8
El puerto bullía incluso aunque el sol acabara de salir.
Marineros cargando ánforas. Mercaderes discutiendo a voces. Esclavos arrastrando carros entre el olor a sal, pescado y madera húmeda.
Neria dejó el arcón junto a la pasarela del barco mientras Edine terminaba de revisar por última vez el pequeño botiquín de viaje.
A pocos pasos, los hijos de Calpurnia correteaban entre los equipajes bajo la atenta mirada de las nodrizas. Mientras el gigantesco perro volvía a lograr subir de nuevo al carro de las provisiones, que estaban descargando. Era la tercera vez que lo bajaban de él.
—No sé cómo consigues que lleguen todos vivos al final del día —dijo Neria.
Calpurnia siguió la dirección de su mirada y sonrió.
—Yo tampoco.
Durante unos segundos contemplaron el ir y venir del puerto sin decir nada.
—Quería darte las gracias por venir —declaró Calpurnia, mientras el viento agitaba un mechón oscuro de su cabello sobre su rostro.
—No me las des todavía. Aún no hemos llegado.
—Llegaremos.
—Solo acompañaré a Edine durante la travesía —afirmó, negando despacio—. Cuando desembarquemos buscaré trabajo.
Calpurnia volvió la cabeza hacia ella.
—Ya hablamos de eso.
—Y sigo pensando lo mismo.
—¿No puedes simplemente aceptar ser mi invitada?
—No —lanzó, endureciendo el gesto y sosteniendo su mirada—. Soy la ayudante de tu curandera.
Calpurnia dejó escapar una breve risa.
—No has cambiado nada.
—Al contrario. Por ello no quiero que nadie me mantenga. Ni siquiera tú.
Aquellas palabras hicieron desaparecer la sonrisa de ambas.
—Nadie ha dicho eso.
Neria bajó la vista hacia sus manos. No quería seguir discutiendo y menos cuando su vieja amiga estaba siendo tan generosa.
—Solo te pido una cosa.
—¿Cuál?
—Cuando lleguemos a Carthago Nova … indícame dónde puedo encontrar trabajo.
Calpurnia permaneció unos segundos en silencio y ella continuó.
—No necesito que me acompañes, ni que me des recomendaciones, solo dime donde debo dirigirme. ¿De acuerdo?
La patricia siguió mirándola unos segundos más inmóvil, hasta que asintió muy despacio.
Por primera vez desde que se habían reencontrado, algo cambió en su expresión. Y ella hubiera dicho que era orgullo.
—Te lo prometo.
—Gracias —habló Neria, tras soltar el aire que no sabía que había mantenido.
—Pero yo también quiero poner una condición —propuso Calpurnia, levantando el mentón—. Mientras viajes conmigo, dejarás que mis hijos crean que eres una amiga de su madre.
Ella alzó una ceja.
—Calpurnia…
—Porque lo eres—continuó la patricia, interrumpiéndola—. Y no quiero que ellos piensen otra cosa. ¿De acuerdo?
Neria sintió un nudo inesperado en la garganta. Había olvidado cuánto echaba de menos escuchar aquellas palabras.
—De acuerdo.
Entonces, Calpurnia dio un paso hacia ella para abrazarla y esta vez ninguna de las dos dudó.
Solo el abrazo de dos viejas amigas que habían dejado pasar demasiados años.
—Te he echado de menos —susurró Calpurnia, apretando el agarre.
—Yo también —admitió Neria, cerrando los ojos unos instantes.
Desde el barco sonó el cuerno que anunciaba el embarque, haciendo que las dos se separaran al mismo tiempo.
—Será mejor que encontremos a tus hijos antes de que alguno decida navegar sin nosotros.
Calpurnia soltó una risa.
—Conociendo a Agron y a Tito, ya estarán preguntándole al capitán si pueden sujetar el timón.
Y Neria sonrió, como hacía semanas que no lo hacía, mientras levantaba de nuevo el arcón.