El corazón de un hispano 4
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—Ese arcón no va en el carro de los niños.

—Dómina, Ferro me ha dicho que…

—Ferro no ha parido a cinco criaturas, ni ha cruzado el mar con ellas. Va en el segundo carro.

—Pero el segundo carro se llenó con las ánforas del vino, dómina —replicó el esclavo con las gotas de sudor resbalándole por las mejillas.

—Entonces sacadlas.

—Pero el señor ordenó que…

—El señor está en Hispania. Así que su vino se queda —exclamó Calpurnia, superada, señalando hacia las ánforas amontonadas en el peristilo [10] .

El esclavo abrió la boca, la cerró y atravesó con el arcón la galería que rodeaba el jardín refunfuñando.

—¡No corráis! —gritó, cuando dos de sus hijos atravesaron el atrio persiguiéndose con sendas espadas de madera. El menor de ellos perdió una sandalia al doblar una columna, tropezó y continuó corriendo descalzo sin siquiera mirar atrás.

—¡Tito! ¡Agron! ¡Vuestra madre ha dicho que no corráis! —ordenó la nodriza que apareció tras ellos.

Los niños aceleraron y Calpurnia cerró los ojos, exhalando profundamente.

Solo un instante.

—Dómina, de estos tres mantos, ¿cuál desea llevarse y cuáles guardamos? —la interrumpió una de las esclavas.

Cuando volvió a abrirlos, descubrió que, tras ella, su pequeña niña estaba llorando desconsolada.

—¿Qué ha pasado? —preguntó a su ama de cría, cuando llegó hasta Cornelia, que comenzaba a dar sus primeros pasos.

La sirvienta arrastraba a su hijo Lugo del brazo, mientras el niño se resistía.

—El pequeño Lugo, ama, ha escondido la muñeca de su hermana y se niega a decir dónde está.

El niño no lo negó y Calpurnia se obligó a respirar.

Lugo, con apenas cinco años, dos más que su hermana, estaba pasando por una etapa de celos que los estaba volviendo a todos locos.

—Lugo, cariño, ¿puedes decirle a mamá donde está la muñeca de Cornelia? —le preguntó, poniéndose a su altura mientras el llanto de la niña seguía taladrándole el oído—. Si no lo haces, deberemos aprender a vivir con este ruido para siempre.

El niño paso de la sonrisa a mirarla ojiplático y serio.

—Dentro de una de las cestas del pan, mamá.

—Gracias, pequeño. No tienes…

Estaba hablando cuando un perro gigante atravesó el patio, atravesando la casa de punta a punta.

—¿De quién ese perro?

—Mío —respondieron tres voces a la vez.

—No tenemos perro —sentenció Calpurnia, mirando a sus tres hijos mayores.

Un ladrido llegó desde detrás de una cortina y ella miró a las nodrizas.

Ninguna sostuvo su mirada.

—Que alguien encuentre a quién pertenece y lo devuelva antes de que salgamos.

—¿Puede viajar con nosotros, madre? —propuso su hijo mayor.

—Tito, ya tengo suficiente de lo que encargarme en este viaje, como para añadir a un perro. Se queda.

Tito, con una sandalia perdida, se aproximó por el corredor seguido de Agron, que ya empezaba a contar con otro chichón en la frente.

—Padre nos dejaría —afirmaron al unísono. Siempre se movían como si fueran gemelos, probablemente ocasionado porque apenas se llevaban ni un año.

—Exacto —añadió el primogénito, uniéndose.

—Vuestro padre no está aquí.

—¡Madre! —se quejaron.

—Sin quejas. El perro se va —exclamó Calpurnia y señalando hacia Rufus, añadió—. Y tú, busca tu sandalia, ya. La quiero ver en su sitio antes de la comida.

El niño bajó la vista hacia sus pies como si acabara de descubrir que tenía uno desnudo.

Sura entró en el atrio sorteando a dos esclavos que transportaban una caja de cerámica. Había acompañado a Calpurnia desde antes de su matrimonio y era la única persona de la casa capaz de ignorar el caos sin parecer ciega.

Llevaba una tablilla sellada en la mano.

—Ha llegado un correo de Carthago Nova , dómina.

Calpurnia dejó de escuchar a sus hijos, que ya estaban jugando con el perro y explicándoles a las nodrizas por qué los perros necesitaban conocer el mar.

—¿De Porcio?

Sura asintió.

Calpurnia tomó la tablilla y reconoció el sello de su esposo.

—Que nadie permita que carguen el arcón de la ropa de invierno sin que lo revise primero —ordenó mientras rompía la cera.

—Ya está en el carro, dómina —dijo una de las esclavas.

—Pues que lo bajen. En Carthago Nova no necesitamos seis mantos de lana.

—Ferro dijo que las noches son frías.

—Por todos los dioses, dile a Ferro que se calle.

La esclava se marchó sin discutir y Calpurnia abrió la carta.

Porcio empezaba preguntando por ella y por los niños. Le contaba las ganas que tenía de verlos y como estaba preparando la casa. Se preocupaba por la tos del pequeño y por si su hija seguía negándose a dormir sin aquella muñeca de trapo a la que había arrancado ya un brazo.

Calpurnia sonrió.

El liviano carácter de su marido, que constantemente encontraba tiempo para tratar asuntos sencillos, siempre la tranquilizaba.

Siguió leyendo y la sonrisa desapareció.

—¿Qué ocurre, dómina? —preguntó Sura.

Calpurnia levantó una mano para pedirle silencio.

Servio.

Imaginaba que lo primero que habría hecho su marido al llegar había sido ir a visitarlo. Aquello no le resultaba extraño. Su esposo pasaba más tiempo en la villa de los Senea que en la suya propia.

Lo raro era que Porcio admitiese por escrito que no sabía cómo ayudarlo.

Por lo que contaba, Servio estaba superado.

La última mujer contratada para cuidar de las niñas se había marchado antes de cumplir una semana.

Gaia discutía con cualquiera que intentara contrariarla, Livia se escapaba a cada momento y Aelia parecía haber convertido la expulsión de cuidadoras en su entretenimiento favorito.

Calpurnia tuvo que releer aquella parte.

—¿Dómina?

—Nada.

Porcio temía que Servio estuviera empezando a plantearse lo que hasta entonces se había negado a aceptar: enviar a cada niña con distintos parientes.

Separarlas.

Calpurnia apretó los labios.

Había conocido a Lucinda, su madre. No lo suficiente como para considerarla una amiga, pero sí para recordar cómo miraba a sus hijas. Para ella era como si no existiera nada más digno de atención en todo el imperio.

Servio no las separaría.

No podía. Aunque su esposo no parecía tan seguro.

Piensa alguna de esas soluciones milagrosas que siempre aseguras tener, había escrito.

Le contaba que él ya había probado a ofrecerle más esclavos, una nodriza retirada e incluso a una de sus tías solteras, pero solo había conseguido que lo amenazara con arrojarle al mar desde uno de los barrancos, si no lo dejaba tranquilo.

Calpurnia resopló. Porcio podía ser demasiado intenso cuando se lo proponía.

—Parece que el señor necesita ayuda, dómina —dijo Sura, que sabía entenderla como nadie.

—El señor siempre necesita ayuda. Solo que normalmente no lo admite.

Acabo de leer y frunció el ceño un instante, dejando la tablilla y volviendo su atención a la esclava.

—¿Algo más? ¿Algún otro desastre del que deba enterarme antes de partir? —preguntó.

—Un nuevo escándalo ha sacudido la ciudad, dómina.

Calpurnia alzó una ceja.

—¿Cora de nuevo?

Sura asintió.

—Por lo que dicen, discutió con su esposo durante la última cena celebrada por el emperador. Delante de medio Senado.

—Seguro que ese cretino de Druso Varro hizo algo.

—Según dicen la dómina Cora se levantó de la mesa y se marchó sola sin despedirse de nadie.

Calpurnia no pudo contener una breve risa.

—Eso suena a ella.

—Roma entera habla del asunto, dómina.

—Roma siempre habla de Cora. Y Cora nunca hace nada por impedírselo.

Sura sonrió.

—Su suegro esta furioso, dómina.

—Bueno, entonces, al menos algo bueno ha sacado de todo este escándalo.

La aparición de su hija interrumpió la conversación. La pequeña avanzaba por el atrio arrastrando una manta mientras sostenía en la otra mano su muñeca manca.

—Mamá.

Calpurnia se agachó para cogerla.

—Mi pequeña Cornelia, ¿al fin recuperaste tu muñeca? Bien hecho.

La pequeña le tocó la nariz con el juguete.

—Viaje.

—Sí, nos vamos de viaje.

La niña sonrió, satisfecha con la respuesta, y apoyó la cabeza en su hombro.

Calpurnia volvió a mirar la carta, apoyando la mejilla contra la cabeza de su hija.

Servio estaba considerando separar a las niñas.

Porcio podía haberse equivocado. Tenía tendencia a imaginar la peor catástrofe cuando no conseguía resolver un problema de inmediato. Pero, si había llegado a escribirle para pedir ayuda, la situación debía de ser peor de lo que admitía.

—Lo que me faltaba —murmuró.

—¿Dómina? —preguntó Sura.

Calpurnia levantó la cabeza, pero otro esclavo atravesando el atrio cargando de nuevo el arcón que ella había ordenado colocar en el segundo carro llamó su atención.

—¿Adónde llevas eso?

El hombre se detuvo en seco.

—Ferro ha dicho que debe ir en el primero, dómina.

Calpurnia cerró los ojos.

—Encontrad a Ferro y decidle que venga a verme. Ahora.

El esclavo palideció y cambió de dirección.

Calpurnia bajó a Cornelia al suelo.

—Terminad de cargar lo imprescindible. Salimos antes del amanecer —ordenó.

—¿Y la carta del dómine? —preguntó Sura.

Calpurnia observó la tablilla una última vez antes de cerrarla.

—Ya pensaré qué hacer con Servio cuando consiga llegar a Hispania sin abandonar a ninguno de mis hijos por el camino.

Cornelia levantó la muñeca manca.

—Viaje.

—Exactamente, pequeña —respondió Calpurnia—. Primero, el viaje.