El corazón de un hispano 5
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Oyó los gritos antes de doblar la esquina.

—¡No me importa cuántos enfermos atendiera tu padre y como le pagasen! ¡Tu padre cumplía!

Reconoció la voz del arrendador y aceleró el paso.

La puerta de la casa estaba abierta. Dos vecinos se habían detenido al otro lado de la calle fingiendo examinar unos canastos de pescado mientras miraban hacia el interior.

Neria subió los dos peldaños y encontró al hombre en mitad de la estancia. Tenía una mano apoyada sobre la mesa y la otra levantada frente a Edine.

—¿Qué ocurre?

Ambos se volvieron.

Edine estaba junto al hogar, con los brazos cruzados y el cabello negro recogido de cualquier manera. Parecía más enfadada que asustada, pero el mortero roto junto a sus pies indicaba que la conversación no había ido con calma.

—Por fin —dijo el arrendador—. Una desaparece y otra me dice que espere.

—No he desaparecido —respondió Neria—. He salido a buscar tu dinero.

—¿Y?

—Ya te dijimos que necesitábamos unos días —replicó Edine, encarándolo, aprovechándose de que el hombre era tan bajo como ella.

—Lleváis meses diciéndome lo mismo.

Edine señaló la mesa.

—Nunca nos habíamos retrasado. Jamás.

—¡Hasta ahora y ya son tres mensualidades! ¿De verdad esperáis que tenga más paciencia? —preguntó el hombre furioso, apretando los labios.

Era ancho y siempre llevaba la cara empapada de sudor y la barba manchada con restos de comida. Neria lo había visto bromear con Tulio. Incluso había compartido vino con él después de alguna visita.

Neria decidió ignorar su pregunta.

Metió la mano bajo el manto y sacó la bolsa de cuero que su hermano le había dado esa misma mañana. La dejó sobre la mesa.

—Aquí tiene.

El arrendador arqueó una ceja, sorprendido, y tomó la bolsa rápidamente. La abrió y volcó las monedas sobre la madera.

El sonido metálico llenó la estancia.

Las contó despacio.

Una vez y luego otra vez.

Su expresión no cambió.

—No es suficiente. Faltan cinco semis.

Edine dio un paso adelante.

—Uno de los meses le pagamos una parte y prometimos completar lo que faltaba.

—Solo me habéis pagado en promesas.

—No. Le dimos dos ases y dos cebollas —puntualizó Edine—. Así que haced memoria.

El arrendador soltó una risa seca, apoyando ambas manos sobre la mesa.

—Estoy harto. Encima de aguantar excusas y promesas, ponéis en duda mi palabra.

—Edine —masculló, haciéndole un gesto a su amiga para que parase.

—Solo estoy diciendo que no todo el mundo puede pagar en monedas.

—Me da igual como paguen otros.

—Pues no lo parecía cuando te las llevaste.

El hombre se irguió.

Cállate, que nos quedamos sin casa. Me he humillado ante mi familia para nada.

—Edine —exclamó más fuerte, intentando decirle todo lo que pensaba solo con la mirada.

El arrendador dejó caer las monedas de nuevo dentro de la bolsa y se la guardó.

—No cubre lo que debéis.

—Es todo lo que tenemos. Compensaremos lo que falta en el pago del próximo mes.

—No será posible. Estáis fuera.

—¿Cómo? —preguntó, tardando un instante en comprenderlo.

—Con esto daré por saldada vuestra deuda en memoria de tu padre y tu marido, eran buenos tipos, pero tenéis dos días para salir.

—¿En serio, Claudio? —dijo Edine, descruzando los brazos—. No puedes echarnos así.

—Puedo.

—Mi padre vivió aquí más de cuarenta años.

—Y pagaba cada mes.

—Esta casa era también su lugar de trabajo.

—Esta casa es mía.

La voz de Edine se apagó.

El arrendador la señaló con un dedo.

—Dentro de dos días volveré y no lo haré solo. Si seguís aquí, sacaré vuestras cosas a la calle yo mismo.

—Hay enfermos que vienen a buscarnos—pronunció Neria—. Personas que saben que pueden encontrar ayuda aquí.

—Que os busquen en otro sitio —declaró Claudio dirigiéndose hacia la puerta, pero deteniendo la mirada en el arcón y las estanterías situadas junto a la pared—. Y no intentéis marcharos llevándoos nada de la casa.

Edine dio un paso hacia él, siguiéndolo.

—¿Nos estás llamando ladronas?

Neria se interpuso antes de que su amiga pudiera acercarse más.

—Lo hemos entendido, dómine.

Edine la miró.

—Neria…

El arrendador se recolocó su manto, dándoles un último vistazo. Ahora miraba la habitación como si ya estuviera calculando cuánto podría obtener por vaciarla.

—Dos días —sentenció antes de cruzar la puerta sin despedirse.