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La anciana retiró la pierna por tercera vez.
—Melita, si sigues moviéndote, voy a tener que empezar de nuevo.
—Me estás quemando, niña.
—Te estoy limpiando la herida. No es lo mismo.
—Pues la limpias como si quisieras arrancarme la piel.
Edine sujetó el tobillo con más firmeza y volvió a pasar el paño húmedo por el corte. La mujer soltó un gemido y se aferró a los bordes del banco.
—La próxima vez —dijo Edine—, intenta no discutir con una de las cabras del vecino.
—Se estaba comiendo mis coles.
—Y por poco se queda hasta tu pierna.
La anciana la miró con los ojos entornados.
Neria, sentada junto a la mesa, dejó escapar una risa breve antes de volver a inclinarse sobre las tablillas.
La morena aprovechó la distracción para echar vino aguado sobre la herida.
—¡Por todos los dioses! —gritó la mujer.
—Ya está. Estoy acabando.
—¡Has dicho eso antes!
—Pero esta vez es verdad.
Edine colocó sobre el corte una pasta de miel y plantas machacadas que había perfeccionado de su padre y empezó a vendarle la pierna.
La estancia olía a vinagre, humo y humedad. La lluvia de los últimos días había vuelto a filtrarse por la esquina próxima al hogar, formando una mancha oscura en la pared.
El propietario había prometido repararla, aunque el hecho de que ya le debieran varias mensualidades parecía haber hecho desaparecer su buena disposición.
—No apoyes demasiado durante dos días —dijo Edine, haciéndole un gesto a la anciana para indicarle que ya había acabado—. Y lleva más cuidado la próxima vez o acabarás por perder la pierna entera.
La anciana abrió mucho los ojos.
—Hazle caso, Melita —intervino Neria sin levantar la vista de las tablillas.
—Pero es demasiado difícil.
—No lo es. Tú solo no lo ensucies y regresa a que te cambie el vendaje pasado mañana. ¿Entendido?
—Entendido —respondió la mujer, mientras se ponía en pie con esfuerzo, probándose a apoyar el talón—. No llevo dinero. Las cosechas no han sido buenas.
—Ya lo sé. No te preocupes.
—Te he traído esto —dijo Melita, inclinándose hacia la bolsa que había tirado en la puerta. Sacó un manojo de apios atados con cuerda, cuyas hojas estaban aplastadas y se lo entregó a la morena.
Edine lo tomó y lo examinó.
—Son cinco apios —declaró la mujer, como si no fuera obvio.
—Muchísimas gracias, Melita —respondió Edine, levantando la mirada y sonriendo, a pesar de que el trabajo que acababa de realizar valía bastante más.
La anciana sonrió, cogió el bastón con el que había venido y, tras acomodarse el manto, se dirigió hacia la calle, seguida de la joven.
—Edine, niña, seras muy buena, pero tu padre jamás me había hecho ni un poco de daño ninguna de las veces que me curó. Tienes que mejorar eso.
Y tú tienes que mejorar la forma de pago.
—Lo tendré en cuenta para la próxima vez, Melita —decidió decir finalmente, guardándose lo que pensaba.
Esa respuesta pareció suficiente, que con un asentimiento, se marchó.
—Tu padre le habría cobrado —comentó su amiga, que también lo había oído, en cuanto la joven cerró la puerta.
—Y también le habría quitado el bastón antes de que lo golpeara —comentó, acariciándose el chichón de la coronilla y sonriendo—. Tulio y yo tendríamos que haber aprendido más de él.
El gesto de su amiga se endureció cuando volvió a escuchar su nombre. Fue un gesto pequeño y agotado, pero que se había repetido desde que ese maldito mensajero las había visitado.
—Ya tenemos cena —añadió la morena, tras dejar los apios sobre la mesa.
—Pues los acompañaremos con agua, porque no tenemos más —comentó Neria borrando una cifra de la tablilla con el pulgar y volvió a escribirla.
—Una cena es una cena.
—La bolsa está vacía, Edine.
No necesitó preguntar cuál. Los salarios atrasados de Tulio habían llegado a finales del invierno y, aunque les habían venido bien, había menos monedas de las que ambas esperaban y ninguna explicación sobre las cantidades descontadas.
Durante los primeros meses, aquel dinero pagó el alquiler, el grano y el aceite. Después empezó a pagar solo una parte. Al final, únicamente había servido para retrasar lo inevitable.
—Quedan dos ases —comento la rubia dejando la tablilla sobre la mesa—. Quizá tres, si el último no es falso. Y estamos a punto de deber tres mensualidades.
—Dos y media.
—El dueño cuenta la media como una entera.
—Porque es un ladrón.
—Porque vive de alquilarnos la casa, conforme acordó con tu padre y después con Tulio.
—Podría vivir con menos entusiasmo.
Neria no sonrió esta vez y Edine apoyó las manos sobre la mesa. Estaban en una mala situación, lo sabía. Pero ella no atendía a patricios [8] , ni a comerciantes importantes. Y no podía exigirle más.
—Trabaja conmigo. Te enseñaré a tratar a los pacientes.
—Ya te ayudo, pero sabes que no tengo estomago para ello. Además, la gente es más reticente a que los trate una mujer.
Ellos preferían a Tulio o a mi padre. Lo sé.
—Clasificar plantas y copiar cuentas no es trabajar conmigo.
—Tampoco lo es cobrar en apios.
—Melita ha pedido disculpas. Además, ambas sabemos su situación.
—Ya, pero las disculpas no nos pagan el techo —exclamó Neria frotándose la frente.
Había adelgazado desde el invierno. No mucho, pero lo suficiente para que las mangas le quedaran algo más sueltas y los pómulos se marcaran cuando pasaba una mala noche.
Edine lo sabía porque las malas noches se oían a través de la pared.
—Podríamos atender a mujeres patricias que están en una situación comprometida —propuso—. Algunas te conocen y quizás preferirían hablar contigo.
—Hace mucho que no frecuento ese mundo. Apenas mantengo contacto con ellas. Además, tampoco querrán que las atienda una curandera.
—Mejor yo que un médico descubra su situación.
Neria negó.
—Pues se me acaban las ideas —espetó la joven, tomando uno de los apios y empezando a arrancarle las hojas estropeadas.
—Si él estuviera aquí, no estaríamos en esta situación.
Tulio.
Neria aún no podía pronunciar su nombre y eso pesaba entre ellas.
—Pero el quería que lo llamaran médico, no curandero.
—Es lo mismo.
—Para Tulio no lo era.
Y para mí tampoco.
Neria bajó la mirada y Edine siguió limpiando el tallo. No quería volver a discutir con su amiga.
Su padre había enseñado a los dos en aquella misma habitación. Habían vivido juntos desde que su padre lo acogió.
Habían aprendido juntos a distinguir una fiebre peligrosa de otra que solo exigía descanso. A coser una herida sin destrozar la carne. A limpiar instrumentos, reducir una articulación y saber cuándo era mejor no tocar nada.
Ella aprendía deprisa, pero Tulio siempre iba un paso por delante. Y luego había llegado Neria. Se habían enamorado y la familia de ella. Patricia y noble desde los tiempos del emperador Augusto, la había repudiado.
—Nosotras lo queríamos aquí —habló finalmente—. Y él quería ser alguien más. Eso fue todo, Neria. Tienes que aceptarlo.
La rubia apretó los labios.
—No lo digas así.
—¿Cómo quieres que lo diga?
—Bastante enfadada estoy con él aún, para que lo cuentes como si hubiera despreciado todo esto.
Edine dejó el apio sobre la mesa.
—Se marchó para ganar fama con el ejército. Para regresar con cartas, contactos y siendo un médico romano dispuesto a responder ante tu familia. Eso fue lo que dijo y lo que hizo.
Neria se levantó de golpe y empezó a recoger las tablillas.
—No quiero discutir sobre él.
—No estamos discutiendo sobre él, sino a razón de él —lanzó la curandera, mientras la patricia dejaba las tablillas apiladas con más fuerza de la necesaria—. Es muy distinto.
Silencio.
Neria dejo escapar el aire.
—No quiero convertirme en una lacra para ti, pero tampoco en la viuda rebelde que regresa a casa con el rabo entre las piernas.
—Entonces conviértete en la mujer que quieras ser.
—Pero no sé hacer nada.
—Sabes preparar cataplasmas, relacionarte con la gente, enseñar, cocinar y asistir un parto si no se complica.
—Y si se complica, ¿qué?
—Me llamas.
—¿Y si tú no estás?
—Improvisas.
—¿Y si me desmayo?
—Pues tienes cuidado antes de caerte.
Neria la observó.
—Odio cuando tienes respuesta para todo.
Edine sonrió.
—Lo sé.
La risa le salió a Neria antes de poder evitarlo. Fue corta, casi culpable, pero la curandera sonrió aún más.
—Ahí estás.
—No empieces.
—Date tiempo, Neria. Tente paciencia. Sabrás que hacer cuando llegue el momento —Edine levantó uno de los apios y le dio un mordisco, antes de continuar—.
Yo sé quién soy. No necesito contactos, ni cartas, ni que un hombre con más anillos que pacientes decida reconocerme.
Mi padre curaba porque le importaba que la gente siguiera respirando al día siguiente. Eso le bastaba y también me basta a mí.
Neria volvió a sentarse.
Miró la pared húmeda, las hierbas colgadas y el banco donde Tulio había pasado tantas tardes estudiando junto a Edine.
—¿Y qué hacemos si viene el casero antes? —dijo la rubia, con la cabeza gacha—. Nos va a echar a la calle.
—Pues le ofrecemos lo que tenemos.
Neria la miró.
—¿Dos ases y una disculpa?
—Y cuatro apios.
Su amiga observó el manojo marchito durante unos segundos y volvió a sonreír.
—¿Quién podría resistirse?
Después se cubrió el rostro con ambas manos y empezó a reír y Edine la acompañó, disfrutando de que por primera vez en meses, aquella risa no terminó en silencio.
Nos curaremos poco a poco.