El corazón de las montañas (Serie Legado 3) Capítulo 39
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Capítulo 39

E llie pasaba de un lado a otro sobre la alfombra ovalada frente a la ventana del salón.

Cada cinco vueltas, se detenía, se inclinaba hacia delante para correr la cortina de encaje y comprobar, una vez más, si había algún rastro de Walter.

Se acercaba el mediodía y él aún no había llegado.

La preocupación le oprimía el corazón y su instinto le decía que algo iba mal.

Muy mal.

Intentó no pensar en él, solo y pasando frío ahí fuera, en medio de la tormenta.

Le resultaba difícil no hacerlo, y solo su otra preocupación —por los animales del establo, a los que hacía tiempo que había que ordeñar y dar de comer— fue capaz de apartar su mente de Walter durante unos breves instantes.

Siguió paseándose, observando cómo Ethan jugaba en el suelo con los bloques que Rowland le había tallado por Navidad.

—Muy bien —dijo Ellie al fin, con las manos en las caderas mientras se dirigía con determinación hacia los ganchos junto a la puerta—. Ethan, vamos a salir unos minutos.

Ethan no levantó la vista hasta que su falda pasó rozándole la pierna.

Ellie cogió su abrigo del gancho y se arrodilló a su altura.

—A la calle —articuló despacio y en voz alta.

El rostro del niño se iluminó y se deslizó hacia ella.

Le metió los brazos en las mangas y le abrochó los botones, sin prestar atención, por una vez, al placer que aquella tarea solía proporcionarle.

Pensando de nuevo en Walter, Ellie le ató en la cabeza el gorro que Pearl había tejido a ganchillo para Ethan.

¿Qué sería de su querida amiga si su marido resultaba herido…

o algo peor? Ellie le deslizó los pesados guantes de lana sobre las pequeñas manos y luego se puso de pie.

Levantó un dedo, indicándole que saldrían en un minuto.

Cogió su capa del gancho, se subió la capucha y ató el cordón, consternada al descubrir que le temblaban las manos.

Agachándose, se subió a Ethan a la cadera. Por un segundo, sintió la tentación de dejarlo en la cálida casa.

No estaba segura de cómo evitaría que se ensuciara con el lodo y el barro del granero, y, sin duda, las tareas irían más rápido si no tuviera que estar pendiente de él.

Pero la advertencia de Rowland resonaba en su cabeza.

Había demasiados peligros. La estufa podría incendiarse; él podría tirar algo sobre sí mismo…

cualquier cosa. Tendría que buscar un montón de paja donde sentarlo y esperar que el trabajo fuera rápido.

Preparándose para el frío cortante, abrió la puerta principal y la cerró de un portazo tras de sí mientras bajaba apresuradamente los escalones del porche.

Agarrándose a la barandilla, la siguió hasta el borde y luego encontró la cuerda que Rowland había atado allí para usarla durante las fuertes tormentas de nieve.

Aferrándose a la cuerda con una mano y sujetando a Ethan con fuerza con la otra, comenzó la laboriosa caminata bajo la lluvia torrencial.

Tras solo unos pocos pasos, la nariz le escocía por el frío y el pelo se le había pegado a la cabeza.

Al menos tendremos agua de sobra para los cultivos, intentó decirse.

Ethan apoyó la cara en su pecho y Ellie soltó la cuerda el tiempo suficiente para envolverlo con su capa.

Se apresuró tanto como le permitieron las piernas, con los ojos escociendo bajo el golpe del viento.

Rezó para que Walter hubiera encontrado refugio en algún lugar, y rezó para que Thay hubiera llegado sano y salvo a Rapid City antes de que estallara la tormenta.

A primera hora de la mañana se había despedido de él, con una parte de ella deseando irse a su lado.

Sabía que, al menos en parte, él también lo había deseado.

Podrían haberse casado allí, en el juzgado, tan pronto como se formalizara su divorcio, y a esas horas podría estar en un hotel, disfrutando de su cena de luna de miel en lugar de esperar con ansias pasar el rato con un montón de vacas apestosas.

Pero Rowland no había considerado prudente que ella y Ethan lo acompañaran.

Recordó la conversación que habían tenido hacía unos días.

—No te haré eso —había insistido él—. Una mujer tan maravillosa como tú merece una boda con todos los detalles: un vestido bonito, flores y que tu padre te entregue al novio.

Dudo que estuviera muy contento de hacerlo si tuviera que escuchar primero al juez pronunciar la sentencia de divorcio definitiva.

—No me importa lo que piense mi padre —había protestado Ellie—. En cuanto te conozca, verá lo buen hombre que eres.

—Esperemos que tengas razón.

Rowland sonrió mientras le cogía las manos.

—La verdad es que es más que eso. Soy lo suficientemente egoísta como para casarme contigo en cualquier lugar y bajo cualquier circunstancia, pero estoy preocupado.

—¿Por qué? —preguntó Ellie, frunciendo el ceño—. No voy a cambiar de opinión.

—No pienso dejar que lo hagas.

Rowland dejó escapar una breve risa, pero su rostro volvió a ensombrecerse.

—Ha pasado más de un mes desde que localizaron a Margaret y le entregaron los documentos. Ella no querrá este divorcio. Significará el fin de cualquier posibilidad que pudiera haber tenido de hacerse con mi dinero, con mi antigua mina.

—¿Crees que va a intentar algo? —preguntó Ellie, sintiendo una punzada de inquietud.

—Sí —respondió Rowland con solemnidad—. Pero creo que lo hará con astucia; no recurrirá a la violencia a menos que se vea obligada.

—¿Qué crees que…?

—Creo que intentará convencer al juez para que le conceda la custodia de Ethan.

Ellie contuvo el aliento.

—No puede. Casi lo mata.

—Pero el juez no tiene pruebas de eso. Será mi palabra contra la suya. ¿A quién crees que creerá?

—A ti —aseguró Ellie—. Tú lo has cuidado todo este tiempo mientras su madre ha estado fuera siendo… una chica de saloon.

—No importa lo más mínimo lo que haya estado haciendo.

Lo único que tiene que hacer es convencer al juez de que falle a su favor.

Y Margaret tiene mucho talento para conseguir que los hombres hagan exactamente lo que ella quiere.

Contará con eso y con el hecho de que yo le daría cualquier cosa para mantener a Ethan a salvo.

Rowland soltó sus manos y se pasó los dedos por el pelo.

—Todo se reduce a esto. No podemos tener a Ethan allí, y tenemos que estar preparados para huir si el juez le concede cualquier tipo de custodia. Me convertiré en un forajido si eso es lo que hace falta para proteger a mi hijo.

Así que Ellie se había quedado atrás. Rowland le había dicho que volvería en unos días. Mientras tanto, Walter iba a quedarse con ellos para encargarse de las tareas.

Excepto que no lo había hecho.

Y ahora ella estaba preocupada y sola allí fuera por primera vez.

Por fin, Ellie llegó al granero. Entró tambaleándose, sentó a Ethan en el suelo entre sus piernas y alcanzó la linterna que colgaba cerca de la puerta.

Le temblaban las manos mientras encendía la mecha, que cobró vida con un leve parpadeo.

Sosteniendo la linterna en alto con una mano, se agachó y cogió a Ethan con la otra.

—Vamos, vamos a dar de comer a los caballos y a traerte un poco de leche.

Dio dos pasos hacia los establos, pero se detuvo al darse cuenta de repente de lo silencioso que estaba todo.

—Gm —dijo Ethan, señalando el establo de su caballo favorito.

Ellie alzó más la linterna y miró a derecha e izquierda. Aunque tenía los pies entumecidos por el frío, se apresuró a recorrer la fila de establos y miró dentro de cada uno.

—Gm —repitió Ethan.

Ellie lo abrazó con más fuerza, incluso cuando la mano con la que sostenía la linterna empezó a temblar. Se dio la vuelta y corrió hacia la puerta, apagando la luz y colgándola de nuevo en su gancho mientras se movía.

—Gm —dijo Ethan con la misma urgencia que ella sentía.

—Sí —murmuró Ellie, acercando la cabeza del niño a su corazón—. Los animales han desaparecido. Todos.