Capítulo 16 — El castigo divino
Caminé hacia el sur siguiendo el borde de la autovía, en dirección al siguiente polígono que estaba a kilómetro y medio, lo sabía porque conocía esta zona, había estado aquí suficientes veces en otra vida para saber exactamente qué había en cada tramo.
El razonamiento era simple: el polígono del Globo Azul estaba caliente, el siguiente no, y en el siguiente había más probabilidades de encontrar una calle desde la que pedir un taxi sin que pareciera lo que era.
Caminé con los coches pasando a su lado a ochenta por hora y el ruido del asfalto y los neumáticos que a esa hora, con el polígono silencioso y la noche todavía presente, era el único ruido del mundo excepto mis pasos en la tierra del arcén.
Sin chaqueta. Sin pistola en la cintura, que era una ausencia que el cuerpo notaba de la misma manera en que nota cualquier cosa que lleva tiempo en un sitio y que de repente no está: no con dolor exactamente, sino con esa sensación de espacio vacío donde había peso.
El kilómetro y medio a pie a las cinco de la mañana después de una noche sin dormir tiene sus propias características.
Los primeros quinientos metros van razonablemente porque el cuerpo todavía tiene la inercia de las últimas horas.
El segundo tramo ya no: el cuerpo empieza a contabilizar lo que falta y lo que sobra.
El tercer tramo fue simplemente poner un pie delante del otro.
Pensé en Madrid mientras caminaba. En el ático con las ventanas al patio interior y la ballena azul.
En Connor en el altillo con sus costillas fisuradas y sus Investigaciones Filosóficas.
En la silla dos centímetros fuera de su sitio que ahora ya no estaría fuera de su sitio porque en el tiempo que llevaba fuera alguien la habría movido de vuelta, que era una certeza sin explicación pero una certeza.
En el dinero en los tres sitios. En Oksana.
Mallorca a las cinco de la mañana era silencio y calor y polvo y autovía.
El siguiente polígono se llamaba, según el cartel desvencijado en la entrada, Polígono Industrial Llevant, que era un nombre con aspiraciones de orientación geográfica que en la práctica no orientaba a nadie porque en Mallorca todo está al este de algo y al oeste de algo else y el Mediterráneo está en todos los lados si miras suficientemente.
El cartel tenía una esquina doblada y la pintura descascarillada con esa elegancia específica de las infraestructuras públicas que nadie ha presupuestado mantener desde principios de los dos mil.
Llegué al polígono a las cinco y veinte.
A esa hora los polígonos industriales de Mallorca tienen su propia vida, que es la vida de los turnos que empiezan antes del amanecer: los camiones de reparto saliendo de las naves de distribución, los operarios de las panaderías industriales con las furgonetas cargadas, algún que otro coche de alguien que trabaja en algo que empieza muy pronto o termina muy tarde.
Gente que no mira a los lados porque a las cinco de la mañana nadie mira a los lados, que era exactamente el nivel de atención colectiva que yo necesitaba.
Caminé por el polígono con el paso de alguien que tiene un destino concreto aunque no tuviera ninguno, que es la postura que conviene adoptar en cualquier espacio donde la presencia de alguien sin destino visible resulta anómala.
La pistola en la cintura, bajo la camisa, que sin la chaqueta encima era un bulto visible si alguien miraba con atención y no visible si nadie miraba con atención, que era la situación.
Nadie miraba con atención. A las cinco de la mañana en un polígono industrial de Mallorca todo el mundo tiene sus propias cosas en las que pensar.
Lo que yo tenía en lo que pensar, mientras caminaba, era el calor.
El calor de Mallorca a las cinco de la mañana no era el calor del mediodía, que era un calor declaradamente hostil, un calor que no pretendía ser otra cosa que lo que era.
El calor de las cinco de la mañana era otro tipo de calor, más traicionero en cierta manera porque llegaba después de lo que debería haber sido el alivio de la noche y que no era alivio sino simplemente una reducción de intensidad que el cuerpo interpretaba como frescor en comparación con lo anterior pero que en términos absolutos seguía siendo demasiado calor para la cantidad de horas que llevaba sin dormir, sin comer, sin beber nada desde la noche anterior.
La sed era lo primero. La sed de después de una noche en un matorral sin agua es una sed de las específicas, no la sed social de quien quiere un vaso de algo sino la sed física de quien lleva el cuerpo reclamando líquido desde hace horas y que el cuerpo ya no reclama con urgencia sino con esa insistencia sorda de los problemas que se han instalado y esperan solución sin prisa porque saben que van a ganar de todas formas.
El hambre era lo segundo, más vaga, más negociable, el tipo de hambre que el cuerpo pospone cuando tiene otras prioridades y que aparece cuando las otras prioridades se resuelven, lo que significaba que aparecería en el aeropuerto cuando me sentara con algo de comer y que hasta entonces era manejable.
La deshidratación era lo tercero y lo más concreto: dolor de cabeza sordo en la parte posterior del cráneo, los ojos con esa sequedad de quien ha dormido mal o no ha dormido, la boca con el sabor específico de las bocas que llevan muchas horas sin agua.
Síntomas menores, todavía en el rango de lo gestionable, pero con la trayectoria clara de lo que se vuelve no gestionable si no se hace algo con ello pronto.
Y el algo más.
Ese era el que más me interesaba en términos de honestidad conmigo mismo, o más bien el que menos me interesaba examinar y que por eso me examinaba solo, sin que yo lo pidiera: una inquietud de fondo que no era exactamente ansiedad sino la versión somática de la ansiedad, el cuerpo diciendo que algo falta sin especificar qué.
Podría haberlo llamado síndrome de abstinencia, que era el nombre clínico de lo que describía, pero el síndrome de abstinencia lo tienen los adictos a algo y yo no era adicto a nada.
Lo había pensado suficientes veces como para que el pensamiento llegara automáticamente, sin esfuerzo, con la fluidez de las cosas que uno se ha repetido durante suficiente tiempo.
No era adicto a nada. La inquietud era otra cosa.
No sabía exactamente qué otra cosa, pero otra cosa.
El pensamiento rondó un momento y luego se fue, que era lo que hacían los pensamientos que no tenían ningún sitio concreto donde instalarse.
El calor encima. La sed. El hambre. El dolor de cabeza.
Pensé, caminando por el Polígono Industrial Llevant a las cinco y media de la mañana de un miércoles de mayo, que si existiera un dios del tipo que reparte castigos en proporción a los méritos del castigado, este sería exactamente el castigo correcto para alguien como yo.
No el fuego eterno ni la condena dramática de las tradiciones religiosas más ambiciosas, sino esto: calor, sed, hambre y la sensación de que en algún sitio hay una botella a la que no se puede llegar.
Era un castigo perfectamente calibrado. Era la medida exacta de la incomodidad que merecía sin llegar a ser un sufrimiento que pudiera llamarse sufrimiento con propiedad, y esa precisión era lo que lo hacía específicamente divino, si es que Dios existe y tiene sentido del humor, que era una proposición filosófica que Connor habría disfrutado desarrollar y que yo no tenía las condiciones cognitivas de desarrollar en este momento.
Seguí caminando.
El polígono terminaba en una calle que desembocaba en una rotonda con acceso a la carretera principal.
Me acerqué. Había un chico de unos veinte años apoyado en la pared de una nave, con el teléfono en la mano y los auriculares puestos, mirando la pantalla con esa concentración de quien no está en ningún sitio físico sino en el sitio donde está lo que mira.
Colombiano por el acento que escuché cuando pasé por su lado y dijo algo al teléfono en voz baja.
Me paré delante de él.
Me miró. Se quitó un auricular.
—El teléfono —dije.
Frunció el ceño. El gesto de quien no ha entendido o no quiere haber entendido.
Le cogí la muñeca derecha, la que sostenía el teléfono, y la torcí hacia dentro con la presión suficiente para que las opciones disponibles se redujeran a soltar el teléfono o que la muñeca siguiera girando en la dirección en que las muñecas no giran.
El chico soltó el teléfono. Le ayudé a llegar al suelo con la mano libre, con más cuidado del estrictamente necesario porque el suelo de la rotonda tenía gravilla y la gravilla en las rodillas es desagradable.
Se quedó en el suelo mirándome con una mezcla de dolor y furia y la evaluación rápida de quien está calculando si la situación tiene alguna salida mejor que la que tiene.
No la tenía.
Busqué taxi Palma en el teléfono. Llamé al primero de la lista. Me dijeron que venían.
Le devolví el teléfono al chico. Todavía en el suelo. Me lo quedó mirando.
—Gracias —dije.
No respondió. Me fui a la pared de enfrente a esperar.
El taxi tardó. Tardó de la manera en que tardan los taxis en Mallorca a las seis de la mañana cuando has llamado desde un polígono industrial sin nombre en un área que los conductores conocen pero que nadie elige como destino voluntariamente: con esa lentitud que al principio parece retraso normal y luego parece retraso anormal y luego deja de parecer retraso y empieza a parecer ausencia, como si el taxi hubiera existido en el momento de la llamada y hubiera dejado de existir en algún punto del trayecto sin aviso.
Lo llamé de nuevo a los veinte minutos. Me dijeron que venía.
Lo llamé de nuevo a los treinta y cinco.
Me dijeron que venía. Pasaron cuarenta minutos en los que el sol de Mallorca fue subiendo por el horizonte con su puntualidad implacable, añadiendo temperatura al ambiente con la generosidad de quien tiene mucho que dar y ninguna consideración por quien lo recibe, y el chico colombiano se había levantado del suelo y se había ido sin mirarme, y el polígono se fue llenando poco a poco de los operarios del turno de mañana que me miraban con la indiferencia de quien ve algo anómalo y decide que lo anómalo no es asunto suyo, y yo seguía apoyado en la pared de la rotonda con la sed y el dolor de cabeza y la inquietud que no era síndrome de abstinencia y el calor que subía y la pistola en la cintura y la certeza creciente de que el taxi no iba a llegar nunca, de que había llamado a una empresa que o bien no existía o bien tenía una definición de «venimos» que no coincidía con ninguna definición que yo conociera.
Llegó a los cincuenta y tres minutos.
Me senté en el asiento trasero. Le di la dirección del aeropuerto. El taxista era joven y no tenía ganas de hablar, que era exactamente lo que yo necesitaba.
El aire acondicionado me llegó a la cara con esa diferencia de temperatura que en cualquier otro momento habría sido agradable y que ahora era lo más agradable que había sentido en las últimas doce horas. Cerré los ojos.
Mallorca pasaba por la ventana con sus señales azules sucias y su asfalto gris y sus árboles marrones y su cielo que ya empezaba a calentarse para otro día de castigo, y yo iba en el taxi hacia el aeropuerto sucio y deshidratado y con la picadura de garrapata en el muslo y sin chaqueta y con la pistola en la cintura y con una tristeza profundísima que seguía siendo perfectamente manejable, que era lo que contaba.