CAPÍTULO 7
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Las paredes del ático, que antes constituían un testimonio de la inimaginable riqueza de Julian Sterling y de mi propia e ingenua necedad, ahora se asemejaban a los costados lisos y fríos de un mausoleo.
Mis manos temblaban con tanta violencia que apenas lograba subir la cremallera de mi bolsa de viaje.
Era la misma bolsa de lona desgastada que había traído del pequeño apartamento que compartía con mi hermana, Sofia.
Lo único en aquella opulenta habitación que de verdad me pertenecía.
Arrojé un puñado de ropa dentro; mis prendas viejas, no la seda y el cachemir que Julian había comprado para acicalar a su falsa esposa ante las cámaras.
El olor de su colonia, penetrante, amaderada y embriagadoramente oscura, permanecía en mi piel, como un cruel recordatorio de la noche que acabábamos de compartir.
Me froté la muñeca contra la nariz, intentando desterrar el aroma, pero estaba impregnado en mis poros.
Estaba incrustado en mi alma, y esa era la constatación más aterradora de todas.
La pantalla de mi teléfono se iluminó sobre la mesita de noche de mármol, vibrando contra la piedra con un sonido que imitaba el zumbido en mis oídos.
Otro mensaje. No necesitaba mirar para saber lo que decía.
La imagen ya estaba grabada a fuego en mis retinas, abrasando mi mente con su horrible implicación: Sofia, riendo frente a la biblioteca de la universidad, sosteniendo una pila de libros, totalmente ajena a la diana impuesta digitalmente sobre su pecho.
El texto al pie era escueto, carente de empatía, aterradoramente preciso: *Déjalo, o el pajarillo cae. Tienes una hora.*
Un sollozo me desgarró la garganta, pero me lo tragué, saboreando la bilis, el metal y el puro terror.
¿Quién lo había enviado? ¿Uno de los implacables rivales comerciales de Julian?
¿Su vengativa exprometida, que aún lo quería de vuelta?
O... Dios, no. La idea era una serpiente venenosa desenroscándose en mi pecho, lanzando su mordida directa a mi corazón.
¿Podría ser el mismísimo Julian? ¿Poniéndome a prueba?
¿Asegurándose de mi sumisión en este acuerdo retorcido y asfixiante?
Era un hombre moralmente ambiguo, un espectro que manipulaba mercados globales y destruía la vida de sus rivales sin pestañear.
Un hombre que me había mirado a los ojos, con sus iris semejantes a obsidiana pulida, y me había dicho que le pertenecía hasta que expirase la tinta de nuestro contrato.
Me había advertido que jamás le llevara la contraria.
¿Acaso mi desafío a principios de semana, cuando le grité durante la gala benéfica, había desencadenado esta retorcida lección?
¿O su mundo era tan intrínsecamente tóxico, cimentado sobre sangre y chantaje, que el mero hecho de respirar su mismo aire ponía una diana en la espalda de mi familia?
No importaba. Nada de eso importaba, salvo Sofia.
Ella era todo lo que tenía. Tenía que marcharme.
Si cruzaba la puerta y me desvanecía de nuevo en la oscuridad de donde provenía, tal vez la amenaza se disolviera.
Tal vez pudiera salvarla. Me eché la bolsa al hombro; la correa barata se clavó en mi clavícula, un marcado contraste con el collar de diamantes que llevaba puesto unas horas antes.
Eché un último vistazo alrededor de la habitación.
Las sábanas revueltas de la cama de matrimonio, todavía tibias por nuestros cuerpos.
El anillo de diamantes abandonado sobre el tocador, brillando con burla bajo la luz de la luna.
El símbolo de nuestra mentira. El símbolo de mi corazón roto.
Porque, en algún punto entre las pullas venenosas que intercambiábamos, las forzadas sonrisas públicas y la pasión oscura y abrasadora de sus caricias a puerta cerrada, yo había cometido lo imperdonable.
Yo, Maya Flores, una pobre camarera de los suburbios de la ciudad, me había enamorado del mismísimo diablo.
Salí de la habitación, con mis zapatillas amortiguadas por las gruesas alfombras persas.
El ático era una caverna descomunal de cristal, acero y sombras.
A las dos de la madrugada, las luces de la ciudad, allá abajo en la distancia, ofrecían la única iluminación, proyectando reflejos largos y esqueléticos por los suelos de madera.
El corazón me golpeaba las costillas como un pájaro acorralado.
Cada sombra parecía ocultar a uno de sus guardaespaldas.
Cada crujido del edificio al asentarse sonaba como una pisada que venía a arrastrarme de vuelta.
El ascensor se encontraba al final del pasillo. Quince metros. Se sentían como quince kilómetros a través de un campo minado.
Mantuve la vista clavada en las puertas plateadas, repitiendo el nombre de Sofia en mi cabeza como una plegaria desesperada. *Ya voy, Sofie. Ya voy. Por favor, mantente a salvo.*
Presioné el botón de llamada. Se encendió con un tenue y burlón timbre. Conté los segundos mientras el silencio se dilataba, tenso, frágil, a punto de quebrarse en cualquier instante. Los números digitales sobre las puertas descendieron. Diez. Nueve. Ocho.
—¿Vas a algún lado, Maya?
La voz fue un ronroneo bajo y letal que cortó el silencio como una hoja de sierra.
No procedía de mis espaldas, sino de la profunda penumbra del despacho situado a mi izquierda.
Me quedé helada. La sangre huyó de mi rostro, concentrándose como plomo en mi estómago. Mis pulmones olvidaron cómo tomar aire.
Julian emergió de las sombras. Aún vestía los pantalones negros de su traje de sastre, con la camisa blanca desabotonada hasta la mitad del pecho, dejando al descubierto un torso firme y fibroso y las tenues cicatrices blanquecinas que susurraban sobre un pasado violento del que se negaba a hablar.
Sostenía un pesado vaso de cristal con licor ámbar en una mano.
Su rostro era una máscara indescifrable de granito esculpido, totalmente desprovista de emoción, pero sus ojos...
sus ojos ardían con un fuego aterrador y destructivo.
—Julian —exhalé, con la voz temblando descontroladamente a pesar de mi desesperado intento de fingir valentía—. Yo... tengo que irme.
No se movió hacia mí. Tan solo dio un sorbo lento y deliberado a su whisky; el hielo tintineó contra el cristal. El sonido resultó ensordecedor en el cavernoso pasillo.
—¿A las dos de la madrugada? ¿Con tu vieja bolsa de lona?
—su mirada cayó sobre la bolsa y luego regresó a mi rostro.
La frialdad absoluta de su semblante hizo que mi piel se erizara de inquietud—.
¿De verdad creíste que podrías marcharte de mi casa sin que me enterara?
Tengo cámaras en cada salida, Maya. Tengo hombres apostados en el vestíbulo, en el garaje, en los montacargas de servicio. No habrías llegado a pisar la calle.
—Déjame pasar —exigí, obligándome a dar un paso hacia el ascensor.
Las puertas se abrieron con un pitido, dejando al descubierto la cabina vacía y acogedora—.
Nuestro contrato no tiene validez. Lo estoy rompiendo.
Puedes demandarme, puedes arruinarme, puedes meterme en la cárcel, no me importa. Solo déjame salir.
Su mandíbula se tensó, con un músculo peligroso y rítmico palpitando en su mejilla.
En una aterradora ráfaga de movimiento, acortó la distancia entre nosotros.
El vaso se estrelló contra una consola, haciéndose añicos y salpicando el whisky caro sobre la caoba pulida.
Antes de que pudiera tomar aire para gritar, su mano salió disparada.
Sus dedos largos rodearon mi garganta; no apretando lo suficiente como para asfixiarme o cortar el aire, pero sí con la firmeza precisa para paralizarme por completo.
Me empujó hacia atrás hasta que mi espalda chocó contra el frío acero de las puertas abiertas del ascensor, impidiendo que se cerraran.
—Tú no rompes contratos conmigo, pajarillo —gruñó, con el rostro a escasos centímetros del mío. Olía a alcohol, a menta intensa y a una furia cruda y desenfrenada—. Tú no decides cuándo se acaba esto. Yo soy tu dueño hasta que yo diga que hemos terminado. Me perteneces a mí.
*Pajarillo.*
El aire falló dolorosamente en mis pulmones. El mensaje de texto resonó en mi mente. *Déjalo, o el pajarillo cae.*
Lágrimas calientes, amargas y cegadoras brotaron en mis ojos y rodaron por mis mejillas.
—Fuiste tú —me atraganté, mientras un sollozo entrecortado por fin se liberaba de mi pecho—. Tú enviaste el mensaje.
Julian enarcó levemente una ceja, y el fuego furioso de sus ojos parpadeó con una confusión momentánea y genuina. La presión sobre mi cuello no cedió, pero su pulgar detuvo la caricia amenazante sobre mi pulso.
—¿Qué mensaje?
—¡No juegues conmigo! —grité, empujando su pecho sólido, pero era inamovible, un muro imponente de puro músculo y dominación sombría—.
¡La foto de Sofia! ¡La amenaza! ¿Acaso fue tu forma retorcida de mantenerme a raya?
¿De recordarme cuál es mi lugar? ¿O fue uno de tus enemigos, Julian?
¿Cuál de tus negocios sucios y manchados de sangre salió mal y puso una diana en la espalda de mi hermana inocente?
La presión sobre mi garganta desapareció, sustituida por sus dos manos aferrando mis hombros con una fuerza inflexible y aplastante. La confusión se había disipado, reemplazada por completo por una quietud repentina y glacial que resultaba mucho más aterradora que su ira explosiva.
—Enséñamelo —exigió, reduciendo su voz a un susurro letal y áspero.
—¡Quítame las manos de encima! —me revolví fuera de control, propinando patadas con mis zapatillas, intentando infligirle cualquier dolor posible—.
¡Te odio! ¡Odio todo de ti! ¡Yo solo era una camarera intentando sobrevivir, intentando pagar los estudios de Sofia, y me arrastraste a tu infierno!
Me largo, Julian. Si ella sufre algún daño por tu culpa...