El corazón de un hispano 3
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Reconoció el sonido del cerrojo antes de que la puerta terminara de abrirse.

No había cambiado nada. Ni el aldabón de bronce con forma de león, ni la grieta que atravesaba uno de los peldaños, ni tampoco las marcas en la piedra donde ella y su hermano habían jugado a lanzar nueces cuando eran niños.

Lo único diferente era que, ahora tenía que esperar fuera y que el esclavo que le había abierto incluso había evitado mirarla en cuanto la reconoció.

—He dicho que quiero hablar con mi padre —insistió, sujetando la puerta.

—Padre no va a recibirte —pronunció una voz que llegó desde el interior del vestíbulo.

Su hermano apareció detrás del esclavo, vestido con una túnica clara y un manto demasiado pesado para aquella hora. Se detuvo antes de cruzar el umbral, como si salir a la calle para hablar con ella ya fuera una concesión.

—Entonces hablaré contigo, Flavio —dijo Neria.

Él hizo un gesto al esclavo y la puerta se cerró a su espalda.

—¿De verdad no vas a dejarme ni entrar? —pregunto Neria, tras mirar la madera durante un instante.

—No.

—He vivido en esta casa más años que tú.

—Eso ya no te da derecho a nada —lanzó su hermano descendiendo un peldaño, pero sin llegar a colocarse a su altura—. No después de lo que hiciste.

Neria sostuvo su mirada.

Se había preparado para aquello durante todo el camino. Para el desprecio, para las preguntas e incluso para que su padre se negara a verla. Lo imaginaba y solo el ultimátum del arrendador la había hecho ir hasta allí.

Aun así, no esperaba que le doliera tanto.

—Necesito lo que me corresponde —dijo—. No he venido a pedir limosna.

—No te corresponde nada.

—Madre quería que sus joyas fueran para mí. Sabes que siempre lo dijo.

—Las joyas de mamá pertenecen a la familia.

—Yo soy familia.

—¿Sí? —pregunto su hermano con ironía, soltando el aire por la nariz—. Aún recuerdo cuando dijiste que tu única familia era Tulio.

Neria apretó la mandíbula.

—Lo dije porque padre acababa de obligarme a elegir. No porque dejara de quereros.

—Maldita la hora en que traje a ese matasanos a esta casa.

—No he venido a discutir sobre él, Flavio. Necesito ayuda.

El rostro de su hermano cambió apenas un instante. Quizá incómodo. Pero, en cuestión de segundos, volvió a endurecerse.

—No es mi problema. Tú ya hiciste tu elección.

—Solo decidí casarme con alguien a quien amaba.

—Escogiste actuar contra la voluntad de nuestra familia.

—Soy una persona libre. No podía soportar que me tratara como una propiedad más.

—Sabías lo que significaba.

—No —replicó Neria—. Suponía que dejaríais de invitarme a las cenas y que padre pasaría unos meses sin hablarme. Nunca esperé que borrarais mi nombre como si nunca hubiera nacido aquí.

—Haberlo pensado mejor.

Neria soltó una risa corta.

—¿En serio? Vengo pidiendo lo que me pertenece, porque lo necesito y ni me dejas cruzar la puerta. ¿Tan malo fue lo que hice?

Flavio bajó la mirada hacia la calle, más pendiente de cualquiera que pudiera acercarse que de ella.

—¿No me habéis castigado suficiente? —preguntó y él volvió a mirarla, pero continuó en silencio—. Si ni se me permitió acudir al funeral de madre, por todos los dioses.

—Habla más bajo.

—¿Por qué? ¿Temes que alguien descubra que tienes una hermana?

Él la miró, cruzando los brazos.

—No vas a recibir nada, Neria —dijo el hombre tajante, haciendo que se mordiera el labio—. Ni dinero, ni joyas. Nada. Esa es la orden de padre.

Neria dio un paso hacia el umbral, pero Flavio no se movió.

—Apártate. Quiero que padre me diga eso a la cara.

—No —lanzó tensándose aún más.

—No puedes impedirme entrar.

—Puedo y lo haré.

Neria sostuvo su mirada durante un largo instante. La superaba ampliamente en peso y fuerza, si había decidido que no entraba, no lo haría.

—Neria, ya no eres parte de esta familia. Acéptalo, vete y no vuelvas.

El silencio que siguió fue frío y duro. Recordó las mañanas de verano en el patio. Las manos de su madre recogiendo su cabello. A Flavio corriendo tras ella con las rodillas llenas de polvo. Y a su padre levantándola para que alcanzara los higos más altos.

Habían ocurrido allí, pero parecía que ya no quedaba nada de ellos detrás de aquella puerta.

—Tú ganas —aceptó Neria, volviéndose en cuanto sintió que los ojos empezaban a arderle.

Descendió los peldaños sin mirar atrás, decidida.

—Neria. Para.

El nombre, en boca de su hermano, sonó más bajo. Tembloroso.

Ella se detuvo y se giró. Percatándose de que Flavio había bajado un peldaño más y ahora parecía dudar en si hacer aquello que le rondaba la mente.

Finalmente, el hombre metió la mano en el pliegue de su toga, sacó un pequeño saco de cuero y se lo lanzó. Neria lo atrapó por reflejo. El peso era ligero, pero no vacío. Y, aunque frunció el ceño, desato rápida el cordón.

Dentro había monedas. No muchas, pero creía que si suficientes para cubrir las mensualidades atrasadas y ganar tiempo. Alzó la vista y se percató de que Flavio ya había recuperado su expresión habitual.

—Es la última vez —dijo—. No vuelvas jamás.

Neria sostuvo el saco entre las manos y, durante un instante, pensó en devolverlo. En dejarlo caer sobre los peldaños y marcharse sin aceptar nada de aquella casa que se empeñaba a negarla. Pero lo necesitaban.

—No pensaba hacerlo —dijo y cerró el saco.

Neria se volvió de nuevo y esta vez nada la detuvo.