7
—No.
Neria dejó caer su última túnica sobre el arcón con un golpe seco.
—Ya hemos hablado suficiente.
—No. Tú has hablado. Yo llevo escuchándote toda la noche.
La pequeña casa parecía más vacía que nunca.
Dos bolsas de viaje, un arcón, la caja de ungüentos de su padre y la bolsa de instrumentos de Edine descansaban junto a la puerta.
Todo cuanto dos mujeres podían cargar sobre un carro o en un barco. El resto tendría que quedárse allí. A expensas de que Claudio lo arrojara a la calle.
Neria se dejó caer sobre el banco y se cubrió el rostro con ambas manos.
—No quiero deberle nada a nadie de mi antigua vida. Ya lo sabes. Suficiente duro fue ir a pedirle dinero a mi familia.
—No te está regalando nada.
—Es limosna.
—Es trabajo —afirmó, negando despacio. Ya no recordaba cuantas veces lo había repetido—. No es pena, solo necesita que una curandera para su hijo.
—¿Y a mí me necesita para barrer acaso?
—Tú me ayudaras. Me sustituirás cuando este muy cansada si la cosa se complica. Te gustan los niños, eres paciente y atenta. Ese crio estará mejor contigo que conmigo.
Neria no respondió, mientras a través de la ventana comenzaba a adivinarse un cielo más claro.
Decídete, terca. Que ya falta poco para el amanecer y nos quedamos en tierra.
Edine observó las bolsas junto a la puerta.
—¿Qué orgullo merece que las dos acabemos durmiendo en la calle?
Neria cerró los ojos.
—No es orgullo.
—Entonces, ¿qué es? Porque si no partimos con la patricia al salir el sol, tendremos que abandonar la casa e igual ahí sí que no habrá donde ir.
El silencio respondió por su amiga una vez más, haciendo que Edine suspirase.
—No puedo marcharme sin ti, Neria. Tulio no me lo perdonaría.
La joven levantó la cabeza. Le había prometido cuidarla cuando él partió y había seguido haciéndolo incluso después de que Roma lo diera por muerto.
Sentía que, si la abandonaba ahora, estaría traicionando su memoria de alguna forma. Que cuando él regresara un día y descubriera que había dejado sola a la mujer que más había amado, no le volvería a hablar.
Era una idea estúpida. Irracional. Lo sabía, pero eso no impedía que lo sintiera así.
—No voy a permitir que rechaces un trabajo así de ventajoso.
Edine tragó saliva.
—Perfecto. Pues entonces vamos, porque no pienso dejarte aquí —declaró, colgándose una de las bolsas de viaje.
Neria permaneció inmóvil durante un largo instante, hasta que soltó el aire muy despacio.
—Eres la mujer más cabezota que he conocido jamás.
—Pues anda que tú.
Una sonrisa cansada asomó por primera vez en el rostro de Neria. Muy pequeña, pero suficiente.
—Está bien.
Edine dejó de respirar.
—¿Qué?
—Nos iremos las dos.
La tensión desapareció de sus hombros de golpe en cuanto Neria se levantó, se colgó la otra bolsa y terminó de ajustar la cuerda del arcón.
—No te vendrá mal atender pacientes que puedan pagarte con algo más que buenos deseos.
Miró alrededor de la estancia. E imitándola, enganchó su bolsa de instrumentos y agarró con uno de sus brazos la caja de ungüentos de su padre.
Y mientras lo hacía dio un vistazo al hogar apagado, a la mesa e incluso a las paredes. A todo lo que había sido su hogar.
—A ti tampoco te vendrá mal abandonar Roma durante un tiempo —replicó, asintiendo.
Edine no quería admitir que también a ella le vendría bien marcharse. Porque quedarse allí significaba seguir mirando cada día la puerta. Esperando unos pasos que nunca llegarían.
Neria ya había salido, con prisa, consciente de la hora que era, ajustando el peso del arcón sobre su hombro.
Entonces, como si el cuerpo se moviera antes que el pensamiento, ella la siguió. No obstante, antes de atravesar la puerta, se detuvo frente al banco de madera que había junto a la entrada principal.
Allí seguía colgada la capa de Tulio.
Habían decidido no llevarla. Como decía Neria, no tenía sentido. Era vieja y enorme. Solo una tela, un resto. Pero aún conservaba el olor tenue a hierbas secas y humo de leña que siempre desprendía el hombre.
Edine la miró sin tocarla durante unos segundos, hasta que, llevada por un impulso, la tomó. Se la echó sobre el brazo izquierdo, encima de la caja de ungüentos, mientras Neria la mirada desde la calle.
Su amiga no dijo nada y ella tampoco tuvo fuerzas para explicarse.
Solo entonces, salió por última vez. Cerrando con cuidado.
Neria reanudó la marcha y ella se detuvo un instante a apoyar la mano sobre la madera de la puerta.
Solo entonces, cuando se hubo despedido de su pasado, echó a andar, sin mirar atrás.
Con la capa de Tulio quemándole contra el costado.