si compartieran un lenguaje secreto—. ¿Podéis decirme al menos donde está vuestra hermana?
Sus hijas lo miraron una vez más, hasta que Livia señaló hacia su despacho.
—Por supuesto —murmuró para sí mismo, cruzando el corredor con las niñas siguiéndolo detrás.
Encontró a Gaia sentada ante su mesa con varios pergaminos abiertos frente a ella y sosteniendo un cálamo entre los dedos con el que estaba haciendo anotaciones sobre ellos. A su lado había tres misivas, una de ellas marcada con el sello de un comerciante de Tarraco [16] .
—¿Qué haces?
Gaia levantó la cabeza con una tranquilidad que lo enfureció aún más.
—Contestando la correspondencia pendiente.
—¿Qué correspondencia?
—La que dejaste sin responder. Llevamos mucho retraso con nuestras responsabilidades sociales.
Servio avanzó hasta la mesa y le quitó el cálamo de la mano.
—No vuelvas a tocar mis documentos.
—Solo estaba ayudándote —replicó la niña, desafiándolo con la mirada—. De nada.
—No tienes autoridad para leerlos. No comprendes de lo que tratan.
—No había nada que yo no pudiera saber.
—Eso no te corresponde decidirlo a ti, sino a mí. Soy tu padre.
Gaia se levantó.
—Uno de los comerciantes preguntaba cuándo llegarían sus caballos y otro quería saber si aceptarías un nuevo precio. Les he contestado.
Servio miró las tablillas, pero ninguna decía eso. Y como leyéndole la mente, Gaia habló.
—Esas ya las he enviado. Mande a uno de los esclavos, antes de la comida, a enviar ambas respuestas.
—¿Qué les has dicho?
—Que mantendrás las condiciones acordadas y que el envío saldrá cuando esté preparado.
—¿Has firmado en mi nombre?
—No. He dicho que era tu hija —afirmó la primogénita orgullosa. Como si aquello mejorara algo.
—¿Dónde está Irene?
—Ocupada.
—¿Cómo que ocupada? ¿Y los demás esclavos?
Gaia no respondió y Livia y Aelia cuchichearon algo que él no alcanzó a escuchar.
—Os lo estoy preguntando a las tres —pronunció Servio mirando alrededor—. ¿Dónde están todos nuestros esclavos?
—Fue Gaia —dijo Aelia, mientras Livia le daba un empujón tapándole la boca.
—¿Gaia? —preguntó Servio, mirándola y preguntándose que locura había hecho esa niña.
—He encerrado a unos cuantos—confesó la mayor orgullosa.
—¿Cómo? —logró articular.
—Porque una rompió un ánfora —añadió Aelia, soltándose del agarre de la mediana y dando un pequeño paso hacia delante.
—Chivata —replicó Gaia.
—Te lo mereces. Tú acusaste a Livia.
Servio las miró sin comprender.
—Aelia. Para —lanzó la mediana, poniéndose ante ella medias.
Finalmente, Gaia decidió ignorar a sus hermanas y regresar su atención hacia él.
—No fue solo por eso, padre. Me desobedecieron, intentando justificarla.
—¿Dónde las has encerrado?
—En el almacén.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de comer.
Servio se llevó dos dedos al puente de la nariz y lo pellizcó con fuerza, como si pudiera contener así el pulso que le golpeaba en las sienes.
—Te dije que las liberases antes de que volviera papá —declaró Livia, tensa.
—Esta vez te has pasado, Gaia —añadió Aelia, con un deje divertido.
Eso le bastó, para darse la vuelta y salir del despacho con paso firme. Las niñas lo siguieron de inmediato.
—No puedes liberarlas todavía. Les dije que las sacaría para la cena. —insistió Gaia detrás de él—. Deben aprender.
Servio no respondió de inmediato. Respiró profundo una vez más, sabiendo que si hablaba diría algo de lo que se arrepentiría.
—No tienes derecho a castigarlas, Gaia —logró articular, luchando para contenerse.
—Tuve que hacerlo —continuó Gaia, siguiéndolo con sus hermanas detrás—. Nadie me obedece.
—Porque eres una niña. No tienen que hacerlo. Para eso estoy yo.
—Pero tú nunca estás aquí.
La frase salió rápida y sin vacilación, y Servio tuvo que luchar por no detenerse.
—Nunca estás cuando Livia se escapa o cuando Aelia rompe algo. Tampoco cuando Irene no puede ocuparse de todo y los esclavos no obedecen. Tú solo trabajas.
—Eso no te da derecho a actuar como la señora de esta casa.
—Pero alguien tiene que hacerlo. Alguien tiene que ocuparse de esta casa. De mis hermanas.
Aelia tropezó al bajar el escalón.
—Nosotras podemos cuidarnos solas —intervino Livia arrastrando de la mano a su hermana pequeña.
—Eso. Nosotras sabemos —la apoyó Aelia, apenas sin voz, luchando por seguirles el ritmo.
—Tienen a Irene, tienen a los siervos y me tienen a mí.
Gaia soltó una risa seca, cuando llegaron al corredor que conducía al almacén.
—A ti no.
El aire allí era más pesado, más cerrado. Y un tic en la mandíbula de Servio empezaba a delatar, que su paciencia empezaba a flaquear.
Finalmente se detuvo frente a la puerta del almacén y, al intentar abrirla, vio que la llave estaba echada.
—Ábrela.
—No —espetó Gaia, con un leve temblor en la voz.
—He dicho que lo abras. No lo voy a repetir.
—Gaia, hazlo —dijo Livia, tirando suavemente de la manga de su hermana.
—Livia, cállate.
—No le hables así a tu hermana—ordenó Servio, alzando la voz un tono.
Gaia apretó los labios.
—No la voy a abrir —declaró Gaia, apretando los labios.
Servio golpeo la puerta y, aunque era de madera y con un cerrojo simple, esta ni se inmutó. Estaba completamente cerrada.
Tomó el hacha apoyada junto al leñero y descargó el filo contra el pestillo. Bastaron dos golpes para arrancarlo de la madera.
El interior olía a madera húmeda y a encierro. Servio las miró un instante, dejando caer el hacha junto a la pared.
Tres esclavas levantaron la cabeza desde el suelo y una se escondía al fondo.
—¿Estáis bien? —preguntó Servio, pero las jóvenes ni reaccionaron, así que insistió—. ¿Alguna sabe dónde está Irene?
—Uno de los mozos se cayó del tejado de los establos esta mañana, dómine. Servilia y ella se marcharon a la ciudad para que lo curaran debidamente. No conseguían cerrar la herida —comentó la más alejada, mientras las otras tres se levantaban.
—Perfecto. Más problemas —masculló para sí mismo, notando como el sudor le bajaba por la espalda—. Salid.
Ninguna dudó en obedecer, mientras él se apartaba para dejarlas pasar, las niñas miraban la escena desde el umbral.
—Deben aprender a respetarme —repitió la primogénita.
Servio cerró los ojos un instante.
—No así. Esto es miedo. El respeto se gana, no se impone.
—Nunca ves lo que hago bien.
—Has contestado misivas que no te correspondían, dejado que tus hermanas pintaran la casa y encerrado a cuatro mujeres durante horas. Dime qué debería ver, Gaia.
Su primogénita respiraba con dificultad y Aelia se acercó a Servio y le tomó la mano.
Sólo son niñas.
—No grites, papá. No te enfades.
Él la apartó con toda la suavidad que pudo, sin dejar de mirar a Gaia. Luchando por volver a bajar el tono.
—Gaia, ve a tu habitación.
—No.
—Gaia.
—No pienso irme hasta que me escuches.
—No tienes nada que decir que justifique esto.
—Claro que no. Nunca te importa lo que digo.
—Me importa que obedezcas. Que escuches.
—Padre, ella solo… —interrumpió Livia volviendo a interponerse.
—Aparta, Livia —gritó Gaia, respirando con dificultad.
—Se rieron de ella, papá —explicó Aelia.
—Eso no importa.
—Para ti nunca importa nada de lo que nos pasa —espetó Gaia avanzando un paso y tirando de Livia, que luchaba por sujetarla.
—Basta.
—Solo quieres encontrar algo con lo que castigarme.
—A tu habitación, Gaia. Suficiente.
—Con mamá esto no pasaría. Ella sabía ocuparse de todo. Ella nos entendía. Nos quería.
—Gaia, para. Vamos —pidió Livia tirándole de la túnica para que se marcharan.
—Te he dicho que te calles —gritó Servio, ya sin poder evitarlo. Porque lo que decía su hija era cierto. Lucinda habría sabido como controlar toda aquella situación. Siempre lo había hecho.
Y Gaia no cedió, ni obedeció.
—Ojalá estuviera ella aquí y no tú.
Servio se quedó rígido, notando como algo se quebrará dentro de él. Y antes de ser consciente de lo que hacía, su puño golpeó la pared junto al rostro de Gaia antes de que pudiera comprender que había levantado siquiera el brazo.
Aelia comenzó a llorar asustada y Livia lo empujó, colocándose delante de su hermana mayor con los brazos estirados y los ojos abiertos.
En cambio, Gaia continuó inmóvil. Tenía los ojos rojos y brillantes, pero aun así se negaba a llorar.
—Lo… Lo siento —masculló Servio, mirando su propia mano como si no le perteneciera.
Tenía los nudillos enrojecidos y lacerados.
—Yo… —intentó hablar, dando un paso hacia ellas para acercarse y explicarles que no había pretendido hacerlo. Volver a disculparse. Explicarles que jamás les haría daño.
Pero las tres niñas retrocedieron.
Hasta ese momento había temido que sus hijas dejaran de obedecerlo. Ahora le aterrorizaba algo mucho peor. Que hubieran empezado a tenerle miedo.