El Contrato de Escándalo CAPÍTULO 2 - JULIAN
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CAPÍTULO 2 - JULIAN

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El silencio de mi ático no transmitía paz.

Era opresivo, concebido minuciosamente con ese propósito.

Ciento veinte pisos por encima de Manhattan, mi ático brutalista de hormigón, cristal ahumado y acero constituía la representación tangible de lo que yo era: impenetrable, frío, suspendido por encima de la inmundicia y la hipocresía que administraba a diario.

La lluvia golpeaba los ventanales de piso a techo. Yo permanecía de pie frente al cristal, con un vaso de bourbon escocés en la mano, contemplando las luces difusas y distorsionadas de la ciudad. No sentía nada. Hacía ya mucho tiempo que la apatía se había convertido en mi armadura.

Hasta esta noche.

Hasta verla a ella.

Maya Flores. Su nombre resonaba en mi mente como un veneno de efecto retardado.

Cuando la observé en el restaurante, despedazando el ego patético de mi medio hermano con precisión quirúrgica y una mirada implacable, experimenté algo que creía extinto: curiosidad.

Un interés teñido de sadismo. Era pobre, estaba desesperada y rodeada de lobos; aun así, sus ojos...

esos ojos almendrados y fieros ardían con una dignidad que todo el dinero de mi dinastía jamás podría comprar.

Mi padre, el gran patriarca Richard Sterling, llevaba seis meses presionándome.

«Cásate, Julian. Una alianza estratégica con los Vanderbilt o los DuPont.

Tienes que suavizar tu imagen pública, demostrarles a los accionistas que eres un hombre de familia y no únicamente una máquina despiadada de fusiones y adquisiciones. »

Yo no era un hombre de familia. Mi familia era un nido de víboras parásitas.

Arthur dilapidaba millones en banalidades, y mi padre encubría cada escándalo con la fortuna que yo amasaba.

Levanté el imperio contemporáneo de Sterling Enterprises con mis propias manos, manchándolas de sangre y triturando vidas para posicionar a la compañía en la cumbre del poder financiero global.

Y ahora pretendían ponerme una correa de perlas, arrastrándome a un matrimonio insípido solo para ratificar mi estatus de director ejecutivo vitalicio.

Jamás. Jugaría a su juego, pero bajo mis propios términos.

Y Maya Flores se convertiría en mi arma de destrucción masiva.

Era la ofensa perfecta. Una camarera de Brooklyn, asfixiada por deudas médicas.

Una mujer indómita y vulnerable, ajena por completo a los modales refinados de la alta alcurnia.

Presentarla como mi esposa en una cena de gala le provocaría un infarto a mi padre y haría tambalear a toda la junta. La utilizaría para aplastarlos.

Sin embargo, existía un conflicto que me negaba a admitir en voz alta: la deseaba.

La forma en que se mordió el labio inferior antes de hacerme frente en el callejón anegado por la lluvia.

El modo en que su respiración se entrecortó y su pulso latió en un frenesí salvaje contra la suavidad de su garganta cuando acorté la distancia.

Estaba aterrorizada, pero no dio un solo paso atrás.

No soy un hombre compasivo, y la perspectiva de doblegar semejante resistencia, de despojarla de cada muralla de rebeldía que guardaba, despertaba una hoguera oscura en mis venas.

El rumor amortiguado del ascensor privado al abrirse interrumpió la quietud de la residencia.

Me giré sin prisas. Liam, mi asistente, aguardaba de pie en el vestíbulo. Detrás de él, estaba ella.

Maya venía empapada. El agua resbalaba de su abrigo raído, manchando el mármol italiano negro, y temblaba levemente.

Se veía diminuta en aquel espacio monumental y hostil; sin embargo, conservaba una postura defensiva, afilada como el filo de una navaja.

Inspeccionaba el entorno, no con la admiración deslumbrada que solían exhibir las mujeres que traía aquí, sino con desconfianza y un juicio severo.

—Señor —anunció Liam con una inclinación respetuosa—, la señorita Flores.

—Puedes retirarte, Liam —ordené, con un hilo de voz seco y desapasionado—. Déjanos a solas.

Liam asintió y retrocedió hacia el ascensor. Las compuertas se cerraron con un chasquido metálico semejante al cerrojo de una jaula.

El silencio cayó plomizo entre nosotros. Di un trago a mi licor, escuchando el hielo repicar contra el cristal, y avancé despacio hacia ella. Cada una de mis zancadas era calculada, depredadora. No pretendía ahuyentarla hasta provocar su huida; quería retenerla justo donde estaba.

—Tu apartamento parece la guarida de un villano de cine —soltó ella, cruzándose de brazos en un intento inútil por ocultar el temblor de sus dedos.

Una media sonrisa torció mis labios.—Porque lo es. Quítate ese abrigo empapado antes de que estropees el suelo. Vale bastante más que el piso donde vives.

Observé cómo tensaba la mandíbula. Maya entrecerró los ojos, combatiendo las ganas de insultarme.

Pero la desesperación pesaba más. La vida de su hermana pendía de un hilo, y ambos sabíamos perfectamente quién sostenía las riendas.

Se despojó del abrigo empapado, dejando al descubierto el uniforme arrugado del restaurante.

Tenía la piel helada. El contorno de sus senos se insinuaba sutilmente bajo la blusa blanca y húmeda; me obligué a mantener la mirada fija en su rostro.

Caminé hacia el sofá de cuero negro y tomé el contrato. Una carpeta pesada, encuadernada en piel, con cuarenta páginas de cláusulas legales infranqueables. La arrojé sobre la mesa de centro de mármol macizo.

—Siéntate —le ordené.

Vaciló unos segundos, pero avanzó; sus zapatos mojados dejaban un rumor tenue a cada paso. No tomó asiento. Permaneció erguida, observando el expediente como si se tratara de una granada lista para estallar.

—Léelo —le indiqué mientras me servía otro trago—.

O no lo hagas. El fondo del asunto es elemental: serás la señora Julian Sterling por un lapso mínimo de dos años.

Vivirás bajo este techo. Asistirás a todos los actos públicos que yo determine.

Te comportarás como mi esposa. A cambio, la totalidad de los gastos médicos de Sofia Flores correrán por cuenta de la Sterling Medical Foundation, bajo estricto anonimato.

Maya abrió la carpeta con lentitud. Recorrió la primera página con la mirada.

—¿Y las condiciones... privadas? —La voz le tembló ligeramente al pronunciar esa palabra, y la vulnerabilidad implícita resultó casi estimulante.

Di un paso hacia ella. Tan cerca que sentí la humedad de la lluvia adherida a su figura y el calor palpitante de su piel frente al aire gélido de la climatización.

—El contrato estipula que me pertenecerás, Maya.

En todos los ámbitos legales y de cara a la sociedad.

Sin embargo, no exigiré tu cuerpo. —Mentira.

Lo exigiría, pero únicamente cuando fuera ella quien suplicara que la tomara—.

No habrá intimidad forzada. Pero nos verán juntos.

Seremos convincentes. No tolero sentimentalismos.

No quiero dramas emocionales. Yo soy un agujero negro, y tú apenas una luz pasajera que he alquilado.

No te enamorarás de mí, y yo no sentiré absolutamente nada por ti.

Maya despegó los ojos del documento. Aquellos iris oscuros y rebeldes colisionaron con la frialdad de los míos. La distancia entre ambos era insignificante. Su aroma natural, dulce y puro, rivalizaba con mi colonia de notas amaderadas y cuero.

—No tienes de qué preocuparte, Sterling —replicó con firmeza, pese a que su respiración era agitada—. Preferiría besar un cactus antes que enamorarme de un sociópata mimado que utiliza vidas humanas para fastidiar a su padre.

Su audacia me resultó embriagadora. No pude contenerme.

Alcé la mano y, apresando su barbilla entre el pulgar y el índice, sujeté su rostro.

El contacto fue posesivo, eléctrico. Intentó apartarse, pero no se lo permití.

Apreté lo suficiente para recordarle quién ejercía el dominio, forzándola a sostener mi mirada.

—Cuidado con esa lengua viperina, pajarillo —susurré, percibiendo su pulso desenfrenado bajo mis yemas—.

Todavía no dimensionas la clase de monstruo con quien estás cerrando este pacto.

Yo no soy mi padre. No soy Arthur. Si pretendes engañarme, o si incumples una sola de tus partes, destruiré tu vida con tal meticulosidad que añorarás la miseria.

Su mirada centelleó de rabia y desafío, aun cuando mis dedos mantenían apresado su rostro.—¿Dónde firmo? —exigió sofocada, valiéndose de la cólera como un escudo ante el pánico.

Le solté la barbilla con brusquedad, extraje una estilográfica de platino del bolsillo interior de mi chaqueta y se la tendí.

—Justo aquí, Maya.

Tomó la pluma. Sus manos ya no temblaban. Con trazos enérgicos y coléricos, estampó su firma al pie del contrato.

No sabía, ni tenía forma de intuir, que en el instante exacto en que la tinta rozó el papel acababa de sellar su propia condena. Le aseguré que no buscaba sentimientos. Y era verdad. No obstante, la poseería. Derribaría cada una de sus murallas y la moldearía de nuevo exclusivamente para mí.

Maya Flores ahora era mi esposa. Y yo me encargaría de ser su perdición.