Capítulo 6
R owland vació las balas de la recámara en la palma de su mano, luego cerró el arma y se la entregó a la señorita Kristensen.
—Sería mejor que dispararas a algunos blancos, pero no nos sobran balas.
Ella lo miró.
—¿Cuántas tienes exactamente?
—Tres.
La tomó por el hombro y la hizo girarse.
—Sostén la mano así. El dedo índice en el gatillo.
—¿Tres? ¿Cuántos Rawlins hay?
Ella ladeó la cabeza hacia atrás para verle el rostro.
—Seis. No te preocupes por eso. Tendrás que esperar a que se acerquen y luego apuntar justo al centro. Siempre que le des en algún punto del torso le harás daño, con suerte el suficiente para que puedas escapar. Pero si apuntas demasiado alto, tu objetivo se reduce. Habrá retroceso, así que...
—¿Piensas apilarlos y esperar a que una bala atraviese a dos a la vez? —preguntó Elinor con sarcasmo.
Sabía que su pregunta era absurda, pero no podía imaginar qué otra cosa tenía él en mente.
—¿Quieres prestar atención? Esto podría salvarte la vida.
Ante la inconfundible irritación en su voz, bajó la cabeza como correspondía, tratando de escuchar mientras él le explicaba cómo disparar a un hombre. Como si ella pudiera hacer algo así. ¿Podría?
—Puede que tengas que hacerlo.
Elinor dio un respingo al oír las palabras susurradas en su oído. Era más que inquietante que el señor MacRae pareciera leerle el pensamiento. Sintió que se le enrojecían las mejillas una vez más. ¿Sabía lo que estaba pensando hacía unos minutos, mientras le ponía los zapatos?
Que Dios la ayudara si era así. Que Dios me ayude de todos modos , pensó, escandalizada de nuevo por los sentimientos impropios que la invadían cada vez que él se acercaba demasiado.
Cuando le había sujetado el pie, se había sentido tan mareada y aturdida que pensó que se desmayaría.
Ahora, mientras él se colocaba cerca detrás de ella para enseñarle a empuñar el arma, sintió que la misma agitación le subía por el estómago.
No era del todo desagradable, y eso era lo que más le preocupaba.
Una parte de ella se preguntaba si era por eso por lo que había insistido tanto en ir en contra de los deseos de su padre.
¿Era por eso por lo que no podía casarme con Crowe?
Cada vez que él había intentado abrazarla, lo único que había sentido era repulsión.
—¿Lo has entendido?
El forajido aflojó el agarre de su mano y dio un paso atrás.
—Ahora date la vuelta y finge dispararme.
Elinor abrió mucho los ojos.
—No puedo. ¿Y si hay una bala que se te haya pasado? ¿Y si...?
—Hazlo —ordenó él secamente—. Piensa en todos los problemas que te he causado, enfádate y dispárame.
—Está bien.
Entrecerró los ojos mientras apuntaba.
—Brazos rectos. Pies firmes —indicó él—. Te hará retroceder cuando dispares de verdad.
Ella hizo una mueca y apretó el gatillo, cerrando los ojos con fuerza al hacerlo.
—No. Todo mal.
Él se acercó a ella, le agarró la mano y la atrajo hacia sí.
—Si no me disparas, te pondré el cuchillo en la garganta. Te tiraré al suelo y...
—Está bien, lo entiendo.
Elinor se apartó bruscamente de él.
—No creo que lo entiendas.
La miró con desprecio.
—Los Rawlins son unos asesinos despiadados. Te utilizarán como les dé la gana y luego, si tienes suerte, te dispararán.
—Entonces, ¿por qué asaltaste ese tren con ellos? Si ellos son tan horribles y tú no, ¿por qué estoy aquí? ¿Por qué te uniste a esos hombres?
—Porque estaba desesperado —respondió él—. No tenemos tiempo para discutir esto otra vez.
—¿Por qué no te quedas tú con el arma?
Le devolvió el arma a las manos.
—No entiendo por qué esperas que sea yo quien dispare.
—No lo espero. Espero que no lleguemos a eso, pero, si ocurre, quiero saber que puedes manejarlo.
—Bueno, no puedo.
—Tendrás que hacerlo.
Miró más allá de ella, hacia la pradera. Elinor siguió su mirada, pero no vio nada.
—Entra.
La tomó del brazo de nuevo y la guió hacia el interior de la cabaña.
—Tenemos mucha suerte de que encontrara este lugar. Tiene dos bodegas subterráneas, y vamos a rezar con todas nuestras fuerzas para que los Rawlins no se den cuenta de la segunda.
Se dirigió a la cama, la levantó y la apartó unos palmos de la pared.
Ella bajó la vista hacia el suelo de tierra, sin ver nada al principio.
Él se colocó detrás de la cama y empezó a apartar la tierra, dejando al descubierto unas tablas de madera.
Al cabo de un minuto, sacó su cuchillo y levantó una de las tablas anchas del suelo.
Ella se acercó sigilosamente, asomándose a la oscuridad que había debajo.
—¿Nos vamos a esconder ahí abajo?
No parecía lo suficientemente grande para los dos.
—Tú sí.
Le tomó la mano, guiándola hacia el agujero. Ella se resistió.
—Dime que no le tienes miedo a la oscuridad —refunfuñó él.
Elinor negó con la cabeza.
—No, pero ¿dónde te vas a esconder tú?
—Yo no.
Sus ojos se encontraron con los de él, y entonces sí sintió verdadero miedo.
—No lo entiendo.
—Te lo explicaré más tarde. Vamos.
La atrajo hacia sí, y Elinor obedeció. La tomó por los brazos.
—Voy a bajarte despacio.
Ella asintió, conteniendo la respiración mientras él la levantaba y luego la descendía por el hueco. Unos segundos después, sus pies tocaron el suelo.
—¿Todo bien? —preguntó él desde arriba.
Ella asintió, aunque se sentía todo menos bien. El sótano no era muy profundo; su cabeza quedaba apenas unos centímetros por debajo del suelo. Pero el espacio era más amplio de lo que había pensado. Reprimió un escalofrío mientras su imaginación se desbocaba.
—¿Y si hay otras cosas aquí abajo? ¿Arañas o ratones?
—Entonces quizá tengas algo para cenar.
Sus palabras eran burlonas, pero su tono no lo era. La dejó sola y regresó un minuto después con la pistola y la cantimplora. Primero le entregó esta última y luego, con la culata hacia abajo, le pasó el arma.
—Ahora está cargada. Ten cuidado.
Ella se balanceó de un pie a otro, inquieta.
—¿Se supone que debo sentarme en el suelo?
Él frunció el ceño, pero salió por la abertura y regresó con el taburete un minuto después.
—Gracias —dijo ella cuando lo bajó—. ¿Y si...?
Él se llevó un dedo a los labios para hacerla callar.
—A partir de ahora, silencio. Y, oigas lo que oigas, quédate donde estás hasta que vaya a buscarte.
—¿Y si no vienes?
Se apretó el arma contra el pecho mientras lo miraba.
—Entonces espera hasta que no oigas nada durante un buen rato.
Hizo una pausa, como si decidiera qué más debía decir.
—Hacia el oeste, a un día de camino, llegarás a Sidney. Si no voy a buscarte, ve allí lo más rápido posible.
Volvió a colocar la tabla en su sitio y Elinor se quedó sola en la oscuridad.
Aunque a Rowland le picaba ir a la ventana para comprobarlo todo una vez más, se obligó a quedarse donde estaba, descansando —o aparentando hacerlo— en la cama.
Recostado contra el cabecero, sus ojos recorrieron la cabaña con cuidado, inspeccionando el suelo en busca de cualquier rastro, cualquier huella, una sola marca que pudiera delatar la presencia de la señorita Kristensen.
No vio nada, pero eso no alivió su preocupación por ella, por él mismo. .. por Ethan.
Rowland estaba furioso por haberlos metido en aquella situación y, más aún, lo estaba con Margaret, porque todo se remontaba a ella.
Ya no le importaba demasiado lo que le ocurriera a su propia y lamentable vida, salvo por el hecho de que otros dependían de él: Ethan y ahora la señorita Kristensen.
Rowland estaba bastante seguro de que, mientras los Rawlins no la encontraran, ella saldría adelante.
Sonrió levemente. Era una mujer difícil de doblegar.
Se diera cuenta o no, estaba convencido de que sabría usar esa pistola si llegaba el momento.
Ethan era otro asunto completamente distinto.
No habría nadie para él si su padre no salía adelante.
Una vez más, el peso —y la dicha— de ser padre se apoderó de él.
Rowland cerró los ojos, imaginando a Ethan, su dulce olor, sus manitas regordetas aferrándose a él.
La culpa y la pena brotaron a la superficie, y se juró una vez más ser un mejor padre, volver y cuidar de su hijo.
Pasaron varios minutos más, y Rowland sintió que se le cerraban los párpados. ¿Cuánto tiempo hacía que no dormía una noche decente? No lo recordaba, y dormitar, aunque fuera unos minutos, se convirtió en una tentación peligrosa. Una idea tonta, una a la que no podía permitirse ceder.
Por fin oyó el sonido de caballos acercándose.
No galopaban, sino que entraron en el patio a un paso lento y constante.
A través de sus párpados entrecerrados, miró hacia la puerta abierta, procurando que la tensión no se reflejara en su rostro mientras escuchaba a los hombres desmontar y acercarse a la cabaña.
—Vaya, vaya. Si es el desertor.
Isaac Rawlins se quitó el sombrero en su dirección.
—Parece que lo hemos encontrado, muchachos. Pero ¿dónde está la señora?
—Se ha ido.
Rowland abrió los ojos del todo y fingió sorpresa al ver a Isaac y a sus dos hermanos. Solo tres. ¿Dónde están los demás?
—Y desertor me parece un poco fuerte, teniendo en cuenta que os llevasteis mi caballo y mis provisiones y me dejasteis atrás.
Negó con la cabeza mientras se incorporaba en la cama como si el esfuerzo le resultara considerable.
—El cazo le dice a la sartén que está negra, si me preguntas.
—No recuerdo haber preguntado. ¿Y vosotros, chicos?
Isaac miró a sus hermanos. Estos negaron al unísono.
—Ya me lo imaginaba. Pero te lo pregunto por última vez: ¿dónde está la mujer... y el oro?
Isaac sacó su pistola y apuntó a Rowland.
Este levantó las manos.
—Eh, eh. No tengo oro, ni siquiera tengo mi arma, y estoy demasiado enfermo para intentar nada más, así que no tiene sentido que andes agitando eso. Si me escuchas un momento, te lo explicaré.
—Adelante.
Isaac no hizo ademán de bajar el arma.
Cíñete lo más posible a la verdad , se recordó Rowland. Se humedeció los labios y comenzó.
—Me tomé mi tiempo en ese tren, buscando a una mujer que realmente le gustara a Silas, una que no hubiera sido utilizada antes. Y acababa de encontrarla cuando el tren volvió a arrancar.
Junto a Isaac, Jonah también sacó su arma.
—Date prisa. No tengo paciencia para historias largas.
—Luchó como una gata enloquecida —continuó Rowland—. Mira aquí, donde me mordió.
Se subió la manga, dejando al descubierto la marca amoratada de los dientes de la señorita Kristensen.
—Entonces supe con certeza que había elegido bien. Silas iba a estar encantado cuando la viera.
—Ahora mismo no está precisamente encantado —dijo Isaac.
—Bueno, yo tampoco.
Rowland se enderezó, animándose.
—Me quitasteis el caballo, el agua, la comida, la cuerda... casi todo lo que tenía, y me quedé solo con una mujer más ingeniosa de lo que puedas imaginar.
—Me cuesta creer tu historia —dijo Jonah, mirando a Isaac—. ¿No podemos simplemente llenarlo de plomo y volver?
Rowland no esperó la respuesta.
—¿Dónde está Silas, por cierto?
—De vuelta en el campamento —respondió Isaac—. Disfrutando del whisky y de las mujeres, mientras nosotros vamos tras tipos como tú.
Rowland se maldijo en silencio por no haberse quedado con su pistola.
Era un buen tirador y podría haber abatido al menos a dos de los tres, equilibrando bastante las cosas.
Pero, creyendo que se enfrentaría a los seis, había pensado que la única forma de proteger a la señorita Kristensen —de convencer a los Rawlins de que realmente se había ido— era hacerles creer que él estaba enfermo y que ella le había quitado el arma y había escapado.
Isaac caminó hasta el centro de la habitación y se arrodilló en el suelo embarrado. Solo le llevó unos segundos encontrar el hueco y levantar la tabla, dejando al descubierto el sótano vacío.
Rowland apoyó la cabeza contra la pared y puso cara de aburrimiento.
—Ya te lo dije, aquí no hay nada ni nadie.
Lo último que vi fue a Mark metiendo las manos en ese saco de oro.
Y sí que tenía una mujer, pero se escapó.
.. aunque antes se desmayó. La traje hasta aquí, encontré este pozo y pensé que nos habíamos salvado.
Pero el agua no estaba clara, así que bajé a ver si podía excavar más allá de la turbidez.
Casi muero por los gases; apenas logré arrastrarme fuera antes de desmayarme yo mismo.
Cuando volví en mí anoche, la mujer y mi pistola habían desaparecido.
—Bonita historia —dijo Jeremiah, el más joven, dando un paso al frente—. Excepto que te has saltado una parte...
De detrás de su espalda, sacó el corsé de la señorita Kristensen.
Rowland se encogió de hombros.
—Jonah no quería una historia larga, así que omití los detalles, como que se lo corté para que pudiera respirar o que llevo vomitando desde anoche. Si no me creéis, salid fuera y comprobadlo.
—Yo te creo —dijo Isaac, guardando por fin el arma—. Fue Mark quien nos dijo que tenías el dinero, justo antes de largarse él mismo. Sucio traidor. Lo encontraremos ahora.
Miró a sus hermanos y luego a Rowland.
—Le dije a Silas, la primera vez que te vimos, que no tenías el cerebro necesario para ser un forajido. El problema es: ¿qué vamos a hacer contigo ahora?
—Simplemente dispárale y acabemos con esto —sugirió Jonah.
Isaac negó con la cabeza.
—Demasiado fácil. Tenemos que hacer algo para apaciguar a Silas. Ahora está furioso, pensando que te llevaste su botín y a su mujer... Sé lo que vamos a hacer.
A Rowland no le gustó el destello malicioso en los ojos de Isaac. Mantén la calma. Piensa en Ethan. Mantén la cabeza fría y saldrás de esta. Se obligó a mantener las manos relajadas mientras Isaac lo observaba.
—Echad un buen vistazo a vuestro alrededor, muchachos. A ver si encontráis a la chica, y luego...
Isaac frunció los labios.
—El pobre Rowland va a darse un chapuzón.