Capítulo 18 — Madrid
Me desperté cuando llamaron al embarque, que era lo que esperaba que pasara y lo que pasó: el altavoz con el número de vuelo y la puerta y la llamada a los pasajeros con movilidad reducida primero y luego al resto por zonas, y yo en la silla de plástico duro con la marca de la silla en la mejilla y cuatro horas menos de sueño acumulado de lo que necesitaba pero más de lo que tenía antes de sentarme.
Me incorporé. Me incorporé con el cuerpo en el estado en que estaba el cuerpo, que era el estado de siempre más una noche en un matorral más la picadura de garrapata más el suelo del matorral en las costillas y en la espalda, y el movimiento de incorporarse desde una silla de plástico de aeropuerto producía una variedad específica de crujidos que en otro tiempo me habrían parecido alarmantes y que ahora me parecían simplemente el inventario sonoro de los cuarenta y dos años distribuidos de manera desigual que ya tenía catalogados.
Cogí la bolsa de viaje imaginaria, ya que si alguien la hubiera encontrado y la hubiera abierto, mi cansancio habría dejado inconsciente a toda la terminal.
Fui a la puerta de embarque. Boarding pass en el teléfono.
El auxiliar lo escaneó con la indiferencia de quien escanea boarding passes durante ocho horas diarias y para quien cada pasajero es una variación menor del mismo proceso.
Me miró una fracción de segundo más de lo habitual, que era la mirada de quien registra que algo no encaja del todo en el cuadro general pero que no tiene ni el tiempo ni el mandato de investigar qué es exactamente lo que no encaja.
Pasé.
El avión olía.
No a suciedad exactamente, sino a algo más específico: la acumulación de personas en un espacio cerrado durante suficientes vuelos como para que los sistemas de ventilación, por eficientes que fueran, no pudieran evacuar completamente lo que quedaba de cada uno.
Un olor de humanidad en tránsito, con notas de café de máquina y plástico caliente y ese producto que usan para limpiar los aviones entre vuelo y vuelo que huele a limpio de manera tan insistente que acaba oliendo a lo contrario.
Yo contribuía al olor general. Era consciente de ello con la consciencia específica de quien lleva la misma ropa desde ayer, ha pasado la noche en un matorral, ha sudado en el calor de Mallorca sin acceso a ningún tipo de instalación sanitaria más allá del baño del aeropuerto, y que ahora va a pasar dos horas en un tubo presurizado con noventa personas que no han hecho ninguna de esas cosas.
El asiento era el 14C, pasillo, que era el asiento que siempre elegía cuando podía elegir porque en los asientos de pasillo las piernas tienen al menos la opción de salir al pasillo cuando el espacio disponible deja de ser suficiente, que en mi caso era un problema más inmediato que para la media de los pasajeros.
El del 14A, ventana, era un hombre de unos cuarenta con un traje de verano claro que tenía el aspecto de alguien que vuelve de una reunión de negocios en Mallorca en mayo, que es el tipo de persona que va a Mallorca en mayo por razones que no tienen nada que ver con la playa y que por tanto tiene una relación diferente con la isla que la mayoría de la gente que va.
Lo miré. Me miró. El 14B, entre los dos, estaba vacío, que era el regalo habitual de los vuelos de entre semana en temporada media: el asiento del medio sin ocupar.
El del 14A evaluó lo que tenía a su lado.
Lo que tenía a su lado era un hombre muy grande con ropa sucia y que había pasado la noche en un matorral y que olía en consecuencia.
El del 14A procesó esto en silencio, con la discreción profesional de quien ha aprendido que en los aviones hay que coexistir con lo que hay y que la alternativa a la coexistencia pacífica es dos horas de incomodidad activa que tampoco resuelven nada.
Sacó el portátil. Empezó a trabajar. Bien.
El avión se llenó con la lentitud de los aviones que se llenan, que es una lentitud que tiene sus propios ritmos: el flujo de pasajeros por el pasillo central con sus maletas de cabina que no caben en los compartimentos superiores y que producen esa danza específica de intentarlo y no conseguirlo y volver a intentarlo, los que van a los asientos del fondo y tienen que pasar por encima de los que ya están sentados en los asientos intermedios, los que buscan su fila durante un tiempo que parece excesivo para el número de dígitos que tiene el número de fila.
Los bebés. Había tres bebés en el vuelo, distribuidos estratégicamente por la cabina como si alguien los hubiera colocado deliberadamente para maximizar la cobertura acústica.
Uno delante, cerca de la cabina de la tripulación, que era el que más lloraba.
Uno en el centro, que lloraba de manera intermitente con la irregularidad de quien todavía no ha establecido un patrón estable.
Uno detrás de mí, directamente detrás, que todavía no lloraba pero que tenía el aspecto de estar evaluando la situación antes de tomar una decisión al respecto.
El avión rodó hacia la pista. Los motores subieron de tono con esa progresión que en otro tiempo, cuando volaba con frecuencia, me había resultado indiferente y que ahora, después de años sin volar con regularidad, producía una respuesta física pequeña pero presente: algo en el pecho que se tensaba levemente con el aumento de los motores y que se relajaba cuando el avión se estabilizaba en altitud de crucero.
No era miedo exactamente. Era el cuerpo registrando que estaba en una situación que no controlaba, que era exactamente lo que era.
Despegamos.
El bebé de delante empezó a llorar cuando las ruedas dejaron el asfalto, con ese llanto de bebé que no tiene modulación ni pausa ni consideración por el entorno acústico, un llanto continuo y sin negociación que llenó la cabina con una eficiencia que los sistemas de sonido del avión no habrían podido mejorar.
El del centro se sumó cuando alcanzamos los tres mil metros, con su llanto intermitente que en el contexto del llanto continuo del de delante adquiría un carácter casi percusivo.
El de detrás terminó de evaluar la situación a los cuatro mil metros y llegó a la conclusión de que lo que hacían los otros dos era lo correcto.
Tres bebés. Dos horas. El olor acumulado de la cabina.
El asiento de plástico con el mismo nivel de ergonomía que la silla del aeropuerto pero con menos espacio para las piernas.
El del 14A trabajando en su portátil con la concentración de quien ha decidido no existir en este vuelo más allá de su pantalla.
Pensé en la posibilidad de que el avión se estrellara.
No de manera angustiada sino evaluativa, con la misma frialdad con que pensaba en otras posibilidades: si el avión se estrellara, noventa y cuatro personas dejarían de existir al mismo tiempo, lo cual era estadísticamente improbable en un Airbus A320 bien mantenido pero no imposible, y la diferencia entre improbable e imposible era exactamente la diferencia que importaba en estas cosas.
Pensé en qué pasaría con el ático de Lavapiés, con el dinero en los tres sitios, con Connor y su tesis sobre Wittgenstein y sus costillas fisuradas.
Pensé en Oksana esperando en el altillo con sus pechos que eran lo que eran.
Dejé de pensar en el avión estrellándose.
Las turbulencias llegaron a mitad del vuelo, sobre el Mediterráneo, con esa sacudida que los aviones hacen cuando el aire tiene capas de temperatura diferente y las alas tienen que negociar el paso entre ellas.
El avión bajó un momento y luego subió, con ese movimiento de ascensor que produce en el estómago algo entre la ingravidez y la incomodidad.
El del 14A dejó de escribir en el portátil y miró la pantalla del asiento delantero con una concentración que ya no era trabajo sino lo que hacen las personas que tienen miedo a volar cuando hay turbulencias y que no quieren que se note que tienen miedo a volar.
Los bebés redoblaron.
Yo miré el techo del avión.
Pensé en todo lo que había en ese avión: noventa y cuatro personas con sus vidas y sus destinos y sus problemas y sus razones para ir a Madrid o para volver de Mallorca o para estar en este vuelo específico a esta hora específica.
El del 14A con su portátil y su miedo discreto a las turbulencias.
Las familias con los bebés que lloraban sin intención de ofender sino simplemente porque el cambio de presión les molestaba en los oídos de una manera que no podían articular de otra forma.
La azafata que apareció en el pasillo con el carrito de bebidas con la compostura profesional de quien ha visto suficientes turbulencias como para que las turbulencias sean simplemente parte del trabajo.
La azafata.
Era alta, con el pelo recogido y el uniforme de Vueling, que era naranja y que en ella producía el efecto de los uniformes en las personas que los llevan bien: no que el uniforme mejorara a la persona sino que la persona mejorara al uniforme.
Tenía una manera de moverse por el pasillo durante las turbulencias que era la manera de quien ha aprendido exactamente cómo distribuir el peso para que el movimiento del avión no lo distribuya él.
Eficiente. Competente. Y debajo del uniforme naranja, con esa evidencia que tienen ciertas cosas que no requieren análisis sino simplemente registro, una delantera que habría merecido atención en cualquier contexto y que en el contexto del vuelo IB3456 de Palma a Madrid era la única razón por la que los dos siguientes minutos resultaron interesantes.
El carrito pasó. La azafata preguntó qué queríamos beber. Pedí agua. El del 14A pidió un Coca-Cola con la voz de quien ha vuelto del borde del miedo discreto y necesita hacer algo normal. La azafata abrió las latas y sirvió con la eficiencia de siempre y siguió por el pasillo.
La miré alejarse.
Pensé que el mundo seguía teniendo cosas que valía la pena ver, que era la segunda vez que pensaba eso en menos de doce horas y que las dos veces el pensamiento había llegado de la misma dirección, que era probablemente un patrón con información contenida que no iba a analizar demasiado porque el análisis de los patrones que funcionan tiende a interrumpir el funcionamiento.
Las turbulencias cedieron. Los bebés cedieron, primero el de delante, luego los otros dos, con esa rendición gradual del llanto que tiene su propia lógica interna y que termina cuando termina sin que nadie sepa exactamente por qué.
El del 14A volvió al portátil. El avión siguió hacia el norte sobre el Mediterráneo azul que desde aquí arriba sí era azul, el azul correcto, el azul que Mallorca prometía desde abajo y que solo existía desde una altitud suficiente para que la suciedad y el polvo y la contaminación quedaran debajo.
Cerré los ojos.
No dormí. Estuve en ese estado intermedio que no es sueño ni vigilia sino el espacio entre los dos donde el cuerpo descansa sin que la mente lo haga del todo, y en ese espacio estuvieron durante un rato las imágenes de los últimos días sin orden y sin narrativa: el colchón del desierto, el altillo de Connor con el hornillo encendido, el Brillante con Borya y su brandy, el parking del Globo Azul y el traje blanco cayendo, la garrapata en el muslo, el montículo de tierra junto a la cantina de empleados, Oksana en la escalerilla a las nueve de la mañana con lo que llevaba puesto que era las bragas y nada más.
La mente se quedó un rato en la última imagen porque era la más agradable de las disponibles, que era una observación que no requería más análisis del que ya tenía.
Aterrizamos en Madrid a las catorce horas y cincuenta y dos minutos, con doce minutos de retraso, que en términos de Iberia era puntualidad y en términos absolutos era lo que era.
El descenso sobre Madrid produjo la vista de Madrid que produce el descenso sobre Madrid: la mancha gris-beige de la ciudad extendiéndose en todas las direcciones hasta donde alcanzaba la vista, sin bordes claros, sin el punto en que Madrid decidía ser otra cosa, simplemente Madrid hasta que dejaba de ser Madrid sin avisar.
Nadie aplaudió al aterrizar, que era la primera diferencia notable respecto al vuelo de ida.
Salí el undécimo, que era lo que le correspondía al 14C, y caminé por el finger hacia la terminal con la bolsa imaginaria llena de cansancio en el hombro y los cuarenta y dos años distribuidos de manera desigual y la picadura de garrapata en el muslo y sin chaqueta y con el olor acumulado de lo que llevaba encima desde ayer, y Madrid afuera con su temperatura de mayo que era calor pero no el calor de Mallorca, no el calor implacable y sin negociación del Mediterráneo, sino el calor seco y urbano de una ciudad grande que sabe ser calurosa con más distancia.
Cogí la línea 8 del metro en la T4. El metro olía a metro, que es el olor de todos los metros del mundo con variaciones locales, y la gente en el metro miraba sus teléfonos con la concentración de siempre y nadie me miró con más atención de la que el cuerpo dedica automáticamente a evaluar el entorno sin procesar el resultado.
Nadie me evaluó. Nadie vio nada que requiriera más de la atención periférica disponible.
Llegué a Lavapiés a las cuatro menos diez de la tarde.
Caminé las tres calles de siempre hasta el edificio.
El olor a col hervida en las escaleras, exactamente igual que siempre, con esa fidelidad a sí mismo que era la única constante del edificio.
Subí los cuatro pisos a pie porque el ascensor seguía roto y el propietario de Albacete seguía sin repararlo y eso también era exactamente igual que siempre.
Abrí la puerta con la llave.
El ático olía a café y a Fortuna y a algo más, algo que no era el olor de Connor solo en el altillo sino el olor del altillo con dos personas en él, que era diferente de una manera que no era posible articular con precisión pero que el olfato registraba sin dificultad.
—Alejandro —dijo Connor desde arriba.
—Aquí —dije.
Cerré la puerta. Dos vueltas de llave. El cerrojo.
Me senté en la silla. La silla que ya no estaba dos centímetros fuera de su sitio porque en algún momento de los últimos días alguien la había movido de vuelta al lugar donde siempre había estado, y yo no me había dado cuenta hasta ahora, y no sabía si había sido Connor o Oksana o si yo mismo lo había hecho sin recordarlo, y en cualquier caso ya daba igual porque la silla estaba donde estaba y yo estaba en ella.
Me acosté en la cama con la ropa puesta.
Dormí.