El corazón de las montañas (Serie Legado 3) Capítulo 21
51%

Capítulo 21

L os niños se alinearon para saludarlos mientras Rowland guiaba la carreta a través de las puertas. Detuvo a los caballos y saltó al suelo, en tanto Lobo Solitario se abría paso entre los pequeños.

—Has regresado, amigo.

Rowland estrechó con firmeza la mano del anciano. —¿Todo va bien?

Lobo Solitario asintió. —Tan bien como puede ir, viviendo como vivimos aquí.

Se inclinó y habló con la niña que tenía al lado. Ella escuchó sus indicaciones y luego salió corriendo hacia una de las muchas hileras de cabañas del campamento.

—Águila Roja se alegrará de verte —añadió—.

Le ha tomado mucho cariño a tu hijo y no le importaría que la llevaras a tu cabaña como su madre.

Levantó la vista hacia Ellie, cuyo rostro estaba pálido mientras permanecía de pie en el escalón de la carreta, detrás de Rowland.

—Aunque veo que ya has encontrado una segunda esposa.

Rowland se volvió hacia la carreta y le tendió la mano a Ellie. Al sentir el temblor de sus dedos, se los apretó con suavidad en un gesto tranquilizador y luego volvió la mirada hacia su amigo. —No es una esposa, sino una maestra. Esta es Elinor Kristensen. Ha venido a ayudar con Ethan.

Ellie hizo una reverencia impecable. Lobo Solitario frunció el ceño mientras la observaba.

—No creo que aguante dos lunas —le dijo en su lengua materna a Rowland—. No es demasiado tarde para que cambies de opinión y te cases con una lakota.

Rowland intentó ocultar su diversión.

—Sabes que no puedo. Puedo hacer más por tu pueblo si me mantengo dentro de estas puertas. Si viviera aquí, los líderes del gobierno no tomarían mi consejo tan en serio.

—¿Has hablado con el gran padre en nuestro nombre?

Rowland negó con la cabeza, lamentando decepcionar al anciano.

—No con el gran padre, sino con uno de sus emisarios, que le llevará mi mensaje.

Junto a Rowland, Ellie se acercó con cautela mientras los niños se agolpaban a su alrededor.

—Se habla de permitir de nuevo la caza —continuó Rowland—. No puedo hacer ninguna promesa, pero he intentado convencerlos de que es mejor para todos que los lakota se mantengan por sí mismos en lugar de depender de las rentas del este.

—Está bien —respondió Lobo Solitario—. Aunque no sé qué cazaríamos para tantos juntos y sin los bisontes.

Rowland asintió. En su fuero interno, coincidía con él y temía que sus palabras hubieran caído en oídos sordos. Pero no podía rendirse; no podía soportar pensar en aquel pueblo valiente y orgulloso viviendo como hasta ahora durante los años venideros.

—Hay algo más —añadió, atreviéndose a sacar a colación la otra posibilidad que había discutido con los agentes—. Quizá sea posible, en un futuro próximo, que algunos —unos pocos al principio— vengan a vivir y trabajar la tierra como yo lo hago: criar ganado y cultivarla.

Lobo Solitario frunció el ceño.

—No sabemos nada de vuestra forma de vida, vuestras vacas, vuestras casas...

—Ahora no —replicó Rowland—, pero podríais aprender. ¿No es acaso el papel de los hombres lakota proveer y proteger a sus familias?

Lobo Solitario asintió.

—La forma de vida del hombre blanco es diferente, pero el resultado es el mismo. Nuestras familias comen y están a salvo. No puedo devolver el pasado a tu pueblo, pero ambos podemos trabajar por algo… mejor que esto. Piénsalo mientras los agentes están aquí.

—Entonces disfrutaremos de tu visita —concluyó Lobo Solitario, dando por terminada la conversación por el momento, aunque Rowland sospechaba que hablarían de aquellos asuntos hasta bien entrada la noche.

El anciano se volvió hacia los niños que se agolpaban alrededor de Ellie. Estos salieron corriendo cuando una mujer se acercó a ellos, con un niño rubio en brazos. Rowland se apresuró a ir a su encuentro y tomó al pequeño.

—Ethan.

Lo abrazó durante un largo rato y luego se apartó para estudiar su rostro. Soltó una risa cuando las manitas se dirigieron al instante a la barba incipiente de su barbilla y mejillas. Se le llenó el corazón al estrecharlo de nuevo contra sí.

Nunca , se prometió en silencio. Nunca más estaremos separados como lo hemos estado.

—Le hemos cambiado el nombre —anunció Lobo Solitario, con una sonrisa—. Ya no es Pelo Claro Que Muestra Sus Huesos, sino Pelo Claro Que Come Mucho.

Rowland soltó una carcajada mientras acariciaba la barriguita redonda y llena que sobresalía por encima del taparrabos que llevaba. —Tienes razón. Ha crecido.

Miró a Lobo Solitario, con gratitud en los ojos.

—Te debo mucho, amigo mío, por mantener a mi hijo a salvo y bien.

—No más de lo que yo te debo a ti, El que Recibe una Flecha.

Ellie entrelazaba y separaba las manos con nerviosismo mientras Rowland y el anciano continuaban hablando. Poco a poco se fue acercando, observando al niño en brazos de Rowland: su pequeño. Eso era evidente. Eran la viva imagen el uno del otro.

Él es lo que los lakota le quitaron a Rowland.

Unos ojos azules, tan brillantes como los de su padre, la miraron por encima del hombro, y Ellie contuvo la sonrisa que estuvo a punto de ofrecerle.

El niño no se la devolvió; siguió observándola con curiosidad.

Ella extendió la mano y rozó con el dedo la parte superior del puño con el que se aferraba al brazo de Rowland.

No es más que un bebé , pensó. ¿Dónde está su madre?

No le extrañaba que Rowland se hubiera unido a los forajidos y la sacara del tren. Si aquel fuera su hijo, ella también habría actuado con la misma desesperación.

Se le encogió el corazón al imaginar a Rowland dejándola al día siguiente, llevándose a ese pequeño tesoro con él y regresando a casa con su esposa.

Nunca le había preguntado si estaba casado.

Sin embargo, al recordar lo que él había dicho, la forma en que se disculpó por besarla y cómo había resistido la tentación después, todo encajaba.

Todo.

Su hijo, el motivo por el que se la había llevado… incluso su amabilidad del día anterior, cuando estaba a punto de abandonarla.

Sintió cómo se le agolpaban las lágrimas y supo que esta vez no lograría contenerlas.

La joven que había llevado al niño hasta Rowland se acercó entonces, indicándole a Elinor que la siguiera. Ella asintió y, con la cabeza gacha, pasó junto a Rowland y Lobo Solitario, que continuaban absortos en su conversación.

Era mejor así, se dijo.

Mejor que él no la viera llorar.