El corazón de las montañas (Serie Legado 3) Capítulo 25
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Capítulo 25

W alter condujo a uno de los dos caballos a un establo libre en el granero.

—¿Dónde piensas alojarla?

—En la habitación de Ethan —respondió Rowland, indiferente—. ¿Cuánto maíz dirías que has cosechado?

—Suficiente —contestó Walter—. Tu ganado debería estar bien gordo durante el invierno. ¿Vas a dormir en tu antigua habitación, entonces?

—No —replicó Rowland, con más brusquedad de la que pretendía—. Pensé que podrías quedarte allí. Yo no necesito una habitación. Dormiré en el salón, en ese elegante sofá cama que Margaret insistió en tener.

Miró por encima de la verja a la vaca lechera y a su ternero, considerablemente más grande desde la última vez que los había visto.

—¿A la señorita Elinor le parecerá bien eso?

—¿Por qué no iba a parecerle bien?

—Una chica de Boston tiene que pensar en su reputación.

Rowland dejó de observar a las vacas y se volvió hacia Walter.

—¿A qué te refieres exactamente?

—Al parecer, a nada —refunfuñó Walter—. No hay mucho en esa cabeza tuya si no ves claro como el agua de lo que estoy hablando. No puedes tener a una mujer joven, guapa y soltera viviendo contigo.

—No tenía pensado que fuéramos solo nosotros dos. Esperaba que tú también estuvieras aquí.

Rowland sacó avena del barril y la echó en el saco de pienso.

—Pero aun así funcionará. Tengo un hijo. Ella es su tutora. Es tan sencillo como eso.

—No, no lo es —insistió Walter—. La van a rechazar allá donde vaya. Las otras mujeres hablarán a sus espaldas. Y los hombres... los hombres de por aquí pensarán que ella ofrece algo que no ofrece.

—No vamos a estar con nadie más —repuso Rowland—. Y, además, ella solo estará aquí hasta que Ethan se ponga al día. Una vez que sea capaz de caminar y hablar. Cuando sea un poco mayor y…

—¿Y si nunca llega a hacer esas cosas?

—Lo hará.

Rowland apartó la mirada, fingiendo estar ocupado comprobando la mecha de la linterna de pared.

—Yo también lo creo —concedió Walter—. Pero va a llevar tiempo, y tienes que pensar en esa joven de ahí atrás.

Tienes que ser justo con ella. Cada día llega más y más gente a las Colinas.

Sé que crees que estás bastante alejado de todo, y lo estás, pero Myersville no está tan lejos.

Y las mujeres son diferentes. Una se entera de que hay otra a menos de un día a caballo, y tiene que ir a visitarla.

Solo hace falta una, Rowland. Que venga una sola hasta aquí y descubra que Ellie no es tu esposa. ..

—Nunca será mi esposa —cortó Rowland con amargura.

—Nunca digas nunca —le advirtió Walter.

Rowland esbozó una sonrisa irónica.

—En este caso, diría que está justificado. No puedo tener dos esposas.

Walter miró a su alrededor con exageración.

—No veo que tengas ninguna ahora mismo. ¿Cómo sabes siquiera si la señorita Margaret está viva y, si lo está, qué posibilidades hay de que vuelva a aparecer por tu casa?

—Oh, está viva —respondió Rowland—. Lo siento. Solo está esperando el momento oportuno para volver a amargarme la vida.

—Pues entonces diría que tienes un pequeño problema. ¿Qué le vas a decir a la gente sobre la señorita Ellie?

—La verdad —propuso Rowland.

Cogió una horquilla y empezó a echar heno en el último establo.

Walter negó con la cabeza.

—No. Tienes que pensar en algo para protegerla.

Rowland se apoyó en la horquilla.

—De acuerdo, diré que es mi hermana. ¿Satisfecho?

—Si crees que va a pasar por tu hermana, yo podría presentarme como tu padre perdido hace mucho tiempo.

Walter soltó una carcajada.

—Vosotros dos os parecéis tanto como nosotros. Ella tiene los ojos marrones; los tuyos son azules. Tu pelo es claro; el de ella es más oscuro. Ella es guapa. Tú eres feo.

—Entiendo lo que quieres decir —replicó Rowland—. ¿Qué tal prima, entonces? Puedo decir que es mi prima y que ha venido a ayudar con Ethan.

—Hmmm...

Walter lo meditó mientras vaciaba el cubo de avena.

—Supongo que eso podría servir... por ahora.

Miró hacia atrás para comprobar si Rowland había oído algo, pero este ya había salido del granero para ir a buscar al otro poni.

—Aunque no va a durar —murmuró Walter—. A menos que al final resulte que es una prima con la que se besa.