El Contrato de Escándalo CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

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El reflejo en el espejo no parecía pertenecerme.

La mujer que me devolvía la mirada estaba envuelta en seda verde esmeralda; la tela se ceñía a mis curvas como una segunda piel y caía en cascada hasta el suelo de mármol del ático de Julian Sterling.

El escote era audaz, revelando mucho más de lo que jamás me habría atrevido a insinuar bajo mi viejo uniforme manchado de café.

Diamantes fríos y pesados descansaban sobre mi clavícula: una gargantilla fastuosa que le gritaba al mundo entero a quién pertenecía.

Ya no era Maya Flores, la camarera que luchaba contra el reloj y unos intereses demenciales para pagar las facturas médicas de su hermana. Esta noche, yo era el trofeo más reciente y reluciente de Julian. La futura señora Sterling. Un fraude consumado.

Cerré los ojos; el pitido incesante de los monitores en la habitación de hospital de Sofia martilleaba en mi cabeza. Era por ella. Todo esto era por ella. El contrato firmado, mi alma vendida a este demonio de traje a medida... todo valdría la pena si Sofia lograba sobrevivir.

La puerta se abrió sin previo aviso. Abrí los ojos de golpe y me topé con los suyos a través del espejo.

Julian.

Aguardaba inmóvil en el umbral, con una postura de absoluta rigidez y las manos hundidas en los bolsillos del pantalón negro.

El esmoquin, cortado con exactitud quirúrgica, lo hacía lucir aún más imponente, más letal.

Sus ojos oscuros, cual océano de hielo negro, me recorrieron de la cabeza a los pies.

No había calidez en ellos, solo una posesividad fría y calculadora.

—Estás aceptable —murmuró, y su timbre grave resonó por la inmensa habitación.

—¿Aceptable? —repliqué, girándome para encararlo con la barbilla en alto. Me negaba a encogerme—. Por la fortuna que pagaste por este vestido, esperaba como mínimo un «deslumbrante».

La sombra de una sonrisa asomó en la comisura de sus labios, pero no alcanzó sus ojos. Dio un paso al frente, devorando la distancia que nos separaba como un depredador que acorrala a su presa. Su fragancia —bergamota, cuero y poder absoluto— avasalló mis sentidos.

—El vestido es deslumbrante, Maya. Tú... —Levantó la mano, rozando con sus dedos gélidos la línea de mi mandíbula y enviando una sacudida involuntaria por mi espalda—. Tú eres la inversión que estoy a punto de exhibir ante los lobos. Procura que no te devoren.

—Llevo años lidiando con clientes repugnantes, Julian. No me asustan unos cuantos ricachones de corbata.

Su gesto se ensombreció de inmediato y dejó caer la mano a un costado.

—La alta sociedad no se parece a los idiotas ebrios de tu cafetería. Ellos no gritan. Sonríen, te ofrecen champán y te destruyen a base de susurros. Recuerda las cláusulas del contrato: sonríes, asientes y, por encima de todo, eres mía.

La palabra «mía» retumbó en el vacío de la alcoba. Tragué saliva y asentí una única vez.

El trayecto en la limusina transcurrió en sepulcral silencio.

La ciudad de Nueva York desfilaba como un borrón a través de los cristales ahumados, pero la tensión en el habitáculo era tan densa que podía cortarse con un cuchillo.

Cuando por fin nos detuvimos frente al Hotel Plaza, el fulgor de los flashes de la prensa me dejó momentáneamente ciega.

Julian descendió primero. Se abrochó la chaqueta con semblante esculpido en puro granito. Luego, me tendió la mano. Vacilé una fracción de segundo antes de entrelazar la mía con la suya. Sus dedos me apretaron con una fuerza inquebrantable, arrastrándome hacia aquel mar de reflectores.

—Sonríe, cariño —susurró junto a mi oído; sus labios me rozaron la piel, proyectando ante las cámaras la estampa inmejorable de un romance idílico—. Hazles creer que estoy loco por ti.

Forcé una sonrisa radiante, aferrándome a su brazo como si fuera mi única tabla de salvación en medio del naufragio.

El salón de baile constituía un despliegue de opulencia ridícula.

Candelabros de cristal monumentales derramaban luz dorada sobre la aristocracia de la ciudad.

Mujeres enfundadas en vestidos que superaban con creces el valor de la casa de mis padres; hombres discutiendo adquisiciones corporativas multimillonarias con la misma indiferencia con la que hablarían del clima.

Sentí un nudo atenazándome la garganta. Yo no era más que una impostora, y temía que en cualquier instante descubrieran el rastro de miseria y angustia que intentaba ocultar tras un perfume carísimo.

No habían transcurrido ni diez minutos cuando un senador interceptó a Julian. Me dirigió una mirada de advertencia antes de alejarse un par de pasos, abandonándome junto a la barra de hielo.

Fue en ese instante cuando los buitres se abalanzaron.

Dos mujeres acortaron la distancia. Las identifiqué al instante gracias al dossier que Julian me había obligado a memorizar: Eleanor Sterling, la matriarca del clan, y Beatrice, la hermana menor.

Ambas compartían los mismos rasgos aristocráticos y gélidos de Julian, pero desprovistas por completo de su magnetismo oscuro.

—De modo que es verdad. Julian por fin saca a la luz su pequeña obra de caridad. —Eleanor sonrió, tensando sus labios carmesí con una crueldad manifiesta. Sostenía la copa de champán con la sutil elegancia de una víbora preparando el mordisco.

—Buenas noches, señora Sterling. Beatrice. —Intenté mantener la compostura.

Beatrice soltó una risa seca, barriendo mi vestido con la mirada de arriba abajo.

—Le advertí a Julian que enfundar a una camarera en Givenchy era un desacierto garrafal. Es igual que ponerle un collar de diamantes a un perro callejero: por más que lo laves, el hedor del arroyo no se quita jamás.

La sangre me hirvió en las venas. Apreté los puños a los costados, clavándome las uñas en las palmas para reprimir el impulso de estamparle mi copa en su rostro engreído.

—Puede que haya servido mesas, Beatrice —respondí, esbozando una sonrisa almibarada—, pero al menos sé ganarme el sustento con mi propio esfuerzo, en lugar de vegetar a expensas de la tarjeta de crédito de papá.

El gesto burlón de Eleanor se extinguió en el acto.

—Tienes la lengua demasiado afilada para no ser más que un juguete desechable.

¿De verdad supones que mi hijo siente algo por ti?

Sabemos perfectamente lo de tu hermanita desahuciada.

Conocemos tus deudas al milímetro. Eres patética.

Tan pronto como él se hastíe de esta farsa, regresarás al basurero del que saliste, y tu hermana...

bueno, los hospitales públicos siempre guardan sitio para los despojos de la sociedad.

La alusión a Sofia me cayó como un puñetazo en el estómago. La vista se me nubló. Tomé aire para contraatacar, pero una presencia colosal e implacable se materializó a mi espalda.

Una mano grande y cálida se plantó con firmeza en la base de mi columna.

—¿Existe algún inconveniente aquí, madre? —La voz de Julian brotó en un tono grave, tan pausada que asemejaba un ronroneo; sin embargo, encerraba la misma letalidad que un gatillo a punto de ser apretado.

Eleanor se puso rígida y recompuso su postura.

—Solo estábamos conociendo a tu... prometida, Julian. Intentando comprender qué fue lo que viste en ella.

Julian no sonrió. No aflojó un solo músculo. Avanzó un paso y me resguardó con sutileza tras su cuerpo, convirtiéndose en una muralla impenetrable.

—Lo que yo haya visto en ella, Eleanor, no es de tu maldita incumbencia.

Pero les voy a dejar una cosa sumamente clara, tanto a ti como a Beatrice.

—Julian entrecerró los ojos, clavándolos en su hermana, quien de pronto encontró fascinante la alfombra bajo sus pies—.

Maya es mi prometida. Tiene mi apellido, mi protección incondicional y mi dinero.

—Julian, no exageres, nosotras solo... —intentó excusarse Eleanor.

—Si vuelvo a oír una sola palabra despectiva salir de tu boca, si me entero de que osas mirarla de nuevo con desdén...

—Julian amortiguó la voz hasta convertirla en un susurro reservado únicamente para nosotros cuatro—.

Liquidaré de inmediato tu fondo de retiro.

Suprimiré la asignación económica de Beatrice y compraré el banco que custodia la hipoteca de tu residencia en los Hamptons, solo por el placer de desalojarte y dejarte en la calle. ¿He sido claro?

La faz de Eleanor se tornó pálida como la cera. Beatrice contuvo el aliento, retrocediendo un paso.

—No te atreverías. Eres un Sterling —siseó Eleanor.

—Pruébame. —Julian ladeó la cabeza, y sus pupilas destellaron con una promesa siniestra—. Y comprueba lo poco que significa para mí el ilustre apellido Sterling. Ahora, salgan de mi vista. Están arruinando la velada de mi futura esposa.

La matriarca y su hija dieron media vuelta, doblegadas, y se desvanecieron entre la multitud.

Las piernas me flaqueaban. Me apoyé en la barra, pugnando por llenar de aire los pulmones.

Julian se giró hacia mí. La cólera aún ensombrecía sus facciones, pero al cruzarse su mirada con la mía, algo se transformó en su interior. La penumbra dio paso a una intensidad ardiente.

Tomó mi barbilla con los dedos, obligándome a sostenerle la mirada. Su pulgar rozó suavemente mi labio inferior.

—Nadie tiene permitido hablarte de esa manera. Nadie, Maya. Ni siquiera mi familia. Muy en especial mi familia.

—No tenías por qué intervenir —susurré, con la voz vacilante—. Sé defenderme sola.

—No tienes necesidad de hacerlo. —Me soltó la barbilla y me tomó de la mano, conduciéndome hacia el centro de la pista de baile—. Me perteneces. Y destruiré a cualquiera que intente rozar lo que es mío.

Cuando comenzaron a sonar los primeros acordes de una melodía lenta, deslizó sus brazos alrededor de mi cintura y me estrechó con fuerza contra su pecho de acero. Nuestros cuerpos quedaron sellados, y pude percibir los latidos acompasados y firmes de su corazón.

—Tan solo no olvides una cosa, Julian —murmuré contra la solapa de su esmoquin—. Solo soy tuya en el papel.

Inclinó la cabeza y sus labios rozaron la comisura de mi cuello, desatando una oleada de estremecimientos por toda mi piel.

—Ya lo veremos, mi pequeña camarera. Ya lo veremos.