El Conejo del Cristal EPÍLOGO — Tetas
100%

EPÍLOGO — Tetas

H ay cosas en el mundo que no tienen una explicación racional satisfactoria y que sin embargo funcionan con una consistencia que la explicación racional nunca ha podido igualar.

El café por la mañana. El silencio de las cuatro de la madrugada en una ciudad grande.

La primera cerveza fría después de una semana de calor.

Son cosas que existen fuera del lenguaje de la causa y el efecto, que operan en un registro diferente, más antiguo, más honesto que cualquier argumento que uno pueda construir sobre ellas.

Las tetas de Oksana estaban en esa categoría.

Lo pensé esa tarde, sentado en la terraza del ático con una cerveza en la mano y Connor a mi izquierda con su Fortuna encendido y Oksana a mi derecha con algo que había preparado ella y que olía bien desde donde yo estaba, con el sol de Madrid bajando por el oeste y la ballena azul en la pared medianera de enfrente recibiendo los últimos rayos del día con la indiferencia de las ballenas azules pintadas en las paredes, que es una indiferencia total y sin fisuras.

La cerveza. Llevaba días sin beberla con intención de beberla, que era diferente a las otras veces, que era una diferencia que no iba a analizar en este momento porque el momento no pedía análisis sino simplemente lo que era: una tarde, una terraza, una cerveza, Connor y Oksana.

Oksana llevaba ese día una camiseta de tirantes fina, blanca, que en la luz del atardecer de Madrid tenía esa calidad particular de las telas ligeras cuando el sol les da de lado, que es una calidad que hace que los materiales sean simultáneamente lo que son y algo más, una presencia de lo que hay debajo que no es exactamente transparencia pero que tampoco es opacidad.

Las tetas de Oksana en esa camiseta de tirantes, con la luz del atardecer de Madrid dando de lado, eran una de las vistas más impresionantes que había tenido en la terraza de ese ático en los dos años que llevaba viviéndolo, incluyendo algunas tormentas eléctricas de verano que eran objetivamente espectaculares.

Cada una de ellas era, como mínimo, del tamaño de la cabeza de Oksana.

Probablemente más. Era el tipo de proporción que el ojo tarda un segundo en integrar en sus sistemas de referencia porque los sistemas de referencia del ojo humano no están diseñados para eso, están diseñados para el promedio, y Oksana no era el promedio en ningún sentido que importara.

Grandes, pesados, con esa gravedad tranquila de las cosas que saben exactamente lo que son y no necesitan confirmación exterior.

No los exhibía. No los ocultaba. Los llevaba consigo con la misma indiferencia con que llevaba sus ojos o sus manos o cualquier otra parte de su persona, que era la indiferencia de quien ha tenido suficiente tiempo para llegar a un acuerdo con lo que tiene y que ese acuerdo es definitivo.

Bebí la cerveza.

Y pensé en ellas no de manera lasciva sino de manera reflexiva, que era la diferencia entre mirar algo y pensar en ello, entre el registro sensorial y la consideración intelectual de lo que ese registro significa en el contexto más amplio de una vida.

Porque las tetas de Oksana, al final, no eran solo las tetas de Oksana.

Eran un argumento. Un argumento sobre la existencia, sobre si merece la pena continuar, sobre si el inventario de lo que queda en el mundo justifica el esfuerzo de seguir siendo parte de él.

No era un argumento que pudiera formularse en ningún foro académico con esos términos.

No era Wittgenstein. No era Nietzsche, aunque Nietzsche probablemente habría tenido algo que decir sobre el tema si hubiera tenido acceso a Oksana en una camiseta de tirantes en una terraza de Lavapiés al atardecer, y lo que habría dicho probablemente no estaría en ninguno de los libros que se estudian en las universidades.

Era esto: en el matorral de Mallorca, a las dos de la madrugada, con la pistola en el pecho y el cielo naranja-gris encima y la tristeza profundísima que era también perfectamente manejable y que a veces no parecía tan manejable como uno quisiera, en ese momento específico en que el inventario de lo que falta empieza a pesar más que el inventario de lo que queda, lo que había aparecido en el cerebro de Alejandro no había sido una razón filosófica ni una convicción moral ni ninguno de los argumentos que los libros de autoayuda y los terapeutas y la gente que ha pensado mucho en estas cosas recomienda tener preparados para los momentos de ese tipo.

Había sido Oksana bajando la escalerilla del altillo a las nueve de la mañana con solo las bragas puestas.

Y eso había sido suficiente. Eso era lo que no podía dejar de encontrar extraordinario cuando lo pensaba con la honestidad que merecía: que hubiera sido suficiente.

Que la imagen de una mujer con unos pechos que eran cada uno más grande que su propia cabeza bajando una escalerilla de biblioteca reconvertida en un altillo de Lavapiés a las nueve de la mañana hubiera sido el argumento que inclinó la balanza en la dirección correcta cuando la balanza necesitaba que algo la inclinara.

Había conocido hombres que tenían hijos para eso.

O causas en las que creían. O trabajo que les apasionaba.

O fe en algo, cualquier cosa, lo que fuera que los mantenía del lado correcto de la ecuación cuando la ecuación se ponía difícil.

Él tenía a Connor y sus Investigaciones Filosóficas y a Oksana con sus pechos y su ojo que ya casi había desaparecido del morado y su nariz que se había quedado levemente desviada y que se quedaría así porque nadie había tenido tiempo de llevarla al médico a tiempo y porque en Oksana la nariz desviada no era un defecto sino simplemente una parte más del inventario que funcionaba con la misma eficiencia que el resto del inventario, quizá más.

Pensé en todo el recorrido que había hecho esa imagen.

En cómo había viajado desde la escalerilla del altillo a las nueve de la mañana hasta el matorral de Mallorca a las dos de la madrugada, en cómo se había instalado ahí con la persistencia de las imágenes que el cerebro decide guardar sin consultar las preferencias conscientes del propietario.

En cómo había aparecido exactamente cuando necesitaba aparecer.

En cómo había hecho lo que había hecho, que era devolver la pistola a la cintura y quedarse en el matorral y esperar al amanecer y volver.

Había muchas cosas en el mundo que hacían eso por la gente.

Muchas razones por las que la gente se quedaba.

Muchos argumentos a favor de continuar que la filosofía y la psicología y la literatura habían explorado durante siglos con más o menos éxito.

Ninguno de ellos era tan directo como este.

Ninguno llegaba tan rápido ni tan sin ambigüedad.

Y ninguno, siendo honesto, era más honesto que este, porque la honestidad de una imagen es la honestidad de lo que es sin interpretación posible, sin el filtro del lenguaje ni la distorsión de la narrativa.

Las tetas de Oksana eran lo que eran. Eso era todo. Eso era suficiente.

Bebí el último trago de la cerveza, que estaba templada porque había estado pensando demasiado tiempo.

—Estás pensando en algo —dijo Connor, sin mirarme, mirando la ballena azul.

—En muchas cosas.

—La cara que tienes es de una cosa concreta.

Lo miré. Tenía el Fortuna a medias y las costillas en proceso de recuperación y la expresión de alguien que lleva días viviendo en el altillo de su ático con una mujer extraordinaria y que ha llegado a la conclusión de que la situación no requiere ningún ajuste.

—Estoy pensando en que el mundo tiene cosas que valen la pena —dije.

Connor me miró. Miró a Oksana. Volvió a mirarme.

—Horosho —dijo.

Oksana nos miró a los dos. Luego miró la ballena azul con esa mirada evaluativa suya que no pedía permiso.

Luego cogió lo que había preparado y le dio un sorbo y se quedó un momento en silencio, que era su manera de hacer sitio a lo que iba a decir a continuación, que en Oksana era una técnica perfectamente calibrada.

—Y ahora —dijo— ¿qué negocio vais a empezar?

Connor y yo nos miramos.

Connor tenía una expresión que no era exactamente la expresión de quien acaba de escuchar una pregunta inesperada sino la de quien ha estado esperando el momento apropiado para mencionar algo y que acaba de encontrar ese momento sin haberlo planeado del todo.

La expresión, de hecho, de quien ha estado hablando con alguien sobre algo y que ahora tiene que decidir si es el momento de sacar el tema o si el tema puede esperar un poco más.

No esperó.

—Hay un amigo mío —dijo Connor, con la naturalidad estudiada de quien introduce una información que sabe que va a producir una conversación larga. —De la Complutense. No del departamento de Filosofía. De Química.

Lo miré.

—Un amigo de Química —dije.

—Un amigo de Química —confirmó Connor. —Que lleva un tiempo trabajando en algo interesante.

—Encendió otro Fortuna con la parsimonia de quien está comprando tiempo para organizar lo que viene.

—Nada ilegal, por supuesto. Nada que tenga ningún componente tóxico.

—Una pausa. —Nada azul, específicamente.

El sol terminó de bajar.

Madrid encendió sus luces, como siempre, como sabe hacer.

Los tres en la terraza con la ballena azul y Oksana con su pregunta en el aire y Connor con su amigo de Química y su Fortuna y yo con la cerveza templada en la mano y la picadura de garrapata en el muslo que ya casi no picaba y el ático detrás con sus tres sitios donde estaba el dinero y la caja de las New Balance bajo el colchón y la máscara con sus ojos negros mirando hacia arriba.

—Cuéntame —dije.