El Conejo del Cristal Capítulo 15 — El matorral
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Capítulo 15 — El matorral

C orrí hasta que las piernas decidieron que correr era menos urgente que respirar, que fue alrededor de un kilómetro desde el parking del Globo Azul, en una dirección que era alejarse de allí y no tenía otro criterio además de ese.

Cuando paré lo hice en el borde de la autovía, fuera ya del polígono, en un matorral que crecía entre la valla de protección de la vía y el final de las últimas naves industriales.

Maleza seca, espinas, el suelo de tierra dura con piedras pequeñas.

No era un sitio cómodo. Era el sitio que había.

Me tumbé.

Escuché.

A esa distancia del Globo Azul no llegaba nada concreto, solo el ruido de los coches patrulla pasando por la autovía, ese ruido de sirena que sube de tono al acercarse y baja al alejarse con la regularidad de algo que no para, que sigue circulando, que está buscando en un radio que por el momento no incluía el matorral donde yo estaba tumbado boca arriba entre las espinas con los coches pasando a veinte metros sobre la valla de protección.

Pasaron muchos coches patrulla. Los conté durante un rato y luego dejé de contarlos porque el número no añadía información útil. La búsqueda estaba en el perímetro del polígono, en las calles, en los accesos. No aquí. Aquí solo estaba la autovía y el matorral y yo.

Esperé.

La chaqueta se había quedado entre los arbustos del Globo Azul.

Me di cuenta de ello unos minutos después de tumbarse, con la incomodidad del suelo duro sin nada entre mi cuerpo y las piedras pequeñas.

En la chaqueta no había nada: el papel de Oksana lo llevaba en el bolsillo del pantalón desde antes de salir de los arbustos, el teléfono en el otro bolsillo, el dinero también.

Solo la chaqueta. Una chaqueta abandonada junto a un club de alterne en un polígono de Mallorca la noche en que alguien mató al hijo de un mafioso en el parking de enfrente era una chaqueta que iba a tener una conversación con la Guardia Civil antes del amanecer, pero era una chaqueta sin etiquetas con nombre ni documentación ni nada que condujera a ningún sitio concreto. Dejé de pensar en ella.

El cielo de Mallorca de noche no era el cielo que la gente imagina cuando imagina el cielo de Mallorca.

Era el cielo de una isla con demasiada actividad humana concentrada en demasiado poco espacio: la contaminación lumínica de Palma al oeste, el polvo del Sáhara que en mayo cruzaba el Mediterráneo y se instalaba en la atmósfera con la comodidad de algo que ha hecho ese viaje muchas veces, el humo de las carreteras y los polígonos que a esa hora seguía en el aire porque el aire de Mallorca en mayo no tiene suficiente movimiento para limpiar lo que el día deposita.

El resultado era un cielo naranja-gris apagado, sin estrellas visibles, del mismo color que el cielo de cualquier ciudad mediana de España a las once de la noche.

No había nada romántico ni mediterráneo en ese cielo.

Era el cielo de un sitio que se había convertido en otra cosa de lo que era.

Me quedé mirándolo igualmente porque no había otra dirección en la que mirar que fuera menos incómoda.

⊙

Fue alrededor de las dos de la madrugada cuando noté algo en la parte interior del muslo izquierdo.

No fue una sensación de picadura sino algo diferente, una presencia, algo que estaba donde no debería estar y que cuando lo tanteé con los dedos tenía la textura de algo agarrado.

La saqué con la linterna del teléfono, con la pantalla al mínimo de brillo: una garrapata.

Una garrapata pequeña, de las que todavía no han tenido tiempo de hincharse, instalada en la piel interior del muslo con esa convicción de los animales que han encontrado exactamente el sitio que buscaban.

La miré un momento.

Pensé en el colchón del desierto. En las garrapatas del colchón del desierto, haciendo sus cosas, con esa eficiencia específica de los organismos que no saben que son asquerosos porque el concepto de asqueroso requiere una autoconsciencia que las garrapatas no tienen.

La saqué con cuidado, girando despacio para no dejar la cabeza dentro, que es el error que hace la gente que no sabe quitar garrapatas y que convierte un problema menor en uno que requiere antibióticos. La dejé en el suelo. La pisé.

Y luego, con la garrapata todavía bajo la bota y el muslo izquierdo con la picadura pequeña y el matorral de Mallorca alrededor y el cielo naranja-gris encima sin estrellas y los coches patrulla ya más espaciados, pensé en el descampado de Castilla.

En el colchón. En el chico. En la tercera bala.

No de la manera en que lo pensaba habitualmente, que era la manera de quien lo archiva y lo mantiene archivado y de vez en cuando lo mira brevemente antes de volver a archivarlo.

Lo pensé de la manera en que lo piensa alguien que acaba de hacer lo mismo otra vez, que es la manera en que el archivo se abre solo porque el contenido y el presente se parecen demasiado para que el cerebro los mantenga separados.

El chico en el colchón. El extorsionador.

Borja María Aguilar López en el rincón de la piscina de Móstoles.

El del muslo en el tercer rellano que no había sobrevivido al torniquete improvisado.

El del matorral de Lavapiés en el hospital con el cráneo roto.

Todos los anteriores a estos, los que no había pensado en mucho tiempo porque pensarlos requería abrir archivos que era más fácil mantener cerrados.

Eran muchos. Era una cantidad considerable de personas que ya no eran personas porque en algún punto de sus vidas y de la mía sus trayectorias y la mía habían convergido en un resultado que era invariablemente el mismo resultado.

Pensé en si eso decía algo sobre mí que no supiera ya, y la respuesta era que no, que lo sabía, que lo había sabido desde hacía mucho tiempo con la claridad específica de las cosas que uno preferiría no saber pero que sabe igualmente.

La pregunta que se me ocurrió entonces, tumbado en el matorral a las dos de la madrugada, era si había un punto en que eso dejaba de ser parte de lo que uno es y se convertía en todo lo que uno es. Si había un umbral. Si lo había cruzado. Si importaba haberlo cruzado o no haberlo cruzado.

Cogí la pistola. La sostuve en la mano sobre el pecho. La miré en la oscuridad, que no era exactamente mirarla sino sentirla, el peso, el polímero, los once coma cuatro milímetros de cañón apuntando hacia el cielo naranja-gris de Mallorca.

La sostuve un rato.

Pensé en todas las maneras en que este momento podía terminar, que eran más de las que habría querido que fueran y menos de las que pensaba cuando pensaba en ello con más honestidad de la habitual.

Era una profundísima tristeza, eso era lo que era, una tristeza de las que no tienen forma precisa porque no corresponden a ninguna pérdida concreta sino a la suma de todas las pérdidas que uno ha ido acumulando sin contarlas, la tristeza de quien mira el inventario de lo que ha hecho y no encuentra la manera de que ese inventario sume a algo que valga la pena.

Y entonces pensé en Oksana.

No en Oksana como problema ni como variable ni como elemento de la situación.

En Oksana bajando la escalerilla del altillo de Connor a las nueve de la mañana con solo las bragas puestas y sus pechos que eran lo que eran, que era algo que objetivamente merecía ser visto otra vez.

Ese pensamiento específico, esa imagen específica, aterrizó en el matorral de Mallorca a las dos de la madrugada con una contundencia que era inversamente proporcional a su dignidad filosófica y que era exactamente proporcional a su eficacia práctica.

El mundo, pensé, contenía todavía cosas que valía la pena ver. Específicamente contenía a Oksana, que era un argumento de una solidez considerable.

Guardé la pistola.

Me quedé en el matorral.

⊙

A las cuatro y media el polígono estaba en silencio.

Los coches patrulla se habían espaciado hasta uno cada veinte minutos, que sugería que la búsqueda activa había terminado y que lo que quedaba era la presencia preventiva de los operativos que saben que ya no van a encontrar nada esta noche pero que tampoco pueden retirarse del todo sin haber completado el protocolo.

Los datos disponibles eran un disparo, un hombre en un traje blanco en el suelo de un parking, y ningún testigo útil porque los testigos de ese tipo de local tienen intereses propios que los hacen muy poco inclinados a testificar.

Me levanté del matorral con el cuerpo en el estado en que está un cuerpo después de cinco horas en posición horizontal sobre terreno irregular con maleza y espinas y sin chaqueta entre la espalda y el suelo.

Hice el inventario: la espalda con el dolor acumulado de quien ha dormido mal, las rodillas con las marcas de las piedras pequeñas, el muslo izquierdo con la picadura de la garrapata que picaba con la insistencia de las picaduras cuando el sistema inmune decide que hay trabajo que hacer.

Saqué el teléfono. Eran las cuatro cuarenta y dos. Había un mensaje de Connor de las once: todo bien. ella duerme arriba. yo no duermo pero es costumbre. Y otro de la una: sigues vivo?

Respondí: sigo vivo. busca vuelo a palma mañana, necesito saber cómo volver.

La respuesta llegó en menos de un minuto: horosho. duérmete.

Me guardé el teléfono.

Caminé hacia el sur, siguiendo el borde de la autovía, en dirección al siguiente polígono que estaba a un kilómetro y medio, lo sabía porque conocía esta zona, había estado aquí suficientes veces en otra vida para saber exactamente qué había en cada tramo de cada autovía de esta isla que odiaba con la precisión de quien ha odiado algo durante mucho tiempo y desde muy cerca.

El razonamiento era simple: el polígono del Globo Azul estaba caliente, el siguiente no, y en el siguiente había más probabilidades de encontrar una calle que pareciera una calle normal y desde la que pedir un taxi no pareciera lo que era.

Mallorca a las cinco de la mañana era otra cosa.

No mejor, pero diferente: el calor cedido unos grados hasta algo que en cualquier otro sitio habría sido una noche templada y que en Mallorca era lo más fresco que ibas a encontrar hasta octubre.

El silencio del polígono a esa hora, los camiones de reparto empezando a moverse en la distancia, el cielo naranja-gris virando muy despacio hacia algo más claro en el horizonte del este.

Caminé hacia el sur con la pistola en la cintura y la picadura en el muslo y sin chaqueta y con una tristeza profundísima que era también, de alguna manera que no tenía nombre exacto, perfectamente manejable.