El Contrato de Escándalo CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

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El silencio en mi ático siempre había sido un lujo.

Una prueba de mi control sobre la ciudad allá abajo, un recordatorio de que yo estaba por encima de todos los demás.

Pero esta noche, el silencio se sentía hueco.

El olor a whisky caro en mi vaso no bastaba para disipar el aroma dulzón del perfume barato que aún flotaba en las sábanas de la habitación de invitados. La habitación de Maya.

La camarera que se atrevió a desafiarme.

La mujer que compré con un millón de dólares y un contrato de matrimonio falso.

Para el resto del mundo, nuestra unión era un cuento de hadas moderno, una brillante jugada de marketing que aseguró mi posición como único heredero en la junta de Sterling Enterprises.

Pero, entre aquellas cuatro paredes, era una guerra fría.

Y yo estaba perdiendo. Estaba perdiendo porque con cada mirada cargada de odio que me lanzaba, cada vez que escupía mi nombre como si fuese veneno, mi obsesión por ella no hacía más que hundir sus garras más hondo en mi alma manchada.

El zumbido del intercomunicador rompió mi sombría contemplación.

—Señor Sterling —la voz de Marcus, mi jefe de seguridad, sonó tensa, metálica a través del altavoz. Marcus jamás sonaba tenso.

—Habla —ordené, posando el vaso de cristal sobre la mesa con un golpe seco.

—La señorita Flores ha salido del edificio. Y no fue una salida autorizada. Despidió al chófer y tomó un taxi. Logré rastrear el destino a través de la aplicación. Va camino a la Clínica Saint Jude.

La clínica. Donde su hermana menor, Sofia, estaba ingresada para su tratamiento. El único motivo por el que Maya había firmado el puto contrato en primer lugar.

—¿Por qué iría allí a estas horas de la noche? —pregunté, con una frialdad que enmascaraba la tormenta que empezaba a gestarse en mi mente.

—Interceptamos algunas comunicaciones, señor —Marcus vaciló una fracción de segundo, un error que rara vez cometía—.

Fue su madre. Victoria Sterling. Hizo una visita personal a la clínica esta tarde.

Y hace veinte minutos llamó al teléfono personal de Maya.

No tenemos el audio, pero sí el registro.

Y la dirección de la clínica acaba de emitir una orden de alta obligatoria para Sofia Flores.

Se me cortó la respiración. Una calma mortal, gélida y absoluta descendió sobre mí. Era el estado mental que me precedía antes de destruir corporaciones enteras. Antes de arruinar vidas.

Mi madre. Esa arpía calculadora. Creyó que podía mover mis piezas.

Creyó que, manipulando a la hermana de Maya, podría forzar a la chica a romper el contrato y desaparecer, limpiando la «mancha» que una camarera pobre provocaba en el impecable apellido Sterling.

Victoria no entendía que el contrato era solo una formalidad.

Maya no era un acuerdo comercial. Ella era mía.

—Marcus —mi voz no fue más que un susurro letal—.

Quiero que bloquees todos los accesos financieros de mi madre.

Congela cada fondo, cada cuenta offshore, cada maldito centavo que utiliza para jugar con la vida de los demás.

Y quiero un equipo armado en Saint Jude ahora mismo.

Nadie toca a Sofia. Si la dirección de la clínica intenta ponerla en la calle, compra la clínica.

Si se resisten, destruye la reputación de cada médico de esa junta.

—Sí, señor. El coche ya lo espera en el garaje.

Descendí por el ascensor privado como la mismísima Muerte camino a la siega. Mientras el chófer aceleraba por las calles de Nueva York, yo ya maquinaba las mil y una formas de hacer sangrar a mi propia familia por atreverse a tocar lo que me pertenecía.

La fachada de la Clínica Saint Jude estaba tenuemente iluminada cuando el coche frenó haciendo chirriar los neumáticos.

No esperé a que me abrieran la puerta. Salí, ignorando la llovizna que empezaba a caer, y marché con paso firme hacia las puertas dobles de cristal.

Dos de mis hombres de seguridad ya se encontraban en el vestíbulo, manteniendo al personal del hospital acorralado contra la recepción.

Y entonces, la vi.

Maya estaba sentada en una de las rígidas sillas de plástico de la sala de espera, aferrada a una pequeña maleta de viaje que debía de contener todas las pertenencias de su hermana.

Se hallaba encogida, temblando, con el rostro oculto entre las manos.

El sonido de sus sollozos ahogados golpeó mi pecho como un impacto físico.

Una debilidad inaceptable. Yo no sentía empatía.

No sentía compasión. Pero ver a Maya rota...

despertó a un monstruo en mi interior que ansiaba pintar las paredes con la sangre de quien la hubiese hecho llorar.

Caminé hacia ella. Mis pasos resonaron en el suelo esterilizado, lentos y pesados.

Levantó la cabeza. Sus ojos castaños, habitualmente llenos de fuego y rebeldía, ahora estaban enrojecidos y anegados de terror. Pero en cuanto me reconoció, el pánico se transformó en una furia salvaje.

Se puso de pie de un salto, con los puños crispados.

—¡Tú! —su grito rasgó el silencio de la clínica. Avanzó y empujó mi pecho con ambas manos, aunque yo no retrocedí ni un milímetro—. ¿Cómo pudiste? ¡Dijiste que estaría a salvo! ¡Lo prometiste!

Le sujeté las muñecas antes de que pudiera volver a golpearme, inmovilizando sus delicadas manos contra mi pecho. La cercanía me embriagó, mientras su aroma inundaba mis sentidos.

—Maya, mírame —ordené, con voz baja y peligrosa.

—¡No! ¡Suéltame, desgraciado! —forcejeó, mientras las lágrimas rodaban sin freno por su pálido rostro—.

¡Tu madre me llamó! Dijo que mañana trasladarían a Sofia al sistema público.

¡Dijo que encontraron estupefacientes en la habitación de Sofia, drogas que tu familia plantó!

¡Van a mandar a mi hermana a la cárcel! ¡Solo tiene dieciséis años, Julian!

—Maya —tiré de ella con fuerza, haciendo que nuestros cuerpos colisionaran. Sentí su corazón martilleando desbocado contra el mío. Apreté la mandíbula, clavando mis ojos en los suyos—. Yo no hice esto.

Dejó de resistirse por un instante, con la respiración entrecortada y los ojos escudriñando cualquier indicio de engaño en mis facciones.

Pero yo no necesitaba mentir. Podía ser muchas cosas —un manipulador, un sociópata corporativo, un hombre con la moral de un demonio—, pero jamás compartía el control de lo que era mío.

—¿Tú... no lo sabías? —susurró, con la voz trémula por el agotamiento y el pavor.

—Si quisiera destruir a tu hermana para controlarte, no recurriría a matones de pacotilla ni a las patéticas amenazas de una dama de sociedad —solté las palabras con voz rasposa, acercando su rostro al mío.

Mis dedos soltaron sus muñecas para aferrarle la nuca, sujetándola con firmeza—.

Victoria actuó a mis espaldas. Y pagará por cada lágrima que te acaba de hacer derramar.

La mirada de Maya todavía albergaba dudas. Estaba tan acostumbrada a luchar contra el mundo, tan habituada a que los poderosos la pisotearan, que no lograba asimilar la magnitud de mi promesa.

—Tienen sus papeles de alta —murmuró Maya, con la voz quebrándose—. Necesita el tratamiento, Julian. Si sale ahora, morirá. Y tu madre me exigió que firmara el divorcio. Lo firmaré. ¡No me importa tu dinero, solo deja en paz a mi hermana!

La mención del divorcio hizo que el escaso control que aún conservaba se hiciera pedazos. La empujé contra la pared más cercana, haciendo caso omiso a los ojos desorbitados del personal médico y de mis hombres. Incliné mi cuerpo sobre el suyo, acorralándola por completo.

—Nunca más —susurré en su oído, con los labios rozando la piel sensible de su cuello—. No vuelvas a pronunciar esa palabra jamás. No hay divorcio. No hay salida. Hiciste un pacto con el Diablo, Maya, y el Diablo jamás devuelve lo que ya le pertenece.

Ella jadeó, aferrándose por instinto a las solapas de mi chaqueta. No para apartarme, sino para sostenerse.

Con la mano libre, saqué el teléfono del bolsillo. Marqué el número que me sabía de memoria y activé el altavoz, sosteniendo el aparato entre los dos.

Sonó dos veces antes de que la voz distinguida y terriblemente satisfecha de mi madre respondiera.

—Julian, querido. Qué sorpresa a estas horas.

Maya se tensó contra mí.

—Madre —mi voz era puro hielo—. Estoy en la Clínica Saint Jude. Con mi prometida.

Hubo un segundo de silencio al otro lado de la línea.

—Julian, tienes que comprenderlo. Esa muchacha es una sanguijuela. Solo estoy protegiendo el apellido de la familia. Cuando los escándalos de esa hermanita drogadicta salgan a la luz...

—Cállate —la corté, sin alterar el tono, pero la ferocidad de mi voz hizo que a Maya se le cortara el aliento—. No me interrumpas. Cometiste un error de cálculo descomunal hoy, Victoria. Creíste que tratabas con tu difunto esposo, que se doblegaba ante tu voluntad. Olvidaste quién soy yo.

—Julian... no seas melodramático. Ya me encargué de la dirección, los papeles de la chica están...

—Compré la clínica —mentí, a sabiendas de que mis abogados harían que fuese una realidad antes del amanecer—. Y acabo de congelar todas tus cuentas bancarias. ¿Tu fideicomiso? Bloqueado. ¿Tu tarjeta sin límite? Cancelada. ¿Tu casa de verano en los Hamptons? La puse a la venta hace un instante.

—¡No puedes hacer esto! ¡Soy tu madre! ¡Soy la matriarca...!

—¡No eres nada más de lo que yo te permito ser!

—mi rugido resonó por fin en el vestíbulo, haciendo que las enfermeras se encogieran tras el mostrador.

Volví a modular el tono hacia una amenaza letal—.

Tocaste lo que me pertenece. Maya es la futura señora Sterling.

Su hermana se encuentra bajo mi protección.

Si tú, o ese cobarde que tengo por padre, o cualquier persona de tu asqueroso círculo de chismes se atreve siquiera a mirar en dirección a la familia Flores otra vez...

No solo acabaré con tu estatus. Acabaré contigo.

Te dejaré en la calle, sin un solo centavo, sin apellido y sin poder alguno.

—¡Julian, estás loco! ¡Estás sacrificando nuestro legado por una... por una ramera callejera!

Le colgué en la cara. Guardé el teléfono en el bolsillo y volví mi atención absoluta a la mujer acorralada entre mi cuerpo y la pared.

Maya tenía los ojos abiertos de par en par y la boca entreabierta, asimilando al monstruo que acababa de presenciar desatarse.

Siempre había sabido que yo era peligroso.

Siempre supo que me movía entre las sombras, manipulando piezas sobre el tablero con crueldad.

Pero ahora... ahora comprendía que toda esa oscuridad y malevolencia podían convertirse en su más formidable armadura.

—Ya no volverán a molestarte —murmuré, alzando la mano para secar una lágrima rebelde que aún brillaba sobre su mejilla. Mi piel se erizó con el contacto. Era tan suave, tan cálida—. Tu hermana se queda. Su tratamiento está garantizado en la mejor planta que este hospital puede ofrecer.

—¿Por qué hiciste esto? —susurró con la voz entrecortada y los ojos atónitos—. Acabas de declararle la guerra a tu propia madre. Por un contrato falso.

Descendí el rostro hasta el suyo, mezclando nuestras respiraciones. Su perfume, su vulnerabilidad, fundidos con mi enfermiza posesividad, me intoxicaban.

—El contrato es de cara al público, Maya —murmuré sobre sus labios, incapaz de contenerme ni un segundo más—. Eres mía. Y arrasaría con el mundo entero antes de permitir que nadie me arrebate lo que me pertenece.

La besé. No fue un beso suave ni delicado.

Fue una colisión brutal, plagada de dientes, desesperación y posesión.

Y durante un instante oscuro y perfecto, Maya no opuso resistencia.

Sus manos se deslizaron de mi chaqueta hacia mi nuca, enredando los dedos en mi cabello mientras abría la boca para recibirme, rindiéndose ante el demonio al que había jurado odiar.

Había destruido a mi familia para protegerla. Y volvería a hacerlo sin dudarlo. A partir de esta noche, Maya Flores lo sabría de una vez por todas: no era solo una prisionera de mi contrato. Era la reina de mi infierno. Y nadie, jamás, se atrevería a ponerle un dedo encima.