CAPÍTULO 5
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La ciudad allá abajo parecía un mar de estrellas caídas, frías y distantes, pero aquí arriba, en el ático de Julian Sterling, el aire era denso, cargado con el olor a sudor, sexo y arrepentimiento.
Mi espalda desnuda estaba presionada contra las sábanas de seda negra, un contraste brutal con el calor abrasador de su cuerpo que aún se cernía sobre el mío.
El silencio en la enorme habitación resultaba ensordecedor, roto únicamente por nuestra respiración irregular y el leve zumbido del aire acondicionado de última generación.
Debería levantarme. Debería recoger mi ropa barata, ponerme el desgastado uniforme de camarera, pedir un taxi y regresar a mi minúsculo apartamento, donde el alquiler siempre estaba retrasado y el agua caliente era un lujo escaso.
Pero mis piernas temblaban de forma incontrolable, y la mano grande y posesiva de Julian descansaba pesadamente sobre mi cadera desnuda, como un ancla de hierro sujetándome al fondo del océano.
—Estás pensando demasiado, Maya —su voz sonó grave y ronca en la oscuridad, enviando un escalofrío involuntario por mi columna. Era una voz acostumbrada a dar órdenes, a destruir empresas y arruinar vidas antes del desayuno.
Giré el rostro sobre la almohada suave para mirarlo.
En la penumbra, iluminada únicamente por las luces de Chicago que entraban a través de los ventanales de suelo a techo, los ojos de Julian brillaban con una intensidad depredadora, salvaje y hambrienta.
No era solo un multimillonario; era un monstruo disfrazado con trajes a medida, un hombre que compraba lo que deseaba y destruía de manera implacable lo que no podía poseer.
Y me había comprado a mí. Nuestro contrato de matrimonio falso era la prueba irrefutable de ello.
Dos millones de dólares en mi cuenta bancaria a cambio de fingir ser la esposa sumisa y perfecta, de sonreír a las cámaras, saludar en galas benéficas y salvar la reputación manchada del gran director ejecutivo de Sterling Enterprises.
—Estoy pensando en la cláusula cuatro —mi voz sonó más débil, más temblorosa de lo que me habría gustado.
Intenté apartarme del calor de su cuerpo, pero los largos dedos de Julian se clavaron ligeramente en mi piel en una silenciosa advertencia—.
Sin implicación emocional. Sin intimidad real. Sin cruzar los límites.
Julian soltó una risa baja, un sonido sombrío y cruel que vibró contra mi pecho e hizo que mi corazón se acelerara peligrosamente.
Se movió con la agilidad de un felino, girando sobre mí y apresando mis muñecas sobre mi cabeza con una facilidad aterradora.
El peso de su cuerpo musculoso me aplastó contra el colchón de un modo tan delicioso como punitivo.
De pronto, ya no podía respirar. El oxígeno de la habitación le pertenecía a él.
—Los límites quedaron borrados y reducidos a cenizas en el instante en que gemiste mi nombre y me arañaste la espalda, esposa —susurró esa última palabra como si fuera un insulto indecente, rozando sus labios calientes contra la curva sensible de mi cuello, justo sobre mi pulso desbocado.
—Esto ha sido un terrible error —intenté sonar firme, intenté odiarlo con todas mis fuerzas.
Necesitaba odiarlo para sobrevivir a esto.
Era el hombre arrogante que creía que el dinero compraba almas, el hombre que se había burlado de mi trabajo, de mi vida, y me había utilizado como un peón en su enfermizo juego corporativo.
—Mentira —su lengua trazó la línea de mi mandíbula con una lentitud tortuosa, y se me cortó la respiración.
Mi cuerpo entero se estremeció en respuesta a su cercanía—.
Te fascina odiarme a plena luz del día, Maya.
Te encanta mirarme con ese desprecio en tus hermosos ojos y fingir que eres superior.
Pero aquí, en la oscuridad... en mi habitación, en mi cama...
eres exactamente lo que siempre supe que serías. Mía. Completa e irrevocablemente mía.
Mi corazón latía con tal frenesí contra mis costillas que temí que pudiera escucharlo.
La rabia libraba una batalla perdida contra una lujuria oscura y devoradora que me quemaba las venas.
Me revolví bajo su agarre implacable, en un intento inútil por recuperar algo de control, pero aquello solo sirvió para frotar nuestros cuerpos desnudos el uno contra el otro.
La fricción envió una oleada de calor directa a mi centro.
Julian gruñó, un sonido gutural, casi animal, que hizo que mis muslos se apretaran de forma instintiva.
—Suéltame, Julian. Rompimos las reglas. El contrato...
—¡Al diablo con el maldito contrato! —rugió de pronto, perdiendo la paciencia.
Me soltó las muñecas solo para sujetar mi rostro con ambas manos; sus pulgares presionaron mis mejillas con la fuerza suficiente para obligarme a clavar la vista en sus ojos tormentosos—.
Ese pedazo inútil de papel dice que eres mi esposa ante la ley y la sociedad.
Dice que eres un activo en mi cartera. Pero ¿lo que ocurrió en esta cama hace media hora?
¿Los sonidos indecentes que emitiste mientras te partía por la mitad?
Eso dice que eres mía de cuerpo y alma, Maya.
—Jamás seré tuya —escupí las palabras sobre su rostro, con los ojos anegados en lágrimas de frustración, aunque mi cuerpo traicionaba mi mente de manera vergonzosa, arqueándose en busca de mayor contacto—.
No soy más que una miserable camarera que compraste para limpiar tu imagen.
No soy uno de tus juguetes corporativos.
Los ojos de Julian se oscurecieron, mientras una tormenta de furia y deseo posesivo se arremolinaba en sus iris grises.
Él no aceptaba el rechazo. No aceptaba un no por respuesta.
Lentamente, como una amenaza calculada, deslizó una mano por mi abdomen, descendiendo hasta aferrar mi muslo, levantando mi pierna y forzándola a rodear su cintura estrecha.
La intimidad de la postura me dejó expuesta, vulnerable a su caricia ardiente.
—Te encanta fingir que eres fuerte, ¿verdad?
—su voz era seda mezclada con veneno—. Te encanta fingir que eres pura, que no deseas la suciedad, el peligro y el caos que traigo a tu vida perfecta y aburrida —su pulgar rozó con deliberación mi centro húmedo, hinchado y palpitante.
Un sonido estrangulado, una mezcla patética de sollozo y gemido, escapó de mis labios trémulos.
Él sonrió. Fue una sonrisa cruel, deslumbrante y letal—.
Pero mírate, Maya. Tan empapada. Temblando por mí.
Rogando en silencio por un hombre al que aseguras odiar con cada fibra de tu ser.
—Te odio —susurré la mentira con todas mis fuerzas, incluso cuando hundió dos dedos dentro de mí con una embestida brutal y sin previo aviso.
Mi espalda se arqueó despegándose del colchón como un arco tenso, y un grito agudo de puro placer desgarró mi garganta.
—Ódiame. Puedes odiarme todo lo que quieras —susurró Julian en respuesta, con su aliento caliente golpeando mi boca entreabierta, mientras el ritmo de sus dedos se volvía rápido, despiadado y exigente—.
Pero vas a correrte para mí otra vez. Gritarás mi nombre hasta quedarte sin voz y me suplicarás que no me detenga.
Intenté resistirme. Intenté cerrar los ojos y apartarme de la avalancha de sensaciones que él provocaba en mi cuerpo inexperto, pero Julian Sterling era una fuerza de la naturaleza imposible de contener.
Con cada embestida de sus dedos, con cada palabra sucia y dominante que susurraba en mi oído, mis defensas de papel se desmoronaban.
La cruel verdad era que me había vuelto adicta al dolor y al placer que me otorgaba.
El odio absoluto que sentía hacia su arrogancia se fundía a la perfección con la lujuria, creando un fuego negro y tóxico que me consumía viva.
—Julian... por favor... —mi orgullo se había desvanecido, sustituido por una necesidad desesperada y primitiva.
—¿Por favor qué, esposa mía? —provocó, reduciendo el ritmo con crueldad tan solo para torturarme, dejándome al borde del abismo—. Dímelo. Dime qué quieres de la boca del monstruo que te compró.
—A ti —la confesión me fue arrancada como un sucio secreto. Lágrimas calientes resbalaron por los laterales de mi rostro—. Te quiero a ti.
Con un gruñido de pura victoria, retiró los dedos y se posicionó sobre mí.
El impacto de su cuerpo desnudo y rígido penetrándome de nuevo, llenando cada espacio vacío, me hizo ver estrellas.
Julian me sujetó las caderas con fuerza aplastante, imponiendo un ritmo salvaje y castigador que no dejaba lugar para pensamientos, dudas ni contratos.
Ya no éramos el multimillonario intocable y la camarera endeudada.
Solo éramos dos seres humanos rotos, colisionando en la oscuridad, intentando con desesperación arrancar algo real de aquella mentira que habíamos creado.
—Mírame —ordenó en medio del acto, con su frente sudorosa pegada a la mía y los ojos grises ardiendo en llamas.
Abrí mis párpados pesados para sostenerle la mirada.
La máscara de control impecable de Julian estaba hecha añicos, revelando una vulnerabilidad posesiva que me aterrorizó—.
Podría tener a cualquier mujer de este maldito país, Maya.
A cualquier heredera, a cualquier modelo dispuesta a besar el suelo que piso.
Pero eres tú. Eres tú quien me quita el puto sueño.
Eres tú quien hace que quiera destruir el mundo entero solo para mantenerte encerrada aquí arriba conmigo.
Sus palabras me golpearon con la fuerza de un huracán.
No era una declaración de amor; era una declaración de posesión, una obsesión retorcida y peligrosa.
¿Y lo más aterrador de todo? La parte más oscura de mi alma recibió esa obsesión con los brazos abiertos.
Lo deseaba. Deseaba sus sombras, su maldad, su pasión enfermiza.
El clímax me embistió como un tren a toda velocidad, quebrando mi mente en mil pedazos mientras violentos espasmos se apoderaban de mi cuerpo.
Grité su nombre, clavando las uñas en su ancha espalda hasta hacerle sangrar, marcándolo del mismo modo en que él me había marcado a mí.
Julian se corrió segundos después, con un rugido ahogado contra mi cuello, desplomándose sobre mí con todo su peso.
Permanecimos allí en la oscuridad, enredados en sudor y secretos inconfesables, mientras el amanecer amenazaba con colarse por las ventanas y traer la realidad de regreso.
La cláusula cuatro estaba muerta. Nuestro contrato no era más que cenizas figuradas.
El problema ya no era lo que la sociedad pensara de nosotros; el problema era que, en el perverso juego que Julian había concebido, yo ya no sabía quién era la presa y quién el cazador.
Y, peor aún, sabía que jamás lograría marcharme.
Había comprado mi vida por dos millones de dólares, pero aquella noche, en la penumbra de su ático, me había robado el alma gratis.