Epílogo 2
El hombre redujo el paso al alcanzar la esquina y se apoyó con más fuerza sobre el palo que llevaba utilizando como bastón durante buena parte del viaje.
Le dolía la pierna. Mucho. Pero había aprendido hacía tiempo que el dolor no significaba necesariamente que tuviera que detenerse, sino solo avanzar más despacio.
—Tenemos que darnos prisa.
La voz llegó a su espalda y él no se molestó en girarse.
—Eso intento.
—Pues inténtalo más rápido.
Su compañero resopló y él intentó acelerar el paso.
El joven caminaba unos pasos detrás de él, cargando con buena parte de lo que les quedaba. No era mucho. Un par de bolsas, algo de comida y las pocas pertenencias que habían conseguido conservar después de tantas semanas viajando.
Estaba tan sucio como él y casi igual de delgado, pero al menos conservaba ambas piernas en condiciones.
—Desde el puerto no dejo de ver al mismo hombre —continuó el joven, aproximándose—. Y juraría que había otro esperándolo junto a una de las salidas.
—En Roma hay mucha gente.
—Gracias. No me había dado cuenta.
Decidió ignorarlo, concentrado en la calle que se extendía ante él. Parecía más estrecha de lo que recordaba y a aquella hora apenas quedaba gente por aquel humilde barrio.
La noche había caído completamente sobre Roma y el calor del día comenzaba a desaparecer entre los edificios y los callejones más angostos.
Había llegado. Eso era lo único que tenía sentido.
—Si han cogido a los demás, acabarán encontrándonos también —insistió su compañero.
—No somos soldados.
—Explícaselo tú cuando nos encuentren.
El hombre apretó la mandíbula.
—No hemos desertado. Nunca fuimos soldados.
—Ellos no lo saben. Y después de habernos encontrado con un grupo de desertores [27] , dudo mucho que nadie se moleste en preguntarlo antes de encadenarnos.
Aquello consiguió que dejara de caminar.
—Ya no estamos con ellos.
—Porque los han cogido —replicó el joven, bajando la voz—. Y recuerda qué les espera si los devuelven al ejército.
No necesitaba recordárselo.
Crucifixión .
Había escuchado aquella palabra suficientes veces en los últimos meses.
El hombre volvió a avanzar.
—Solo necesito encontrarlas. Ya te lo he dicho —habló, haciendo que su compañero soltara aire por la nariz, pero sin discutirlo—. Después pensaremos qué hacer.
Llevaba haciendo eso desde que habían alcanzado Italia. Apremiarlo. Vigilar las calles. Conseguir comida cuando él apenas podía mantenerse en pie y comprobar cada pocas horas, el vendaje que protegía su pierna.
Había sido al contrario al principio. Pero aquello parecía haber ocurrido en otra vida.
El hombre se detuvo un instante para orientarse y reconoció aquella calle.
A la derecha debería estar el pequeño puesto donde compraba el pan algunas mañanas. Más adelante, la vivienda del anciano que se quejaba cada vez que algún niño jugaba demasiado cerca de su puerta.
Todo seguía allí. Y, aunque estaba más sucio y era más pequeño que en sus sueños, era real.
Sonrió.
—¿Qué?
—Nada.
Continuó y un carro dobló la esquina a varios metros sorprendiéndolo. El ruido apareció desde una calle transversal y lo hizo dejar de caminar.
Su mano comenzó a temblar alrededor del bastón y durante una fracción de segundo ya no estaba en Roma.
El aire cambió. Un grito. Barro. El sonido de demasiados caballos avanzando a la vez. Alguien cayó delante de él. Sangre.
—No —masculló y el bastón crujió bajo sus dedos.
Una mano se cerró alrededor de su brazo.
—¡Eh! —dijo su amigo, haciéndolo volver la cabeza—. Mírame.
Tardó unos segundos en reconocer el rostro de su compañero y, mientras eso ocurría, el carro pasó junto a ellos, hasta que el sonido de los cascos empezó a alejarse.
—Estamos en Roma —le recordó el joven.
Respiró. Una vez y después otra.
Roma. Estoy en Roma.
—Estoy bien —aseguró, haciendo que el otro hombre levantara una ceja.
—Claro.
—De verdad —replicó.
—Y yo soy el emperador.
—Venga, vamos —insistió mientras retiró el brazo y continuaba andando—. Debemos seguir o nos descubrirán.
—Eso llevo diciéndote desde que bajamos del barco.
No respondió. Porque fue entonces cuando la vio.
La casa.
Se detuvo en seco y su compañero casi chocó contra él.
—¿Qué pasa?
—Es esa —logró decir con apenas un halo de voz.
El dolor desapareció y, de pronto, aceleró el paso todo lo que la pierna le permitió y cruzó la calle.
—Espera.
No lo hizo.
—Es aquí —repitió, casi riéndose—. Ya verás.
—Parece abandonada.
No lo escuchó.
La casa estaba oscura. Completamente cerrada.
Normal. Probablemente, a aquellas horas, estarían dormidas. Pero no podía esperar. Sonrió. Había imaginado aquel momento tantas veces que ahora no sabía qué demonios hacer.
Levantó la mano y se detuvo. El corazón le latía tan rápido que pensó que se iba a desmayar.
Era ridículo. Después de todo lo que había tenido que hacer para regresar. Ahora estaba nervioso por llamar a aquella puerta.
Golpeó suavemente y esperó.
Nada.
Volvió a golpear. Un poco más fuerte.
—Neria.
Silencio. Y esta vez esperó unos segundos menos.
—Edine.
Nada.
Frunció el ceño y acercó el oído a la madera.
—¿Estás seguro que es aquí? —preguntó su compañero acercándose un poco más por detrás—. Te he dicho que parece que…
—Estarán dormidas —aseguró, sin captar sonido alguno al otro lado. Ni un movimiento, pasos o una voz.
—¡Neria! ¡Edine! —gritó y, más fuerte, añadió—. ¡Soy yo!
—Baja la voz.
La sonrisa desapareció.
¿Y si les ha pasado algo?
Agarró el pomo y lo giró. Cerrado.
Volvió a golpear. Una vez. Otra.
—Por favor —murmuró, apoyando la frente contra la puerta—. Abrid.
Nada.
—¿Quieres que nos encuentre media Roma? —masculló su compañero, agarrándolo del brazo—. Deja de gritar.
Se soltó.
—¡No! —gritó, volviendo a golpear—. ¡Soy yo! ¡Abrid!
Una luz apareció en una de las ventanas vecinas. Luego otra y otra.
Su compañero miró inmediatamente hacia la calle.
—Tenemos que irnos.
—No.
—Estás llamando mucho la atención.
—Tienen que estar aquí. ¡Tienen que estar aquí!
—¡Para ya! —gritó alguien—. ¡Hay gente intentando dormir!
El hombre apenas lo oyó, mientras continuaba golpeando la puerta y tirando del pomo.
—No hay nadie.
—¡Que alguien llame a los vigiles [28] y vengan por estos borrachos! —se escuchó una nueva voz desde otra casa vecina.
—Sí lo hay. Debe de haberlo.
—Mira la casa, amigo. Está vacía.
No quiso hacerlo. No podía.
Tenía que haber alguna explicación.
Durante todo aquel tiempo, ellas habían estado allí.
Tenían que estar allí.
Su cuerpo se puso rígido y su respiración se aceleró.
—Eh —lo llamó su compañero.
El ruido de los cascos volvió a aparecer dentro de su cabeza. Demasiados. La mano comenzó a temblarle y el bastón resbaló de sus dedos, golpeando contra el suelo.
—No… —masculló, pero no conseguía llenar los pulmones.
—Mírame. Vámonos y mañana regresamos.
No pudo moverse. Solo logró dejarse caer contra la pared, dejándose resbalar hasta quedar sentado junto a la puerta.
—Mierda. No, hombre. —masculló el joven, agachándose frente a él—. Respira y levanta.
Él no obedeció. Concentrado en introducir una mano en la pequeña bolsa que cargaba.
Palpó hasta encontrar el bulto. Lo sacó y observó el objeto.
Era una jarra o lo que quedaba de ella.
Una grieta atravesaba por completo uno de los laterales y faltaba una parte cerca del borde. Había envuelto el cuerpo con tiras de tela y cordel para impedir que terminara de deshacerse durante el viaje. Aun así, seguía reconociéndola. Era igual a la que había dejado allí.
La apretó contra el pecho.
—No están —murmuró.
Su compañero permaneció en cuclillas frente a él, mirando primero la jarra y después la puerta cerrada.
—Las encontraremos.
—Les ha pasado algo —replicó, negando con la cabeza.
—No lo sabes.
—Tenían que estar aquí. No tienen otro sitio.
—Seguro que sí, solo tenemos que encontrarlas —repitió el joven, esta vez con más firmeza, mientras cada vez el murmullo en la noche aumentaba—. Pero ahora necesito que respires y nos vayamos.
Cerró los ojos.
—Me necesitaban y las dejé. Me dijeron que no fuera, pero me marché.
Intentó respirar.
Una vez. Y después otra.
Pero no podía y la mano de su compañero, probablemente consciente de ello, se cerró con más fuerza sobre su hombro.
—Cálmate, Tulio —le recordó, esta vez más despacio—. Ya te lo he dicho. Todo saldrá bien.
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