El corazón de las montañas (Serie Legado 3) Capítulo 33
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Capítulo 33

-¿ Q ué tal fue el baile de anoche? —preguntó Walter, estirándose mientras se sentaba a la mesa.

Elinor salió de la cocina para poner los platos.

—Fue encantador. Rowland empezó una pelea.

—¿Qué? —exclamó Pearl al entrar con paso firme en la cocina. Colgó el abrigo en un gancho y se sopló las manos—. Me estoy replanteando mi decisión de venir al norte. Aquí arriba una se queda helada.

Rowland entró llevando a Ethan en brazos.

—¿Qué ocurrió en casa de los Harvey? —preguntó Walter.

Aún complacido por el desenlace de la velada, Rowland miró a Ellie y sonrió.

—Uno de los hombres la insultó. Yo defendí su honor.

—¿Ah, sí? —repuso Walter, alzando las cejas.

—Eso fue exactamente lo que pasó —confirmó Ellie mientras empujaba una fila de tarros hacia el extremo de la mesa y traía una sartén con beicon.

—¿Aún no has encontrado un sitio para esa compota? —la reprendió Pearl. Luego se volvió hacia Rowland—. Tienes que construirle una despensa a esta mujer. No puede seguir guardando la comida en la mesa y en el suelo.

Señaló los tarros alineados junto a la pared.

—La casa que compró Walter tiene una buena habitación excavada en la ladera. Está cerca, es amplia y siempre se mantiene fresca.

—Me pondré a ello enseguida —respondió Rowland con sarcasmo. Sentó a Ethan y empezó a servirle avena.

—Defensor del honor por la noche, constructor de despensas por el día —rió Ellie.

—Y ya que estás —añadió Pearl—, arregla ese retrete exterior. Con este frío… una podría quedarse pegada al asiento. Sobre todo alguien como Ellie, que no tiene mucho con qué abrigarse…

—¡Pearl!

Ellie se cubrió el rostro, ruborizada.

—¿Qué le pasa al retrete? —preguntó Rowland, sentándose junto a Walter.

—La tabla trasera está suelta. Se mueve como una cometa —explicó Pearl—. Y no me gusta que me dé el aire mientras hago mis cosas.

Ellie se dejó caer en la silla y se cubrió la cara con los brazos. Rowland no supo si reía o si deseaba desaparecer.

—Bueno, Walter, ¿vas a quedarte hoy? —preguntó Rowland.

—No puedo. Me quedan cuatro días de este trimestre y debo pasar al menos dos en la mina para conservar la concesión.

Rowland asintió.

—Qué pena —murmuró—. Parece que me espera un día muy entretenido: construir una despensa y arreglar un retrete.

—¡Adiós! —gritó Pearl desde la carreta, saludando con la mano—. Te recogeremos temprano en Nochebuena.

—¡Sí! —respondió Ellie, radiante—. Estoy deseando que llegue.

A su lado, Rowland permaneció en silencio. Lo último que deseaba era acercarse a Deadwood en Navidad, pero Ellie había aceptado con tanto entusiasmo que no había tenido valor para negarse.

Quizá la nieve nos deje aislados, pensó con un atisbo de esperanza.

Aunque, tal vez, sería mejor pasar esas fechas con otros en lugar de quedarse solos en la casa.

Aquella mañana había visto a Ellie entregar una carta a Walter, pidiéndole que la enviara. Le había parecido notar un brillo húmedo en sus ojos.

Quizá empieza a echar de menos su hogar. Y pasar la Navidad con Pearl podría animarla.

Ellie llevó a Ethan al interior, y Rowland se dirigió al granero en busca de herramientas.

Sabía exactamente dónde levantar la despensa subterránea, tal como había sugerido Pearl.

A apenas un metro de la casa, visible desde la cocina.

El lugar perfecto para guardar tanto las conservas de Ellie como la carne de ciervo que había preparado para el invierno.

Mientras imaginaba las estanterías llenas, un copo de nieve descendió ante sus ojos… luego otro.

La urgencia lo invadió.

Trabajaría solo medio día en la despensa. Hasta entonces había evitado dejar solos a Ellie y a Ethan demasiado tiempo, pero eso debía cambiar.

Si querían sobrevivir al invierno, era hora de que volviera a ocuparse de la tierra… y de todo lo que ella podía ofrecerles.