Capítulo 13 — Rambo
El taxi me dejó en el borde del polígono de Son Castelló a las siete y cuarto, en una esquina donde una nave de chapa gris con el rótulo de una empresa de logística que probablemente ya no existía se encontraba con una calle sin nombre visible y un contenedor azul aparcado en el arcén desde hacía suficiente tiempo como para que alguien hubiera pintado encima de él. Le pagué al taxista.
Me quité la chaqueta. Era lo correcto y debería haberlo hecho antes, en el taxi, en el aeropuerto, en el avión, en cualquier momento posterior a salir del ático de Lavapiés donde el mundo todavía tenía una temperatura gestionable.
La doblé y la metí bajo el brazo. Encontré un callejón entre dos naves, a la sombra, con un banco de obra abandonado y una pila de palés que llevaban ahí el tiempo suficiente para tener musgo en los bordes inferiores. Me senté en el banco. Saqué la pistola.
La examiné con la atención sistemática de quien ha aprendido que los sistemas existen precisamente para los momentos en que uno no puede permitirse una sorpresa.
La tela había hecho su trabajo: sin óxido, sin humedad en el mecanismo, el acabado negro mate sin deterioro visible.
La empuñadura de polímero tenía la textura exacta que tenía que tener.
Expulsé el cargador. Trece cartuchos en lugar de quince, que era raro, que era algo que no cuadraba con lo que yo recordaba haber dejado: quince cartuchos, el cargador lleno, sin razón para no dejarlo lleno.
Dos menos. A saber. Quizá los había contado mal entonces.
Quizá no. Era el tipo de discrepancia que uno archiva sin resolver porque no hay manera de resolverla y porque lo importante es lo que hay, no lo que debería haber.
Trece cartuchos. Suficiente.
Reinserté el cargador. Monté la corredera.
Comprobé el seguro. Todo funcionaba con la suavidad específica de los mecanismos bien fabricados que han estado en reposo, no con la suavidad de los que se usan regularmente sino con algo más parecido al despertar, una resistencia inicial que cedía al segundo movimiento y que después de eso no existía.
La sostuve. Once coma cuatro milímetros de cañón.
Novecientos gramos con el cargador. La empuñadura en la palma de la mano derecha con esa familiaridad de los objetos que el cuerpo recuerda antes que la mente, que se instalan en la mano como si hubieran estado siempre ahí y que cuando no están dejan un espacio que no tiene nombre pero que existe.
Había llevado esta pistola muchos años. La había usado.
La había limpiado. La había guardado en sitios que solo yo conocía, en varios puntos de la isla, por si acaso.
Este era el último sitio en que la guardé antes de irme.
La guardé en la cintura, en la parte trasera.
La chaqueta en el brazo la cubriría cuando me moviera.
Me quedé sentado en el banco de obra un momento, mirando el fondo del callejón, donde la pared de la nave tenía una mancha de humedad en forma de continente que podía ser Europa o podía ser cualquier otra cosa dependiendo del ángulo.
El taxi. La pistola. Son Castelló. El Globo Azul a dos kilómetros al sur según el papel de Oksana, cerca del lavadero de coches con el logo del elefante. Dima en algún punto entre Madrid y Mallorca, o ya en Mallorca, o en el Globo Azul.
Tenía tiempo. Era martes y según Oksana Dima aparecía por el Globo Azul los martes y los jueves por la noche, que era cuando hacía las visitas de supervisión que los hombres como Dima llaman supervisión y que en la práctica son las visitas de los hombres que tienen un negocio que les produce dinero y que quieren recordar de vez en cuando por qué les produce dinero. Tenía hasta las diez, las once.
Encendí el teléfono. Había un mensaje de Connor de hacía dos horas: todo bien aquí.
ella hace un arroz decente. Sin mayúsculas, sin signos de puntuación, que era el estilo de Connor cuando escribía mensajes de móvil, como si la ortografía fuera una convención que el formato SMS no exigía.
Respondí: bien. aquí hace calor. Connor respondió de inmediato: horosho.
Me reí. Solo, en el callejón entre dos naves del polígono de Son Castelló, me reí brevemente y sin ruido, la risa de quien recibe algo inesperadamente exacto.
Guardé el teléfono.
Son Castelló en agosto era otra cosa, y el calor de mayo, por mucho que uno se quejara, no era nada comparado con eso.
Recordé el polígono a las dos de la tarde, con el asfalto devolviendo el sol desde abajo mientras el cielo lo mandaba desde arriba, y a mí de pie delante de una nave que ya no existía, esperando a un hombre que llegó quince minutos tarde en un Renault Laguna verde que había visto tiempos mejores.
Lo que pasó después con el hombre del Renault Laguna no era algo que necesitara recordar con detalle, porque el detalle no añadía nada que el resultado no dijera ya.
El hilo de la memoria, una vez que empezaba a tirar de él, no paraba donde uno quería que parase.
Me habían llamado Rambo por primera vez alrededor de 2001, cuando tenía veintiocho años y llevaba tres en la isla haciendo lo que hacía, y había desarrollado ya esa reputación específica de la gente que hace bien las cosas difíciles con una consistencia que los demás encuentran admirable o inquietante dependiendo del lado desde el que lo miran.
El apodo no había sido elección mía, que los apodos nunca son elección de quien los lleva sino de quien los pone, y quien lo puso fue un hombre que se llamaba Vasili, número dos de la estructura que entonces controlaba una parte significativa de lo que pasaba en la isla por debajo de lo que veían los turistas, que era mucho.
Vasili lo había dicho la primera vez con ironía, comparando algo que yo había hecho que ahora no viene a cuento con algo de la película, de la segunda concretamente, y la ironía había durado exactamente el tiempo que tardaron los demás en usarlo sin ironía, porque la película tenía sentido y el apodo tenía sentido y en ese negocio los nombres que tienen sentido se quedan.
No podía decirse que hubiera sido una vida equilibrada.
Podía decirse que había sido una vida útil, en el sentido en que era útil para la organización que me pagaba, y que había sido una vida que yo había elegido con la poca libertad que existe en las elecciones de ese tipo, que es la libertad de alguien que ya está dentro y que elige exactamente hasta dónde dentro quiere estar.
Había estado bastante dentro. Había hecho cosas en esos años que entonces me parecían parte del trabajo y que ahora, con la perspectiva que da el tiempo y la distancia, seguían pareciéndome parte del trabajo, que era lo perturbador, porque lo perturbador no era haberlas hecho sino que seguían sin parecerme mal haberlas hecho.
La organización había empezado a desintegrarse alrededor de 2005, no de golpe sino con la lentitud de las estructuras grandes cuando pierden coherencia desde dentro: primero los márgenes, luego los centros, finalmente el núcleo.
Los que habían puesto el dinero inicial querían sacarlo.
Los que habían construido la estructura querían venderla.
Los que operábamos en el suelo, que éramos los que realmente sabíamos cómo funcionaba aquello, fuimos los últimos en enterarnos de que ya no había nada que operar.
Vasili me había dicho en 2006 que el negocio se cerraba.
Que había trabajo en otros sitios, que había gente interesada en mis servicios en otras partes de Europa, que si quería él hacía las presentaciones.
Le dije que no. No porque no quisiera seguir, sino porque había algo en empezar de cero con gente nueva que me producía una pereza que no podía justificar con palabras pero que era real.
Cogí lo que había acumulado, que era bastante, y me fui a Madrid.
Madrid. El ático de Lavapiés. Y, mucho después de lo que entonces me habría parecido razonable, una noche Connor apareciendo en la puerta con su bolsa de basura.
El hilo de la memoria llegó hasta ahí y se cortó, que era lo correcto, porque lo que había después del ático de Lavapiés era el presente y el presente no necesitaba ser recordado porque estaba ocurriendo.
Lo que me hacía gracia, pensando en ello en el callejón entre dos naves del polígono de Son Castelló, era que había cambiado de nombre pero no de oficio.
Que de Rambo había pasado a ser Alejandro con El Conejo a disposición, que era como cambiar de traje pero no de cuerpo.
Que la máscara de conejo y el apodo de Rambo eran la misma cosa con diferente forma: una distancia entre el hombre y lo que el hombre hace, un espacio entre el yo y el acto, un nombre que permite que el acto sea del nombre y no del yo.
Wittgenstein, habría dicho Connor. Los juegos de lenguaje. La identidad como construcción discursiva.
Me reí otra vez, más breve todavía, casi solo el sonido.
Quizá había algo de poder en esto de los personajes.
Rambo había sido útil. El Conejo había sido útil.
Quizá la utilidad no estaba en la persona sino en el personaje, y la persona era simplemente el recipiente que los contenía y que seguía siendo el mismo recipiente con independencia de lo que hubiera dentro.
O quizá estaba igual de mal de la cabeza que siempre y solo había cambiado los muebles. Las dos cosas podían ser ciertas al mismo tiempo.
Me levanté del banco de obra. Cogí la chaqueta.
Comprobé la pistola en la cintura, por costumbre, por el protocolo que se instala solo.
El callejón seguía siendo el callejón, la mancha de humedad en la pared seguía siendo Europa o lo que fuera, el calor seguía siendo el calor de Mallorca a las ocho de la tarde, que era solo ligeramente menos implacable que el calor de Mallorca a las seis.
Caminé hacia el sur.
⊙
El Globo Azul estaba donde Oksana había dicho que estaba: a dos kilómetros del polígono por una calle sin nombre que pasaba entre naves industriales y terminaba en un ensanchamiento donde el asfalto se convertía en gravilla y la gravilla se convertía en el parking del lavadero de coches con el logo del elefante, un elefante azul pintado en la fachada con esa torpeza de las cosas pintadas a mano por alguien que no es pintor.
El lavadero estaba cerrando cuando llegué: un hombre enrollando una manguera, otro bajando la persiana metálica, los dos sin mirarme.
Enfrente del lavadero, al otro lado de la calle de gravilla, estaba el Globo Azul.
Era un edificio de una planta, bajo, con la fachada sin ventanas y una puerta de metal pintada de azul que era el único elemento que justificaba el nombre.
Sin rótulo. Sin indicación de ningún tipo.
El aparcamiento delante, vacío todavía salvo por dos coches que podían ser de empleados o de los primeros clientes de la noche, que a esa hora todavía no había suficiente oscuridad para el tipo de cliente que viene a este tipo de sitio.
Al lateral del edificio, entre la pared de la nave y un seto de arbustos que alguien había plantado hace años y que el calor y la falta de riego habían convertido en algo a medio camino entre arbusto y esqueleto vegetal, había un espacio.
Estrecho, con el suelo de tierra seca y piedras pequeñas, suficientemente oscuro para quien llegara desde el parking y suficientemente cubierto para quien llevara tiempo dentro.
Me metí entre los arbustos.
Doblé la chaqueta. La puse en el suelo. Me senté encima con las rodillas levantadas y la espalda contra la pared de la nave, que conservaba el calor del día con la generosidad de los materiales que absorben bien y sueltan despacio, así que era como apoyarse en un radiador.
El suelo de tierra seca a través de la chaqueta doblada era mejor que el suelo de tierra seca directamente, que era la única comparación que tenía sentido hacer en este contexto.
Esperé.