El corazón de las montañas (Serie Legado 3) Capítulo 9
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Capítulo 9

E l sol de la mañana ya caía de lleno cuando Elinor por fin abrió los ojos.

Le costó incorporarse, con el brazo entumecido por haberlo usado como almohada casi toda la noche.

Cambió de postura y se volvió hacia el señor MacRae, que yacía completamente inmóvil, exactamente en la misma posición en la que lo había dejado la noche anterior.

Su propio pulso se aceleró al posar la mano sobre su pecho.

Se sintió aliviada al percibir el latido lento y constante de su corazón.

Manteniendo la mano sobre su piel un instante más de lo necesario, se reconfortó con su presencia.

Antes de anteayer, nunca había visto a un hombre sin camisa.

Ahora, la curiosidad la mantenía hipnotizada.

Una variedad de cicatrices —grandes y pequeñas— se extendía por sus musculosos brazos y pecho, indicios de una vida dura.

Es un forajido, se recordó. Aunque nada que ver con esos hombres que estuvieron aquí ayer.

Estudió el rostro de Rowland y se sorprendió al descubrir en él una huella de preocupación y dolor, incluso dormido.

¿Quién eres? No es un hombre frío y despiadado como creí al principio.

Un escalofrío de miedo la recorrió al darse cuenta de lo fácil que le habría resultado entregarla a los hermanos Rawlins.

En cambio, le había entregado su única pistola y se había enfrentado a ellos desarmado, arriesgando su propia vida.

¿Qué clase de forajido hace eso? No lo sabía, y tampoco tenía intención de averiguarlo.

Sigue siendo peligroso, se recordó. Él es la razón por la que estoy atrapada aquí.

Al tocar suavemente las tiras de tela color óxido que cubrían sus heridas, Elinor se alegró de comprobar que la sangre estaba seca.

No se alegró, sin embargo, un momento después, cuando su estómago gruñó y sintió el dolor punzante del hambre.

Con un gemido, se puso en pie y estiró los músculos doloridos. ¿Y ahora qué?

El «descanso» de ayer no había sido, en realidad, un día de descanso —entre la banda de Rawlins, el incendio y las heridas de bala del señor MacRae—.

Mientras Elinor llevaba el cubo vacío al pozo, se dio cuenta de que se sentía más agotada, física y emocionalmente, de lo que se había sentido en toda su vida.

De una forma extraña, ninguna de esas sensaciones le resultaba del todo desagradable. ¿No era esto lo que había querido? ¿Vivir una aventura? ¿Hacer algo con su vida? ¿Tener un propósito, aparte de ser la dulce y dócil esposa de un banquero?

El agua salpicaba la parte delantera de su falda mientras sacaba el cubo del pozo y lo arrastraba de vuelta.

Los últimos días podían calificarse, sin duda, de aventureros.

¿Pero un propósito? Desde luego, su propósito en la vida no era ser intercambiada con una tribu india.

Y ahora tenía la oportunidad de hacer algo al respecto.

Se detuvo junto al señor MacRae y se agachó para quitarle la tira de enagua de la frente. La tela estaba seca, incluso caliente. Elinor le tocó la frente. Ardía. ¿Lo suficiente como para preocuparse? No lo sabía.

Las arrugas de preocupación surcaron su rostro mientras se llevaba los dedos a los labios, pensativa.

Con fiebre o sin ella, el señor MacRae necesitaba cuidados que iban más allá de lo que ella podía ofrecerle.

Quizá pudiera dejarlo y buscar ayuda. Él había dicho que podía llegar a Sidney en un día.

Se levantó despacio y permaneció de pie, mirándolo desde arriba. Marcharse era lo más sensato. Sola así, no le servía de nada. No tenían refugio, comida ni medicinas. La cruda realidad dictaba que debía irse. Entonces, ¿por qué me siento tan culpable? Se mordió la uña, indecisa.

Porque me voy tanto por mí como para ayudarle a él.

—¿Y qué hay de malo en eso?— se respondió en voz alta—. Ese hombre me secuestró. ¿Por qué no iba a intentar escapar?

Con esas palabras, se apartó con decisión de la lamentable imagen del señor MacRae, tendido e indefenso en el suelo.

Se iría. Encontraría la vía del tren y llegaría a Sidney.

Una vez allí, podría enviar a alguien para que ayudara al señor MacRae, mientras ella se quedaba en la ciudad y enviaba un telegrama a Sterling.

Seguramente su puesto de profesora aún no se habría cubierto.

Le pediría a la junta escolar que le enviara dinero para otro billete, y podría devolvérselo con su sueldo.

Lo más probable era que su baúl ya hubiera llegado sano y salvo.

Las arrugas de preocupación se suavizaron al imaginar una posibilidad tan dichosa.

Empapó el paño en el agua, lo escurrió y lo colocó sobre la frente del señor MacRae. Él no se movió, ni siquiera se inmutó. La culpa la atormentaba. ¿Cómo podía dejarlo? ¿Cómo no iba a hacerlo? Él la había salvado dos veces. Le debía una más. Pagaría su deuda buscando ayuda.

Dando la espalda al sol, miró hacia el oeste, sobre la pradera. ¿Podría encontrar Sidney por su cuenta? Las dudas se deslizaron en su mente. Pero si alguien le hubiera preguntado la semana pasada si sería capaz de extraer una bala del hombro de un hombre, habría respondido que no.

Y, sin embargo, lo había hecho.

De algún modo llegaría hasta Sidney… y los sacaría a ambos de este aprieto.

Elinor llenó la cantimplora, cogió la pistola y miró con nostalgia su chaqueta, arrugada bajo la cabeza del señor MacRae.

Supuso que sería mejor dejarla allí para que le proporcionara el consuelo que pudiera, aunque la idea de entrar en la ciudad sin ella, con la blusa sucia —y sin corsé debajo—, resultaba espantosa.

Procuró no pensar en la vergüenza, razonando que, probablemente, ya sería de noche cuando llegara.

Miró a su alrededor por última vez y se aseguró de que el cubo de agua quedara a su alcance.

Dio un paso atrás, a punto de aplastar su sombrero gastado. Lo recogió y lo sostuvo, pensativa. Estaba asqueroso, sin duda, pero… Con una mueca, se lo colocó en la cabeza. El sombrero podría protegerla de más quemaduras solares y quizá le permitiría resistir un poco más. Bajó la mirada una vez más.

—Adiós, señor MacRae… —La voz se le quebró—. Adiós, Rowland.

Con su brazo sano, Rowland levantó el cubo y se echó a propósito la mitad del agua por delante de la camisa. Le proporcionó un alivio inmediato, aunque efímero, y saboreó el momento antes de salir en busca de Elinor Kristensen.

—Mujer tonta… —murmuró entre dientes mientras buscaba su sombrero y recordaba que ya no lo tenía.

Lo que no recordaba era cuándo lo había perdido —antes de saltar al pozo o cuando la había rescatado del incendio—, pero sabía que, sin su protección, le esperaba una caminata larga y calurosa.

Ya sentía un calor anormal, y dejar que el sol le diera en la cabeza todo el día no mejoraría en nada su situación.

Miró la chaqueta de lana arrugada de Elinor, que aún yacía en el suelo.

Debía de habérsela puesto bajo la cabeza la noche anterior, después de que él se desmayara.

Rowland frunció el ceño, disgustado consigo mismo por comportarse de forma tan poco viril por un par de pequeñas heridas de bala.

Como para demostrarse que era más fuerte que eso, giró el hombro herido y apretó los dientes para soportar el dolor, maldiciendo al ver aparecer la mancha roja brillante de sangre fresca.

Quizá estuviera peor de lo que había pensado.

Solo esperaba que la señorita Kristensen hubiera logrado extraer las balas.

Haciendo lo posible por ignorar el hombro, se agachó, recogió la chaqueta y la sumergió en el cubo.

Cuando estuvo bien empapada, se la echó sobre la cabeza, colocándola de modo que las mangas le colgaran a ambos lados de la cara, por encima de las orejas.

La lana mojada olía fatal, y no quería pensar en la humillación que sentiría al entrar en la ciudad con ese aspecto.

Seguro que ese improvisado sombrero no le duraría hasta llegar.

Pero por ahora, mientras seguía a una mujer insensata por la calurosa pradera de Nebraska, tendría que bastar.

Rowland caminó hasta el pozo, volvió a llenar el cubo, vació la mitad y luego cortó un trozo de la cuerda del cabrestante roto.

Se alegró de seguir teniendo su cuchillo, aunque se sentía casi desnudo con la funda vacía colgando de su cintura.

Al pasar la cuerda alrededor del mango y por encima de su hombro sano, improvisó una forma de transportar el cubo con algo más de facilidad.

Al parecer, la señorita Kristensen había considerado oportuno llevarse no solo su pistola, sino también la cantimplora.

Se dijo que era mejor así. Esas dos cosas podrían mantenerla con vida.

Se enfadaría considerablemente si la encontraba de otro modo.

Le había dado demasiados problemas como para que se marchara y muriera ahora.

Solo esperaba poder alcanzarla antes de que lo hiciera cualquier otra cosa o persona.

Con zancadas largas, partió en la dirección en la que ella se había ido —evidenciada por las huellas de sus lamentables botas en la tierra entre la hierba de la pradera—.

Por muy llana que fuera la extensión, no creía que le llevara mucho tiempo alcanzarla.

Puede que estuviera herido, pero apostaría a que aún podía moverse el doble de rápido que ella.

Rowland alzó la vista al cielo y calculó que serían unas diez de la mañana.

Si se daba prisa, tal vez llegaría a Sidney antes del anochecer.

Decidió que lo mejor era ir al pueblo. Sacaría algo de dinero del banco y podrían disfrutar de una buena comida, dormir bien por la noche y conseguir provisiones.

Después, de algún modo, tendría que convencerla de que continuara con él hacia las Colinas al día siguiente.

El único problema era cómo lograr que la señorita Kristensen mantuviera la boca cerrada mientras él la persuadía y lo organizaba todo.

Nadie en Sidney lo conocía realmente. Si ella gritaba «forajido» y lo señalaba con el dedo, no habría quien pudiera dar fe de su carácter.

Rowland empezó a caminar más deprisa, contando los pasos en segundos, sumando minutos, observando cómo el sol lo alcanzaba hasta detenerse justo sobre su cabeza.

Mediodía. Se detuvo para beber de nuevo, con cuidado esta vez de no abrir la herida del hombro al levantar el cubo. Una vez saciada la sed, reanudó la marcha. La vía férrea debía de estar ya cerca, y habría apostado su pistola —si la tuviera— a que ella seguía la vía hacia el oeste.

Una hora más tarde, su corazonada se confirmó cuando divisó una figura solitaria que se balanceaba, patéticamente, arriba y abajo junto a la vía.

Al principio no pensó que fuera ella, sino algún vaquero medio borracho que avanzaba con dificultad.

Al fin y al cabo, no conocía a muchas mujeres que llevaran un sombrero como…

como el suyo. Parpadeó con rapidez y apartó la manga de la chaqueta de su campo de visión antes de mirar de nuevo.

La rezagada llevaba una falda marrón oscuro.

—Me has robado el sombrero…

El enfado le tensó la mandíbula. Allí estaba él, un tonto con lana mojada en la cabeza. Se quitó la chaqueta de un tirón y la golpeó contra el muslo.

Ella le había quitado el arma, el sombrero y la cantimplora.

Él la había salvado dos veces, y ella no solo lo había dado por muerto, sino que además le había robado.

Le demostraría ahora mismo que no estaba muerto.

De hecho, de repente se sentía mejor que en todo el día.

El sol podía agotarte, pero también podía contribuir a la curación de un hombre, del mismo modo que la certeza de que pronto volvería a tener su sombrero y su pistola.

Alargando el paso, avanzó hacia la figura, acortando la distancia entre ambos.

A menos de cien metros, oyó su grito desgarrador, y ella desapareció de su vista, perdiéndose entre la alta hierba que crecía junto a la vía.