El corazón de un hispano 6
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La esclava no había dejado de apremiarlas desde que las encontró.

—El pequeño lleva toda la noche tosiendo, dómina. Apenas ha dormido y su madre desea partir mañana al alba. No puede posponer más el viaje.

Edine caminaba a su lado con la bolsa de instrumentos apretada contra el costado, mientras ella las seguía unos pasos atrás.

—¿Tiene fiebre?

—No sabría decíroslo.

—¿Respira con dificultad?

—Tose.

—Eso ya lo has dicho.

La mujer miró hacia Neria como si esperara que ella pudiera traducir las preguntas de Edine a algo comprensible.

—Mi dómina está muy preocupada. Eso es lo que puedo decir. No quiere que el niño empeore durante la travesía.

La casa ante la que se detuvieron ocupaba buena parte de la calle. Neria levantó la mirada hacia la fachada, los muros bien encalados y las puertas abiertas de par en par.

No había vuelto allí desde antes de casarse.

La esclava cruzó el umbral sin anunciarse y ellas la siguieron.

El ruido las alcanzó antes de llegar al atrio.

Niños gritando. Órdenes cruzadas. Pasos apresurados. El golpe de un baúl contra una pared. Alguien discutía sobre unas ánforas y otro juraba que debían cargar todos los mantos.

Un perro enorme apareció entre dos columnas con un trozo de tela entre los dientes.

Neria se apartó justo antes de que la embistiera.

—No me gustan los perros —declaró Edine, retrocediendo también.

—No es nuestro —respondió la esclava sin detenerse.

Dos niños rubios pasaron corriendo detrás del animal, lanzándole una sandalia para que la atrapase.

—A mí me parece que sí —murmuró Edine.

Una esclava apareció tras ellos.

—¡Rufus, dile a tu perro que suelte la túnica de tu hermano! ¡Y tú, Agron, deja de lanzarle sus sandalias!

—¡No es mío! —gritó un tercer niño de cabello negro mientras cruzaba el atrio y estaba a punto de llevarse a Neria por delante.

—Esta casa necesita algo más que un médico —le susurró Edine, contemplando como desaparecían todos tras una columna.

Había reconocido el mosaico del atrio. No era exactamente igual a cómo lo recordaba.

Algunas teselas habían sido sustituidas y alrededor del pequeño estanque del impluvio [11] crecían ahora plantas que antes no estaban allí, pero seguía recordando las tardes en las que las tres se sentaban en su borde para hablar de hombres a los que aún no conocían y matrimonios que creían poder controlar.

Una criada apareció sosteniendo tres mantos.

—¿Dónde los dejo?

—Donde no los encuentre Ferro —respondió la esclava entrando atravesando el peristilo con ellas detrás—. Si vuelve a meter una sola prenda de lana en el primer carro, la dómina lo manda a Hispania nadando.

Neria sonrió.

Así era Calpurnia. Al menos la vieja amiga que conoció.

De pronto, como si la hubiera invocado con el pensamiento, la señora de la casa entró en el atrio con una niña pequeña sobre la cadera. Llevaba el cabello negro recogido de forma apresurada, dos mechones pegados a la sien y una mancha oscura sobre el hombro de la túnica.

Seguía siendo ella.

Más cansada y redonda. Pero igual de segura e imponente.

Calpurnia miró primero a Edine y después a ella.

Fue entonces cuando la expresión se le borró del rostro.

—Neria.

El nombre quedó suspendido entre ambas y a ella solo se le ocurrió inclinar ligeramente la cabeza como había hecho con todos aquellos patricios de su antigua vida con los que se había cruzado.

—Calpurnia.

Durante un instante, ninguna se movió.

La niña que Calpurnia sostenía golpeó a su madre en la barbilla con una muñeca de trapo.

—Mamá. Viaje.

Calpurnia parpadeó.

—Sí, cariño.

Dejó a la pequeña en manos de una nodriza y avanzó hacia ellas.

Neria pensó que iba a abrazarla. También Calpurnia debió pensarlo, porque abrió los brazos apenas un instante antes de detenerse.

Habían pasado demasiado tiempo.

—No sabía que vendrías tú y que te habías convertido en curandera —dijo Calpurnia.

—No. La sanadora es Edine. Yo solo la acompaño a veces. Por si necesita ayuda.

Como cuando hay niños o perros en la casa.

Ambas se quedaron mirándose, inmóviles. Sin pronunciar ni una sola palabra más durante segundos. La tensión entre las dos, por todo lo que no se estaban diciendo, parecía llenar la sala.

—¿Qué es lo que ocurre? Vuestra esclava dijo que era urgente —interrumpió Edine, tras dar una larga mirada a su amiga.

Calpurnia desvió la mirada hacia la bolsa de cuero, irguiéndose.

—Cierto, perdonad. Mi hijo lleva varias semanas con tos y estas últimas noches ha vuelto a empeorar.

Porcio insistió en que no partiésemos hasta que no mejorase y, aunque lo ha hecho, no acaba de solventarse.

Todos los médicos de confianza me han dicho que está fingiendo.

Pero no lo creo. Por eso quiero a alguien… diferente que lo examine.

—¿Dónde está? —preguntó Edine.

—En su habitación. O al menos allí es donde debería estar.

Calpurnia miró alrededor y poniendo los brazos en jarras, exclamó.

—¡Lugo!

Un pequeño de unos cuatro años asomó la cabeza por detrás de una columna.

—No quiero —respondió el niño antes de desaparecer.

—No te he preguntado.

Calpurnia hizo un gesto a una nodriza para que fuera a buscarlo

—Este me gusta. Me cae bien —murmuró Edine sonriendo por primera vez desde que habían entrado.

—Eso es porque no vives con él —afirmó, haciéndoles un gesto para que la siguieran—. Venid.

Condujo a Edine hacia una estancia lateral y Neria las siguió.

El pequeño estaba sentado sobre el lecho cuando llegaron, con los brazos cruzados y una expresión de profunda ofensa. Su cabello oscuro sobresalía en todas direcciones y mantenía la barbilla hundida contra el pecho.

Edine dejó la bolsa sobre un banco.

—¿Desde cuándo toses?

El niño miró a su madre.

—Desde hace tres semanas —respondió Calpurnia.

—Le he preguntado a él.

Lugo levantó tres dedos.

Edine se agachó.

—¿Te duele aquí? —preguntó, señalándole la garganta.

El niño negó.

—¿Y aquí? —insistió tocándole con cuidado el pecho.

Volvió a negar.

—Entonces tose.

—No quiero.

—Yo tampoco quiero pasarme la mañana mirándote, pero ambos tenemos obligaciones, niño.

Neria bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.

Lugo terminó tosiendo. Primero de manera forzada, casi burlona. Después llegó un acceso real que le hizo inclinarse hacia delante.

Edine apoyó una mano sobre su espalda y esperó hasta que pudo respirar de nuevo.

—¿Cuántos días lleva desde que regreso la tos? —preguntó, ahora sí, mirando a su madre.

—Unos cuatro días si cuento desde que empecé a oír las primeras carrasperas.

—No parece estar en el pecho —dijo—. La garganta está irritada. ¿Ha tenido fiebre?

—No —respondió Calpurnia—. Al menos no desde anoche.

—¿Come?

—Más que sus hermanos.

—Eso no es cierto —protestó Lugo.

—Esta mañana has robado dos tortas de miel.

—Una era para el perro.

Edine observó al niño, le hizo abrir la boca y examinó su garganta.

—Tiene inflamación, pero no veo nada que deba impedirle viajar. Necesita beber caliente, descansar y evitar pasar las noches al aire libre mientras siga refrescando tanto.

Calpurnia soltó el aire.

—¿Podría empeorar durante el trayecto?

—Podría. Pero también podría mejorar mañana. Realmente la humedad del mar es un factor importante a tener en cuenta. No sé cómo podría sentarle.

—Eso no es muy tranquilizador.

—La medicina nunca lo es —reconoció Neria en voz alta.

Edine tenía el mismo gesto de su padre y de su esposo en el rostro cuando algo le preocupaba. Al igual que su misma paciencia ilimitada.

Tenían la costumbre de no prometer nunca lo que no sabían y eso les gustaba de ellos.

Calpurnia también debió reconocer algo, porque la observó durante unos segundos.

—¿Aprendiste con tu padre?

—Con él y con Tulio.

El nombre cayó de manera distinta a los demás.

Calpurnia miró a Neria.

—Me enteré hace poco —comentó Calpurnia, cuando miró a Neria—. Lo siento.

Neria asintió sin responder. Agradecía su gesto, sincero o no, pero el cuerpo aún se le entumecía cuando alguien decía el nombre de su marido en alto.

Edine comenzó a guardar sus instrumentos.

—Puedo preparar una infusión para la garganta y explicar a su ama de cría cuánto debe darle.

—Preferiría que vinieras con nosotros.

Edine dejó de cerrar la bolsa y Neria también la miró.

—¿A Hispania?

—Durante el viaje. Solo hasta Carthago Nova . Lugo ha pasado demasiado tiempo seguido enfermo y no quiero encontrarme en mitad del mar sin saber qué hacer si vuelve a ahogarse con la tos. Te pagaré bien.

Edine y Neria se miraron. Y ella comprendió la pregunta antes de que su amiga abriera la boca.

—Deberías aceptar.

—No.

—Edine.

—He dicho que no. No te voy a dejar aquí sola.

—Es una buena oportunidad y yo se me cuidar. Voy a estar bien.

Necesitamos el dinero y pronto un techo sobre nuestras cabezas. Di que sí, cabezona.

Calpurnia alternó la mirada entre ambas.

—No tenéis que responder ahora.

—No puedo marcharme. Lo lamento —dijo Edine.

—Puedes —insistió Neria, dándole una fugaz mirada a Calpurnia, antes de regresar la atención a su amiga—. Estarías fuera unas semanas. Quizá algunos meses. Tendrás un techo y te pagaran con dinero.

—¿Y tú qué harás? —preguntó Edine, demasiado seria.

Neria notó cómo se le endurecía la espalda y se empezaba a enrojecer.

—Algo se me ocurrirá, como siempre.

—Neria… —mascullo Edine, apretando la correa de la bolsa —. No voy a dejarte sola y no hay más que hablar.

Calpurnia guardó silencio. No preguntó, pero su mirada había cambiado.

Neria sintió que la vergüenza le subía por el cuello.

—Edine, no soy una niña. No me tienes que cuidar. Tienes que trabajar y eso es lo que vas a hacer.

—Lo lamento, dómina. Pero no, gracias.

No quería decirlo delante de Calpurnia y que se enterase. Que pareciera que estaban pidiendo limosna, porque no lo estaban haciendo.

Pero la testarudez de su amiga no le dejó otra opción.

—Edine, basta. Mañana nos echan de la casa y no tenemos nada de dinero. Esta es la mejor propuesta que podría habernos surgido.

El ruido del atrio pareció apagarse. Calpurnia no se movió. Y Edine le clavó la mirada como si le dijera: « ¿De verdad crees que esto va a avergonzarme a mí y a persuadirme? Tú eres la orgullosa, no yo .». No obstante, necesitaba hacerla entrar en razón.

—No tienes derecho a decidir por las dos donde vivimos o no.

—Tampoco tú a enviarme al otro extremo del mundo para no reconocer que no tenemos dónde dormir —replicó la curandera.

—Entonces encontraremos otra solución.

—¿Cuál? —preguntó Edine, con la boca abierta para continuar, cuando Calpurnia las interrumpió.

—Podéis venir las dos. Por mí no hay problema.

Las jóvenes se volvieron hacia ella.

—¿Qué? —preguntó Neria.

—Necesito a alguien que vigile a Lugo durante el viaje. Edine parece estar capacitada. Y tú puedes acompañarla.

—No quiero tu caridad, Calpurnia. Ya lo sabes.

—No he hablado de caridad.

—No tengo ningún cometido en vuestro viaje.

Calpurnia alzó una ceja.

—Viajo con cinco hijos, cuatro nodrizas que no se ponen de acuerdo, doce esclavos, un perro que no es nuestro y un encargado que considera imprescindibles llevar toda la ropa de lana que hay en Roma para viajar al sur. Tranquila, si eso es lo que te preocupa, encontraré algo que puedas hacer.

Neria apretó los labios.

—Calpurnia…

—Repito. No tenéis que decidirlo aquí y ahora.

Su antigua amiga se agachó para recoger del suelo una tablilla que probablemente uno de los niños había dejado allí.

—El plan es partir mañana al amanecer. Los carros estarán frente a la puerta de la casa antes de que salga el sol.

Miró primero a Edine y después a Neria.

—Habladlo. Si decidís acompañarnos, seréis más que bienvenidas. —propuso Calpurnia, girándose hacia la sanadora—. Agradecería que al menos trajeseis la infusión que habéis prometido.

—No podemos presentarnos sin más, Calpurnia.

—Sí podéis.

—¿Y si no venimos?

Calpurnia sostuvo su mirada.

—Lo más probable es que yo deba volver a posponer el viaje y vosotras perderéis una oportunidad difícil de encontrar.

Desde el atrio llegó un grito.

—¡Dómina! ¡El perro se ha metido en el carro del vino!

Calpurnia cerró los ojos.

—Por supuesto que sí.

Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se volvió.

—Al amanecer, Neria. Piénsalo.

No añadió nada más.

Neria escuchó cómo retomaba las órdenes en cuanto cruzó el umbral.

Edine permaneció junto al lecho, observándola.

—No digas nada —advirtió Neria.

Edine se colgó la bolsa al hombro.

—Va a ser una noche muy larga —declaró la curandera, dejando escapar el aire.