El Conejo del Cristal Capítulo 14 — El traje blanco
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Capítulo 14 — El traje blanco

Esperé con la paciencia específica de quien ha esperado muchas veces en sitios peores que este, que era una paciencia entrenada y no natural, porque la paciencia natural no existe, la paciencia es siempre entrenada, la diferencia entre la gente que sabe esperar y la gente que no sabe esperar no es una diferencia de carácter sino de práctica, de haber estado suficientes veces en situaciones donde la alternativa a esperar era algo peor que esperar.

El seto de arbustos a medio morir me llegaba a la altura de los hombros estando sentado.

Suficiente cobertura para quien mirara de pasada desde el parking, insuficiente para quien mirara con intención, que es el equilibrio correcto porque la gente que mira de pasada es la mayoría y la gente que mira con intención es la minoría y lo que importa es la mayoría.

Tenía tiempo por delante y las manos quietas son las manos que más se notan, así que saqué la pistola otra vez y la desmonté del todo, sistemáticamente, pieza a pieza: el cañón, la corredera, el armazón, el muelle recuperador.

Los coloqué sobre la chaqueta en el orden en que iban a volver a ensamblarse.

Los examiné uno a uno con la luz que quedaba, que a las ocho y cuarto de la tarde en Mallorca en mayo era todavía suficiente para ver lo que necesitaba ver.

El cañón limpio por dentro, sin depósitos de corrosión.

El muelle en buen estado, con la tensión correcta.

El armazón sin deformaciones. La corredera sin holgura anormal.

Bien. Mejor de lo que tenía derecho a esperar de una pistola enterrada en un poste de autopista durante años.

La volví a montar. El cargador. La corredera. El seguro. La guardé en la cintura.

El parking del Globo Azul se fue llenando despacio, con la cadencia de los sitios que empiezan a funcionar cuando oscurece y que a plena luz del día tienen la discreción de lo que prefiere no ser visto.

Coches que llegaban de uno en uno, aparcaban en los extremos, de los que bajaban hombres solos que entraban sin mirar a los lados con la prisa específica de quien no quiere ser reconocido y que paradójicamente es la misma prisa que hace que la gente los recuerde.

Un BMW serie tres plateado. Un Citroën Xsara blanco viejo.

Una furgoneta de repartidor que no era de repartidor.

Dos hombres que llegaron juntos en un Audi y que tardaron diez minutos en decidirse a bajar, como si el acto de bajar del coche fuera el momento en que la decisión se volvía irrevocable.

Lo era.

Conté los coches. Ocho en total cuando el parking estuvo razonablemente lleno, que no era lleno sino el nivel de ocupación de un martes por la noche en un sitio sin publicidad.

Suficiente para que el interior tuviera movimiento.

Suficiente para que la llegada de un coche más no produjera ningún tipo de atención adicional.

Esperé.

La espera larga tiene su propia física. Los primeros veinte minutos son los peores porque el cuerpo todavía no ha aceptado que no va a pasar nada inmediatamente y sigue en alerta con el coste energético que tiene la alerta sostenida.

Después de los veinte minutos el cuerpo llega a un acuerdo con la situación y la alerta baja un nivel, se convierte en algo más parecido a la atención que a la tensión, que es más eficiente y más sostenible.

Yo llevaba mucho tiempo haciéndolo y el acuerdo llegaba antes de los veinte minutos.

Desde los arbustos el Globo Azul tenía el aspecto que tienen los sitios que no quieren tener aspecto: la fachada sin señales, la puerta azul sin nombre, la luz sobre la puerta justa para ver dónde estaba la puerta y no más.

El parking lo iluminaban dos farolas en los extremos que dejaban el centro en una penumbra funcional, suficiente para moverse pero insuficiente para reconocer caras desde lejos, que era exactamente el nivel de iluminación que ese tipo de sitio necesitaba y que probablemente no era una coincidencia.

Alguien había pensado en eso. Alguien siempre piensa en eso.

Los hombres que entraban lo hacían con esa prisa específica que tiene la gente que ha tomado una decisión y quiere ejecutarla antes de que la parte de su cerebro que todavía delibera tenga tiempo de reabrir el debate.

Cabeza baja, paso rápido desde el coche hasta la puerta, sin mirar alrededor con la eficiencia de quien ha aprendido que mirar alrededor en este contexto solo sirve para encontrarse con la mirada de alguien que también está mirando alrededor y que tampoco quiere que le vean.

Una economía de la invisibilidad que todos practicaban y que todos fingían no ver que los demás practicaban.

El del BMW plateado era el único que había tardado en entrar: había aparcado, había sacado el teléfono, había estado cinco minutos mirando la pantalla con la concentración de quien está leyendo algo importante o de quien está aplazando.

Luego había guardado el teléfono y había entrado con el mismo paso rápido de los demás.

Lo que fuera que había leído había resuelto el debate o simplemente había acabado con el tiempo disponible para tenerlo.

La furgoneta de repartidor que no era de repartidor llevaba aparcada desde antes de que yo llegara al lateral del edificio.

Sus ocupantes, que eran dos según pude ver cuando bajaron, no habían entrado al Globo Azul sino que se habían quedado junto a la furgoneta fumando, hablando en voz baja, con una postura que era la postura de los hombres que esperan algo y que no son clientes.

Trabajadores del local, probablemente. Seguridad exterior.

Los observé el tiempo suficiente para establecer sus patrones de movimiento: giraban en un radio de diez metros alrededor de la furgoneta, sin alejarse más, con la atención puesta en la entrada principal y no en el lateral.

Mi lateral.

Eran una variable. Las variables se gestionan sabiendo dónde están.

Pasó una hora. El calor cedió levemente, ese grado o dos que Mallorca concede después de las nueve como un pequeño gesto de misericordia que nadie había pedido.

Las cigarras habían parado en algún momento que no había registrado.

El lavadero del elefante al otro lado de la calle estaba cerrado y oscuro, con el logo azul del elefante visible en la fachada desde donde yo estaba, una silueta de elefante con la trompa levantada que en la oscuridad tenía un aspecto ligeramente amenazante que de día probablemente no tenía.

Pensé en Connor en el altillo con sus costillas y sus Investigaciones Filosóficas.

Pensé en Oksana en la cocina haciendo lo que hacía.

Pensé en el ático con la ballena azul en la pared de enfrente y el olor a col hervida en las escaleras y la caja de las New Balance bajo el colchón con la máscara mirando hacia arriba.

Madrid. Noventa minutos de vuelo.

Primero esto.

A las diez y cuarto llegó el Citroën Xsara.

No el blanco viejo que ya estaba, sino otro, este negro, con la carrocería de un coche que en su momento fue corriente y que el tiempo y la falta de mantenimiento habían convertido en algo a medio camino entre funcional y deplorable.

El tipo de coche que nadie miraría dos veces, que era probablemente la razón por la que alguien que tenía dinero para elegir algo diferente lo había elegido.

Lo vi aparcar en el centro del parking, no en los extremos como los demás, en el centro, que era o falta de costumbre en este tipo de sitios o suficiente confianza como para no necesitar discreción.

Bajó un hombre.

El traje era blanco. No el blanco de algo recién comprado sino el blanco de algo que alguien había elegido deliberadamente para ser visible en un sitio donde todo el mundo intenta no serlo, que era o una declaración de carácter o una declaración de idiotez y que en este caso era probablemente las dos cosas.

El traje era de verano, de ese lino ligero que en las tiendas parece elegante y que en el calor de Mallorca a las diez de la noche tiene la textura de algo que lleva horas siendo llevado por alguien que suda.

Los zapatos oscuros. El pelo peinado hacia atrás.

Dima.

Lo reconocí aunque solo lo hubiera visto una vez, en El Brillante, con la ropa cara mal llevada y la voz que intentaba ser plana y sonaba simplemente joven. El tiempo y Mallorca y el traje blanco habían cambiado el envoltorio pero no el contenido.

Empezó a caminar hacia la puerta azul del Globo Azul, y alguien exclamó su nombre o más bien su otro nombre, Lázaro.

Veinte metros entre el Xsara y la puerta.

El cálculo duró menos de cinco segundos porque el cálculo no fue un cálculo sino una lectura: parking semivacío, sin nadie entre los arbustos y el Xsara, Dima de espaldas caminando hacia la puerta, la distancia reduciéndose con cada paso, nadie mirando en la dirección correcta.

Las variables convergían en una sola respuesta y la respuesta era ahora, era este momento, era antes de que llegara a la puerta y entrara y se metiera en un espacio cerrado lleno de gente de su lado.

Salí de los arbustos.

Levanté la pistola.

Quince metros hasta Dima cuando disparé.

No fue un momento dramático. No hubo nada que se detuviera ni nada que se acelerara.

Fue el momento en que la geometría de la situación llegó al punto en que el resultado era el correcto y el mecanismo de la pistola hizo lo que hacen los mecanismos de las pistolas bien fabricadas cuando alguien aprieta el gatillo con la presión y el ángulo correctos.

Dima cayó como caen los que caen así: sin anuncio, sin gesto previo.

Como un objeto que deja de tener la tensión que lo mantenía vertical, directamente, con el traje blanco contra el asfalto gris del parking a ocho metros de la puerta azul que no llegó a alcanzar.

Las llaves del Xsara todavía en la mano.

Me moví.

No corrí todavía. Caminé los primeros diez metros con el paso de quien sale de un parking cualquier noche de martes, luego aceleré cuando doblé la esquina y el parking ya no era visible desde donde estaba. Luego corrí.

La adrenalina llegó cuando ya estaba corriendo, que es cuando llega siempre, no en el momento sino después, y con la adrenalina llegó algo más, algo que no esperaba exactamente aunque debería haberlo esperado porque ya había pasado antes: la risa.

Una risa que no era de alegría ni de alivio sino de algo más difícil de nombrar, la risa de quien acaba de hacer algo que requería toda la precisión y toda la atención disponible y que ha salido exactamente como tenía que salir, la risa de la tensión que se convierte en movimiento porque no tiene otro sitio donde ir.

Reí corriendo por las calles de Son Castelló a las diez y media de una noche de martes de mayo, con la pistola en la mano y la chaqueta en el otro brazo y el calor todavía ahí, siempre ahí, el calor implacable de Mallorca que no distingue entre las noches tranquilas y las que no lo son.

Corrí.

Reí.

El polígono a mi alrededor, marrón y gris y sin nadie, y yo corriendo por él con una risa que no podía parar aunque hubiera querido pararla, que era el tipo de risa que para sola cuando para y que hasta entonces simplemente está.