Capítulo 36
E llie acercó la silla de su habitación a la ventana y volvió a leer la carta de su padre por tercera vez. Era un placer recibir noticias de casa: su hermana mayor y su familia estaban bien, su padre planeaba un viaje al extranjero y Crowe estaba prácticamente comprometido con una de sus amigas.
Ellie no podía estar más contenta.
El regalo de Navidad de Rowland había sido ponerse en contacto con su padre —a través de un telegrama enviado por Walter— y proporcionarle una dirección de respuesta, un apartado de correos en Deadwood.
Ahora podría recibir cartas de casa con la misma frecuencia con la que Walter y Pearl vinieran de visita. Era un pensamiento alentador.
No tan alegre era la llegada del nuevo año y la posibilidad de que, en algún momento durante él, tuviera que dejar a Rowland y a Ethan.
Suspirando, Ellie volvió a doblar la carta y la guardó en el fondo de su baúl, junto con la plata que se había traído de casa, sus joyas y los vestidos que eran demasiado elegantes para gatear por el suelo con un niño pequeño.
Hace un año, esta misma noche, había estado en un baile, con Crowe merodeando molesto a su alrededor mientras el reloj se acercaba a la medianoche.
Al mirar la luna esta noche, Ellie supo que debía de estar acercándose la misma hora, y Rowland aún no había regresado del granero.
Deseaba que lo hiciera, deseaba que la tomara en sus brazos y la besara para darle suerte al cambiar de año.
En su corazón, sin embargo, sabía que no lo haría, no más de lo que la había acorralado bajo el muérdago colocado de forma llamativa bajo cada alero de la cabaña de Walter y Pearl.
Antes de cerrar el baúl, Ellie metió la mano y sacó el retrato de su madre.
Una vez, Rowland le había dicho que se parecía mucho a la foto, pero Ellie no veía el parecido.
Su madre había sido hermosa, incluso impresionante, y había conquistado el corazón de su padre y se había casado a los diecisiete años.
—No me parezco en nada a ti —dijo Ellie, con pesar en la voz—. No me interesan las fiestas ni los vestidos elegantes. No soy guapa.
Dejó el retrato encima de sus vestidos.
—Este año cumpliré veintitrés y no tengo perspectivas de casarme. Nunca conquistaré el corazón de nadie como tú lo hiciste. Ni siquiera consigo despertar el más mínimo interés en el hombre con el que he pasado los últimos cinco meses.
Ellie cerró el baúl, colocó la vela encima y la apagó.
Se levantó, se acercó a la ventana y volvió a mirar hacia fuera.
Las colinas cubiertas de nieve formaban un magnífico telón de fondo para los árboles de hoja perenne que las coronaban.
La luz de la luna iluminaba el corral y los campos silenciosos.
La paz se extendía por el pequeño valle.
Era una belleza que le partía el corazón, porque sabía que no era suya para siempre.
Cogiendo el pesado chal que Pearl le había tejido a ganchillo, Ellie bajó sigilosamente las escaleras, razonando que si Rowland podía dejarlos solos en la casa durante tanto tiempo, ella sin duda podía sentarse un rato en el porche.
Abrió la puerta principal, salió y dio un respingo, sorprendida al verlo sentado en una de las mecedoras.
—Dios mío, Rowland.
Ellie se llevó una mano al pecho.
—Me has asustado. Pensaba que todavía estabas en el granero.
—Llevo aquí un rato. ¿Te apetece sentarte conmigo?
—Me encantaría.
De verdad que debo dejar de usar esa palabra. Se sentó en la silla vacía y empezó a balancearse, moviéndose en dirección opuesta a la de él.
Ella se inclinaba hacia delante. Él se balanceaba hacia atrás. El sonido rítmico era relajante; el silencio entre ellos, agradable.
—¿Te acuerdas de aquel primer día que llegamos a casa? —preguntó Rowland.
—Sí. Me preocupaba que vivieras en una tienda de campaña, y en cambio tenías esta bonita casa escondida en este hermoso valle. Me encantó en cuanto la vi.
—No lo sabía.
Rowland la miró de reojo, con una sonrisa de agradecimiento en el rostro.
—Yo también quedé bastante encantado aquel día.
—¿Ah, sí? ¿Acaso las vacas habían crecido más de lo que esperabas en tu ausencia?
Él se rió entre dientes.
—En realidad, sí, aunque las vacas gordas no son lo que yo consideraría encantadoras.
Su silla dejó de balancearse.
—Recuerdo que volví del establo y tú estabas sentada aquí, en esa mecedora, con Ethan acurrucado en tu regazo. Era lo más perfecto que había visto nunca.
El corazón de Ellie pareció dar un vuelco.
—¿De verdad?
Él asintió.
—Tú completabas el cuadro de este lugar, llenando lo que nos faltaba. No quería entrar. Solo quería quedarme allí, mirándolos a los dos.
Poco a poco, Ellie soltó el aire que había estado conteniendo. *¿Qué está tratando de decir? No le des demasiadas vueltas*, se advirtió a sí misma.
Rowland se recostó en la silla, con las piernas estiradas delante de él. Ellie bajó la vista y vio un hilo azul deshilachado que sobresalía por encima de su bota derecha.
—Ay, Dios mío.
—¿Qué pasa? —preguntó Rowland, siguiendo su mirada.
—Esos calcetines que te hice son horribles.
Se agachó para meter el hilo suelto dentro.
—No sé por qué los llevas puestos.
—Porque Pearl dijo que me pondría boca abajo sobre sus rodillas si no lo hacía —confesó Rowland.
Ellie se rió.
—Y yo haré lo mismo si te los vuelves a poner después de esto.
—¿Es eso una promesa?
—Por supuesto que no.
Se sonrojó y se dio la vuelta.
—Supongo que no puedo salirme con la mía diciendo cosas como las que dice Pearl.
—No, no puedes —asintió Rowland—. Así no eres tú.
¿Quién soy entonces? Ellie quería preguntar. Ya no soy la prometida de Crowe. Mi padre sigue descontento conmigo; puedo leer entre líneas en sus cartas. En realidad no soy tu prima...
—¿Recuerdas cuando brindamos aquel primer día que llegamos a casa? —preguntó Rowland de repente, sacándola de sus pensamientos.
—Sí. Aunque no sé si realmente contaba, ya que no estábamos bebiendo nada... ni usando copas, para el caso.
—Contaba —le aseguró Rowland—. Y ha funcionado bien. Hemos mantenido la farsa de que eres mi prima todos estos meses.
—Desde el baile, no ha habido nadie que viniera a cuestionarlo —le recordó ella.
—Eso no importa. Lo que importa es que voy a proponer un nuevo brindis, ya que es Nochevieja.
—¿Tenemos algo de beber y vasos de verdad esta vez? —preguntó Ellie, mirando a su alrededor en el porche.
—No. No los necesitamos.
Rowland se volvió hacia ella y le tomó la mano.
—Propongo un brindis por un feliz año nuevo, uno lleno de verdad.
Sus dedos estaban cálidos sobre los fríos de ella. Ellie se quedó desconcertada, sin saber qué pretendía con unas palabras tan atrevidas. ¿Se atrevía a esperar otra oportunidad?
Él se llevó la mano de ella a la boca y sopló sobre ella, tratando de calentársela.
Ella cerró los ojos; aquel simple contacto la llenó de anhelo.
Dentro, el reloj del salón dio las doce.
—Feliz Año Nuevo, Rowland.
Él le besó el dorso de la mano.
—Brindemos por un muy feliz año nuevo, Ellie.