9
Supo que llegaría tarde antes incluso de terminar de abrocharse la túnica. Desde el corredor llegaban voces. No gritos todavía, pero sabía que faltaba poco.
—He dicho que esas ánforas van al almacén—ordenaba Gaia, atravesando el atrio con la seguridad de alguien más mayor.
—La señora Irene ha dicho que las dejemos junto a la cocina —respondió uno de los siervos y Servio cerró los ojos un instante.
—Pues Irene se ha equivocado.
Sobre la mesa lo esperaba la tablilla con las cuentas del cargamento que debía revisar en el puerto.
Dos proveedores llegados de Gades [12] habían solicitado reunirse con él antes de que comenzara la descarga, y el capataz le había advertido que uno de ellos no soportaba la impuntualidad.
Por lo que tenía que haber salido hacía rato.
Se ajustó el cinturón y se aproximó.
Gaia se encontraba en medio del patio, con las manos cruzadas a la espalda y el mentón levantado. Frente a ella, dos esclavos sostenían las ánforas sin saber hacia dónde dirigirse.
—Al almacén pequeño —repitió la niña.
—Gaia —llamó y su hija volvió la cabeza sin sorpresa.
—Las están dejando donde no corresponde, padre.
—Las están dejando donde Irene les ha indicado. Ella es la responsable, no tú.
—Pero ahí estorbarán.
—Eso no te corresponde decidirlo.
—Alguien tiene que hacerlo —lanzó Gaia frunciendo apenas el ceño.
Los esclavos bajaron la mirada.
—Llevadlas donde allá indicado Irene —ordenó y los hombres obedecieron de inmediato probablemente agradecidos de librarse de aquel peso.
—Luego faltará espacio y habrá que moverlas otra vez —habló Gaia, cuando los hombres se alejaron lo suficiente.
—Si eso ocurre, Irene lo ordenará.
—Es absurdo.
—Gaia —articuló con dificultad, intentando controlar su genio de buena mañana. La niña debió notar la tensión porque cerró la boca, aunque no se disculpó. Y Servio aprovechó el silencio para señalar con la cabeza hacia el corredor—. Ve a prepararte para la lección.
—Ya estoy preparada.
—Entonces busca a tus hermanas y ayúdalas a arreglarse.
—Para eso están las esclavas.
—Gaia —exclamó, más alto de lo que deseaba, haciendo que la niña diera un pequeño respingo.
—Pero es que Livia dijo que no iba a ir. Por lo visto ha vuelto a perder sus tablillas.
—¿Otra vez? —preguntó Servio, inspirando despacio—. ¿Dónde las ha escondido en esta ocasión?
Gaia lo observó unos segundos con una expresión demasiado parecida a la suya. Midiéndolo.
—No te lo puedo decir.
—Pero sabes dónde están —afirmó el hombre y, ante el silencio de la niña, continuó—. ¿Puedes traerlas?
—No hasta que ella admita lo que hizo. Hay que corregirla.
—Gaia, tráelas. Yo me ocuparé de tu hermana luego.
—Sí, padre —aceptó la niña, marchándose, tras dudar unos instantes.
Por lo visto no era el único que no quería discutir de buena mañana.
Servio continuó hacia las habitaciones de sus hijas pequeñas.
Y encontró a Irene en el umbral de la estancia de Livia junto a su hijo Caius.
Calpurnia le había contado que gracias a la esclava, quien había actuado como nodriza para Aelia, la pequeña había sobrevivido sana y fuerte.
por lo que intuía que el niño tendría la misma edad que la benjamina.
Dentro, su hija permanecía sentada sobre el lecho, con los pies recogidos bajo la túnica y la vista fija en la ventada. Desde allí se podía ver el mar.
Lo más probable es que hubiera intentado volver a escaparse de la villa, para nadar sin supervisión, y, tras encontrarse con los guardias que había colocado en las inmediaciones, no hubiera podido salir y volviera estar enfadada.
—Dice que no sabe dónde están y se niega a coger unas nuevas, dómine —explicó Irene, señalando el nuevo juego de tablillas que el niño sostenía contra el pecho.
—Livia —dijo Servio mirando a su hija y entrando en el dormitorio.
Ella no respondió.
—Livia, mírame cuando te hablo —insistió, logrando esta vez que los ojos grises de la niña se giraran despacio hacia él—. El maestro os está esperando. ¿Dónde están tus tablillas?
—No lo sé. Se las han debido comer los cerdos.
—Gaia dice que las has escondido.
—Gaia dice muchas cosas —respondió Livia, bajando la vista un instante.
—Venga. No importa si lo has hecho. Dirígete a la sala de estudio. El maestro lleva esperando allí desde que salió el sol.
—No quiero escribir hoy. Quiero ir a la playa.
—No te he preguntado qué quieres. Camina.
—Me duele la mano.
—Y ayer te dolía el pie.
—Aún lo hace.
—Para intentar escaparte a la playa no.
Servio notó la mirada de Irene sobre él. Siempre aquella mirada prudente. Como si temiera que cualquier palabra equivocada pudiera provocar que la casa terminase de desmoronarse.
—Pequeña Livia, Caius te ha traído otras tablillas —dijo la mujer con suavidad—. Podría comenzar con ellas mientras buscamos las suyas.
—No son las mías —respondió la niña, mirando al niño.
—Servirán igual.
—Madre me dejaba ir a ver el mar antes de cada clase —afirmó la niña, con un leve encogimiento de hombros.
La frase cayó entre ellos. Era cierto.
—Pero ella ya no está aquí y yo no tengo tiempo para esas cosas—contestó demasiado rápido, sin pararse a pensar.
La niña palideció e Irene apartó la mirada, apretando a su hijo.
—Coge las tablillas nuevas, por favor —añadió Servio arrepentido, sin poder recoger sus palabras, pero luchando por reparar el daño que estas habían causado—. Luego, si no regreso tarde, te acompañare yo mismo a la playa. ¿De acuerdo?
La niña no respondió, estaba conteniendo las lágrimas.
Tomó las tablillas sin protestar y aceptó aquella pequeña victoria.
Servio decidió salir antes de tener que verlas. Llegaba demasiado tarde y aún le faltaba ver como estaba Aelia.
No obstante, un chillido recorrió el corredor, antes de que alcanzara el dormitorio de la niña.
—¡No! —gritó la benjamina, que apareció corriendo desde las habitaciones interiores con el cabello miel revuelto y una túnica que alguna vez había sido blanca. La tela estaba cubierta de manchas oscuras, restos de comida y una costra seca junto al hombro que Servio prefirió no identificar.
—¡Aelia! —llamó Servilia, que venía corriendo tras ella con una túnica limpia en las manos.
La pequeña pasó junto a Servio y se escondió detrás de una columna. La esclava también lo superó, siguiendo a la niña de cerca, pero sin alcanzarla.
—No pienso ponérmela.
—Tienes que vestirte —dijo la joven, avanzando hacia ella.
—Ya estoy vestida.
—Esa es la misma túnica con la que llevas durmiendo cuatro noches —insistió Servilia, intentando coger a la escurridiza niña.
—Es mi favorita.
—Está sucia.
—Mi mamá no me obligaba —espetó Aelia agarrando a otra columna.
Servio sintió un latido doloroso en la sien. Debían de dejar de usar la memoria de Lucinda como un arma.
—Aelia, ven aquí —ordenó el hombre, haciendo que la niña se detuviera y lo mirase.
—No —dijo la pequeña asomando medio rostro tras la columna.
—He dicho que vengas.
—Mamá me la compró.
—Si, pero ella no permitiría que la llevaras estando tan sucia.
—Sí.
—No.
—¡Sí, lo haría! —gritó Aelia echando a correr de nuevo.
Servio echo a correr tras ella y la esclava intentó interceptarla.
Aelia se deslizó bajo sus brazos y cruzó el triclinio [13] entre risas, esquivando los lechos que rodeaban la mesa preparada para la comida. Sin embargo, al pasar, golpeó una mesa baja con la mala suerte de que una de las jarras se tambaleó, cayó al suelo y se rompió en pedazos.
—Se ha caído sola —habló Aelia, ya sin reír.
—Ven aquí —ordenó mirándola furioso y, esta vez, la niña obedeció, despacio y con la cabeza agachada.
Servio le tendió la mano, pero Aelia escondió las suyas detrás de la espalda.
—Vamos, tienes que cambiarte la túnica antes de ir con el maestro.
—¡No quiero! Mi mamá no me obligaba.
—Aelia. Suficiente —gritó Servio, perdiendo la paciencia. Era imposible que Aelia se acordara de Lucinda—. Dejad de utilizar a vuestra madre para hacer lo que os de la gana.
La niña abrió mucho los ojos y el llanto llegó de inmediato, violento y sin contención.
—¡Quiero a mi mamá!
Irene apareció rápidamente para cogerla, pero Aelia se apartó.
—¡No! ¡Quiero a mi mamá! ¡Mami! ¡Quiero a mi mami!
Los gritos llenaron el atrio y Livia apareció por el corredor de nuevo sin tablillas.
—Tranquila. No pasa nada —la consoló la mayor, abrazándola y permitiendo que Irene se acercara—. Estoy aquí.
El escándalo disminuyó, aunque no desapareció. La niña seguía llorando cuando Gaia apareció en la sala detrás de él, sosteniendo las antiguas tablas de Livia contra el pecho.
—Aquí tienes —anunció la primogénita.
—Muchas gracias.
—Y tú deja de esconderlas o te vas a meter en problemas —dijo Gaia, dirigiéndose a su hermana e ignorando el escándalo.
—¿A ti qué te pasa? No ves que Aelia está triste.
—Ella siempre llora. Es una quejica.
—¡Y tú una chivata! —exclamó Livia, dirigiéndose hacia ella.
—Y tú una mentirosa.
—¡Idiota!
—¿Idiota yo? Idiota tú si sigues negándote a aprender a escribir. Te vas a convertir en una cateta llorona como esa enana.
Esas palabras hicieron que Livia se abalanzara sobre ella.
Irene sujeto a Aelia, para que no interviniera, mientras Servilia se lanzó a separarlas, aunque sin saber a cuál de las dos dar prioridad.
—¡Basta! —exclamó.
Nadie lo escuchó y la cabeza comenzó a latirle de nuevo.
—¡Deteneos! —ordenó, entre dientes.
Aelia había vuelto a llorar a pleno pulmón, mientras Livia trataba de alcanzar a Gaia sujetada por Servilia y Gaia insistía en que solo decía la verdad. Irene les pedía calma y él cerró los ojos un instante.
—¡PARAD! —rugió finalmente y, de pronto, toda la casa se detuvo.
Servio contempló a sus hijas y durante un instante no supo qué hacer.
—¡Estáis las tres castigadas! Irene, abónale el día al maestro y dile que sus servicios no serán necesarios hasta nueva orden —continuó.
—Pero, padre… —comenzó la primogénita, atravesándolo con sus grandes ojos tan iguales a los suyos.
—Gaia, a tu habitación. Ya.
—Solo intentaba ayudar.
—No quiero más contestaciones. Obedeced.
El rostro de la niña se tensó.
—Alguien tiene que hacer las cosas bien en esta casa.
Servio sintió el golpe de aquellas palabras.
—Servilia, acompaña a Gaia y a Livia a sus habitaciones.
Gaia se marchó rígida, sin llorar, antes de que la esclava se acercara a ella. Livia se recompuso y siguió a Servilia. Y Aelia permitió finalmente que Irene la tomara en brazos, aunque continuó sollozando contra su hombro.
Servio miró alrededor. Los fragmentos de la jarra, las ánforas aún junto a la cocina y la túnica limpia abandonada sobre un banco.
—Llegará tarde al puerto, dómine —dijo Irene con cautela.
Servio volvió la cabeza hacia ella.
—Lo sé.
—Puedo encargarme, dómine. No se preocupe.
Servio recogió la tablilla de cuentas que había dejado sobre la mesa, sin contestarle y se dirigió hacia la salida.
También había dicho aquello otras veces. Y, sin embargo, cada mañana era peor. Cada vez Servio abandonaba más enfadado esa casa. Y no por lo que las niñas o el servicio hubiera hecho, sino consigo mismo.
Porque, mientras avanzaba hacia el puerto a una hora en la que ya debería estar allí, comprendió que esperaba de todos ellos algo que tampoco él sabía hacer. Mantener aquella casa en pie.