Capítulo 41
E llie cerró de un portazo la puerta del retrete. Nunca en toda su vida se había sentido tan agradecida de estar en aquel edificio húmedo y maloliente. Ethan estaba helado, mojado y llorando. Margaret no les había dejado coger sus abrigos.
Con un estremecimiento, Ellie dejó a Ethan en el suelo y se inclinó sobre el asiento, pasando los dedos por las tablas astilladas de la parte trasera del retrete.
Por favor, que no lo haya arreglado. Por favor.
La tabla central cedió hacia delante y una amplia franja de luz inundó el espacio.
Ellie bajó la vista hacia el rostro de Ethan, manchado de lágrimas.
—No pasa nada —susurró, casi embriagada de alivio—. Vamos a estar bien.
Levantándolo con cuidado por encima del agujero, lo bajó al suelo, fuera, detrás del retrete. Cabía sin dificultad entre las tablas. Ellie se mordió el labio, sin estar segura de que ella tuviera tanta suerte.
Subiéndose al asiento, bajó una pierna y apoyó el pie en el suelo húmedo junto a Ethan.
Él se aferró a su pierna, gritando. Por una vez, se sintió agradecida por el viento y la lluvia que aullaban.
Aunque Margaret hubiera abierto la ventana, nadie en la casa habría podido oír nada.
Tampoco habrían visto nada, ya que el retrete daba a la cocina.
Con el peso de su pierna ya fuera, Ellie se deslizó por la abertura.
La parte superior de su vestido se enganchó en un clavo al pasar.
Sin prestar atención al desgarro, tiró con fuerza hasta liberar la tela y dejó caer el trozo rasgado por el agujero.
Sus hombros pasaron, luego su cabeza… y estuvo fuera.
Volvió a encajar la tabla suelta en su sitio y dejó a Ethan un segundo para coger una piedra de buen tamaño. La colocó en la base para que no se soltara con facilidad.
Cogió a Ethan en brazos y echó a correr hacia la montaña, mirando al suelo para no tropezar. El bosque, cubierto de agujas de pino y hojas en descomposición, ocultaba sus pasos.
Al llegar a la pared de granito, se agachó tras el grupo de álamos que Rowland había trasplantado con tanto esmero el otoño anterior.
Aunque las ramas aún estaban desnudas, los árboles ocultaban la entrada, baja y estrecha, de la mina.
Volvió a dejar a Ethan en el suelo, se arrodilló y comenzó a apartar piedras hacia un lado.
En pocos minutos, había despejado una abertura.
Metió primero a Ethan, lo siguió con rapidez y luego se inclinó para volver a colocar las piedras y los restos sobre la entrada.
Cuando terminó lo mejor que pudo, lo tomó en brazos y se internó hasta el fondo de la fresca cueva.
Allí lo dejó en el suelo y se quitó la enagua de lana, mientras él se aferraba a su pierna y lloraba.
Volvió a cogerlo, se sentó y empezó a quitarle la ropa mojada con la mayor rapidez que le permitió la oscuridad.
Cuando terminó, lo envolvió en las capas de ropa que se había quitado, arropándolo bien contra su pecho.
Comenzó a mecerlo, rezando para que dejara de llorar, rezando para que se durmiera, rezando para que no los encontraran.
Estaba oscuro cuando Ellie despertó. El rayo de luz que antes atravesaba la entrada había desaparecido, y la cueva reposaba en un silencio inmóvil.
También hacía frío… mucho frío. Con cuidado, cambió a Ethan de posición y le tocó la frente.
Fría. Metió la mano entre las telas y buscó sus manos y sus pies; suspiró al encontrarlos tibios.
Los suyos, en cambio, parecían bloques de hielo.
Un nuevo peligro. Moriremos de frío si permanecemos aquí demasiado tiempo.
Cerró los ojos, evocando el terror de la tarde. Sus opciones no eran buenas. Si regresaban a la casa, los matarían; pero no sabía cuánto podrían resistir allí.
Como si percibiera su inquietud, Ethan gimió en sueños. Ella volvió a mecerlo, calmándolo con una nana apenas susurrada.
Sal fuera.
La idea cruzó su mente con la misma claridad que la huida por el retrete, con la misma certeza que la había empujado hacia el oeste.
Siguiendo ese impulso —ese instinto que, como le había enseñado Rowland, Dios concede—, Ellie dejó a Ethan con cuidado en el suelo y se puso de pie.
Deslizando las manos por la pared, avanzó hacia la entrada.
Miró atrás, con el corazón encogido al pensar en dejarlo solo en la oscuridad.
Rowland te necesita.
Pero él es un hombre adulto. Ethan no es más que un bebé.
¡Vete!
Incapaz de ignorar aquella urgencia, empujó las rocas hasta que algunas cedieron. Tras unos minutos, abrió un hueco suficiente para arrastrarse.
Conteniendo el aliento, asomó la cabeza. Caía una llovizna fina. El cielo, cubierto de nubes, ocultaba la luna y las estrellas.
Quizá eso sea una bendición.
Sin saber con certeza qué hacer, salió a trompicones y avanzó a ciegas hacia la casa. Al llegar al retrete, se agachó tras él. Rodeándose con los brazos, se dejó caer al suelo y esperó. Pensamientos e imágenes cruzaban su mente sin orden: Rowland, Ethan, Walter, Pearl… su padre, su madre.
Un relámpago lejano iluminó el cielo, seguido por el retumbar del trueno.
Oh, no… que no empiece otra vez.
Se levantó y se asomó, contemplando con anhelo las luces de la cocina —su cocina—. Allí había aprendido a cocinar. Allí había leído a Ethan. Allí le había pedido matrimonio.
Ay, Rowland. Por favor, Dios, haz que todo salga bien para que pueda casarme con él. Recordó la oración en el tren… y la gratitud que la había acompañado desde entonces.
Se oyeron cascos de caballo a lo lejos. Ellie se arrastró hasta el otro lado del retrete y estiró el cuello para ver el camino. Dos caballos. No es Rowland… Se dijo que era mejor así. Mientras él no regresara, estaría a salvo.
Un relámpago rasgó el cielo. En ese instante, lo vio. Rowland desmontaba apresuradamente. Sobre el segundo caballo, un cuerpo caído. Walter.
El trueno estalló sobre las colinas y la puerta principal se abrió. Margaret apareció en el umbral.
—Hola, cariño.
Rowland se volvió hacia la voz, llevando la mano a la funda de la cadera.
Desde su escondite, Ellie vio lo que él no podía: Alexander, agazapado en un lado del porche, con el arma preparada.
No.
Se dejó caer al suelo, tanteando a ciegas hasta encontrar la piedra que había colocado antes. Sus dedos toparon con ella. La aferró y se puso en movimiento, avanzando hacia la casa.
Rowland miró a Walter, luego desenfundó y dio un paso adelante.
—¿Qué haces aquí? ¿Dónde están Josh y Ellie?
—Oh, guarda eso —respondió Margaret con una risa falsa—. ¿De verdad crees que, después de la última vez, volvería a desafiarte? Tú eres más rápido.
Su voz se volvió fría.
—Casi muero aprendiendo esa lección.
Sin apartar el arma, Rowland avanzó un paso más.
Ellie alzó la vista y vio a Alexander apuntar.
Un relámpago estalló, más cercano.
Esperó apenas un latido… y corrió cuando el trueno desgarró el aire.
Alzó los brazos y descargó la piedra sobre la cabeza de Alexander. El disparo resonó al mismo tiempo.
—¡Rowland!
La oscuridad la envolvía mientras corría hacia los caballos. Otro relámpago cayó, alcanzando el alto pino junto a la casa. Un estallido brutal llenó el aire, y Ellie sintió el fuego atravesarle el brazo. Cayó hacia delante, de bruces sobre el barro helado.
Gritos. Margaret. Los hombres.
Alexander se incorporó tambaleante y huyó hacia el bosque. Walter lo siguió. Margaret desapareció del porche. Un segundo disparo resonó, peligrosamente cerca.
—Ellie. —Rowland se arrodilló junto a ella y la giró con cuidado—. ¿Estás herida?
El dolor la hizo jadear.
—Rowland… —El alivio la inundó—. Hay un hombre con…
—Walter se ha encargado —cortó él.
—¿Margaret?
—Se ha ido. No pienses en ella. ¿Dónde está Ethan? —Había urgencia en su voz.
—A salvo. En la mina. Frío… —Los dientes le castañearon.
Rowland la tomó en brazos y echó a correr hacia la montaña, gritando a Walter al alejarse. Sobre su hombro, Ellie vio la casa envuelta en llamas.
—Tu casa…
—¿Estás segura de que Ethan no está dentro?
—En la mina…
El frío la invadía. Todo salvo su brazo, que ardía.
El rayo.
—¿Me ha alcanzado?
—Sí. Pero no parece grave. Un impacto limpio.
Respiraba con dificultad mientras corría.
—¿Me han disparado?
Giró la cabeza, intentando ver.
—No te muevas, Ellie.
Habían llegado a la entrada oculta. El llanto de Ethan resonaba desde dentro.
—Gracias a Dios…
Rowland la dejó con cuidado en el suelo.
—Apóyate.
Comenzó a apartar las rocas.
Ellie se tocó el brazo. Encontró el desgarro, la sangre tibia. Un grito ahogado escapó de sus labios. La oscuridad se cerró sobre ella.
Se desplomó, cayendo a través de la abertura que Rowland acababa de despejar.