10
Roma ya no se veía.
Neria llevaba un rato apoyada contra la borda, contemplando una extensión de agua que parecía no terminar en ninguna parte. El barco avanzaba con un crujido constante de madera y cuerdas tensas, mientras el viento hinchaba la vela y llenaba el aire de sal.
Había imaginado muchas veces cómo sería abandonar la ciudad. Se había preguntado si sentiría pena, alivio o quizá miedo.
Ahora que lo había hecho, no sentía nada de eso. Solo decepción. La cruda certeza de que Roma había terminado por vencerla.
El barco se inclinó ligeramente, haciéndola apretar los dedos contra la madera.
—Tienes la misma cara que cuando tu padre te obligaba a acudir a una fiesta.
Neria reconoció la voz antes de volver la cabeza.
Calpurnia se acercó sujetándose el manto contra el cuerpo. El viento le había soltado varios mechones oscuros y, por una vez, no parecía tener intención de corregirlos.
—En aquellas cenas al menos había vino —respondió, ladeándose para que su vieja amiga se pusiera a su lado.
Calpurnia sonrió, apoyando los antebrazos sobre la borda junto a ella. A pesar de la hora, lucía relajada. Probablemente debido a que era la primera vez desde que zarparon que ninguno de sus hijos parecía estar trepando, discutiendo, peleando o persiguiendo al perro por la cubierta.
—¿Llevas mucho tiempo despierta?
—No podía dormir.
—Eso es porque Agron y Tito se han pasado toda la noche preguntando mil cosas sobre el mar.
—Lo sé. Los oímos —confesó, alzando una ceja—. ¿En serio los peces también duermen?
Calpurnia sonrió.
—Por todos los dioses, no tengo la menor idea. Les he dicho que sí para que me dejaran dormir a mí.
Ella también sonrió, aunque no contestó. Extrañaba la rapidez de Calpurnia.
Y así, en silencio, durante unos instantes contemplaron juntas el mar.
—No falta mucho —comentó la patricia, mirándola antes de continuar—. Si el viento se mantiene y el buen tiempo nos lo permite, pronto alcanzaremos las costas de Hispania.
—¿Pretendes disuadirme de tirarme por la borda? —preguntó Neria divertida.
Calpurnia se rio por lo bajo y volvió a mirar hacia el horizonte.
—No. Pretendía averiguar si era buen momento para hablar contigo de una cosa.
Neria volvió la cabeza despacio, mirándola.
—Ese tono nunca anuncia nada bueno.
Calpurnia sonrió de nuevo.
—Existe la posibilidad de que haya encontrado un trabajo para ti.
Neria se irguió.
—¿Ya? Si aún no hemos llegado.
—Porcio conoce a alguien en Carthago Nova que necesita ayuda.
—¿Qué clase de ayuda?
Calpurnia se apartó de la borda.
—Doméstica.
La palabra bastó para despertar todas sus sospechas.
—¿Qué estás planeando?
—Nada.
—Siempre ladeabas la cabeza cuando mentías.
—Eso no es cierto.
—Acabas de hacerlo otra vez.
—Solo te estoy hablando de una posibilidad.
—Te pedí que me dijeras dónde buscar, no que buscaras por mí.
—Y todavía puedes rechazarla.
Se sostuvieron la mirada unos instantes.
Había algo conocido en aquella manera de desafiarse sin elevar la voz. Algo que pertenecía a una época en la que podían discutir durante una tarde entera y reencontrarse a la mañana siguiente como si nada hubiera ocurrido.
Hasta que una vez no lo hicieron.
Tulio.
Calpurnia mantuvo una expresión inocente que no engañó a Neria.
—¿Quién es? —preguntó.
—Servio Senea. Un amigo de Porcio. Cría caballos cerca de Carthago Nova .
—No me suena haber coincidido con él en Roma.
—Porque apenas viaja allí. Es viudo y tiene tres hijas.
—No.
—Ni siquiera sabes qué voy a proponerte.
—Sé suficiente.
Calpurnia parpadeó y después soltó una carcajada tan repentina que una de las esclavas cercanas volvió la cabeza.
—Por todos los dioses, Neria. No estoy intentando buscarte marido.
—Lo hiciste una vez.
Ese comentario apagó la risa de la patricia.
El viento volvió a agitar los cabellos oscuros de Calpurnia y esta vez ella sí trató de apartárselos.
—Eso fue hace muchos años.
—Y consiguió que dejáramos de hablarnos.
—No fue mi matrimonio lo que nos separó.
—Aceptaste que otros decidieran tu vida y después intentaste que yo hiciera lo mismo.
La expresión de Calpurnia se endureció.
—Intenté ayudarte mal. Lo admito. Pero fuiste tú quien dejó de responderme.
—Porque ya habías elegido de qué lado estabas.
—Y tú decidiste que no podía estar del tuyo solo porque me había casado con Porcio.
Neria recuperó el equilibrio, mientras Calpurnia se sujetó el manto.
Era cierto. Calpurnia había intentado buscarle un pretendiente, de su misma clase, que le gustara. Como había hecho con Cora y ella en respuesta había decidido huir con Tulio y no volver a responder ninguna de sus cartas.
Pero aquello parecía ahora otra vida, de la cual no deseaba hablar. No cuando la capa de Tulio permanecía doblada entre las pertenencias de Edine y Roma acababa de desaparecer a sus espaldas.
—No necesito un esposo —habló.
—Perfecto porque Servio no busca una esposa.
Neria se giró de nuevo hacia ella y la expresión de Calpurnia cambió.
—Necesita a alguien que se encargue de sus hijas —continuó su amiga—. La última mujer que las cuidaba abandonó la casa hace unos meses.
—¿Y qué te hace pensar que yo duraría más?
—Son niñas maravillosas, Neria. Pero siguen enfadadas por la muerte de su madre y ninguna de las personas que ha pasado por la casa ha sabido tratarlas.
—Lo estás haciendo sonar muy atractivo.
Calpurnia dejó de sonreír.
—Servio se plantea enviar a las dos mayores con distintos familiares. Puede que alguna termine incluso en Roma.
Una ráfaga golpeó la vela. El barco se inclinó y Neria tuvo que aferrarse a la borda.
—¿Separarlas?
—No consigue atenderlas, trabajar y mantener la casa en orden. Gaia pretende dirigir a los esclavos, Livia se escapa cada vez que puede y Aelia convierte cualquier orden en una guerra.
Neria arrugo el ceño, notando como la vela cambiaba de tensión con el viento.
—¿Y no hay nadie dispuesto a quedarse con las tres?
—Nadie que pueda o quiera hacerlo.
Algo se contrajo en el pecho de la joven. Conocía demasiado bien lo que significaba que otras personas decidieran qué parte de tu vida podías conservar.
Otra ráfaga golpeó el barco, haciendo que este se inclinase. Neria tuvo que aferrarse de nuevo a la borda.
—¿Qué edades tienen?
—Gaia tiene diez años. Livia, ocho. Y Aelia acaba de cumplir cuatro —respondió Calpurnia intentando ocultar su satisfacción inútilmente.
—Son muy pequeñas.
—Y llevan demasiado tiempo sin alguien que sepa verlas como algo más que un problema.
—No soy nodriza.
—Eso ya lo sé.
—Entonces no entiendo qué esperas que haga.
Calpurnia se colocó a su lado, mientras una ola las salpicó al chocar contra la cubierta.
—Solo que seas tu misma. Ya han tenido suficientes esclavas domésticas, matronas y nodrizas.
—No las conozco.
—Hazlo. Conócelas y después me dices si me equivoco.
Neria soltó el aire por la nariz, mirándola con desconfianza.
—Solo son tres niñas asustadas, enfadadas y cansadas de que mujeres desconocidas entren en su casa prometiendo quedarse para luego marcharse, Neria. De eso, nosotras sabemos un poco.
Neria bajó la vista hacia sus manos. No le gustaba la idea de volver a mezclarse con ningún patricio. Temía volver a entrar en una casa similar a la que se crio. Pero la verdad es que necesitaba un trabajo y aquello no sonaba a caridad.
—¿Por qué yo?
Calpurnia sonrió entonces con una satisfacción imposible de ocultar.
—Porque Cora y tú sois las patricias más rebeldes que nunca he conocido. Discutíais con vuestros maestros, os escapabais de las cenas y tú acabaste abandonando a tu familia para casarte con un plebeyo [14] .
—Eso no fue rebeldía, sino coherencia.
Calpurnia soltó una carcajada.
—Neria, tú sabes de sobra lo que significa que otros decidan cómo debe ser tu vida. Y sabes enfrentarte a cualquiera que intente hacerlo. Enséñales eso. No te pido más.
Neria pensó en la puerta cerrada de la casa de Tulio. En la bolsa de monedas arrojada a sus manos. Y en todas las veces que le habían recordado que había elegido y, por tanto, debía aceptar cualquier consecuencia.
—Solo te pido que los conozcas. Que trates a las niñas —añadió Calpurnia—. Después podrás marcharte y buscar otro trabajo si lo deseas. Porcio mismo te recomendará de ser necesario.
Neria cerró los ojos.
—Eres una lianta —dijo Neria negando despacio, aunque ya no estaba verdaderamente enfadada y Calpurnia lo supo.
—Conoceré a las niñas y hablaré con el padre solo lo imprescindible. ¿Entendido? —concedió al fin—. Nada más.
—Nada más —repitió la morena seria.
—Y si no me interesa, me indicarás dónde puedo buscar otro empleo.
—Te doy mi palabra.
Desde el otro extremo de la cubierta llegó la voz de Rufus, seguida por la protesta de un marinero. Calpurnia cerró los ojos un instante.
—Eso sí que nunca anuncia nada bueno.
—Ve —dijo Neria, ocultando una sonrisa, antes de volver a apoyarse en la borda.
Mientras escuchaba los pasos de su amiga alejarse miró el agua.
Delante de ella, el Mare Nostrum [15] se extendía limpio y azul bajo la luz de la mañana.
Roma había desaparecido a sus espaldas e Hispania todavía no se veía.