Capítulo 17 — Vuelta a casa
El taxi me dejó en el aeropuerto de Palma a las siete y dieciocho minutos de la mañana, que era suficientemente temprano para que el aeropuerto todavía tuviera esa calma funcional de antes de que llegue la primera oleada de turistas, y suficientemente tarde para que ya hubiera actividad: los vuelos de negocios, los trabajadores del turno de mañana, los viajeros que han optimizado el trayecto hasta el punto en que la optimización deja de ser virtud y se convierte en angustia.
Antes de entrar me detuve.
La pistola seguía en la cintura y la pistola no podía pasar el control de seguridad, que era un problema que había estado aplazando mentalmente desde que cogí el taxi y que ahora, delante de las puertas automáticas del aeropuerto, tenía que resolver con lo que había disponible.
Lo que había disponible era el exterior del aeropuerto, que en su mayoría era asfalto y hormigón y vallas de seguridad, excepto en el tramo entre la terminal de salidas y la cantina donde los empleados van a por sus platos a precios razonables y aparcan sus motos sobre la acera, un edificio bajo con ventanas pequeñas al que llegaba un camino de servicio desde un lateral y otro pasando por debajo de un pequeño túnel peatonal.
Entre la terminal y la cantina había un montículo de tierra, de esos que aparecen en los márgenes de las infraestructuras cuando alguien ha movido tierra para algo y el sobrante se ha quedado donde lo dejaron sin que nadie lo moviera después.
Tenía maleza encima, la misma maleza marrón y seca de toda la isla.
Me acerqué con la naturalidad de quien da un rodeo sin razón aparente.
Me agaché junto al montículo, con la espalda hacia la terminal, y con las manos en la tierra hice lo que había hecho muchas veces en muchos sitios: un hueco, la pistola envuelta en lo que quedaba de la tela, el hueco cerrado, la maleza encima.
Treinta segundos. Me levanté. Me sacudí la tierra de las manos.
Si algún día volvía a Mallorca y necesitaba la pistola, sabía exactamente dónde estaba. Si no volvía, alguien la encontraría en algún momento y tendría preguntas para las que no habría respuestas, que era la situación habitual de las cosas que uno deja enterradas.
Entré al aeropuerto.
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Lo primero fue el agua. Había una máquina expendedora junto a las pantallas de información de vuelos y me bebí dos botellas en el tiempo que tarda alguien en beber dos botellas de agua cuando lleva demasiadas horas sin beber ninguna, que es un tiempo muy corto y con una concentración que otras actividades no merecen.
La sed cedió. El dolor de cabeza cedió parcialmente, que era el trato que hacen los dolores de cabeza por deshidratación cuando les das agua: ceden un poco como señal de buena voluntad pero se reservan el derecho de volver si no les das suficiente.
Luego comí. Había una cafetería abierta con ese horario de aeropuerto que no reconoce ni el desayuno ni el almuerzo sino simplemente la existencia permanente de comida disponible para quien la necesite.
Pedí lo que había: un bocadillo de tortilla, un zumo de naranja, un café.
Me senté en la barra. Comí con el hambre específica de quien ha pasado una noche en un matorral de Mallorca sin comer nada desde el día anterior, que es un hambre que no deja espacio para opiniones sobre la calidad de la tortilla.
La tortilla estaba aceptable. El zumo era de máquina, ese zumo naranja de máquina que en cualquier otro contexto sería el sabor del aburrimiento y que en este contexto era exactamente lo que el cuerpo pedía.
El café era malo. Lo bebí igualmente, hasta el fondo, con el poso incluido, porque el poso también era cafeína y la cafeína a las siete y media de la mañana después de una noche sin dormir es una categoría de necesidad distinta del placer.
Compré el vuelo en el teléfono mientras esperaba a que la cafeína hiciera algo útil: Madrid, salida a las doce cuarenta, Vueling, ciento doce euros.
El precio del vuelo de vuelta de último minuto desde Mallorca en mayo era considerablemente más caro que el vuelo de ida porque el vuelo de vuelta de una isla turística siempre es más caro que el de ida, porque la gente que quiere volver lo quiere con más urgencia que la gente que quiere ir, y esa urgencia tiene un precio de mercado bien establecido.
Lo compré sin negociar porque el precio era el precio y la alternativa era quedarse en Mallorca, que no era una alternativa.
Me quedé en la barra de la cafetería un rato más, con el café terminado y el vuelo en el teléfono y las cuatro horas y media que quedaban hasta el embarque extendiéndose delante de mí como un territorio sin mapa.
Cuatro horas y media en el aeropuerto de Palma un miércoles de mayo sin dormir, sin chaqueta, sucio, con la picadura de garrapata en el muslo que picaba con la insistencia de las picaduras que el sistema inmune ha decidido tomar en serio.
No era la peor espera que había tenido. Estaba en el tercio superior de las peores esperas, pero no era la peor.
Me levanté. Fui al baño.
El baño de la terminal de salidas tenía esa iluminación de neón blanco que tienen todos los baños de todos los aeropuertos del mundo, que hace que todo el mundo parezca ligeramente cadavérico con independencia de su estado real.
Mi estado real ya era suficientemente próximo a lo cadavérico como para que el neón fuera una redundancia.
Me lavé la cara. Me lavé las manos, dos veces, con el jabón de espuma del dispensador.
Agua fría en la nuca, en las muñecas, en el cuello, que son los sitios donde la temperatura corporal cede antes y donde el agua fría hace más por el estado general en menos tiempo.
Me miré en el espejo: la barba con tierra en los bordes y con la forma que toma el pelo de la barba cuando ha estado prensado contra el suelo durante un buen rato, y los ojos del tipo que tienen los ojos cuando llevan demasiadas horas abiertos.
La camisa en el estado en que estaba la camisa, que era un estado que en cualquier otro contexto habría requerido cambiarla y que en este contexto requería simplemente aceptarla.
Cuarenta y dos años. Siempre los mismos cuarenta y dos años.
Había otro hombre en el baño cuando entré, en el extremo de los lavabos, con la cabeza agachada y los hombros tensos de una manera que no era la postura de alguien que se lava los dientes o se mira al espejo.
Era joven, veintitantos, con una mochila pequeña a sus pies.
Dos hombres a su lado, uno a cada lado, muy cerca, demasiado cerca para ser accidentales.
Uno de ellos tenía la mano en el hombro del joven, no apoyada sino agarrada, con esa sujeción que no es contacto sino retención.
Lo miré. El joven me miró.
En su cara había esa expresión específica de quien lleva suficiente tiempo en una situación que no quiere y que no sabe cómo salir: miedo contenido y la esperanza de quien acaba de ver entrar a alguien y está calculando si ese alguien es una salida posible o simplemente otro elemento del problema. Calculó correctamente.
El del hombro agarrado me miró también. Vio lo que había: un hombre muy grande con cara de haber tenido una semana que no invitaba a añadir más problemas encima.
—Esto es privado, amigo —dijo.
—Ya —dije.
Me acerqué.
Lo que siguió fue rápido porque en espacios pequeños y con distancias cortas la velocidad es el único factor que importa.
Al primero, el del hombro agarrado, le cogí la cabeza con las dos manos y se la di contra el borde del lavabo de porcelana con la fuerza suficiente para que el encuentro entre el hueso frontal y la porcelana produjera el resultado que produce ese encuentro cuando se aplica la fuerza correcta en el ángulo correcto, que es que el cuerpo decide inmediatamente que tiene cosas mucho más urgentes en que pensar.
El sonido fue el sonido que hace la porcelana cuando recibe ese impacto, que es un sonido seco y definitivo.
Cayó con la compacidad de los cuerpos que han dejado de tener instrucciones del cerebro sobre cómo caer.
El segundo se movió hacia mí y yo me moví hacia él, que es la única respuesta sensata cuando alguien se mueve hacia ti en un espacio donde retroceder no existe como opción.
Lo que le di fue con el codo en la nariz, punto que no requiere gran fuerza para producir gran efecto porque la nariz es fundamentalmente cartílago y el cartílago tiene sus propias opiniones sobre los impactos que recibe.
El efecto fue el habitual: el sonido específico de esa rotura, el instante de parálisis que produce el dolor agudo, las manos yendo a la cara de manera automática sin que el cerebro lo haya pedido porque a veces el cuerpo actúa antes que el cerebro y esta era una de esas veces.
Lo ayudé a encontrar el suelo con una mano en el hombro, con la consideración de quien tiene cuatro horas y media hasta el vuelo y no tiene ninguna prisa.
Los dos en el suelo. El primero con la cara contra las baldosas y sin perspectivas inmediatas de levantarse. El segundo con las manos en la nariz y un sonido entre el quejido y la respiración que no llega del todo.
Me limpié las manos en los pantalones que ya estaban en el estado en que estaban. Poco más podía hacerles.
El joven de la mochila me miraba desde el extremo del baño con esa parálisis de quien acaba de ver algo que el cerebro no ha terminado de clasificar en ninguna categoría conocida.
—El vuelo —dije.
Asintió. Cogió la mochila. Salió con la velocidad de quien ha recibido instrucciones claras.
Me quedé un momento más, mirando los dos en el suelo, con el neón blanco encima de todos y el grifo del lavabo todavía abierto echando agua por el desagüe con la indiferencia de los grifos ante cualquier situación humana.
Lo cerré. Me volví a mirar en el espejo.
Lo de siempre, más un poco de salpicadura en la camisa que tampoco cambiaba mucho el cuadro general.
Salí.
Pasé el control de seguridad sin incidencias, que era lo esperado sin la pistola y con la documentación en regla.
El agente de seguridad me miró con la mirada ligeramente prolongada que tienen los agentes de seguridad cuando ven a alguien que no tiene el aspecto de la mayoría de los pasajeros, evaluando, archivando, dejando pasar. Me dejó pasar.
La sala de embarque era una sala de embarque.
Vista una, vistas todas. Sillas de plástico duro, la televisión con las noticias en mudo, una tienda de souvenirs con las mismas cosas que venden todas las tiendas de souvenirs de todos los aeropuertos del mundo con el nombre de la ciudad cambiado.
Me compré una botella de agua más y me senté en una silla junto a la puerta de embarque con una bolsa de viaje imaginaria que llené con todo mi cansancio de las últimas veinticuatro horas y coloqué entre los pies, y que creé en mi mente con el único motivo de mantenerme alerta y el teléfono en la mano.
Llamé a Connor.
Respondió al segundo tono.
—Estás vivo —dijo. No era una pregunta sino la confirmación de algo que llevaba horas siendo probable y que ahora era verificable.
—Estoy vivo.
—¿Cómo fue?
—Fue.
Silencio breve. Connor procesando. Desde el fondo más recóndito del teléfono llegaba, si no me equivocaba, el sonido específico del café saliendo que Connor había convertido en el único ritual matutino que respetaba con consistencia.
—¿Estás en el aeropuerto? —preguntó.
—Sala de embarque. Vuelo a las doce cuarenta.
—Bien. —Una pausa. —Hay un mensaje de Oksana para ti.
—¿Qué dice?
—Dice que lo vio en las noticias esta mañana. —Otra pausa, más breve. —Dice bien hecho.
—Bien.
—También —dijo Connor, en un tono levemente más bajo, con la precisión deliberada de quien ha estado esperando el momento correcto para decir algo y ha decidido que este es ese momento— dice que si prefieres que se vaya cuando llegues, que se lo diga y se va. Sin problema.
Lo pensé durante el tiempo que tardé en beberme la mitad de la botella de agua.
El agua estaba fría y el plástico de la botella tenía esa condensación de las cosas frías en ambientes cálidos y la sala de embarque del aeropuerto de Palma tenía ese ruido de fondo de aeropuerto que es siempre el mismo ruido con independencia del aeropuerto, y Connor esperaba al otro lado del teléfono con la paciencia de quien ya sabe la respuesta pero ha decidido que la respuesta tiene que venir del que tiene que darla.
—Que se quede —dije.
—Horosho —dijo Connor.
Y en su voz había algo que era exactamente lo que era: la satisfacción profunda y absolutamente inmerecida de un hombre con las costillas fisuradas que ha pasado dos días en el altillo con una mujer extraordinaria discutiendo sobre Wittgenstein y haciendo otras cosas que los auriculares de botón no habían conseguido tapar, y que acaba de confirmar que esa situación va a continuar.
Colgué.
Cuatro horas y doce minutos hasta el embarque.
Me recosté en la silla de plástico duro con los ojos cerrados y el ruido de fondo del aeropuerto alrededor y la picadura de garrapata en el muslo recordándome periódicamente que existía y el agua fría en la mano y Mallorca afuera con su calor y su cielo naranja-gris y sus polígonos marrones y su puta insistencia en existir exactamente como era.
Me dormí antes de que pasaran diez minutos.