Capítulo 12 — El agujero #2
Los árboles. Había habido más árboles. Lo recordaba con la claridad de quien ha mirado ese paisaje muchas veces y que ahora lo miraba otra vez y encontraba huecos donde antes había copas.
Los que quedaban estaban marrones, con esa marrón específico de las plantas que llevan demasiado tiempo sin agua en un verano que empieza antes cada año, con las hojas secas colgando sin caerse todavía, en ese estado de árbol que técnicamente sigue vivo pero que ya no está convencido de las ventajas de estarlo.
Mallorca en mayo era marrón. Marrón y polvo y el azul sucio de las señales y el gris del asfalto y encima el cielo, que era el único elemento que seguía siendo lo que había sido porque el cielo no depende de nadie para ser azul.
Un agujero infecto. Un puto agujero infecto que había aprendido a venderse como paraíso y que debajo del barniz turístico era tierra seca, corrupción bien distribuida y el olor específico de las islas que llevan demasiados años siendo destino de la miseria ajena.
Y el atasco. Eso sí que no había cambiado.
El atasco de la autovía de acceso a Palma a las seis y media de la tarde era el mismo atasco que había sido siempre, con la única diferencia de que ahora había más coches alemanes y menos coches ingleses, que era un cambio que el Brexit había producido en el tráfico de Mallorca y que el taxista, sin que yo se lo preguntara, me explicó con el detalle y la opinión firme de alguien que lleva años observando ese tráfico desde el asiento del conductor y que tiene ideas muy concretas sobre los alemanes, los ingleses, y la diferencia entre unos y otros en lo que respecta a las propinas.
El taxi avanzaba despacio. El aire acondicionado olía a plástico caliente y al desodorante de árbol que colgaba del retrovisor con la fidelidad de un mascota.
El taxi frenó.
Delante, en el arcén, había un cartel que sobresalía por encima de lo que habían sido pinos y que ahora era un espacio de troncos marrones a medio secar.
Era un cartel grande, de los que anuncian restaurantes con la ambición de ser visto desde lejos.
Las letras habían sido rojas sobre fondo blanco.
Ahora el blanco era el gris sucio de la pintura que se va, y las letras rojas tenían el tono apagado de las cosas que llevan años a la intemperie sin que nadie las cuide.
Se leía todavía: RESTAURANTE BUFFET LIbrE GRAN MUNDO.
Debajo donde había habido más texto solo quedaba la silueta de letras que el sol había borrado.
Lo miré.
El cartel estaba exactamente donde lo recordaba.
Exactamente. Con la misma inclinación, con el mismo ángulo respecto a la autopista, con el parking de gravilla debajo que ahora era un parking de malas hierbas y gravilla mezclados, con el edificio del restaurante visible al fondo, las ventanas tapiadas con tablones de madera y la puerta principal sellada con una cadena.
Cerrado. Abandonado. Hecho una ruina con la rapidez con que se hacen ruinas los edificios que nadie quiere cuando nadie los quiere.
Y debajo del cartel, en el poste de hormigón que lo sostenía, en la base donde el hormigón se juntaba con el suelo y donde había una caja de distribución eléctrica con varios conmutadores y un candado que en otro tiempo había sido naranja y que el tiempo habría oxidado a otro color, enterrado debajo, envuelta en tela impermeable y dentro de una caja de metal sellada con silicona, estaba lo que estaba.
Recordé haberla puesto ahí. Recordé la noche, el calor, el olor a pinos y a asfalto caliente, la linterna entre los dientes mientras trabajaba con las manos en la tierra, la caja entrando exactamente donde tenía que entrar con el sonido de metal contra tierra húmeda.
—Para un momento —le dije al taxista.
El taxista me miró por el retrovisor.
—Aquí no hay parada —dijo.
—Solo un momento. —Le puse un billete de veinte en el asiento delantero. —El motor en marcha.
El taxista cogió el billete. Puso las luces de emergencia.
Bajé. El calor de la autopista era diferente al calor del aeropuerto: más seco, más asfáltico, con el olor del alquitrán caliente mezclado con el de los pinos y el escape de los coches que pasaban a ochenta kilómetros por hora a metro y medio de donde estaba.
Me acerqué al poste del cartel con la naturalidad de quien ha bajado a comprobar algo perfectamente razonable que no requiere explicación.
Me agaché junto a la base del poste. La caja de distribución eléctrica estaba ahí, con el candado oxidado que había pasado de naranja a un marrón rojizo que era el color de los candados que llevan años a la intemperie en un clima mediterráneo.
El poste tenía telarañas en la base, en el ángulo donde el hormigón se encontraba con el suelo, esas telarañas espesas y cargadas de polvo que construyen las arañas que viven en sitios que nadie toca.
A la derecha de la caja, en el punto exacto donde la tierra se juntaba con el hormigón del poste, aparté las telarañas con el dorso de la mano y luego aparté la tierra con los dedos.
Unos centímetros. Un poco más. El metal.
La caja estaba ahí.
La saqué. Era pequeña, del tamaño de una caja de puros, con la silicona del sellado todavía presente aunque cuarteada en algunos puntos por los años. La abrí. Dentro, envuelta en la tela impermeable que seguía siendo impermeable aunque vieja, estaba la pistola.
Una USP-9. Heckler & Koch, calibre 9 milímetros, acabado negro mate, empuñadura de polímero.
La había dejado ahí en otro tiempo, en otra vida, como hacía con ciertas cosas que no quería llevar encima pero que tampoco quería perder: enterradas en sitios que solo yo sabía, en puntos de la isla que había elegido con la lógica de quien piensa en el futuro de una manera que no todo el mundo necesita tener.
La tela la había protegido. La pistola estaba limpia, sin óxido visible, con el acabado negro mate intacto.
Los años bajo tierra en una isla mediterránea no eran ideales para ningún metal, pero la caja sellada había hecho su trabajo.
La sostuve un momento, sintiendo el peso familiar, los once coma cuatro milímetros de cañón, el polímero de la empuñadura exactamente como lo recordaba en la mano.
La metí en el bolsillo interior de la chaqueta, envuelta en la tela.
Me levanté. Volví al taxi.
El taxista me miró por el retrovisor sin decir nada, que era exactamente lo que debía hacer.
—Son Castelló —dije. —El polígono.
Arrancó.