El corazón de un hispano
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Prólogo
La mujer cruzó la puerta de la villa arrastrando un arcón que golpeaba contra cada una de las losas del camino.
La mujer no se detuvo, sino todo lo contrario.
Tiró con más fuerza del asa y consiguió que una de las esquinas del arcón superase el pequeño desnivel de la entrada, cayendo el equipaje al otro lado con un golpe seco que hizo tintinear cuanto llevaba dentro.
Las tres niñas aparecieron detrás de su padre, acompañadas del mejor amigo de este.
Livia, la mediana, corría pegada al hispano, siguiendo con dificultad su paso.
Pegada a ella, imitándola, iba Aelia, la pequeña, con una sonrisa a medio esconder en los labios.
Y Gaia, la mayor, fue la última en salir.
Caminaba muy derecha y serena, con las manos unidas delante del vestido y una expresión tan seria que cualquiera habría creído que acudía a despedir a una pariente enferma.
—Habrá sido un accidente. Un error —se disculpó Servio, no sabiendo que inventar ante otra fechoría de las niñas.
Marcia tardo un segundo en contestar, sin detenerse, luchando por alcanzar la puerta de la villa empujando su equipaje.
—¿Un accidente? Ya son demasiados… accidentes, mi señor.
—Alguno de los conejos se habrá colado en la cocina —dijo Livia, asintiendo con tanta efusividad que uno de sus rizos dorados rebotó contra su rostro.
—Los conejos no levantan cubreplatos para defecar específicamente sobre mi guiso y vuelven a colocarlo, pequeña mentirosa.
Aelia soltó una risita malvada, haciendo que Marcia girara la cabeza hacia ellas, deteniéndose.
—Niñas, disculpaos —advirtió Servio.
—¿Por qué? Si no hemos hecho nada —afirmó Livia, frunciendo el ceño.
—No hace falta. Esta decidido. Me marcho —replicó Marcia, volviendo a andar.
Su padre las miró mientras hacía que la mediana cerrara la boca, pero sin borrar la expresión satisfecha y el brillo de esos ojos color miel del rostro de Aelia.
—¿Por qué se enfada? Si solo era un poquito de caca.
La maestra no debió oírla, porque siguió hablando, mientras tiraba brusca y torpemente de sus enseres.
—Llevo siete semanas soportándolas. Siete. Han escondido mis sandalias en el establo, han llenado mi jergón de hojas, han cambiado el aceite de mi lámpara por agua y hace tres días metieron una lagartija dentro de mi cama.
—Lo de la lagartija no fuimos nosotras —puntualizó Gaia.
Marcia se volvió hacia ella, con una mirada que podría matar.
—Eso no lo mejora.
—No he dicho que lo hiciera.
Servio cerró los ojos un instante.
Porcio, amigo de toda la vida de Servio, apareció por la puerta principal con más calma que el resto. Se limpió los dedos en un paño, observó a las niñas y después el arcón que Marcia volvía a arrastrar por el camino.
La comisura de su boca se movió.
—No te rías —murmuró Servio.
—Ni se me ocurriría.
—Claro… como si no nos conociéramos.
Porcio se aclaró la garganta y compuso una expresión amable antes de acercarse a la mujer.
—Dómina, si me da un momento, haré que preparen mi carro. Una señora como usted no debería recorrer sola el camino hasta la ciudad y menos con ese equipaje.
—No pienso pasar ni un minuto más en esta casa.
—El carro puede estar preparado enseguida.
—Ni muerta.
—Como deseéis, mi señora.
Volvió a tirar del arcón. Esta vez consiguió avanzar varios pasos, aunque una de las ruedas pequeñas se hundió en la tierra acumulada junto al camino. Y oyó como a una de las niñas se le escapaba una risa.
Servio, miró furioso por lo irrespetuoso del gesto, antes de acercarse a ayudarla.
Marcia levantó una mano.
—No toque mi equipaje.
—Al menos deje que alguien la acompañe, Marcia.
—Ya os lo he dicho, dómine [3] . No quiero nada de vos. Ni siquiera hace falta que me pague, señor. Solo aleje a esas furias de mí.
—Eso es absurdo.
—Lo absurdo ha sido quedarme tanto tiempo.
Señaló a las niñas una por una.
—Esa me mira como si estuviera planeando mi entierro.
Gaia no parpadeó.
—Esa miente cada vez que abre la boca.
Livia arrugó el entrecejo, antes de bajar la mirada.
—Y esa… —Marcia clavó el dedo en dirección a Aelia—. Esa no teme ni a los dioses.
—Sí lo hago —protestó la benjamina—. Pero no me gusta la gente mala, como tú.
Porcio tosió contra el puño, para enmascarar una risa y Servio lo fulminó con la mirada.
—Son unas salvajes —continuó Marcia—. Las tres. Las odio. Estoy harta. Que las soporte otra, si es que alguien se atreve.
Tiró de nuevo del arcón hasta arrancarlo de la tierra y se alejó por el camino sin despedirse.
Durante unos instantes, nadie dijo nada.
Los cinco se quedaron junto a la entrada observándola avanzar con dificultad. El baúl saltaba detrás de ella, retorciéndose cada pocos pasos. La mujer tenía que detenerse para enderezarlo, pero ni una sola vez miró hacia atrás.
—Ya estaba bien que se fuera —pronunció Gaia, rompiendo el silencio.
Servio giró despacio la cabeza.
—¿Cómo dices?
—Tenía mal carácter. Nos trataba fatal cuando tú no estabas delante. Sobre todo, a Livia y a Aelia.
—¿Y no podríais haberlo hablado conmigo? ¿Teníais que llenarle el plato de mierda de conejo?
—No lo veías. Ante ti era otra persona.
—Además, solo eran bromas. No tenía que enfadarse tanto, solo era un poco de caca —declaró Livia, levantando la mano apenas unos dedos.
Aelia volvió a reírse y Porcio ya no pudo contenerse. La carcajada le salió de golpe, profunda y sonora, y tuvo que apoyarse una mano en el vientre.
Servio perdió los nervios.
—¡Basta! Castigadas.
Las tres niñas se quedaron quietas.
—¿Yo también? —preguntó Gaia, levantando las cejas con sorpresa y luciendo más mayor de lo que era.
—Si. Las tres. A vuestras habitaciones ya.
—Pero padre… —comenzó Gaia.
—Ahora.
—Pero, ¿por qué? —se defendió Livia.
—Lleváoslas —ordenó Servio a Irene y Servilia, negándose a contestar. Las dos esclavas ya salían de la casa alertadas por los gritos—. Y que ninguna salga hasta que yo lo diga.
Aelia retrocedió un paso para escapar, pero Servilia la agarró, cogiendo después del brazo a Gaia. Mientras tanto Irene sujetó por los hombros a Livia antes de que pudiera responder.
Livia fue la primera en obedecer ceñuda y Aelia, logrando soltarse de Servilia, corrió detrás de ella, cogiéndole la mano.
Gaia, sin embargo, con la barbilla alta, solo dio un par de pasos y volvió la cabeza hacia su padre.
—Así es mejor. Era una aprovechada. Solo quería llamar tu atención.
—Gaia. Suficiente desobediencia por hoy.
La niña no insistió y las puertas se cerraron tras ellas.
Porcio esperó hasta que dejaron de oírse las protestas antes de volver a reír. Haciendo que Servio arrojara la servilleta contra uno de los bancos de piedra de la entrada, antes de sentarse.
—Tus hijas son muy creativas.
—Tus hijos también y no se dedican a espantar a todos sus maestros.
—Los míos se limitan a golpearse. Imagino que los niños son mucho más sencillos, a ver cómo me va con la última.
Servio se pasó ambas manos por el rostro.
El enfado se había desvanecido tan rápido como había llegado, dejando en su lugar cansancio. Una fatiga pesada, que parecía haberse instalado en sus huesos tras soportarla tanto tiempo.
—Tengo cartas —dijo—. De dos de mis tías, de la prima de Lucinda e incluso de su tío, al que no veo desde hace años. Todos saben ya lo que ocurre aquí. Parece que el caos de mis hijas se ha extendido por toda Hispania.
Porcio se sentó en el banco junto a él y estiró las piernas.
—¿Qué quieren?
—Mis tías se ofrecen a acoger a Gaia. Dicen que es lo bastante mayor para aprender a comportarse como corresponde. Y la familia de Lucinda aceptaría a Livia. Creo que les recuerda bastante a ella. Al parecer, todos creen que pueden hacerlas entrar en vereda mejor que yo.
—¿Y Aelia? ¿Se quedaría sola?
Servio miró hacia la puerta cerrada.
—Nadie ha preguntado por ella. Imagino que todos la culpan por la muerte de su madre.
Porcio dejó de sonreír.
—Estúpidos. —escupió Porcio ya sin un ápice de alegría en su rostro—. ¿De verdad estás pensando en separarlas?
—No lo sé.
—Servio.
—No he podido ni regresar a Roma a renegociar los contratos. Apenas llego a cumplir con mis encargos y, es una verdad como un templo, que las niñas se han asalvajado.
Se volvió hacia él, pero Porcio no dijo nada.
—Llevo casi tres años aplazando asuntos que debería haber resuelto hace tiempo. Apenas obedecen a Irene y ella no puede con las tres. Estoy seguro de que, de no estar agradecida por haberla ayudado a convertirse en liberta [4] , hace tiempo que se hubiese ido.
—Son solo tres niñas, Servio.
—Si, pero parecen un ejército. Ninguna de las matronas de la ciudad con buenas referencias quiere el puesto. Las que aceptan duran semanas. Como mucho, unos meses, si tenemos suerte, Marcia es la que había aguantado más hasta ahora. Y ellas no colaboran. Ni siquiera se dejan peinar como es debido.
—Nosotros éramos peores.
—Ya, pero estaba Lucinda para hacernos entrar en razón.
El rubio bajó la vista para ocultar otra sonrisa, probablemente golpeado por algún recuerdo, y esta vez Servio no se lo reprochó.
—No me atrevo a dejarlas, pero no sé qué hacer. —continuó cogiendo aire—. Desde que murió su madre… —Se interrumpió y tragó saliva—. Estoy superado, Porcio. Cansado. Agotado. Pensaba que podría con todo, pero han pasado tres años y esta casa está a un soplo de derrumbarse…
Su amigo guardó silencio durante unos instantes.
—Se lo prometiste.
Servio volvió la mirada hacia el camino.
El sol caía sobre los olivos y hacía temblar el aire por encima de la tierra. Marcia ya casi había desaparecido de su vista, reducida a una figura oscura y agotada.
Lucinda también había estado agotada aquel día.
Apenas podía respirar. Tenía la piel pálida y los dedos fríos, pero había reunido fuerzas para apretarle la mano.
—Pase lo que pase, no permitas que las separen. Estad juntos. Ellas son el recuerdo de nuestro amor. Sed una familia, aunque yo no esté. Cuídalas. Prométemelo.
Servio se lo juró.
Sinceramente creía que podría hacerlo, porque con Lucinda todo parecía posible. Pero por primera vez, empezó a temer que quizá no pudiera cumplir su promesa.