El corazón anónimo Capítulo 11. Amour, Lamour #5
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Capítulo 11. Amour, Lamour #5

Después de darle tantas vueltas, de componer fragmentos de letras que no encajaban, de imaginar situaciones futuras y fantasías en las que Juliano cruzaría su puerta para no irse nunca más, Lucas lo resumió todo en una sola frase.

—Estoy tan jodido.

***

Vivir en un hotel durante una semana no es precisamente una de las experiencias más cómodas. Juliano descubrió, durante aquella semana, que encontrar un buen piso que cubriera sus necesidades en otro estado era un pequeño infierno.

Las inmobiliarias eran auténticas mercenarias y le ofrecían pisos enormes que no necesitaba para nada.

Juliano se descubrió a sí mismo como un hippie desquiciado cuando comprendió lo que de verdad necesitaba: casi nada.

Sin embargo, entró en razón cuando se dio cuenta de que necesitaría al menos dos habitaciones en el piso, o tres, que sería lo ideal, para cuando las niñas vinieran a pasar unos días con él.

Si el lugar tenía solo dos habitaciones, corría el riesgo de que en una no cupieran las dos, y además estaba el hecho de que odiaba los cambios; no se veía mudándose de nuevo en mucho tiempo, y aunque sus hijas cupieran en una sola habitación, pronto crecerían y no querría tener que mudarse solo por eso.

Quería estar preparado desde el principio.

Descartó por completo la idea de ser un hippie loco, porque en realidad no tenía vocación para eso; la verdad era que necesitaba muchas cosas, necesitaba mucho espacio.

Aunque fuera un hombre solo en el piso, le gustaría tener un buen balcón, un despacho y un salón para la tele, además de una habitación que insonorizar y convertir en un pequeño espacio agradable donde tocar el saxofón mientras Lucas tocaba la guitarra sin infringir las normas de la comunidad, y solo con estos requisitos, su búsqueda se complicó.

Finalmente, empezó a buscar una casa en lugar de un piso, y así encontró más opciones.

Juliano tuvo que pelearse con Google Maps durante horas para calcular la distancia entre la dirección de cada casa que le ofrecía la inmobiliaria y el piso de Lucas.

Descartó algunas por estar en el lado completamente opuesto, en los confines de la zona sur, más allá de Ipanema, una zona que decidió evitar por la distancia.

Encontró una buena propiedad para alquilar y posiblemente comprar más adelante, una vez que se hubiera adaptado, cerca del Centro Histórico, en una calle lateral de Oswaldo Aranha , muy cerca de Redenção , y le gustó mucho lo que vio.

Estaba en una callecita tranquila, con árboles a ambos lados, casas grandes y edificios, una pequeña panadería encantadora en la esquina; parecía un lugar pacífico, dentro de lo que cabía en aquella ciudad gris y sucia.

Decidió cerrar el trato y lidiar con el papeleo que iba y venía por correo electrónico para firmarlo y escanearlo, enviarlo y recibirlo. Depósito aquí, depósito allá, revisar el sistema eléctrico y todo ese infierno que conllevan los alquileres.

Pidió que uno de sus asistentes de la empresa viajara a la ciudad y se quedara allí indefinidamente hasta resolver todos los asuntos pendientes. Como Sandro era un oportunista consumado que haría cualquier cosa por dinero extra, se ofreció voluntario para ir en su lugar.

Sandro llamaba cada noche con novedades. Había conseguido las llaves y contratado un equipo de limpieza tras la pintura, tal como le había pedido Juliano, que quería dejar la habitación de las niñas decorada igual que en casa para evitar cualquier problema.

Juliano odiaba comprar muebles, así que se lo dejó a Sandro, que pidió ayuda a un decorador de interiores con el que se había acostado unos meses antes y que casualmente estaba en la ciudad.

Sandro era un sinvergüenza: moreno, guapo, con una sonrisa asesina y una voz profunda de locutor de radio, un fanático del gimnasio con fama de mujeriego.

Seguro que aquellos dos estrenarían su casa con un polvo, pero era un pequeño precio a pagar por poder repartirse las tareas mientras él se quedaba en São Paulo resolviendo los últimos asuntos pendientes.

Carolina no quería verle la cara, pero hablaban por teléfono cuando hacía falta.

Le dijo que sentía asco solo de mirarlo por lo que había hecho; no creía que Lucas hubiera sido el primero, ni siquiera el único affaire que había tenido, y le parecía repugnante que pudiera ser tan cobarde con su propia vida.

Era curioso que, después del shock inicial, su exmujer no se refiriera a él con palabras despectivas; era muy posible que se hubiera dado cuenta de lo absurdo que resultaba, pero siendo tan arrogante como era, sentía asco por su cobardía, como siempre.

En ese sentido, Juliano no podía culparla, porque él también lo sentía, aunque no admitía que no era el único cobarde, ya que ella formaba parte del gran espectáculo de complacencia de ambos.

Era muy posible que Carolina reflexionara después de aquella conversación y se diera cuenta de que ya no tenía por qué vivir con un hombre al que despreciaba tanto; quizás cayó en la cuenta de que por fin era libre.

—Lo que para uno es basura, para otro es un tesoro —le había dicho Juliano por teléfono, cuando ella comentó que sería maravilloso no volver a verse.

Ante un comentario tan ocurrente, Carolina se rio por primera vez en años de algo que él había dicho, sin burla en la voz; simplemente se rio porque le pareció lo más gracioso que había dicho su exmarido en mucho tiempo.

El abogado de Juliano solicitó la separación mediante un procedimiento judicial de mutuo acuerdo y programó una reunión con el abogado de Carolina para la semana siguiente, a fin de iniciar el divorcio, así como el inventario y la división de bienes tal como habían acordado ambos.

A Juliano le sorprendió que todo fuera más tranquilo de lo que imaginaba, teniendo en cuenta que Carolina aceptó sin más lo que también era mejor para ella, y de paso se libraba de una relación que ninguno de los dos podía soportar más.

No sabía exactamente qué esperaba de ella, pero desde luego nada como aquello.

Juliano sabía que un divorcio de mutuo acuerdo era más rápido, aunque eso dependería mucho de cómo dividieran los bienes y de cómo transcurriera la audiencia, si de forma amistosa o no.

Él no quería prolongar nada: que Carolina se quedara con lo que quisiera y que hiciera lo que le diera la gana, con tal de tener paz.

Entendía que ella no era ningún monstruo; no se trataba de eso.

Lo más probable era que fuera una esposa agotada, harta de un marido tan débil, tan estresada por la complacencia de él que ya no soportaba tener a un hombre semipresente a su lado, tan desgastada por el estancamiento que había empezado a odiarlo.

Sabía que se había comportado como un quejica cuando le contaba sus penas a Lucas; podría haberle puesto un final más digno a aquella situación, pero ya no podía volver atrás.

Juliano sabía que estaba descuidando un poco a Lucas.

Últimamente se acostaba mucho más temprano y rara vez hablaban durante el día, pero siempre andaba tan ocupado —precisamente organizando su vida para poder ir con él por fin— que admitía que era necesario, al menos por un tiempo.

No le contó nada a Lucas sobre su decisión de mudarse, de separarse oficialmente. Lucas era desconfiado y pesimista por naturaleza; lo conocía muy bien.

Desde el principio supo que Lucas siempre esperaría una puñalada por la espalda, que ninguna promesa se cumpliría jamás, que las cosas nunca serían fáciles. Siempre esperaba lo peor, y para evitar que se hiciera ilusiones con sus planes —convencido de que no cumpliría nada—, decidió no contarle.

Menos palabras, más acciones. Eso era lo que hacía.

Recordaba el día en que Lucas le preguntó cómo sería la relación: prefería que fueran honestos el uno con el otro, pero también con el tercer elemento de la ecuación: Carolina.

A nadie le resultaría agradable ser el amante de un hombre casado, y Lucas pronto se cansaría de la situación; además, a Juliano le resultaba evidente que él tampoco se sentiría feliz sabiendo que Lucas tenía otra relación.

Por eso dejó que Lucas imaginara que estaba en casa, ocupándose de problemas de la empresa, sumido en su rutina estancada, antes de volver con él como habían planeado: solo unos días y nada más.

Al principio, Juliano se sintió inseguro; las dudas e incertidumbres que le consumían se volvieron más intensas y tangibles en esos primeros días.

¿Y si cambiaba toda su vida solo para llegar a la ciudad de Lucas y descubrir que él no iba en serio?

Eso era lo que más le asustaba, pero tras mucho temer lo peor, se dio cuenta de que, con o sin Lucas, su vida en aquel ciclo que estaba cerrando ya había llegado a su fin de todos modos.

Si no lo quería, tendría que aprender a lidiar con la nueva vida.

Aquel domingo soleado, la llamada de su madre atravesó la distancia entre estados y llegó a su móvil, obligando a Juliano a disculparse con Lucas para atenderla. Y, por supuesto, ella estaba escandalizada: le exigía que fuera urgentemente a casa de sus padres.

Juliano se imaginó el peor escenario posible: que su padre había fallecido.

Que Dios lo perdonara, pero Juliano pensó que así su padre se ahorraría un trauma al final de su vida: enterarse de que su hijo se había convertido en un «progre de mierda», como llamaba a cualquiera que no siguiera una línea conservadora o hipócrita.

Normalmente, ambas cosas.

Juliano se preparó y salió del hotel rumbo al aeropuerto, donde tomó el primer vuelo de la mañana, directo a Galeão [41] . El vuel o duraría unos cincuenta minutos, pero era la forma más rápida de desplazarse desde São Paulo.

Se iba a desatar un verdadero infierno, lo presentía, y por eso quería llegar cuanto antes para poder marcharse cuanto antes.

Estaba nervioso, preocupado; su madre no le había explicado claramente el motivo de la llamada urgente, y eso ya indicaba un comportamiento impropio de ella.