El corazón de un hispano 1
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Los golpes resonaron dos veces sobre la puerta.

—¿Esperas a alguien? —preguntó Edine mirándola.

Neria negó mientras seguía clasificando un manojo de hojas de salvia sobre la mesa.

—No.

Los golpes volvieron a sonar, esta vez más secos.

—Voy yo —dijo Edine, dejando el mortero a un lado. Atravesó la estancia y abrió la puerta.

Un hombre aguardaba al otro lado. Vestía una túnica de viaje cubierta de polvo y el broche de bronce que sujetaba el manto mostraba el águila imperial. Llevaba un tubo de cuero en la mano.

Un mensajero imperial.

—¿Neria Atilio, esposa de Tulio Maro, perteneciente a la Legión XXI Rapax [5] ?

—Sí. Soy yo —dijo Neria dejando las hojas en la cesta y aproximándose rápidamente hasta ellos.

El hombre inclinó ligeramente la cabeza, antes de hablar.

—Traigo una comunicación oficial procedente de la provincia de Pannonia [6] .

Edine dio un paso atrás para dejarle entrar, pero el emisario permaneció junto al umbral.

Sacó el pergamino del cilindro, comprobó el sello y se lo tendió a Neria.

—Hace varias semanas, la legión XXI Rapax sufrió una emboscada durante una operación contra tribus rebeldes sármatas.

Neria notó cómo algo se le tensaba bajo las costillas. Su esposo llevaba meses fuera y sus cartas habían ido espaciándose conforme la legión avanzaba hacia el norte. Por eso no le había extrañado demasiado no recibir ninguna misiva durante el último mes.

—¿Una emboscada? —preguntó Edine, frunciendo el ceño.

El hombre asintió. Parecía incómodo, pero continuó como si hubiera repetido aquellas palabras demasiadas veces.

—Las bajas fueron numerosas. Tras finalizar la búsqueda de supervivientes, la Legión XXI Rapax ha sido dada por destruida en su totalidad.

El silencio se hizo pesado dentro de la pequeña casa. El chisporroteo del fuego quedó como único sonido.

Tulio es médico, no soldado. Esto no tiene ningún sentido.

Neria seguía mirándolo. No entendía nada. Las palabras se le habían atascado en la mente y atravesado en la garganta. Solo atinó a romper el sello y desplegar el pergamino.

—¿Qué dice? —preguntó Edine, agarrándola del brazo.

Neria recorrió las líneas con rapidez. Tuvo que volver atrás y leer otra vez el nombre de su marido, para comprender que lo que decía el mensajero era verdad.

—Tulio figura entre los desaparecidos —logró decir—. Debido al estado en que encontraron al resto de los miembros de su legión… no esperan que vuelva.

Terminó de leer y dejó caer la mano en la que sostenía la misiva.

Edine le arrebató el pergamino y comenzó a leer.

—¿Pero han encontrado su cuerpo?

—No ha sido posible recuperar el cuerpo ni ninguna pertenencia personal, señora —respondió el mensajero mirándola—. Su nombre no figura entre los supervivientes, los heridos recuperados, ni los hombres que regresaron al campamento.

Esperó, pero las dos mujeres se limitaron a observarle.

—Conforme al protocolo militar, los escribas han incluido a Tulio Maro entre los desaparecidos declarados muertos. La comunicación que os he entregado acredita vuestra condición de viuda y vuestro derecho a reclamar los salarios pendientes por su servicio.

Viuda. ¿Cómo que viuda?

La palabra parecía referirse a otra mujer. Ella apenas tenía veintiocho años y hacía un par de años que se había casado.

Los segundos pasaron sin que ninguna respondiera ni se moviera. El hombre, visiblemente acostumbrado, esperó en silencio.

—Tiene que haber un error —logró articular Edine.

Neria sentía que se había sumergido en una pesadilla que cada vez le permitía respirar menos. El mensajero levantó la vista.

—Lo lamento.

—No, escúcheme —insistió Edine, acercándose—. Él es médico. Muy grande y gruñón, pero no es un legionario [7] . Puede que se fuera a ayudar a alguien de otra unidad y este con ellos.

—No es ningún error —declaró el hombre y dirigiéndose su atención a Neria, añadió—. Puede estar orgullosa, dómina. Su marido cayó sirviendo al Imperio.

Neria tuvo que apoyarse en la mesa para no caer al suelo.

—No me está entendiendo —persistió Edine, con el rostro encendido—. Se alistó como miembro del cuerpo médico. Salva gente, no combate. ¿Cómo va a estar muerto? Neria, di algo.

El mensajero permaneció inmóvil.

Neria se pasó ambas manos por el rostro, intentando despertar. Volver a respirar.

—La legión entera fue masacrada. Fueron muy pocos los que lograron sobrevivir —dijo el hombre.

—Pero él atendía a los heridos.

—Lo sé.

—¿Entonces?

El mensajero respiró hondo.

—No dispongo de más información.

Edine negó con la cabeza. Volvió a hablar como si, entre suficientes preguntas, pudiera encontrar una posibilidad que nadie hubiese considerado.

—¿Y si quedó inconsciente?

—Se buscaron supervivientes durante días y por todos los alrededores.

—¿Y si alguien lo recogió? ¿Y si lo capturaron? Deben ir a por él. Preguntar.

—Tulio Maro ha sido declarado muerto, señora. Entiendo vuestro dolor, pero cayó con honor.

—¿Cayó con honor? —repitió Edine entre dientes.

Siempre hacía aquello cuando estaba muy enfadada. Ella no era la única que luchaba por contenerse.

—Pero, ¿alguien lo vio morir o es lo que han decidido sus superiores porque no quieren continuar buscándolo?

—Ese es el procedimiento, dómina. Es la información que me han facilitado mis compañeros del cuerpo y lo que consta en los informes. Todo lo demás son meras especulaciones.

—No le he preguntado cuál es el procedimiento. Le he preguntado si alguien lo vio morir.

Con aquel grito, Neria dejó de escuchar.

Las voces comenzaron a llegarle amortiguadas, como si procedieran de otra habitación.

Miró el cesto donde había dejado las hojas de salvia. Todavía estaban húmedas. Había pensado secarlas aquella tarde.

Tulio decía que nunca conseguía atarlas bien y que terminaban cayéndose del techo una detrás de otra.

Se sentó despacio y la silla crujió bajo su peso.

Observó sus propias manos apoyadas sobre el regazo.

Aquella misma mañana había maldecido a Tulio. Otra vez. Porque seguía enfadada. Porque, cuando el ejército anunció que necesitaba médicos, él había aceptado antes incluso de preguntarle qué pensaba.

« Solo serán unos meses .» Eso había dicho.

« Necesitan ayuda .» Le había repetido.

Ella siempre le respondió que otros podían ayudar. No era su problema.

Discutieron durante dos noches y, a la tercera, dejó de insistir. Sabía reconocer la expresión de Tulio cuando ya había tomado una decisión.

El día que se marchó, lo acompañó hasta el carro sin despedirse como él esperaba. Pero él sonrió igualmente y le prometió que regresaría antes de la siguiente cosecha.

También se lo juró a Edine, que aquella mañana no quiso despedirlo y que ahora seguía haciendo preguntas que Neria ya no podía oír.

Solo veía el banco de madera donde Tulio solía dejar la bolsa de cuero con los instrumentos médicos. Y la capa que siempre se ponía al ir a ver a los enfermos y que todavía colgaba sobre él.

No habían querido guardarla porque la necesitaría al regresar.

Porque tenía que volver. Iba a hacerlo.

—Idiota. Idiota y mil veces idiota. Te dije que no fueras —gritó poniéndose de pie de un salto y apartando la cesta de un manotazo.

Las hojas de salvia se esparcieron por el suelo.

—Neria…

—¡Se lo dije! —exclamó golpeando la mesa con las dos manos.

Una vez. Y después otra y otra. Hasta que el dolor le subió desde las palmas hasta los brazos.

—Neria, para. Detente —dijo Edine, rodeándola por detrás y sujetándola antes de que pudiera golpearse de nuevo.

Su amiga le hablaba junto al oído mientras intentaba agarrarla para que no se hiciera daños, pero Neria no quería parar. No pensaba detenerse.

Intentó soltarse una vez, pero finalmente las piernas dejaron de sostenerla y ambas acabaron en el suelo.

—Edine, no puede ser —mascullo, aferrándose a ella—. No es posible.

Edine la abrazó con tanta fuerza que casi le hizo daño.

—Lo sé.

—Le dije que no fuera —insistió Neria entre lágrimas—. Se lo dije, Edine. Y no me hizo caso.

—Lo sé. Lo sé.

Los llantos de ambas se entremezclaron.

Neria no supo en qué momento se marchó el mensajero. Solo oyó cómo se cerraba la puerta y el silencio que dejó tras de sí debía de ser el mismo que existía en el inframundo.