El Conejo del Cristal Capítulo 12 — El agujero
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Capítulo 12 — El agujero

El avión aterrizó en Palma a las dieciocho y doce minutos, con ocho minutos de retraso sobre el horario previsto, que es el tipo de retraso que Iberia considera puntualidad y que en términos prácticos significa que el avión llegó cuando llegó y que nadie que lo esperara se había movido del sitio donde estaba.

El aterrizaje fue normal: la sacudida de las ruedas contra el asfalto, la deceleración brusca que te empuja hacia delante contra el cinturón, los pasajeros aplaudiendo como si el piloto hubiera hecho algo extraordinario en vez de su trabajo, que era lo que había hecho.

Odio el aplauso al aterrizaje. Lo he odiado siempre con una intensidad que no es proporcional al daño que me hace, que es ninguno, pero que existe con la misma solidez que el daño real.

Aplaudir a un piloto por aterrizar es aplaudir a un fontanero por cerrar el grifo correctamente, es celebrar el mínimo exigible como si fuera una hazaña, es exactamente el tipo de mediocridad entusiasta que hace que el mundo funcione de la manera en que funciona, que es de manera mediocre y con mucho entusiasmo.

No aplaudí. El hombre a mi derecha sí. Era un hombre de unos cuarenta y cinco con una camisa de flores que en Madrid habría sido una camisa de flores y en Mallorca era un uniforme, y aplaudió con las palmas abiertas y una sonrisa de alivio genuino que sugería que había pasado el vuelo con el nivel de terror contenido que tiene la gente que tiene miedo a volar y que sin embargo vuela porque Mallorca en mayo es Mallorca en mayo.

Le miré. Dejé de mirarle. El avión rodó hasta la terminal.

El aeropuerto de Palma de Mallorca en mayo huele a lo que huele el aeropuerto de Palma de Mallorca en cualquier mes del año excepto enero y febrero: a crema solar y a alcohol ya metabolizado y a ese olor corporal específico de la gente que viene de un avión en el que ha pasado calor y que todavía no ha llegado al hotel donde se va a duchar.

Es un olor que en pequeñas cantidades es simplemente el olor de un aeropuerto concurrido y que en las cantidades en que existe en Palma en temporada es otra cosa, es un olor ambiental, un olor de paisaje, el olor que impregna el aire desde el momento en que se abren las puertas del avión hasta que uno sale del aeropuerto y descubre que el exterior huele exactamente igual pero con más calor.

El calor. Salí de la terminal de llegadas y el calor de Mallorca en mayo me dio en la cara con esa contundencia de quien lleva esperando mucho tiempo y no tiene intención de ser sutil al respecto.

No era el calor seco de Castilla, que aplasta pero no asfixia.

Era el calor húmedo del Mediterráneo, ese calor que lleva el agua dentro, que entra por los poros al mismo tiempo que sale el sudor, que produce esa sensación de que el aire y la piel son la misma cosa y de que respirar es un esfuerzo que el cuerpo hace con menos eficiencia de la habitual.

Treinta y un grados según el teléfono. En mayo.

Un calor de tres pares de cojones tal y como lo recordaba, tal y como siempre había sido, tal y como iba a seguir siendo hasta octubre porque Mallorca era así: calor, turistas, calor encima de los turistas, y debajo de los turistas todo lo demás.

Tres chicas pasaron corriendo por delante de mí mientras esperaba en la parada de taxis.

Corriendo no es la palabra exacta: era ese trote de quien ha bebido suficiente como para que las piernas funcionen con retraso respecto a la intención, ese trote que tiene una alegría mecánica y un equilibrio precario, con los brazos abiertos y el pelo suelto y un nivel de volumen que en Madrid a las seis de la tarde habría producido miradas y en el exterior del aeropuerto de Palma en mayo no producía ninguna.

Llevaban lo que llevan las chicas guiris cuando salen directamente del avión en Mallorca sin pasar por ningún filtro de razonabilidad: una en bikini rosa con una camiseta de red por encima que cumplía exactamente las funciones de la camiseta de red, que eran ninguna; otra en shorts y top de tirantes; la tercera en nada arriba salvo un sujetador deportivo de los que no sujetan nada sino que solo están ahí para no ir completamente en topless, aunque la distinción entre el sujetador deportivo y el topless era en este caso más filosófica que práctica.

La tercera era grande. No grande en el sentido de alta, sino grande en el sentido de abundante, de generosa con el espacio, de que el mundo tenía que hacer sitio cuando ella llegaba porque ella traía más cantidad de persona de la que el mundo esperaba.

Llevaba el sujetador deportivo tirante en todos los sentidos posibles del término y las tetas le llegaban al ombligo con la gravedad específica de las tetas que han decidido que el sujetador deportivo no es para ellas aunque el sujetador deportivo no haya tenido voz en ese asunto.

Corría con una alegría absoluta y total, gritando algo en inglés que no era una frase sino un sonido, con la cara vuelta hacia arriba como si el sol fuera algo que uno saluda personalmente.

Las tres pasaron, giraron en una esquina y desaparecieron en la dirección del aparcamiento con el ruido decreciente de sus voces y sus pies en el asfalto.

Me quedé mirando el espacio donde habían estado.

Luego miré la cola de taxis.

Mallorca.

⊙

Había dos mendigos en el exterior de la terminal, en el tramo entre las puertas automáticas y la parada de taxis, en el espacio que la arquitectura del aeropuerto deja para que la gente espere y que resulta ser también el espacio donde la gente que no tiene dónde ir descansa con la esperanza de que la gente que sí tiene dónde ir comparta algo antes de llegar allí.

El primero estaba sentado en el suelo con la espalda contra la pared y un cartón delante con algo escrito que no leí.

El segundo estaba de pie, moviéndose entre la gente de la cola de taxis con esa danza lateral de quien ha aprendido exactamente cuánto puede acercarse antes de que la gente retroceda.

El segundo se acercó a mí.

Era un hombre de edad indefinida en el sentido de que podía tener cuarenta o sesenta dependiendo de cuánto tiempo llevara siendo lo que era, con una barba en el estado en que están las barbas cuando nadie las cuida y con una manera de moverse que era simultáneamente cautelosa y demandante, la manera de quien ha aprendido que la demanda directa no funciona y que la aproximación oblicua funciona mejor pero que no ha podido dejar del todo la demanda directa porque la necesidad es más urgente que la estrategia.

Dijo algo. Extendió la mano.

Yo estaba cansado. Llevaba un vuelo encima y el calor encima y Mallorca encima y la cola de taxis delante y Dima en algún sitio de la isla y todo lo demás, y el hombre extendió la mano y dijo algo y yo no lo pensé, no lo pensé realmente, lo hice con la misma automaticidad con que el cerebro descarga la irritación en el primer objetivo disponible: le di un puñetazo en la garganta.

No fuerte. No con toda la fuerza, que habría sido otra cosa.

Con la fuerza suficiente para que la laringe recibiera el mensaje y el sistema nervioso decidiera que lo más urgente del mundo era procesar ese mensaje antes de hacer nada más.

El hombre se dobló hacia adelante con un sonido que no era un grito sino el sonido de alguien que intenta gritar y descubre que la garganta no está disponible para ese propósito en este momento, y fue al suelo de rodillas con la mano en el cuello, convulsionando levemente con esa agitación involuntaria de quien acaba de recibir un impacto en un punto que el cuerpo no tenía previsto recibir.

Me moví. No corrí, que habría llamado la atención, sino que caminé con la velocidad de alguien que tiene prisa de una manera normal, que es la velocidad que tiene todo el mundo en un aeropuerto, y doblé la esquina hacia la zona de taxis con la cabeza hacia adelante y la bolsa en el hombro y la mano que había usado ya en el bolsillo de la chaqueta.

Nadie me siguió. Nadie preguntó nada. El aeropuerto de Palma a las seis y cuarto de la tarde tiene exactamente el nivel de atención colectiva que tiene cualquier espacio donde todo el mundo tiene un destino propio y urgente, que es ninguno.

Cogí el taxi.

El taxista era un hombre de Palma, lo sabía por el acento y por la manera de conducir, que era la manera de quien conoce las carreteras desde antes de que fueran carreteras y que por tanto no necesita leerlas sino simplemente usarlas.

Me preguntó adónde iba. Le di la referencia del Gran Mundo, el restaurante buffet que estaba en la autopista pasado el cruce de Son Ferriol, junto al poste del cartel grande.

El taxista me miró por el retrovisor.

—El Gran Mundo cerró hace años, però. —dijo. Con else acento, esa cadencia balear que convierte las frases declarativas en algo ligeramente interrogativo aunque no lo sean. —Está cerrado. Abandonado.

—Ya lo sé. Para allí igualmente.

El taxista no dijo nada más. Arrancó.

La autopista desde el aeropuerto hacia Palma no era la misma que recordaba, y sin embargo era exactamente la misma, que es la paradoja de los sitios a los que vuelves después de mucho tiempo: son idénticos en la estructura y completamente distintos en el detalle, como una cara conocida que ha envejecido mal.

Las señales eran azules, ese azul de carretera española que debería ser un azul limpio y que aquí tenía una pátina de polvo y contaminación que lo apagaba a algo entre el azul y el gris.

El asfalto tenía grietas. Los arcenes estaban sucios con esa suciedad acumulada de años, bolsas de plástico aplastadas contra las vallas, colillas, envases, el sedimento de todo lo que la gente tira desde los coches porque nadie mira y porque Mallorca en el fondo no es tan bonita como dice que es.